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miércoles, febrero 4, 2026
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Gran Bretaña al filo del abismo: la Iglesia Católica advierte que el suicidio asistido arrasará con los cuidados paliativos

Mientras el Parlamento británico se prepara para votar una ley que legalizaría el suicidio asistido, la Iglesia alza la voz y denuncia un peligroso retroceso ético. Si se aprueba, podría forzar a hospicios católicos a cerrar sus puertas. ¿Qué dice esto sobre el valor que le damos a la vida cuando más frágil se vuelve?

Por Redacción catolic.ar

En el corazón de Europa, donde las grandes decisiones morales se disfrazan de progresismo legal, la Iglesia Católica vuelve a ser faro y trinchera. En el Reino Unido, una nueva batalla se libra en silencio: el Parlamento está por votar un proyecto de ley que permitiría el suicidio asistido en adultos con enfermedades terminales. Y la Iglesia ha advertido, con una claridad profética, que las consecuencias podrían ser devastadoras para la integridad de los cuidados paliativos y la existencia misma de los hospicios católicos.

El proyecto, impulsado por la diputada laborista Kim Leadbeater, propone habilitar que mayores de 18 años, con diagnóstico terminal, puedan recibir ayuda médica para morir. Aunque sus defensores lo presentan como un acto de compasión y libertad, los obispos británicos alertan que es, en realidad, una amenaza directa a las instituciones que se dedican a cuidar, no a matar.

Una declaración firme, firmada por el cardenal Vincent Nichols (Westminster) y el arzobispo John Sherrington (Liverpool), pone el dedo en la llaga: si se aprueba la ley, hospicios y residencias católicas podrían ser obligados a colaborar con el suicidio asistido. La falta de cláusulas de objeción institucional, la presión financiera y las futuras regulaciones del Estado pondrían contra la pared a instituciones cuya misión es cuidar la vida hasta su último suspiro natural.

❌ ¿Qué está en juego?

Cuatro grandes mecanismos de coerción se han identificado como probables consecuencias de la nueva ley:

  1. Regulaciones ministeriales impuestas sin debate parlamentario, que podrían obligar a hospicios a ofrecer el suicidio asistido como “prestación de salud”.
  2. Condicionar los fondos públicos, tanto a nivel estatal como local, al cumplimiento de esta legislación. Como ya sucede en Canadá, donde instituciones católicas han debido cerrar por no aceptar prácticas contrarias a su fe.
  3. Imposición de “derechos” individuales sobre la libertad institucional, permitiendo que empleados de hospicios actúen por cuenta propia incluso contra los principios del lugar.
  4. Demandas legales bajo leyes de igualdad y derechos humanos, que podrían obligar a practicar el suicidio asistido dentro de las mismas instalaciones católicas si un paciente así lo exige.

El comunicado de los obispos no es retórico: “Existe un peligro real y significativo de que los hospicios católicos tengan que retirar sus servicios si esta ley se convierte en realidad”. Y añaden con tono grave: “Ya se han rechazado enmiendas que habrían protegido a las instituciones. Los comentarios de los ministros y patrocinadores del proyecto confirman que nuestras preocupaciones están justificadas”.

🕯️ Hospicios católicos: donde la vida se abraza hasta el final

Muchos de los mejores centros de cuidados paliativos en el Reino Unido —como el St. Joseph’s Hospice en Hackney— han reiterado que no pueden, bajo ningún concepto, incorporar el suicidio asistido en su praxis. “Ni aceleramos la muerte, ni la postergamos. Acompañamos la vida, la abrazamos. Y aceptamos la muerte natural cuando llega”, afirmó la institución en octubre de 2024.

La postura de estas casas no es fanatismo ni negación del sufrimiento. Es una elección ética y espiritual. En lugar de abrir la puerta a la muerte provocada, sostienen el paradigma del cuidado compasivo, del alivio del dolor y de la dignidad humana hasta el último instante.

El Papa Francisco lo ha dicho con claridad desgarradora: “La eutanasia y el suicidio asistido son derrotas humanas. No son señales de progreso, sino de una medicina que ha perdido el alma” (Discurso a la Federación Europea de Cuidados Paliativos, 2022). Y su denuncia va más allá: “La cultura del descarte está detrás de estas prácticas, donde el débil y el vulnerable son eliminados”.

🌍 Un tema mundial, una señal para Hispanoamérica

Lo que hoy se debate en Londres podría ser el espejo de lo que viene para el mundo hispanoamericano. En países como Colombia, España, Chile o México, el avance legislativo de la eutanasia y del suicidio asistido viene ganando terreno bajo ropajes de autonomía. Pero ¿autonomía de quién, si las estructuras de salud fallan, el acompañamiento espiritual escasea y la familia está fragmentada?

¿Acaso no es el verdadero desafío invertir en cuidados paliativos, humanizar la medicina, acompañar a los que sufren con ternura y no con una receta letal?

Lo que está en juego no es sólo una ley. Es el alma misma de una civilización: si el sufrimiento nos vuelve descartables o si, por el contrario, nos vuelve más humanos.


🔚La Iglesia, una vez más, se planta en el centro del debate: no con odio, sino con una ternura profética que dice la verdad aunque duela.

Que no nos gane el miedo a sufrir. Que no nos venza la lógica del descarte. Que no nos acostumbremos a una medicina sin alma.


🔗 Nota elaborada por catolic.ar a partir de diversas fuentes periodísticas y eclesiales.

©Catolic

Dos Iglesias en debate: los obispos argentinos frente a Milei

“No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Esa advertencia de Jesús resuena con particular fuerza en la Argentina de hoy, donde el gobierno de Javier Milei ha erigido el lucro como principio rector del orden social, y ha empujado a millones de argentinos a una pobreza cada vez más cruda y despersonalizante. Pero esta nota no trata sólo de política. Trata de la Iglesia. O mejor dicho: de las Iglesias. Porque hay, al menos, dos.

Una que habla, actúa, denuncia, acompaña y pone el cuerpo. Y otra que calla, titubea o incluso legitima, ya sea por comodidad, temor o cálculo pastoral. Ambas coexisten bajo el mismo techo episcopal, pero responden a lógicas distintas. Esta nota explora esa fractura, y plantea una pregunta inquietante: ¿cuál es la Iglesia que responde hoy al Evangelio?


Una Iglesia que habla y se juega

Desde el inicio del gobierno libertario, hubo voces episcopales que eligieron no callar. La más visible fue la del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, quien el 25 de mayo, durante el Tedeum en la Catedral Metropolitana, pronunció una homilía valiente que escoció en Casa Rosada. Con el presidente Milei en la primera fila, García Cuerva habló de los descartados del sistema, del hambre en los barrios, de los niños que no acceden a un plato de comida, de la urgencia de la fraternidad. Y concluyó con una frase demoledora: “No nos salvamos solos”.

No fue un caso aislado. El obispo de San Justo, Eduardo García, ha insistido en que el hambre no puede relativizarse. Mons. Oscar Ojea, presidente de la Conferencia Episcopal, pidió en múltiples ocasiones que el ajuste no recaiga sobre los pobres. El obispo de Quilmes, Carlos Tissera, y su antecesor, el recordado obispo Jorge Novak, son referentes de una línea profética que aún inspira.

También desde parroquias, movimientos, capillas y organizaciones sociales de raigambre cristiana se sostiene un acompañamiento constante en comedores, centros comunitarios, merenderos y espacios de escucha. Allí la Iglesia se vuelve carne, presencia, consuelo y denuncia.


Una Iglesia que calla o titubea

Pero hay otra Iglesia. O mejor dicho, otra actitud dentro de la misma estructura. Numerosos obispos, en particular del interior del país, han optado por el silencio. No se han pronunciado con claridad ante los recortes de alimentos, la eliminación de programas sociales, la paralización de la obra pública, la precarización laboral ni la represión. Tampoco ante los dichos agraviantes de Milei hacia el papa León XIV, a quien llamó en su momento “representante del maligno”.

Esa omisión, en contextos como el actual, no es neutral. Es cómplice. Porque el Evangelio exige tomar partido, y el pueblo necesita saber quiénes están de su lado cuando la dignidad humana es arrasada por intereses económicos.

Muchos prelados parecen preferir una Iglesia de tono diplomático, prudente, ordenada, sin rupturas. Pero el precio de esa cautela institucional puede ser la pérdida del alma profética. En nombre de una pretendida unidad, se renuncia a la verdad. Y sin verdad no hay caridad.


Liturgias oficiales, silencios funcionales

Resulta sintomático que, en actos litúrgicos compartidos con autoridades políticas, se prefiera hablar en abstracto. Se exhorta a “superar divisiones”, a “trabajar juntos por el bien común”, a “cultivar la esperanza”. Todo suena bien. Pero falta la interpelación concreta: ¿quién genera las divisiones?, ¿quién explota, reprime, posterga, pisotea?

El lenguaje pulido es úctil para sobrevivir institucionalmente, pero estéril para transformar la realidad. El Evangelio no fue diplomático con Herodes, ni con Pilato, ni con los mercaderes del templo. Jesús habló claro, con nombres y gestos. Lo crucificaron por eso.


Entre la profecía y el cálculo

Hoy, algunos obispos parecen debatirse entre la profecía y el cálculo. Saben que una palabra crítica puede costarles el apoyo de los medios, el enojo de ciertos sectores políticos, o el estigma de “militantes”. Pero callar también tiene consecuencias: deteriora la credibilidad, aleja a los pobres, enfría el fervor.

En tiempos de Milei, la Iglesia tiene una oportunidad histórica de volver a ser voz de los sin voz. Pero para eso debe elegir. No se puede estar con los crucificados y con los que clavan los clavos. Hay que optar.


Lo que esperan los laicos y el pueblo de Dios

La base católica argentina no es ingenua. Sabe distinguir entre gestos vacíos y compromisos reales. Valora a los curas villeros, a las religiosas que sostienen comedores, a los laicos que militan la caridad como opción de vida. Pero también percibe la distancia de algunos obispos, su desconexión con la realidad, su temor a incomodar.

Muchos fieles, especialmente jóvenes, esperan una Iglesia valiente, coherente, cercana. No perfectista ni ideológica, sino evangélica. Que diga la verdad aunque duela. Que no bendiga la pobreza con eufemismos, ni el ajuste con excusas. Que tenga olor a oveja, y no perfume de salón.


El desafío de León XIV y el espíritu de Francisco

El papa León XIV, en su corta pero intensa predicación, ha ratificado la línea de su predecesor Francisco en temas sociales. Ha hablado de una economía con alma, ha denunciado el abuso financiero global, y ha recordado que la fe sin justicia es un simulacro. Su figura, menos conocida aún, es mirada con atención tanto desde Roma como desde Buenos Aires.

En este escenario, los obispos argentinos tienen la posibilidad de hacer historia. De situarse del lado del Reino, no del poder. De encarnar la parresía evangélica. De ser pastores, no gerentes. De escuchar el grito del pueblo antes que la agenda del protocolo.


El Evangelio como medida

No se trata de estar a favor o en contra de un presidente. Se trata de ser fieles al Evangelio. Y el Evangelio es claro: lo que hagan con el más pequeño, con ese lo hacen. Lo que dejen de hacer, también.

Si la Iglesia no se anima a denunciar el sufrimiento que genera este modelo político-económico, perderá su razón de ser. Podrá conservar sus edificios, sus rituales, sus cargos. Pero no tendrá alma.

Y sin alma, la Iglesia no es Iglesia. Es sólo una institución más, decorativa, silente, funcional. Todo lo contrario a lo que Jesús quiso.


©Catolic.ar

De rodillas o de pie: ¿importa cómo recibimos a Dios?

La Eucaristía, corazón del cristianismo, se convierte hoy en campo de batalla entre posturas litúrgicas y obsesiones ideológicas. Pero el Pan Vivo no se entrega para dividir, sino para sanar.

El rito se debate entre formas, mientras el Misterio nos llama al fondo.

En un mundo saturado de debates ideológicos y polarizaciones, también la fe se ve tentada a convertirse en campo de trincheras. Y la Eucaristía, el Sacramento por excelencia de la unidad, no escapa a esa lógica. ¿De rodillas o de pie? ¿En la mano o en la boca? Preguntas legítimas que, sin embargo, corren el riesgo de perder de vista lo esencial: no cómo se recibe, sino a Quién se recibe. En medio de esa tensión, surge un clamor: volver al corazón del Misterio, al silencio reverente, al asombro adorante. No desde la nostalgia ritualista ni el relativismo litúrgico, sino desde el fuego vivo del Evangelio.

Una disputa que revela más de lo que parece

En la superficie, el debate sobre la forma de comulgar parecería ser un asunto menor, casi anecdótico. Pero lo cierto es que en él laten preguntas teológicas, eclesiológicas y espirituales profundas. La manera de recibir la Comunión refleja una concepción del hombre, de Dios y de la Iglesia. No es, por tanto, irrelevante. Pero tampoco puede absolutizarse. Cuando la forma eclipsa al contenido, cuando el gesto se convierte en dogma, el sacramento corre el riesgo de vaciarse de su potencia transformadora.

En Argentina, como en la mayoría de los países del mundo, la Iglesia ha permitido desde 1996 la posibilidad de comulgar en la mano. Es una opción pastoral que se suma a la tradicional comunión en la boca, de pie o de rodillas. Ambas son formas legítimas, reconocidas por la Instrucción General del Misal Romano y la Instrucción Redemptionis Sacramentum. Pero en la práctica, muchos fieles viven esta libertad con confusión o culpa. Algunos se sienten juzgados por elegir la reverencia del suelo. Otros, empujados a adoptar una práctica que no refleja su piedad personal.

El cuerpo habla, pero el alma elige

La Iglesia no es indiferente al lenguaje del cuerpo. San Juan Pablo II, en su teología del cuerpo, enseñó que el gesto humano es sacramental, que expresa lo invisible. Por eso, arrodillarse puede ser un signo fuerte de adoración. Pero también lo es recibir al Señor con las manos abiertas como un trono. El punto no es qué postura tiene “más puntos devocionales”, sino si el alma está verdaderamente despierta a la Presencia. Porque se puede estar de rodillas con el corazón lejos, o de pie con el alma postrada.

El papa Benedicto XVI, en su libro El Espíritu de la Liturgia, señalaba: “La actitud corporal es expresión de la actitud interior. La postura de rodillas es una forma clásica de adoración, pero nunca una obligación legalista. Lo importante es que haya una actitud de adoración”. Este equilibrio es clave. El gesto externo debe nacer del interior, no imponerse como un uniforme.

Y sin embargo, ¿no nos hemos vuelto insensibles al Misterio? ¿No banalizamos la liturgia al convertirla en algo meramente funcional, rápido, sin alma? Quizás el debate sobre cómo comulgar sea una oportunidad para preguntarnos cómo estamos viviendo la Misa.

El sacramento del exceso: una “transfusión de divinidad”

La Eucaristía es escándalo. Lo dijo bien Flannery O’Connor: “Si no es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entonces al diablo con ella”. No es un símbolo piadoso, ni un gesto fraterno, ni un rito de pertenencia. Es una realidad brutal: Dios se hace comestible. Es locura y verdad. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54). Esa afirmación de Cristo no admite suavizantes. O es un delirio, o es la puerta de la eternidad.

El teólogo Brant Pitre lo llama “la nueva Pascua”, el cumplimiento definitivo del Éxodo: “No se trata de una metáfora, sino de una transfusión real. Cristo entra en nosotros, como vida que vence la muerte, como medicina de inmortalidad”. Esta imagen recuerda también a San Ignacio de Antioquía, quien llamaba a la Eucaristía “el remedio contra la muerte”.

Scott Hahn, por su parte, la define como “la Cuarta Persona de la Trinidad en nuestras manos”. Es una frase arriesgada, sí, pero apunta al centro: la presencia real de Jesús no es disminuida por el signo. Todo Cristo está ahí, en cada Hostia. Es el mismo que curó ciegos, que lloró por Lázaro, que gritó en la Cruz.

¿Y si el problema no es la forma, sino la tibieza?

En vez de preguntarnos de qué manera comulgar, ¿no deberíamos cuestionarnos con qué fe, con qué hambre, con qué fuego? Hay quien recibe al Señor en la boca y sale de Misa sin haber mirado al hermano. Hay quien se arrodilla por protocolo, pero no perdona. Hay quien comulga todos los días y trata a su prójimo como un trapo. ¿De qué sirve recibir a Cristo si no se le deja transformar?

Carlos Caso Rosendi escribió: “La Eucaristía es un acto de revolución interior. Si no nos vuelve locos de amor, nos vuelve ciegos por costumbre”. La frase impacta. Porque revela que, tal vez, el drama actual no es la irreverencia externa, sino la indiferencia interna. Celebramos el sacrificio de Dios con bostezos. Nos arrodillamos sin temblor. Recibimos al Cordero inmolado con la prisa de quien toma un boleto.

La Iglesia que se arrodilla y la Iglesia que camina

En esta tensión entre las posturas tradicionales y las adaptaciones pastorales, la Iglesia camina buscando equilibrio. Francisco, en Evangelii Gaudium, pide una liturgia que “despierte el asombro”, que “no sea un refugio de nostalgia”, pero tampoco un show. Pide una “Iglesia en salida”, pero no una Iglesia que salga sin raíces.

Y el Papa León XIV, en sus primeras homilías como sucesor de Pedro, ha vuelto a insistir en que “la liturgia debe ser la escuela del alma, no una guerra de opiniones”. Con estas palabras, parece querer cortar de raíz el clericalismo de un lado y el espiritualismo tibio del otro.

En Fratelli Tutti, Francisco advierte contra las ideologías que “secuestran los símbolos” y los convierten en herramientas de exclusión. El cuerpo, las posturas, los signos, pueden ser ventanas hacia el misterio o muros de orgullo. La verdadera reforma litúrgica comienza por dentro.

Testimonios: entre el asombro y la batalla

En una parroquia de Buenos Aires, una joven catequista relata: “Me arrodillo para comulgar porque siento que el suelo es el único lugar donde puedo estar frente a Dios. Pero no juzgo a los que no lo hacen. Lo importante es que sepamos a Quién recibimos”. Su testimonio contrasta con el de un sacristán de otra diócesis: “Aquí, si alguien quiere arrodillarse, lo miran raro. Hay como una vergüenza de mostrar devoción. Y eso duele”.

En redes sociales, algunos fieles piden “recuperar la reverencia”. Otros exigen “modernizar los gestos”. Pero ambos extremos parecen olvidar que el verdadero combate no es por una postura, sino por un corazón que arda.

Según datos de una encuesta internacional realizada por Pew Research Center en 2019, solo el 31% de los católicos en Estados Unidos cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En América Latina, si bien la devoción es mayor, la formación catequética sigue siendo débil. ¿Qué importa entonces si el cuerpo se arrodilla, si el alma no cree?

El milagro cotidiano que no vemos

Vittorio Messori definía la Eucaristía como “el milagro que ocurre incluso cuando no lo vemos, incluso cuando no lo creemos”. Su Fe razonada lo llevó a contemplar con asombro este signo que desafía toda lógica. No es magia, es Encarnación. Y cada Misa renueva ese milagro. El Verbo se hace pan. Y se deja triturar por nosotros.

María Vallejo-Nágera lo expresa así: “Cada Comunión es una transfusión de Gracia. Una corriente viva que arrastra lo viejo y siembra lo eterno”. No es poesía. Es verdad teológica con potencia de fuego. Cada Comunión es una resurrección en miniatura.

¿Qué Iglesia queremos ser?

Quizás este debate sobre cómo comulgar sea una oportunidad providencial para repensarnos como Iglesia. No para juzgarnos, sino para purificarnos. ¿Queremos una Iglesia de formas sin fondo, o una Iglesia que adore con el cuerpo y el alma? ¿Queremos una liturgia que sea decoración estética, o una hoguera de presencia viva?

La Eucaristía no es un premio para los puros, ni un teatro de gestos. Es el Pan de los débiles, el consuelo de los heridos, el abrazo del Dios que se rebaja hasta el suelo. Jesús no dijo: “Comulguen todos igual”, sino: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”.

La Iglesia que se arrodilla no es menos profética que la que camina. Pero ambas deben hacerlo hacia el mismo punto: el altar donde el Cielo toca la Tierra.

Cierre: “Señor, no soy digno…”

En cada Misa, antes de comulgar, pronunciamos esas palabras: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”. No decimos “porque estoy de pie” o “porque me arrodillé”. Decimos “no soy digno”, a secas. Y sin embargo, Él entra. Viene. Se deja recibir.

No importa si nuestras manos tiemblan o si nuestras rodillas crujen. Lo que importa es si nuestro corazón tiembla de amor. Porque Él viene. Siempre. Y viene a transformarnos. A levantarnos del polvo. A hacernos uno con Él.

Que cada Comunión sea un grito silencioso: “¡Ven, Señor Jesús!”. Que nos encuentre de rodillas por dentro, aunque estemos de pie. Porque el que recibe con Fe, ya ha comenzado a resucitar.

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.”
Juan 6,54

La Profunda Libertad del Corazón Creyente: Lo Que la Fe Católica No Exige Ciegamente

En un mundo sediento de certezas, donde a menudo se anhela la seguridad de respuestas inamovibles, la Fe católica es frecuentemente percibida como un entramado rígido de dogmas inflexibles, una fortaleza inexpugnable donde cada piedra angular representa una obligación inquebrantable.

Sin embargo, para aquellos que se aventuran a mirar más allá de las superficies evidentes, con una mirada perspicaz que busca la esencia, la vasta riqueza de la fe se revela no en la coacción de la obediencia ciega, sino en una sublime y profunda libertad.

Es fundamental desvelar que ser católico es mucho más que adherirse a una lista exhaustiva de “tienes que creer”; es, ante todo, un acto de amor, una adhesión profunda a verdades esenciales que, lejos de aprisionar, dejan un amplio espacio para el misterio, para la evolución de la comprensión y para el dictado de la propia conciencia.

El Santuario de la Revelación Divina: Donde el “Sí” Es Fundamental

La Iglesia, con su milenaria sabiduría acumulada a lo largo de veinte siglos de historia, nos convoca a un “Sí” rotundo y sin reservas a un conjunto de verdades fundamentales, que son las perlas más preciosas del inmenso depósito de la fe.

Estas verdades constituyen los dogmas, pilares inconmovibles que sostienen el vasto y complejo edificio de nuestra creencia. Son las verdades esenciales que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha definido como reveladas por Dios mismo y, por lo tanto, obligatorias para la fe de todos los católicos.

Entre estos dogmas inalienables encontramos la majestuosa doctrina de la Santísima Trinidad, la profunda verdad de la Encarnación del Verbo Divino en Jesucristo, la trascendental Resurrección de Cristo como la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, la presencia real de Cristo en la Eucaristía bajo las especies de pan y vino, y los privilegios marianos de la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Santísima Virgen María.

Estas no son meras proposiciones teóricas; son las luces que iluminan el camino de la salvación, las verdades reveladas que constituyen el núcleo de lo que Dios ha querido comunicarnos para nuestra redención.

En este contexto, la doctrina de la infalibilidad papal emerge, no como un capricho autocrático o una afirmación de poder absoluto, sino como una promesa divina y una garantía de la fidelidad de la Iglesia a la verdad revelada.

Se refiere a la prerrogativa del Obispo de Roma de no errar cuando, como Pastor y Doctor supremo de todos los cristianos, y en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o moral que debe ser sostenida por toda la Iglesia.

Sin embargo, es crucial comprender que esta infalibilidad no implica la impecabilidad personal del Pontífice; el Papa, como cualquier ser humano, es susceptible al pecado y necesita de la gracia divina y de la confesión sacramental.

Tampoco significa que cada palabra pronunciada o cada documento emitido por el Papa sea un pronunciamiento infalible. De hecho, a lo largo de la historia, las ocasiones en que el Papa ha ejercido su prerrogativa de infalibilidad ex cathedra han sido extremadamente raras, contándose con los dedos de una mano.

La gran mayoría de las enseñanzas papales —encíclicas, exhortaciones apostólicas, homilías, discursos— poseen una autoridad significativa y deben ser recibidas con un respeto reverencial de la voluntad y del intelecto, lo que se conoce como “asentimiento religioso”. Pero esta adhesión, aunque importante, es diferente de la “adhesión de fe divina y católica” que se debe a un dogma definido infaliblemente.

El Papa es un guía y un maestro esencial para la Iglesia, pero su autoridad se enmarca dentro de la Revelación Divina y la Tradición, no por encima de ellas. Hay un Magisterio ordinario y un Magisterio extraordinario; y la adhesión de la Fe se reserva para el último cuando define una verdad como perteneciente a la Revelación.

Este discernimiento permite que el Magisterio cumpla su función de custodio de la verdad sin imponer cargas innecesarias sobre la conciencia de los fieles.

Vuelos del Espíritu, No Jaulas Dogmáticas: Donde el Corazón Respira

Y es precisamente aquí donde la libertad del creyente despliega sus alas, donde el católico puede respirar el aire fresco de la distinción entre lo esencial y lo secundario.

Fuera de ese núcleo pétreo de dogmas, se extiende un vasto y fecundo horizonte de creencias, prácticas y comprensiones que, si bien pueden enriquecer profundamente la vida espiritual y la devoción personal, no constituyen una obligación ineludible de adhesión para la fe de un católico.

Consideremos, por ejemplo, el fenómeno de las apariciones marianas. Desde las luminosas colinas de Fátima, donde la Virgen confió mensajes de oración y penitencia, hasta el milagro de Lourdes, donde brotó una fuente de curación y gracia, pasando por la Tilma de Guadalupe en el continente americano, la Iglesia, con su prudencia característica, examina estos eventos con sumo cuidado.

Las investiga, discierne y, si no encuentra nada contrario a la fe y la moral católica, puede declararlas “dignas de fe”. Pero, ¡y esto es crucial!, ni una sola de estas apariciones, por conmovedoras o milagrosas que parezcan, forma parte del depósito de la Revelación Pública.

Esta Revelación, el fundamento de nuestra fe, culminó con Jesucristo y se cerró definitivamente con la muerte del último apóstol. Un católico es, por lo tanto, completamente libre de creer o no en la veracidad de Fátima, de Lourdes, de Medjugorje, o de cualquier otra aparición aprobada o no aprobada por la Iglesia.

La Fe en Cristo, el Salvador del mundo, no depende de visiones celestiales o mensajes privados, por inspiradores que sean. Estas apariciones son, en esencia, invitaciones a la conversión, recordatorios de la primacía del Evangelio y de la oración, pero nunca añaden nuevas doctrinas que obliguen a la conciencia del creyente. Son luces en el camino, no el camino mismo.

La Sutilidad de la Razón y el Ritmo del Tiempo: Más Allá de la Letra Muerta

El rico y complejo tapiz de la teología católica ofrece múltiples hilos y colores, diversas escuelas de pensamiento (como el tomismo de Santo Tomás de Aquino o el escotismo de Juan Duns Scoto), y una multiplicidad de interpretaciones y opiniones que han florecido a lo largo de los siglos. Un católico no está obligado a abrazar una escuela teológica particular por encima de otra, ni a aceptar cada punto de vista o cada conclusión de un teólogo individual, por grande y santo que haya sido.

La misma Sagrada Escritura, inspirada por Dios y revelada, utiliza diversos géneros literarios (historia, poesía, parábola, ley, profecía, epístola); por lo tanto, no todo relato bíblico debe interpretarse de manera literalista en todos sus detalles históricos o científicos. Las verdades de fe y salvación contenidas en las Escrituras son el verdadero tesoro, no necesariamente la exactitud milimétrica de cada crónica histórica o dato científico que pudiera aparecer.

Un ejemplo paradigmático de esta evolución en la comprensión teológica es el concepto del limbo para los niños no bautizados. Si bien esta fue una teoría teológica predominante y aceptada durante muchos siglos, la Iglesia hoy, con una esperanza más amplia y una comprensión más profunda de la infinita misericordia divina, ha aclarado que la existencia del limbo no es un dogma de fe.

Si bien el bautismo es la vía ordinaria de salvación, la Iglesia confía en la misericordia de Dios para aquellos que, sin culpa propia, no han podido recibir este sacramento. Podemos confiar en la salvación de estos pequeños, liberando a los fieles de una preocupación que, por mucho tiempo, generó angustia.

Las disciplinas eclesiásticas y las leyes canónicas, esas normas prácticas que rigen la vida cotidiana de la Iglesia y de sus fieles, son fruto de la prudencia pastoral y de la necesidad de un orden para el bien común, no de una revelación divina directa.

Por lo tanto, pueden cambiar, y de hecho han cambiado significativamente a lo largo de la historia, adaptándose a las necesidades de cada época y cultura.

Un claro ejemplo de esto es el celibato sacerdotal en el rito latino. Es una disciplina venerable y valiosa, elegida por la Iglesia para un mayor dedicación al Reino de Dios, pero no un dogma de fe divina.

La prueba de su carácter disciplinar es la existencia de sacerdotes católicos casados en los ritos orientales católicos, quienes están en plena comunión con Roma.

De igual manera, las normas específicas sobre el ayuno y la abstinencia, las prácticas penitenciales, han variado con el tiempo y son establecidas por la jerarquía eclesiástica según las circunstancias, no son inmutables ni dogmáticas.

Y en ese vuelo de la Fe, es crucial también discernir y despojarse de las creencias populares o supersticiones que, por diversas razones culturales o históricas, a veces se infiltran y se confunden con la verdadera doctrina católica.

El católico maduro y bien formado no cree en la mala suerte asociada a ciertos números o días, ni en la eficacia mágica de los sacramentales. Los sacramentales (como medallas, rosarios, escapularios, agua bendita) son, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “signos sagrados con los que, a imitación de los sacramentos, se significan y se obtienen efectos, sobre todo espirituales, por la impetración de la Iglesia”.

No operan por sí mismos de forma automática o mágica; su eficacia depende de la disposición y la fe de quien los usa, y de la oración de la Iglesia. Son auxilios para la piedad, no amuletos.

La Dinámica de la Verdad: Un Río Siempre Vivo, No una Estanca Fuente

Finalmente, la Iglesia, en su profunda sabiduría y en su constante búsqueda de la plenitud de la verdad, cree en el desarrollo doctrinal.

Esto no implica en absoluto que la verdad revelada cambie o se contradiga; por el contrario, significa que, con el paso de los siglos y bajo la incesante guía del Espíritu Santo, la Iglesia profundiza su comprensión de las verdades de Fe, las articula de manera más precisa y las aplica a nuevas realidades y desafíos. Es una homogeneidad en el desarrollo, una floración de lo que ya estaba implícito, no una ruptura o una contradicción.

Por lo tanto, no estamos obligados a creer que la enseñanza de la Iglesia es estática o que no puede matizarse y expandirse con el tiempo.

Ejemplos claros de este desarrollo los encontramos en la evolución de la comprensión de la Iglesia sobre la libertad religiosa (reconociendo la dignidad de la persona humana y el derecho a la libertad de conciencia, como lo articuló el Concilio Vaticano II), la enseñanza sobre la pena de muerte (con un énfasis creciente en la dignidad de la vida y la posibilidad de la rehabilitación, lo que llevó a un cambio en el Catecismo que la considera inadmisible en casi todos los casos), y la relación con otras religiones (promoviendo el diálogo y el respeto mutuo, sin renunciar a la verdad de Cristo).

Estas “novedades” no son rupturas con la Tradición, sino un florecimiento orgánico, una comprensión más rica y matizada de la Fe en un mundo cambiante. Negarse a aceptar este desarrollo homogéneo sería negar la misma vitalidad de la fe y la acción del Espíritu en la historia.

No estamos obligados a creer que cualquier postura o interpretación anterior a un concilio, como el Vaticano II, sea superior o la única válida en todos los aspectos; los concilios ecuménicos son momentos cumbre de la expresión del Magisterio y de la vida de la Iglesia.

La Fe que Libera: Un Camino de Confianza y Discernimiento

Ser católico, en su esencia más profunda, no es entonces una camisa de fuerza intelectual o un catálogo de imposiciones incomprensibles. Es, por el contrario, un llamado a una adhesión profunda y personal a Jesucristo, el centro de nuestra Fe, y a las verdades reveladas que Él nos ha confiado a través de su Iglesia. Es un sí gozoso y confiado al Credo, a los sacramentos como canales de gracia, y a la moral evangélica como camino de vida.

Pero es también, y esto es fundamental, la libertad del discernimiento. Es la capacidad y el derecho de explorar, de preguntar con respeto, de profundizar en las vastas praderas de la teología, la espiritualidad y la piedad, sabiendo que el Espíritu Santo nos guía incesantemente hacia la plenitud de la Verdad.

Esta libertad nos permite vivir una Fe madura, arraigada en lo esencial, sin caer en un fundamentalismo rígido o en la proliferación de supersticiones que desvían la atención de lo verdaderamente importante.

La Fe católica, lejos de ser una carga, es una fuerza que libera el espíritu humano.

Nos invita a un encuentro personal con el Misterio de Dios, un Misterio que se revela pero que también permanece inagotable, dejando siempre espacio para la admiración, la búsqueda y la confianza.

Es una Fe que no teme a la razón, sino que la convoca, una fe que no exige una creencia ciega en cada detalle que no sea esencial para nuestra salvación. Es una Fe que, en su esencia, es un don que se recibe y se vive con un corazón libre y profundamente anhelante de Dios.

La libertad católica

¿Cómo esta comprensión de la libertad en la fe católica podría transformar la forma en que muchos perciben a la Iglesia hoy?

©Catolic

La Iglesia en la Encrucijada: ¿Es Hora de ventilar el Polvo del Pasado y Abrazar el Discernimiento?

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En la quietud de muchas sacristías y en el bullicio de los debates eclesiales, resuena una pregunta que interpela el alma misma de la Iglesia Católica: ¿hacia dónde vamos?

Por Néstor Ojeda

Observamos hoy una tensión palpable entre quienes anhelan el retorno a un pasado idealizado y aquellos que buscan una Iglesia viva, encarnada en el presente y proyectada al futuro. Es un momento, sin duda, para un profundo discernimiento, un tiempo para aventar el polvo de la nostalgia y buscar un nuevo equilibrio.

No es un secreto que, en Argentina y en otras latitudes, existe una corriente que mira con añoranza el pre-Concilio Vaticano II. Sacerdotes que sueñan con celebrar con el rito tridentino, fieles que se arrodillan para comulgar en la boca, una predilección por la adoración eucarística que, a veces, parece eclipsar la Misa misma.

En los seminarios, las ideas conservadoras han encontrado eco, alimentadas por la búsqueda de certezas en un mundo incierto, por la nostalgia de una Iglesia percibida como “fuerte” y por la reacción a los desórdenes que, lamentablemente, se dieron tras la aplicación del Concilio. Se busca una seguridad en lo conocido, un refugio en lo que se cree inmutable.

Pero, ¿es ese el camino profético para la Iglesia del siglo XXI?

El Riesgo de la Nostalgia y la Profecía del Ahora

La nostalgia, aunque humana, puede convertirse en una trampa. Mirar hacia atrás con excesiva fijeza nos impide ver el camino que se abre ante nosotros. La historia de la Iglesia nos enseña que el cristianismo es dinámico, que siempre ha sabido encarnarse en nuevas realidades sin traicionar su esencia.

El Concilio Vaticano II no fue una ruptura, sino un aggiornamento, una puesta al día para que el mensaje de Jesús resonara con más fuerza en los corazones contemporáneos. Fue un soplo del Espíritu para que la Iglesia saliera de sus muros y dialogara con el mundo.

¿Es más “sagrado” comulgar de rodillas que de pie, si el corazón no está arrodillado ante Cristo? ¿Es más “profundo” el latín si el mensaje no llega a quienes escuchan? La reverencia es fundamental, sí, pero la reverencia es del corazón, no solo de la forma externa. Si nos aferramos a gestos y ritos del pasado por una mera idealización, corremos el riesgo de convertir la fe en un museo, privándola de su fuerza transformadora.

La profecía en la Iglesia no es adivinar el futuro, sino leer los signos de los tiempos con ojos de fe. Es escuchar la voz del Espíritu Santo que nos llama a evangelizar en las periferias existenciales, a cuidar la Casa Común, a construir puentes en un mundo polarizado. Esto no significa renunciar a la tradición, sino beber de sus fuentes para regar el presente y germinar el futuro. La verdadera tradición es un río vivo que fluye, no un estanque estancado.

Un Llamado al Discernimiento: Ni Cisma, Ni Inmovilismo

Este es un tiempo privilegiado para el discernimiento. Necesitamos líderes y comunidades que sepan equilibrar la fidelidad a la doctrina con la audacia de la misión. No se trata de elegir entre “tradición” y “modernidad”, sino de integrar ambas en una síntesis armónica.

  • En los seminarios: Es imperativo ofrecer una formación robusta y equilibrada, que enseñe la riqueza del Concilio Vaticano II como desarrollo orgánico de la tradición. Que forme pastores capaces de guiar comunidades diversas, no ideólogos de un pasado superado. Que los futuros sacerdotes aprendan a celebrar la liturgia con reverencia y a la vez con cercanía, a predicar el Evangelio con claridad y compasión.
  • En las comunidades: Fomentar el diálogo y la escucha mutua. Comprender las inquietudes de quienes buscan refugio en lo tradicional, pero también recordar que la unidad se construye en la diversidad de dones y carismas. La Iglesia es un cuerpo con muchos miembros, no una réplica exacta de una sola imagen.
  • En cada fiel: Una catequesis profunda que explique el porqué de los cambios litúrgicos y doctrinales, que disipe miedos y prejuicios. Que muestre cómo la Iglesia, al abrirse al mundo, no perdió su esencia, sino que se enriqueció y se hizo más relevante.

Aventar el polvo del pasado no es quemar la historia, sino liberarnos de lo que nos impide avanzar. Es reconocer que la vitalidad de la fe no reside en la repetición mimética, sino en la fidelidad creativa al Espíritu Santo. La Iglesia no es una reliquia para venerar, sino una comunidad viva llamada a ser sal y luz en el mundo de hoy. Es hora de mirar hacia adelante con esperanza, con los pies firmes en la tradición y la mirada puesta en el horizonte de un futuro que el Espíritu sigue escribiendo.

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El CELAM: Un Compromiso Profético con la Iglesia y los Más Vulnerables

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El Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) reafirma con vigor su llamado a ser una Iglesia en camino, sinodal y al servicio de los pueblos de América Latina y el Caribe. Esta vocación, lejos de ser una novedad, resuena con la fuerza del Evangelio, que siempre nos impulsa a la cercanía con quienes más sufren y a la construcción de un mundo más justo.

Así lo expresó recientemente Óscar Elizalde, director del Centro para la Comunicación del Celam y consultor del Dicasterio para la Comunicación, durante una entrevista para Radio Vaticana.


El CELAM: Un Compromiso Profético con la Iglesia y los Más Vulnerables

El Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) reafirma con vigor su llamado a ser una Iglesia en camino, sinodal y al servicio de los pueblos de América Latina y el Caribe. Esta vocación, lejos de ser una novedad, resuena con la fuerza del Evangelio, que siempre nos impulsa a la cercanía con quienes más sufren y a la construcción de un mundo más justo.

Uno de los momentos más emotivos fue la lectura del telegrama enviado por el Papa León XIV, en el que reafirmó al Celam como “signo de colegialidad, órgano de contacto, colaboración y servicio”. Para Elizalde, este gesto del Sucesor de Pedro “fue un abrazo fraternal y una confirmación de la vocación del Celam de articular y acompañar a los obispos del continente, en la construcción de orientaciones y líneas pastorales, tal como se ha hecho en las históricas cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano”.


Queremos destacar la renovada apuesta del CELAM por una Iglesia cercana, participativa y comprometida con las realidades sociales de nuestra región, especialmente con los más empobrecidos, en línea con el magisterio del Papa Francisco.

En un tiempo donde la fe es interpelada por desafíos urgentes, el CELAM emerge como una voz que no teme al compromiso. Su vocación sinodal no es un mero ejercicio de democracia eclesiástica, sino una invitación a caminar juntos, escuchándonos, discerniendo y actuando en sintonía con el Espíritu. Es la vida de los pueblos latinoamericanos y caribeños, con sus gozos y sus esperanzas, sus dolores y sus angustias, la que interpela a esta Iglesia que busca ser samaritana.

Recién celebrada su 40ª Asamblea General en Río de Janeiro, coincidiendo con el 70º aniversario de su fundación, el Celam mira hacia el futuro con renovado compromiso de servicio pastoral, arraigado en la sinodalidad y atento a los clamores sociales y ecológicos de la región.

Elizalde señaló: Fue como volver a los orígenes, porque el Celam nace en 1955 justamente en Río de Janeiro, y esta asamblea conmemorativa fue también un reencuentro con esa memoria fundante, iluminada por la fraternidad episcopal”.

El servicio del CELAM a la Iglesia de la región se traduce en acciones concretas que buscan construir puentes, fomentar la solidaridad y denunciar las injusticias. Esta es la Iglesia que sale al encuentro, que se hace presente en las periferias existenciales y geográficas, donde la vida clama por dignidad y justicia. Una Iglesia que no se conforma con discursos, sino que se arremanga para transformar realidades existenciales.

Así, el Celam se proyecta como signo vivo de comunión para la Iglesia en América Latina y el Caribe, fiel a sus raíces, abierto a los signos de los tiempos y comprometido con un futuro de esperanza para todos los pueblos. En este camino, el CELAM nos interpela: ¿Estamos realmente dispuestos a encarnar el Evangelio en nuestras vidas y comunidades, llevando esperanza a los despojados y defendiendo la verdad frente a los poderosos?

Nota basada en [Observatorio Sinodalidad]. Curada y adaptada por catolic.ar con criterio editorial propio.

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Volver a la Iglesia sencilla de Jesús: un llamado urgente

En medio de un mundo convulsionado por las injusticias, las desigualdades y las crisis de sentido, surge con fuerza la invitación de José Antonio Pagola a “volver a la Iglesia sencilla de Jesús”. No se trata de un regreso nostálgico a un pasado idealizado, sino de una llamada urgente y profética a reencontrar la esencia profunda de la comunidad cristiana, aquella que Jesús fundó y que se caracterizaba por su cercanía con los pobres, su sencillez y su compromiso radical con el Evangelio.

Pagola nos interpela desde la realidad actual, donde la Iglesia institucional muchas veces se ha visto atrapada en estructuras de poder, formalismos y rigideces que la alejan del mensaje liberador de Jesús. La Iglesia, que debería ser signo visible de la misericordia y la justicia de Dios, corre el riesgo de convertirse en un ente burocrático, distante de las necesidades reales de la gente. Esta desviación no es un mero problema de imagen, sino una crisis profunda que afecta su misión y su credibilidad.

El Evangelio nos muestra a un Jesús que no buscó ni el poder ni el prestigio, sino que se entregó con humildad a los más vulnerables. Su Iglesia fue una comunidad de personas sencillas, que compartían sus bienes, acompañaban a los excluidos y denunciaban las injusticias de su tiempo. Esta sencillez no era ingenuidad, sino una fuerza transformadora, un testimonio de vida que desafiaba las estructuras opresivas y abría caminos de esperanza.

Hoy, esta llamada a la sencillez es más necesaria que nunca. Vivimos en un mundo donde la desigualdad crece, donde millones de personas sufren hambre, violencia, discriminación y exclusión. La Iglesia está llamada a ser un refugio para estos hermanos y hermanas, un espacio donde se viva la fraternidad y la solidaridad, donde la palabra de Dios se traduzca en acciones concretas de justicia y amor.

Pagola nos recuerda que la Iglesia no puede limitarse a ser un espacio ritual o doctrinal, sino que debe ser una comunidad viva, comprometida con la transformación social. La fe cristiana se expresa plenamente cuando se traduce en compromiso con los pobres y en denuncia profética contra las estructuras que generan sufrimiento. No se trata de una opción secundaria, sino del corazón mismo del Evangelio.

Este llamado implica también una conversión personal y comunitaria. Cada creyente está invitado a revisar su vida, sus actitudes y su compromiso con el Reino de Dios. ¿Cómo podemos ser Iglesia hoy sin perder la frescura, la radicalidad y la sencillez de Jesús? ¿Cómo podemos vivir el Evangelio en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras comunidades, sin caer en la rutina o el clericalismo?

La respuesta no es fácil ni automática. Requiere valentía para cuestionar nuestras comodidades, para denunciar las injusticias incluso cuando vienen de dentro de la propia Iglesia, para abrir los ojos ante el sufrimiento de los hermanos. Requiere también humildad para reconocer que la Iglesia es un pueblo en camino, que se construye día a día con la participación activa de todos.

En este sentido, la Iglesia sencilla de Jesús es una invitación a recuperar la profecía. Ser profeta no es solo anunciar palabras bonitas, sino vivir y denunciar la verdad, especialmente cuando esta incomoda a los poderes establecidos. La profecía es un servicio a la verdad y a los pobres, es un compromiso con la justicia que no puede ser silenciado.

Además, esta sencillez implica una espiritualidad profunda, que no se reduce a prácticas externas, sino que nace de un corazón abierto a Dios y a los demás. Es la espiritualidad de la pobreza evangélica, que no busca acumular sino compartir, que no se aferra a privilegios sino que se entrega con generosidad.

El desafío para la Iglesia de hoy es, entonces, enorme pero también lleno de esperanza. Volver a la Iglesia sencilla de Jesús significa reencontrar la alegría del Evangelio, la fuerza de la comunidad y el compromiso con un mundo más justo y fraterno. Es un llamado a ser testigos creíbles de la Buena Nueva, a ser sal y luz en medio de las tinieblas.

Este camino no está exento de dificultades. La tentación del poder, la comodidad, el miedo al cambio, pueden hacer que la Iglesia se estanque o se desvíe. Pero la historia nos muestra que cuando la Iglesia se pone del lado de los pobres y se deja guiar por el Espíritu, es capaz de transformarse y transformar el mundo.

Por eso, la pregunta que nos deja Pagola es también un desafío personal y comunitario: ¿Estamos dispuestos a volver a la Iglesia sencilla de Jesús, a ser una comunidad que vive el Evangelio con autenticidad, que se compromete con los pobres y que denuncia las injusticias sin miedo? ¿Podemos ser hoy esa Iglesia profética que el mundo necesita?

La respuesta está en nuestras manos y en nuestro corazón. La Iglesia no es una institución cerrada, sino un pueblo en camino, una familia que se construye con la participación activa de todos. Volver a la Iglesia sencilla de Jesús es volver a la esencia del Evangelio, es ser luz en medio de la oscuridad, es ser esperanza para un mundo que clama justicia y paz.

Nota basada en Reflexión y Liberación. Curada y adaptada por catolic.ar con criterio editorial propio

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La Marea Menguante: Un Examen de la Crisis Vocacional Sacerdotal en la Iglesia Católica Global y Argentina

La Iglesia Católica, un organismo milenario que se precia de su universalidad y su resiliencia, enfrenta hoy una de sus pruebas más acuciantes: la sostenida y, en muchos lugares, drástica disminución de vocaciones sacerdotales.

Por Néstor Ojeda

Esta merma no es un mero dato estadístico; es un síntoma de transformaciones profundas, un reflejo de tensiones internas y externas que desafían la propia concepción del ministerio ordenado y, en última instancia, el futuro de la presencia eclesial en el mundo.

El fenómeno, lejos de ser homogéneo, presenta matices y particularidades geográficas, pero su epicentro se ha desplazado de las antaño prósperas tierras de Occidente a un Sur global que ahora también comienza a sentir el embate.

Argentina, en este contexto, emerge como un laboratorio fascinante donde las dinámicas globales se intersectan con realidades locales, ofreciendo un prisma a través del cual intentar descifrar las complejidades de esta crisis.

Para comprender la magnitud de lo que se observa, es imperativo ir más allá de las lamentaciones superficiales y adentrarse en las capas más profundas de un problema multifacético. No se trata simplemente de una cuestión demográfica, aunque esta juegue un papel. Se trata de un cambio tectónico en la percepción de la fe, de la autoridad, de la vida consagrada y de la propia Iglesia en un mundo en constante redefinición.

Las Grietas Superficiales: Primeras Impresiones de un Declive

A primera vista, las causas de la disminución vocacional parecen obvias y a menudo se reducen a explicaciones simplistas. La secularización galopante en Occidente es, sin duda, un factor ineludible. Las sociedades posmodernas, desancladas de marcos religiosos tradicionales, ofrecen una plétora de opciones de vida y sentido que compiten directamente con el llamado a una existencia dedicada enteramente al servicio de Dios.

El individualismo rampante, la búsqueda de la gratificación inmediata y la aversión a compromisos a largo plazo colisionan frontalmente con el ideal de una vida celibataria, obediente y dedicada a la comunidad.

En este panorama, la imagen pública del sacerdote también ha sufrido un deterioro significativo. Los escándalos de abuso sexual, que han sacudido a la Iglesia en las últimas décadas, han erosionado la confianza de los fieles y han proyectado una sombra de descrédito sobre la institución y sus ministros.

La percepción de una Iglesia opaca, defensiva y lenta en la rendición de cuentas ha disuadido a muchos jóvenes, e incluso a sus familias, de considerar un camino que antes se asociaba con la santidad y el respeto social. La heroicidad del sacerdocio ha sido empañada por la mancha del pecado y la inoperancia institucional.

Asimismo, la competencia por la atención de los jóvenes se ha intensificado. El auge de nuevas formas de espiritualidad, la proliferación de movimientos religiosos de base carismática o evangélica, y la seducción de las redes sociales y la cultura del entretenimiento ofrecen alternativas a la rigidez y las exigencias percibidas del catolicismo tradicional. Los “influencers” espirituales, sean laicos o de otras confesiones, a menudo parecen más accesibles y relevantes que la figura del párroco tradicional.

En Argentina, estas tendencias generales se manifiestan con particular intensidad. Un país con una rica tradición católica, pero también profundamente marcado por crisis económicas recurrentes, alta inflación y una cultura de la transitoriedad y de la falta de compromiso a largo plazo.

La migración interna y la dispersión familiar también contribuyen a debilitar los lazos comunitarios que históricamente han sido caldo de cultivo para las vocaciones.

La crisis de la mediana edad del clero actual, con muchos sacerdotes desgastados y sobrecargados, envía un mensaje desalentador a posibles candidatos. La falta de ejemplos vibrantes y atractivos de una vida sacerdotal plena y feliz es un déficit no menor.

Las Profundidades Inquietantes: Un Análisis de las Causas Estructurales

Si bien las causas superficiales son importantes, un análisis más penetrante revela capas de complejidad que van mucho más allá. La crisis vocacional es, en esencia, una crisis de identidad, tanto para el sacerdote como para la Iglesia misma.

En primer lugar, está la cuestión teológica y eclesiológica subyacente. El Concilio Vaticano II, con su énfasis en la vocación universal a la santidad y el sacerdocio común de los fieles, abrió nuevas perspectivas sobre la participación de los laicos en la vida de la Iglesia.

Sin embargo, la implementación de estas enseñanzas ha sido desigual y, en ocasiones, ha generado confusión sobre el rol específico del sacerdocio ministerial. Si todos son llamados a la santidad y al servicio, ¿qué distingue y justifica la dedicación exclusiva del sacerdote? ¿Es su rol el de un administrador de sacramentos, un pastor de almas, un líder comunitario o una combinación de todo ello?

Esta indefinición teológica, no siempre resuelta a nivel pastoral, puede hacer que el ministerio sacerdotal parezca menos esencial o único en un contexto donde el laicado asume cada vez más responsabilidades.

Relacionado con esto, está el desafío del celibato obligatorio en la Iglesia Latina. Si bien la disciplina del celibato ha sido una constante durante siglos y se argumenta que facilita una entrega total al Reino, en la actualidad es percibida por muchos como una barrera significativa.

En un mundo que valora la realización personal y familiar, la renuncia al matrimonio y la paternidad es una exigencia que pocos están dispuestos a asumir. La discusión sobre el celibato opcional, aunque divisiva, es un síntoma de esta tensión. La persistencia de esta norma, sin una revisión profunda de sus implicaciones pastorales en el contexto actual, actúa como un filtro restrictivo que descarta a un vasto número de hombres que, de otra manera, podrían ser excelentes sacerdotes.

Otro factor estructural reside en la propia formación sacerdotal. Los seminarios, a menudo aislados del mundo y con programas de estudio que no siempre dialogan con las realidades contemporáneas, pueden producir sacerdotes bien versados en teología dogmática pero poco equipados para el discernimiento pastoral en una sociedad compleja y plural.

La falta de una formación integral que abarque aspectos psicológicos, emocionales y relacionales, junto con una exposición limitada a la vida laical y a las problemáticas sociales, puede generar pastores que luchan por conectar con las necesidades y aspiraciones de sus comunidades. La hipertrofia intelectual, desvinculada de la praxis y de una espiritualidad encarnada, puede ser un impedimento en sí misma.

La cultura clericalista es otro cáncer silencioso. A pesar de los llamados del Papa Francisco a una Iglesia sinodal y menos clerical, la inercia de siglos de un modelo jerárquico y piramidal persiste. El clericalismo genera una brecha entre el clero y los laicos, dificulta la corresponsabilidad y desincentiva la iniciativa.

En un ambiente donde el sacerdote es visto como el único “actor” relevante, y los laicos como meros “espectadores” o “ayudantes”, el atractivo de la vocación sacerdotal puede verse disminuido.

La percepción de una carrera dentro de una burocracia eclesiástica, más que un servicio radical al Evangelio, desanima a aquellos jóvenes que buscan un compromiso auténtico y transformador.

Finalmente, y quizás la causa más profunda de todas, es una crisis de Fe subyacente. No tanto una apostasía masiva, sino un enfriamiento de la fe en las nuevas generaciones.

En muchas familias católicas, la transmisión de la fe se ha vuelto débil o inexistente. La educación religiosa es esporádica, la práctica sacramental disminuye y el conocimiento de la doctrina se diluye.

Si no hay una Fe vibrante que arda en el corazón de los jóvenes, ¿cómo puede surgir un llamado a una vida de entrega total a Cristo? La falta de una experiencia personal profunda de Dios, el desconocimiento de la belleza de la vocación y la ausencia de modelos de vida cristiana radical y atractiva, contribuyen al desierto vocacional.

La Iglesia, en muchos lugares, ha fallado en encender el fuego de la fe en los corazones de sus hijos.

El Caso Argentino: Reflexiones Locales en un Contexto Global

Argentina, con su rica historia de catolicismo popular y su arraigada religiosidad mariana, no es ajena a estas tendencias, e incluso las amplifica en ciertos aspectos. Si bien ha habido picos vocacionales en el pasado, impulsados por movimientos eclesiales o figuras carismáticas, la tendencia general es a la baja.

Un factor específico en Argentina es la persistencia de una cultura “católica no practicante”. Muchos argentinos se identifican como católicos por tradición familiar o cultural, pero su compromiso con la vida de la Iglesia es mínimo. Esto genera un universo de potenciales vocaciones que, sin un verdadero encuentro personal con Cristo y la comunidad eclesial, nunca llegan a discernir un llamado al ministerio.

La profunda crisis social y económica que atraviesa el país también impacta. La inestabilidad, la precariedad laboral y la falta de horizontes claros para los jóvenes pueden desviar la atención de consideraciones vocacionales a largo plazo.

La búsqueda de estabilidad económica y una vida digna a menudo prevalece sobre otras aspiraciones.

Además, la Iglesia en Argentina, a pesar de sus inmensas obras de caridad y su presencia en los barrios más vulnerables, ha sufrido un golpe a su credibilidad debido a su percibida cercanía con el poder político en ciertos momentos, y su lentitud en abordar internamente algunos de sus propios problemas.

La fuerte presencia de la religiosidad popular, si bien es una riqueza, a veces no se traduce en una participación activa en la vida sacramental o en el compromiso con la misión evangelizadora de la Iglesia.

Las fiestas patronales y las peregrinaciones son multitudinarias, pero la asistencia a misa dominical y el compromiso en grupos parroquiales son menores. Esta desconexión entre la expresión pública de la Fe y la vida comunitaria y sacramental, dificulta el surgimiento de vocaciones.

Además, la polarización ideológica que permea la sociedad argentina también se refleja al interior de la Iglesia. Las tensiones entre sectores más conservadores y más progresistas, aunque presentes en toda la Iglesia universal, en Argentina pueden generar un ambiente de desconfianza y división que no propicia el discernimiento vocacional en un clima de unidad y comunión. Los jóvenes, en un mundo ya fragmentado, buscan coherencia y cohesión, no más divisiones.

Un Horizonte Profético: Desafíos y Posibles Caminos

La tarea de revertir la marea menguante de vocaciones sacerdotales es hercúlea y no admite soluciones mágicas. Sin embargo, un análisis profundo también debe proponer caminos, no desde una fe ingenua, sino desde una esperanza arraigada en la acción del Espíritu.

El primer paso es una profunda autocrítica eclesial. La Iglesia debe reconocer humildemente sus errores, sus fallas y sus inercias. Esto implica una verdadera purificación de la memoria, especialmente en lo que respecta a los abusos, con una justicia y transparencia que reconstruyan la confianza perdida. Sin una Iglesia creíble y santa, pocos querrán unirse a sus filas.

Es imperativo repensar la formación sacerdotal. Más allá de los contenidos académicos, los seminarios deben ser espacios de discernimiento integral, donde se cultive una profunda vida espiritual, una madurez afectiva y psicológica, y una genuina capacidad de acompañamiento pastoral.

Los futuros sacerdotes deben ser hombres de Dios, pero también hombres de su tiempo, capaces de dialogar con las realidades culturales, sociales y tecnológicas. La formación debe ser menos clerical y más comunitaria, integrando laicos y familias en el proceso de discernimiento y apoyo.

El celibato, como disciplina, debe ser objeto de un discernimiento valiente. No se trata de abolirlo sin más, sino de explorar, con la sabiduría del Espíritu y la experiencia de otras Iglesias (como las Orientales), si su obligatoriedad es hoy un obstáculo insuperable para muchos llamados, sin comprometer la santidad del ministerio. La discusión no debe ser tabú, sino un ejercicio de sinodalidad y discernimiento pastoral.

Fundamental es revitalizar la pastoral vocacional, no como un mero programa de reclutamiento, sino como una cultura de la vocación. Esto implica que cada comunidad parroquial, cada familia, cada movimiento eclesial sea un semillero de fe, donde los jóvenes sean acompañados en su discernimiento de vida, cualquiera que sea su vocación particular.

Se trata de mostrar la belleza de una vida entregada a Dios, sea en el sacerdocio, en la vida consagrada o en el matrimonio. La pastoral vocacional debe ser proactiva, creativa y relevante para las nuevas generaciones, utilizando los lenguajes y plataformas que ellos habitan.

Finalmente, el desafío más profundo es el de una renovación de la fe misma. La Iglesia debe ser un lugar donde los jóvenes encuentren a Jesucristo vivo, donde experimenten la alegría del Evangelio y sean contagiados por la pasión por el Reino de Dios. Esto requiere comunidades vibrantes, acogedoras, misioneras, donde la liturgia sea significativa, la Palabra proclamada con poder y el servicio a los pobres sea una prioridad. Solo desde una fe encendida y una comunidad viva, surgirán los llamados a un servicio radical.

En Argentina, esto se traduce en una necesidad imperiosa de evangelización, de un primer anuncio que toque los corazones y despierte la sed de Dios. Implica también una mayor inculturación de la Fe, que dialogue con la idiosincrasia del pueblo argentino, sus esperanzas y sus sufrimientos. Y, crucialmente, la Iglesia argentina debe liderar con el ejemplo de la unidad y la comunión, superando las propias divisiones internas que empañan su testimonio.

La disminución de vocaciones sacerdotales no es el fin de la Iglesia, sino un llamado a una profunda conversión. Es una oportunidad para despojarse de estructuras caducas, para revitalizar su misión y para redescubrir la esencia de su ser.

El futuro del ministerio sacerdotal dependerá no solo de cuántos hombres estén dispuestos a ordenarse, sino de cómo la Iglesia entera asuma su vocación de ser luz y sal para el mundo, generando un ambiente donde el llamado de Dios pueda ser escuchado, discernido y respondido con generosidad radical.

El Espíritu sopla donde quiere, y en medio de la marea menguante, la esperanza de una nueva primavera vocacional reside en la capacidad de la Iglesia de escuchar su voz y abrirse a sus caminos.

La profecía reside en la Fe inquebrantable en que, a pesar de las apariencias, Dios sigue llamando, y su Iglesia, purificada y renovada, está llamada a ser el eco de ese llamado en el corazón del mundo.

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Cuando habían aceptado la dura realidad de que no tendrían hijos biológicos, Dios les mostró su plan | María y Javier

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María y Javier se casaron hace 20 años. Eran muy jóvenes y daban el paso al matrimonio entendido como una vocación, llenos de ilusiones y con la idea de ampliar pronto la familia con sus propios hijos, como parte de su proyecto de vida común. Pero Dios tenía otros planes para la pareja.

Después de sufrir 3 abortos, a María tuvieron que extirparle las trompas y la posibilidad de tener hijos de forma natural se acabó para siempre. Los métodos artificiales que propone la sociedad, por aceptados que estén, no era para ellos una alternativa, en coherencia con su fe.

La opción de adoptar era algo que, de algún modo, siempre había estado en el corazón de María. Pero la pareja nunca había hablado de esa posibilidad.

Providencialmente, se cruzó en su camino una llamada a la adopción. Se informaron y se formaron. En ese proceso, conocieron un programa específico para adoptar grupos de hermanos.

Ya habían aceptado su matrimonio sin hijos, pero surgió una llamada

Como quien dice de un día para otro, el matrimonio que había vivido 13 años sin grandes preocupaciones y que ya había aceptado y superado la realidad de que no podrían tener hijos biológicos, abrieron las puertas de su casa y su corazón a tres niñas, tres hermanas que habían vivido por separado la experiencia de estar unos meses antes en familias de acogida.

Eran conscientes de los problemas que acompañan a estos niños. Viven en contextos muy diversos pero de gran dificultad  que imprimen en ellos heridas, o traumas o fobias de diverso alcance. Para ellos fue un gran cambio. Pasaban de ser dos a cinco. Se encontraron con el reto de comprender, y aprender, lo que cada uno necesitaba y podía aportar para construir una familia.

Sin Dios, es imposible

Los niños adoptados o acogidos siguen soportando aun en nuestros días el estigma de su condición. «Es un error querer hijos perfectos», dice Javier. Ningún niño, biológico o no, viene con manual de instrucciones, recuerda, y ser padre o madre tampoco es algo que surge, sino que se trabaja y se construye.

Todos tenemos nuestros defectos, de niños o de mayores, añade. Y dejan claro también que «los problemas que van surgiendo, en ningún caso es porque mis hijas sean adoptadas. Ellas no tienen la culpa, ni la tiene la adopción».

Por eso, lo que también saben con total certeza es que la clave de todo es «poner a Dios en el centro» del matrimonio y de la familia, «porque si no, es imposible», señala Javier.  «Cuando pierdes de vista a Dios, pierdes el horizonte», afirma.

La acogida de urgencia, otra oportunidad de vida y futuro para millones de niños

Pasado un tiempo de adaptación para todos, la concienciación de que en el mundo hay millones de niños que crecen sin el calor de una familia, vulnerables a abusos, explotación o en el mejor de los casos, a crecer sin la más mínima muestra de afecto, hizo que María y Javier se lanzaran a otro compromiso difícil: la acogida de urgencia.

Este otro programa permite acompañar a niños sin familia, o con familias en graves dificultades, la posibilidad de conocer un apego positivo, unos padres y, en este caso, unos hermanos de acogida que les brinden el amor necesario para que esos niños puedan crecer sanos y afianzar en ellos las posibilidades de un futuro mucho menos sombrío. 

El matrimonio, con el acuerdo de sus hijas -porque la acogida requiere del consenso de todos, apunta María-, ya ha acogido a tres niños. Pasan uno tiempo con ellos hasta que vuelven a su familia biológica. Cuando llega el momento de «devolver» a estos niños, hay que pasar un duelo, pero «no podemos quedarnos con el dolor, sino con la labor», señala María.

Es verdad que el amor mueve montañas

Hay muchas opciones que todavía se desconocen para que muchísimos niños puedan tener una oportunidad de vivir con dignidad, para que crezcan sintiéndose seres queridos y no desechos en esta sociedad.

Por eso, María y Javier, desde su testimonio y experiencia personal, animan a mirar hacia estas realidades tan dolorosas, porque todos podemos hacer algo más y porque, eso de que «el amor mueve montañas», no son sólo palabras, es una gran verdad.

El milagro de Possum Trot

En estos días se estrena en cines de España la película ‘Sonido de esperanza. El milagro de Possum Trot’ basada en hechos reales y de los mismos productores que Sound of freedom (Sonido de libertad). El largometraje da visibilidad, sin edulcorantes, a la realidad de la adopción y la acogida.

Una posibilidad de conocer el poder transformador del amor cuando la apuesta es auténtica, y que sólo con amor también y con confianza en Dios, se pueden acabar superando todas las dificultades.

Una fuerte llamada a las conciencias, al sentido de comunidad, a la responsabilidad social, y al amor como la más poderosa fuente de sanación y arma para cambiar este mundo.

Redes sociales y juventud: Redes, tecnología y cerebro

¿Qué hace que estemos horas y horas delante de un móvil, de una pantalla o de todo un bombardeo de información en nuestro alrededor sin que aparentemente nos afecte? ¿Los niños y jóvenes que nacen en medio de esta sociedad mediática son conscientes de la anormalidad que esto puede suponer en sus emociones, intelecto e interacción social?

El impacto que tiene el uso de las nuevas tecnologías en el cerebro, especialmente en los niños, derivándose en realidades que atañen especialmente a la constitución de nuestro cerebro y sus conexiones neuronales para el desarrollo sano de las mismas, nos lo explica la doctora en Educación y Psicología y experta en adicciones comportamentales, Dña. Silva Zarraluqui. Fórmate sobre las Redes Sociales y la juventud en «Entre Profesionales».