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miércoles, febrero 4, 2026
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La Iglesia en Haití de luto por el asesinato de las Hermanitas de Santa Teresa y reitera su llamado a la paz: “¡Porque el odio nunca debe convertirse en nuestro lenguaje común!”

El 31 de marzo de 2025, Haití se vio sacudida por un acto de violencia brutal que acabó con la vida de dos religiosas de la Congregación de las Hermanitas de Santa Teresa: Sor Evanette Onezaire y Sor Jeanne Voltaire. Su asesinato, perpetrado por manos criminales, ha dejado una herida en la comunidad religiosa y en toda la nación, que una vez más se enfrenta a la brutalidad de la violencia.

El portavoz de la Conferencia Episcopal de Haití (CEH), P. Marc Henry Siméon ha emitido una carta de luto y condena, en el que se expresa el dolor por la muerte de estas dos religiosas que entregaron sus vidas al servicio de los demás, especialmente a los más necesitados.

La Iglesia está de luto por dos monjas, asesinadas por la mano del mal. Dos hermanas, dos almas entregadas al amor que cayeron bajo una violencia ciega, dejando tras de sí un silencio desgarrador”, se lee en la misiva.

Una herida en la carne de nuestra fe

La CEH describe el vacío dejado por las hermanas, quienes fueron arrebatadas de este mundo de manera repentina e injusta. Su partida es descrita como “una herida en la carne de nuestra fe”, un dolor compartido por todos los que conocen y valoran el trabajo de la Iglesia en Haití. Las religiosas, que dedicaron su vida a la oración y el servicio en una nación marcada por grandes dificultades, caen como mártires, y su sangre, como la de tantos otros inocentes, no será en vano.

La declaración también resalta el sentido de injusticia que acompaña este acto de violencia: “Nos sentimos asaltados por la injusticia y el absurdo de un mundo que parece derrumbarse bajo el peso del mal”, señala el mensaje.

Sin embargo, la Iglesia recuerda que, como seguidores de Cristo, “sabemos que Cristo hizo de la muerte una puerta abierta a la Vida gloriosa”. La partida de las hermanas es vista como una invitación a la esperanza en medio de la tragedia, confiando en que ahora, al ser acogidas por Dios, las hermanas han sido unidas al “matrimonio eterno”, como las vírgenes prudentes que entran con el Esposo en la sala del banquete celestial (Mt 25,10).

La nación está en peligro

El comunicado también condena enérgicamente el acto de violencia, calificándolo de “odioso y cobarde contra las monjas y otras víctimas”. La Iglesia condena el asesinato de las hermanas, pero también la falta de acción de las autoridades locales, quienes, según se señala, fueron alertadas sobre la inmediatez del ataque y no actuaron de manera efectiva para prevenirlo.

Las autoridades existentes claramente han fracasado en su misión. La nación está en peligro”, dice el mensaje, que señala la grave crisis de seguridad que enfrenta el país.

En un tono urgente, la Conferencia Episcopal hace un llamado a las autoridades, a los responsables de la violencia y a todos los haitianos: “La Iglesia reitera su llamado a la razón hacia los artífices de la violencia y los trabajadores del crimen; este llamado pretende ser también un llamado al respeto por la vida y la dignidad de este pueblo herido”. Además, hace un llamado a la solidaridad, a la vigilancia y a la oración, instando a la comunidad a mantenerse firme en su lucha por la paz y la justicia.

“Resistamos, ¡porque el odio nunca debe convertirse en nuestro lenguaje común!”

Rezamos para que nuestros hermanos y hermanas, asediados por la violencia, no se dejen acostumbrar ni llevar al mal”, señala la carta, a tiempo de pedir resistir, con fe y determinación, a la violencia que amenaza con desbordar los límites de lo soportable.

Resistamos, de rodillas si es necesario (en oración), pero resistamos, ¡porque el odio nunca debe convertirse en nuestro lenguaje común!”, manifiesta la Iglesia haitiana.

La Conferencia Episcopal de Haití concluye ofreciendo un mensaje de consuelo y esperanza en este tiempo de dolor: “Que, en este tiempo de lágrimas, la Virgen de los Dolores nos lleve en su manto, hasta la mañana de Dios”.

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Rumbo a la COP30: Iglesia latinoamericana y caribeña busca mayor incidencia en decisiones sobre crisis climática

Las organizaciones de inspiración cristiana han iniciado del 1 al 3 de abril un proceso de formación y articulación, con el firme propósito de incidir en la agenda climática de la próxima COP30 a celebrarse en noviembre de 2025 en Belém do Pará, Brasil.

Bajo el lema «Peregrinos de Esperanza rumbo a la COP30», Cáritas América Latina y otras entidades eclesiales se reúnen en la sede del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), con el objetivo de fortalecer su capacidad de incidencia y construir un documento de posición regional que refleje la voz de las comunidades más afectadas por la crisis climática.

Fotos: ADN Celam

Una estrategia conjunta para la incidencia

Nicolás Meyer, coordinador de Cáritas en América Latina y el Caribe y quien lidera este encuentro, explicó que este espacio de diálogo y escucha busca preparar a los actores eclesiales para participar de manera efectiva y contundente en la COP30.

«Nos encontramos diversas organizaciones vinculadas a las pastorales sociales y ambientales, como los Franciscanos, Justicia y Paz, las redes eclesiales: Repam, Remam Rechac, la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos (CLAR), entre otras, con la intención de que nuestra incidencia sea más seria, contundente y acorde con la magnitud del evento», señaló Meyer.

Uno de los principales desafíos ha sido comprender el lenguaje técnico y político que se maneja en estos espacios internacionales. «En la Iglesia estamos acostumbrados a hablar desde la realidad de los territorios, pero necesitamos traducir esas experiencias comunitarias a términos técnicos y políticos para que nuestra voz sea escuchada en los espacios de toma de decisiones«, agregó el coordinador.

Formación y construcción de saberes

Mencionó además que, el proceso de preparación incluye una combinación de experiencia comunitaria y formación técnica. «Muchos de los participantes tienen un conocimiento profundo en temas ambientales, jurídicos y de políticas públicas. Esto nos permite conectar la doctrina social de la Iglesia con los desafíos actuales del cambio climático», explicó Meyer.

Finalmente, informó que, en este marco, la Iglesia ha designado ocho obispos que participarán en la COP30 como voceros en la zona de incidencia principal, conocida como la zona azul, donde se toman las decisiones más relevantes.

Fotos: ADN Celam
Fotos: ADN Celam

La importancia del trabajo de base

Por su parte, desde la secretaría ejecutiva del Movimiento Franciscano JPIC, Manuela Urbina Ramírez, destacó el impacto de este encuentro en su comprensión de la responsabilidad ambiental y el juego de poderes que desde allí se mueve. «Este espacio me permitió entender mejor la dinámica de la COP y la importancia de que la Iglesia participe desde los territorios, llevando la voz de quienes sufren las consecuencias del cambio climático», afirmó.

Para fortalecer el papel de incidencia política en este evento, Urbina resaltó la necesidad de iniciar un trabajo desde las bases. «Es fundamental que en nuestros países hagamos llegar la voz de la COP a las comunidades y que la gente comprenda su importancia. La Iglesia local debe jugar un papel clave en este proceso», expresó.

Un documento con voz colectiva

Uno de los principales resultados del encuentro es la elaboración de un documento de posición regional que será presentado en la COP30. «Este documento debe reflejar las múltiples voces de la región y convertirse en una herramienta efectiva para la incidencia», afirmó Gómez.

Además, resaltó la importancia de difundir su contenido ampliamente entre las comunidades para que puedan también entenderlo y tomar posición frente al tema. «No puede quedar guardado en un cajón; debemos apropiarnos de él y socializarlo en foros, eventos públicos y encuentros comunitarios».


Fotos: ADN Celam

Hacia una Iglesia con impacto en la agenda climática

Para la Iglesia latinoamericana y caribeña la ruta hacia la COP30 ya dio inicio con este encuentro. El fruto se verá expresado en el compromiso de los participantes, quienes llevarán a estos espacios de poder la esperanza de los pueblos que claman por el respeto a la vida y la protección del medio ambiente.

Igualmente, será una oportunidad clave para que la Iglesia fortaleza su papel en la lucha contra el declive del ecosistema. Mediante una estrategia bien diseñada, preparación técnica y un mensaje unificado, las organizaciones eclesiales trabajan para que su voz tenga un impacto significativo en las decisiones que darán forma al futuro del planeta.

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Monserrat Figueroa, voz garífuna en la ONU: Defensa del territorio y protección para su pueblo

Del 21 de abril al 2 de mayo 2025, en la ciudad de Nueva York se desarrollará el 24º período de sesiones del Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas (UNPFII), donde la joven activista garífuna Elisa Monserrat Figueroa Cacho fue invitada y alzará su voz en defensa de su pueblo.

ADN Celam dialogó con esta joven hondureña, quien compartió entre otros temas sobre su participación en el Foro Permanente; los desafíos que enfrenta el pueblo garífuna en la implementación de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas en Honduras; y su experiencia como defensora cultural y activista.

La lucha por la cultura y el territorio

La líder activista señaló que entre los desafíos que enfrenta el pueblo garífuna está la pérdida de su identidad cultural y la lucha que trae el despojo de sus territorios. Para Monserrat, la desconexión de la historia y la espiritualidad, sumado a ello la manipulación de estos aspectos, muestran una de las mayores barreras para la implementación de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas en Honduras.

“La apropiación cultural, el desalojo de nuestros territorios y la emigración, están sutilmente desviando el verdadero origen y función de nuestra cultura, lengua, gastronomía y la filosofía ancestral”, afirma Figueroa, quien ha dedicado su vida a la revitalización de la lengua garífuna y la transmisión de los saberes ancestrales.

Asimismo, destaca la importancia de gestionar apoyo para los artesanos, parteras, sobadoras, gayusas (mujeres que cantan en ceremonias ancestrales) y búyei (profetas garífunas), quienes sostiene activos los saberes, creando ellos mismos espacios para la enseñanza y la transformación de las mismas comunidades.

Foto: Noticias De Bluefields
Foto: Noticias De Bluefields

Propuestas para la defensa de los territorios garífunas

Sobre su participación en el Foro Permanente, señala que buscará proponer proyectos de formación para los líderes comunitarios. “Se necesita mucha Educación para no estar sumergidos en la ignorancia”, menciona, destacando la urgencia de generar redes de articulación con instituciones gubernamentales pensando a futuro en la protección de los territorios garífunas.

Afirma que, además hablará del fortalecimiento de la agricultura. Señalando que ya muchas casaberas, mujeres que elaboran el casabe, principal alimento ancestral garífuna, ya no cuentan con tierras para sembrar, teniendo que comprar la yuca como materia prima. “Es lamentable cómo poco a poco vamos perdiendo nuestros territorios”, enfatiza.

Un mensaje para la juventud garífuna

Siendo una joven líder garífuna, Monserrat Figueroa se dirige a sus pares animándolos a involucrarse en la protección de su cultura y derechos ancestrales. “Estamos a tiempo para despertar y ver nuestra realidad”, añade, resaltando que no hay razón a avergonzarse de sus raíces, antes bien, sentirse orgullosos y buscar oportunidades para desarrollar sus talentos culturales.

Insta también escuchar y aprender de los adultos mayores, guardianes de una gran sabiduría ancestral. “Son ellos quienes pueden transmitirnos conocimientos valiosos sobre nuestra identidad y nuestra historia”, señala.

Foto: Noticias De Bluefields
Foto: Noticias De Bluefields
Foto: Noticias De Bluefields

La comunidad internacional y su rol en la causa garífuna

Para que la comunidad internacional pueda apoyar de manera efectiva al pueblo garífuna, Monserrat considera que es fundamental conocer primero su realidad. “Si no nos conocen ni saben de nosotros, difícilmente el apoyo será efectivo”, advierte. Asimismo, recalca la importancia de responder a las denuncias por la represión que sufren los garífunas en la defensa de sus territorios y su espiritualidad.

Figueroa también menciona la necesidad de brindar espacios de formación que ayuden a los propios garífunas a revalorizar su cultura la cual se ha ido satanizando por las influencias de las religiones, así como ofrecer becas de formación para líderes comunitarios.

Un futuro de esperanza y acción

Emocionada y orgullosa de poder representar a su comunidad y a su país hondureño, Elisa Monserrat Figueroa Cacho se sigue preparando para este importante espacio de relevancia mundial. También espera recibir más conocimientos con el propósito de crecer en este proceso de liderazgo.

Quiero dar a conocer nuestra realidad, hablar sobre nuestros desafíos y nuestras fortalezas. Sólo así podremos encontrar soluciones y enfrentar el futuro con determinación”, concluye.

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Brasil: Obispos de la Amazonía refuerzan urgencia de acciones ambientales y sociales en reunión con el Ministerio de Medio Ambiente

En un encuentro estratégico realizado en el Ministerio de Medio Ambiente de Brasil, los obispos de la Amazonía presentaron sus principales preocupaciones y demandas respecto a la crisis socioambiental que afecta a la región.

La reunión contó con la participación de representantes del Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (Ibama) y del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), señalando la necesidad urgente de políticas públicas efectivas para la protección de los territorios y comunidades amazónicas.

Los obispos estuvieron representados por Dom Evaristo Spengler, obispo de Roraima y presidente de la Red Eclesial Panamazónica (Repam); Dom Pedro Brito, arzobispo de Palmas y vicepresidente; Dom Ionilton Lisboa, obispo de la Prelatura de Marajó y secretario de la Repam; así como Dom Ricardo Höepers, secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB). También participaron el padre Leandro Megeto, vicesecretario general; la hermana Irene Lopes, secretaria ejecutiva de la Repam; y Melillo Dinis, asesor jurídico.

Panorama preocupante

Los obispos presentaron un diagnóstico actualizado de la situación socioambiental basado en una consulta realizada en 2023 con las comunidades locales: “El enfoque en las riquezas de la Amazonía ha sido mayor que el enfoque en las personas que viven allí”, alertaron, denunciando la falta de medidas para proteger a las poblaciones tradicionales y garantizar una transición justa hacia una economía sostenible.

Según informó la Repam Brasil, durante la reunión se abordaron temas como la infraestructura en la región, la situación de la Amazonía en el contexto de la COP30 y el fortalecimiento de las agencias ambientales.

Repam resaltó el agravamiento de la emergencia climática, evidenciado por eventos extremos que impactan directamente a las poblaciones amazónicas.

Compromiso gubernamental

Por su parte, la ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, manifestó que el compromiso del Gobierno de Brasil es el de mantener un diálogo abierto y buscar soluciones concretas a los desafíos presentados.

Entre los puntos destacados está el fortalecimiento de los organismos ambientales, con nuevas competencias para Ibama e ICMBio, así como la ampliación de la presencia del Estado en la Amazonía.

Repam Brasil continuará monitoreando el avance de estas agendas y movilizando esfuerzos para garantizar la justicia socioambiental en la región. Tanto la COP30 como la Cumbre del Tratado de Cooperación Amazónica se presentan como oportunidades estratégicas para reforzar las acciones climáticas y asegurar financiamiento adecuado para la protección de los territorios y poblaciones amazónicas.

Retos y perspectivas

Los participantes de la reunión también señalaron que se debe continuar el diálogo y fortalecer alianzas, priorizando la protección del medio ambiente y la justicia social. Se reconocieron avances en la reconstrucción de políticas públicas para la Amazonía, incluyendo la reducción de la deforestación y el fortalecimiento de las agencias ambientales: “Estamos fortaleciendo Ibama e ICMBio, con concursos para nuevos empleados, como parte de este proceso”, declaró la ministra Silva.

Otro tema fue la necesidad de combatir los delitos ambientales y la minería ilegal, así como la participación del crimen organizado en la región y la necesidad de aumentar la presencia del Estado.

Asimismo, se habló sobre los impactos de la contaminación ambiental, como la calidad del aire y la contaminación por mercurio, que afectan directamente la salud de las comunidades locales. Datos recientes indican que las ciudades amazónicas han registrado la peor calidad del aire en los últimos 20 años debido a incendios y el uso de diésel. El monitoreo de la contaminación por mercurio, realizado con el apoyo de organismos como Ibama y Funai, también reveló niveles alarmantes de contaminación en el suelo, el agua y la sangre de las poblaciones afectadas por la minería ilegal.

Hacia la COP30

De cara a la COP30, se remarcó la necesidad de implementar acciones para enfrentar el cambio climático, más allá de definir lineamientos generales. Uno de los desafíos prioritarios es garantizar financiamiento adecuado para los países vulnerables, con un objetivo de 1,3 billones de dólares anuales. Sin embargo, la COP29 solo logró asegurar 300 mil millones de dólares, evidenciando un déficit de inversión.

La posición de Estados Unidos fue señalada como un obstáculo para lograr avances significativos, aunque se espera que la presión nacional e internacional pueda impulsar un mayor compromiso con la agenda climática.

Ante este panorama, Repam Brasil insiste en que se debe tener un enfoque integral que tenga en cuenta la realidad de los pueblos amazónicos y garantice soluciones sostenibles y justas para la región.

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La Comisión Teológica Internacional publica un documento sobre el Concilio de Nicea

En el marco de la conmemoración del 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025), la Comisión Teológica Internacional ha publicado el documento titulado «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». Presentado oficialmente este jueves, ofrece una reflexión teológica de gran amplitud sobre el valor permanente del símbolo niceno en la fe cristiana y su actualidad para el mundo contemporáneo.

(InfoCatólica) El texto presentado por la Comisión Teológica Internacional fue aprobado por unanimidad durante su sesión plenaria del 2024 y autorizado para su publicación por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con el beneplácito del papa Francisco. Bajo el título «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador – 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025)», el documento se propone como una meditación teológica y eclesial en torno al símbolo niceno-constantinopolitano, cuya formulación sigue siendo, según el texto, la expresión más completa y compartida de la fe cristiana. El próximo 20 de mayo se conmemorarán los 1700 años de la apertura del primer concilio ecuménico de la Iglesia, celebrado en la ciudad de Nicea bajo la convocatoria del emperador Constantino.

Un símbolo de fe que atraviesa los siglos

El documento se organiza en torno a cuatro grandes capítulos, precedidos por una introducción en la que se presenta el Concilio de Nicea como un acontecimiento fundacional de la doctrina cristiana. En palabras del texto, la conmemoración de esta fecha histórica invita a todos los cristianos a unirse en la alabanza a la Santísima Trinidad y en particular a Jesucristo, el Hijo de Dios, «de la misma naturaleza del Padre». Esta expresión, homoúsios, que fue clave en la formulación del dogma niceno, es objeto de una reflexión teológica detallada a lo largo del documento. Su uso, ajeno al lenguaje bíblico pero necesario frente a las desviaciones doctrinales de la época, permitió afirmar con claridad la plena divinidad del Hijo.

La primera parte del texto propone una lectura doxológica del símbolo de fe, destacando su profundidad trinitaria y cristológica. Se subraya que el símbolo no solo transmite una verdad doctrinal, sino que es también una expresión de alabanza, nacida de la liturgia y dirigida a ser proclamada en la liturgia. En esta clave, la fe en el Dios uno y trino se presenta como fuente de salvación y como invitación a contemplar el misterio de Dios que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

En el corazón del símbolo se encuentra la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios, que se encarna «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». El documento desarrolla ampliamente la afirmación de que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad. Se recuerda que la encarnación, la pasión, la muerte y la resurrección del Señor no son ideas abstractas, sino acontecimientos reales e históricos en los que Dios mismo actúa para salvar al ser humano.

El texto insiste en que esta salvación es plena y definitiva. No solo libera del pecado, sino que conduce a la participación en la vida divina. La resurrección de Cristo es presentada como garantía de la resurrección futura, y su glorificación como principio de una nueva creación. Asimismo, se subraya que la salvación cristiana es profundamente trinitaria: el Padre envía al Hijo, el Hijo actúa en obediencia al Padre y en comunión con el Espíritu, y el Espíritu es quien actualiza en los creyentes los frutos de la redención.

La grandeza de la vocación humana

A partir de la revelación de Cristo, el documento extrae importantes consecuencias antropológicas. Afirma que la fe cristiana no solo ilumina quién es Dios, sino también quién es el ser humano. En este sentido, el hombre aparece como llamado a la filiación divina, creado a imagen de Dios y destinado a compartir la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu. La fe en la resurrección de la carne, incluida en el símbolo, manifiesta la dignidad del cuerpo humano y la vocación integral del hombre, que incluye su dimensión corporal, social e histórica.

Se señala que toda auténtica antropología cristiana debe ser pneumatológica: el Espíritu Santo es quien transforma al hombre y lo capacita para vivir como hijo de Dios. Así, el documento rechaza toda forma de reduccionismo antropológico, ya sea materialista o espiritualista, y propone una visión del ser humano como misterio abierto a la trascendencia, cuya verdad solo puede ser plenamente comprendida a la luz de Cristo.

La Iglesia y el bautismo

El texto no pasa por alto la dimensión eclesial y sacramental del símbolo. Confesar la fe en la Iglesia «una, santa, católica y apostólica» y en un solo bautismo para el perdón de los pecados es, según se indica, reconocer la presencia activa del Espíritu Santo en la historia. La Iglesia, aunque formada por hombres pecadores, es sacramento universal de salvación, y el bautismo es participación real en la muerte y resurrección de Cristo.

Esta perspectiva lleva a afirmar que la redención cristiana no es solo individual, sino comunitaria. Se realiza en el seno de la Iglesia y se transmite mediante signos visibles. La comunión entre los creyentes, el testimonio común y la vida sacramental son vistos como expresión de la acción salvífica de Dios, que actúa a través de la historia y en medio de la humanidad.

Un fundamento común para la unidad de los cristianos

Uno de los puntos más destacados del documento es su enfoque ecuménico. Se afirma con fuerza que el símbolo de Nicea es patrimonio común de los cristianos, y que en torno a él puede y debe construirse un camino hacia la unidad visible. La Comisión destaca que, más allá de las diferencias existentes entre las confesiones, todos los cristianos creen en un solo Dios, en Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, en el Espíritu Santo, en la Iglesia, en el bautismo, en la resurrección y en la vida eterna.

En este contexto, el año 2025 es visto como una oportunidad excepcional para avanzar en el diálogo ecuménico. Ese año, la celebración de la Pascua coincidirá en la misma fecha para las Iglesias de Oriente y de Occidente. La Comisión propone aprovechar esta coincidencia para dar pasos concretos hacia la fijación de una fecha común para la Pascua, lo que sería, según el texto, un signo elocuente de unidad y una respuesta al deseo de Cristo «para que todos sean uno».

Una profesión de fe para el mundo de hoy

En su conclusión, el documento subraya que conmemorar el Concilio de Nicea no es un ejercicio académico o arqueológico, sino una ocasión para renovar la fe y el testimonio cristiano. Frente a un mundo marcado por la incertidumbre, el secularismo y la fragmentación, se afirma que la fe en Jesucristo, proclamada hace 1700 años por los Padres del Concilio, sigue siendo la respuesta más luminosa y verdadera a las preguntas del hombre contemporáneo.

El símbolo de fe, afirman los autores, no es una fórmula del pasado, sino una lámpara encendida que debe ser colocada en lo alto para alumbrar a todos. Su proclamación, especialmente en la liturgia pascual y en los bautismos, manifiesta la verdad del Evangelio y la esperanza de la Iglesia. En palabras del propio documento, «lo esencial para nosotros, lo más bello, lo más atractivo y lo más necesario, es la fe en Cristo Jesús».

Uno de cada tres cristianos quiere emigrar de Israel por el ambiente de persecución en el que viven

Uno de cada tres cristianos en Israel quiere emigrar (casi el 50% menores de 30 años), en medio de una escalada de ataques contra la minoría por parte de grupos extremistas judíos o movimientos vinculados a los colonos, y una percepción generalizada (casi el 40%) de discriminación por parte de los agentes estatales.

(Asia News/infoCatólica) Es un panorama de malestar y criticismo el que se desprende de una encuesta elaborada por activistas del Rossing Center y publicada en los últimos días. Al comentar los resultados, los autores hablan de «creciente preocupación» en la comunidad cristiana por la «erosión percibida de los espacios simbólicos y físicos» de las tierras donde nació Jesús y que «han estado habitadas durante milenios». Un grito de alarma a menudo ignorado, para el que es necesario «un compromiso más amplio de la comunidad internacional», de modo que pueda tener un «impacto sustancial» sobre las autoridades israelíes; para ello, observan, también en vista del conflicto en Gaza y de la creciente radicalización, es necesaria «una mayor implicación por parte de las Iglesias del mundo, de los diplomáticos y de las ONG de ayuda humanitaria».

Emigración y natalidad

Entre los temas que más preocupan de cara al futuro está el del éxodo, el creciente deseo de emigrar que afecta a gran parte de Oriente Medio, incluidas las comunidades de Tierra Santa. Una parte «significativa» de los encuestados en el informe (36 %) afirma «considerar» la perspectiva de abandonar sus tierras; un deseo que está menos extendido en Jerusalén Este (solo el 16 %), mientras que afecta a casi la mitad en Haifa (48 %). Entre los factores que más influyen en la decisión están la seguridad (44 %) y la situación sociopolítica (33 %), también en vista de la guerra en curso en la Franja de Gaza desde el 7 de octubre de 2023, que alimenta las preocupaciones. Geográficamente, hay algunas diferencias, aunque no tan marcadas: en Jerusalén Este, dominan las preocupaciones sociopolíticas (81 %), mientras que la seguridad es un factor menor (19 %). En el centro de Israel, las preocupaciones sociopolíticas se sitúan en el 45 %, mientras que las de seguridad alcanzan el 27 %.

Los lazos familiares (52 %) y religiosos con la tierra (24 %) son decisivos en el compromiso de quedarse. En Jerusalén Este, el 39 % cita los lazos religiosos con la tierra, mientras que el 37 % hace hincapié en los lazos comunitarios. En el centro, las motivaciones son más variadas, y los lazos familiares parecen menos significativos (30 %), mientras que una proporción considerable (24 %) destaca el reto nada desdeñable de «empezar de nuevo en otro país» entre las razones para quedarse. Los encuestados señalan la protección de las tierras y propiedades de la Iglesia (26 %), la provisión de vivienda (24 %) y la oferta de trabajo (22 %) entre las acciones más eficaces que las Iglesias pueden emprender en favor de los cristianos palestinos. Además, la cuestión de la emigración va acompañada de la –no menos importante– de la baja tasa de natalidad entre los cristianos, que registran la cifra más baja entre todas las comunidades étnico-religiosas de Tierra Santa, lo que contribuye a poner en peligro su propio futuro. Hussam Elias, director de proyectos del Rossing Centre, informa de que «no se observa ningún cambio en la tasa de fecundidad de las mujeres cristianas» y este aspecto «se combina con otros factores», entre ellos «el extremismo político y religioso», que conducen a la marginación. «Esto», añade, «lleva a los cristianos a abandonar el país». Además, las escuelas cristianas, entre las mejores, proporcionan una educación de gran calidad que facilita su marcha. Por último, los cristianos «se sienten parte del mundo y piensan», concluye, «que es más fácil integrarse en Occidente, lo que quizás podría favorecer la emigración, pero esto sigue siendo una hipótesis que podría ser objeto de un futuro estudio».

Violencia: más allá de las cifras

Una investigación del Centro Rossing para la Educación y el Diálogo, organización interreligiosa con sede en Jerusalén cuyo objetivo es promover una sociedad integradora para todos los grupos religiosos, étnicos y nacionales, examina a los cristianos palestinos y árabes en Israel y Jerusalén Este. Se trata de un estudio que ofrece una visión «desde dentro» de la percepción y las actitudes de palestinos y árabes en temas como: la libertad religiosa, la relación con la mayoría judía de Israel, los actores estatales, el papel de las Iglesias, la identidad y la cuestión de la migración, más actual que nunca. Realizada en colaboración con el instituto de investigación Statnet en diciembre de 2024, incluye una muestra de 300 encuestados seleccionados por distribución geográfica (Haifa, Jerusalén Este, Galilea y centro de Israel), edad, sexo y confesión religiosa, que respondieron a veintinueve preguntas telefónicas en árabe.

Los ataques contra cristianos aumentaron el año pasado, con al menos 111 incidentes confirmados de violencia contra esta minoría, frente a los 89 registrados en 2023. En concreto, hubo 46 agresiones físicas, 35 contra bienes de la Iglesia y 13 casos de acoso. La mayoría de los agresores parecen pertenecer a las comunidades ultraortodoxas y nacional-religiosas; las víctimas son miembros del clero o personas que portan símbolos cristianos visibles. «Las cifras», subraya Hana Bendcowsky, directora de programas del Centro de Jerusalén para las Relaciones Judeo-Cristianas y figura destacada del Centro Rossing, «son solo la superficie del asunto». «En comparación con el año anterior», prosigue, «hay un aumento, pero habrá que esperar cinco o diez para entenderlo». Uno de los factores es la situación política, que influye en la condición de los cristianos, donde el extremismo y la polarización de la sociedad conducen a un menor interés por las minorías, combinado con una mayor agresividad».

Luces y sombras

Según las últimas cifras publicadas por la Oficina Central de Estadística israelí, la población a 31 de diciembre de 2024 se estima en 10,027 millones de habitantes. De ellos, 7,707 millones (76,9 %) son judíos, 2,104 millones (21 %) son árabes y 216.000 (2,1 %) están clasificados como otros, incluidos los residentes extranjeros. En Israel viven 180.300 cristianos (alrededor del 1,8 % de la población, un crecimiento del 0,6 % en 2023), el 78,8 % árabes, que constituyen el 6,9 % de la población árabe total de Israel. «Por un lado, hay más miedo a reaccionar ante la violencia debido a la menor cobertura de los incidentes contra los cristianos, que los dirigentes del Estado judío muy raramente comentan», señala Hana Bendcowsky. Además, los autores de los atentados «proceden en su mayoría de un entorno religioso extremista». «En cambio», prosigue, «los miembros de las distintas Iglesias comparten más información, denuncian los incidentes con más frecuencia y han establecido una mayor cooperación con nosotros».

Los casos más frecuentes se refieren a escupitajos y amenazas contra los cristianos, incluso durante ceremonias religiosas o peregrinaciones, mientras que son sobre todo los extranjeros o quienes portan símbolos característicos de la fe, como cruces, los que son objeto de los ataques. De ahí el llamamiento a la comunidad internacional para que ejerza un «impacto más sustancial» sobre las autoridades israelíes, al tiempo que anima a las Iglesias, las ONG de ayuda humanitaria, las comunidades y los diplomáticos «a abordar activamente la cuestión». «Es imperativo», afirma el estudio, «tratar los incidentes de agresión con la máxima seriedad, dictar sentencias y garantizar que los agresores sean llevados ante la justicia». En cuanto a las relaciones con las autoridades, explica Bendcowsky, la Iglesia constata «una falta de diálogo o una mala comprensión de las necesidades: se dialoga a nivel local, pero se escucha poco». Por otra parte, también hay elementos positivos: «Los funcionarios de los municipios han mostrado su apoyo a nuestro trabajo, la mejora de las relaciones con la policía, que ha empezado a denunciar y detener a los que atacan [especialmente escupen] a los cristianos». Una última reflexión está dedicada a la Pascua cristiana y a la Pascua judía [Pésaj, la Pascua judía], que este año coinciden en el calendario: «Existe el temor de que se produzcan incidentes», concluye el activista, «por lo que debemos mantener los ojos abiertos». ¿La esperanza para el futuro? Que no hagan falta más denuncias, porque no hay incidentes que denunciar».

Frente a la disminución de sacerdotes y la caída libre en el número de seminaristas.

En numerosas ocasiones me referí a un asunto crucial para la Iglesia: la formación de los candidatos al Sacerdocio. Hoy lo hago nuevamente; sin pretender, claro está, agotar el tema, con este artículo. Y lo realizo en el día en que se cumplen veinte años de la partida de San Juan Pablo II; que vivió su seminario de manera «clandestina», por el nazismo y el comunismo que asolaron su Polonia natal. Y que, como Papa, junto al entonces Cardenal Joseph Ratzinger –luego su sucesor, Benedicto XVI-, tanto hiciera por reparar, en parte, el desmadre del posconcilio.

Monseñor Héctor Aguer

Es preocupante la disminución del número de sacerdotes (406.996, en todo el mundo, en 2023; 734 menos que en 2022, según cifras oficiales de la Santa Sede); y la caída libre en el número de seminaristas (de acuerdo con la misma estadística vaticana, se registra un descenso sostenido desde 2012; y se pasó de 108.481, en 2022, a 106.495, en 2023). En cambio, aumenta el número de obispos, que pasó de 5353, en 2022, a 5430, en 2023. En la prisa de Roma «por dejar todo bien atado», para los tiempos que vienen, se siguen nombrando amigos de la misma cuerda. La esterilidad propia del progresismo en cuanto a las vocaciones sacerdotales, no se aplica al parecer a las episcopales. Máxime si –pese a las persistentes críticas al «carrerismo»- proceden de conocidos trepadores.

Ingresé al Seminario Mayor de la Inmaculada Concepción, de la Arquidiócesis de Buenos Aires, durante las sesiones del Concilio Vaticano II. Siendo aún joven presbítero se me encargó la organización del Seminario Diocesano de San Miguel, en el conurbano porteño; y fui su rector durante una década. Salí de allí cuando San Juan Pablo II me designó obispo auxiliar del inolvidable Cardenal Antonio Quarracino, en Buenos Aires. Como coadjutor y como Arzobispo de La Plata visité semanalmente al Seminario Mayor «San José»; los sábados ofrecía una conferencia y luego celebraba la Misa. En esas intervenciones expliqué, a lo largo de un año, el decreto Presbyterorum ordinis, sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes; lo hice dos veces en ese extenso período de veinte años de servicio en la arquidiócesis. Mis vacaciones, en el mes de febrero, las pasé siempre con los seminaristas en la casa de campo «San Ramón», en Tandil; así tuve tiempo de hablar largamente con cada uno de ellos. Por otra parte, durante el año estaba disponible a su requerimiento, cuando deseaban o necesitaban verme. Como profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina se me dio la oportunidad de tratar con candidatos al sacerdocio, de diversas diócesis, que cursaban allí sus estudios.

Estudié ampliamente el documento conciliar arriba mencionado, lo mismo que el decreto Optatam totius, sobre la formación sacerdotal. Indico estos antecedentes personales porque la reflexión asidua y una experiencia variada me habilitan, a esta altura de la vida, a intentar una síntesis sobre la formación sacerdotal según el Vaticano II. Y proponer, también, de cara al futuro, frente a la presente crisis de vocaciones, caminos superadores.

Se encuentran en este trabajo críticas a la prolongación del sedicente «espíritu del Concilio» en la realidad hodierna de la Iglesia; que vive una de sus épocas más difíciles. He recibido una confirmación de este juicio en el libro «Se hace tarde y anochece», del Cardenal Robert Sarah, misericordiado ex Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

Es una obra extraordinaria de lucidez, sinceridad y valentía. La esperanza conlleva siempre una cuota de alegría, pero si es auténticamente teologal, también de claridad de razonamiento, realismo y llanto. La plegaria angustiosa del viejo Israel lo es también del nuevo: ¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan?… la han talado, le han prendido fuego (Sal 79, 13. 17).

La Viña, misteriosamente devastada con permisión de la Providencia divina es la Iglesia de Cristo. Además, según la enseñanza evangélica, la función pastoral incluye la difícil y peligrosa tarea de ahuyentar a los lobos del rebaño; es mala táctica intentar hacerse amigo de ellos o, peor, darles de comer.

En mi opinión, el Concilio Vaticano II comprende tres fenómenos, que muchas veces suelen ser confundidos, para daño de una correcta interpretación. El primero es el acontecimiento histórico, globalmente considerado: su convocatoria por Juan XXIII, la consiguiente preparación, los trabajos de las comisiones que elaboraron los esquemas que se iban a proponer a los Padres, el desarrollo de los debates en el aula –la Basílica de San Pedro-, el contraste entre diversas posiciones teológicas y pastorales, las intervenciones de Pablo VI y la conclusión. Habrá que tomar en cuenta, sobre todo, los documentos aprobados por ese Concilio, que quiso ser pastoral y no dogmático, y el designio de renovación de la Iglesia –el aggiornamento, como se decía entonces hasta el hartazgo-, lo mismo que su recepción y aplicación de las reformas decididas por la Santa Sede. Aggiornamento significa «puesta al día»; intención de aquella asamblea, como lo ha hecho la Iglesia muchas veces a lo largo de su historia.

La segunda dimensión está dada por los documentos conciliares; rigurosamente hablando, eso es el Concilio, considerando siempre –insisto- que el mismo se autodefinió pastoral y no dogmático, aun cuando no faltara en sus constituciones y en otros géneros magisteriales adoptados materia dogmática, en especial doctrina ya establecida anteriormente.

En la teología conciliar se refleja, como es natural, la teología del siglo XX y los movimientos de renovación bíblica, litúrgica, teológica y espiritual, que propusieron con numerosas iniciativas y diversas publicaciones una «vuelta a las fuentes». Deben distinguirse los documentos aprobados de las ulteriores disposiciones de la Santa Sede para ejecutar las reformas dispuestas. Respecto de nuestro asunto, la formación sacerdotal, existe abundante legislación posconciliar, como también manifestaciones de los Sumos Pontífices en encíclicas, homilías y catequesis.

Se suma a esas dos identidades que he atribuido al Vaticano II, a saber: el hecho histórico de su realización en una consideración completa y los documentos finales, lo que ha dado en llamarse «el espíritu del Concilio». Esta expresión aquí la asumo en sentido peyorativo.

La denominación ha caído casi en desuso, pero durante medio siglo fue la bandera del progresismo, de todas las arbitrariedades doctrinales y prácticas que abrieron en el cuerpo eclesial llagas dolorosas de división, cismas expresos o disimulados, que alteraron la continuidad de vida reflejada en el desarrollo homogéneo de la verdad católica, que debe proceder siempre in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia, como regla de oro de toda auténtica renovación, según lo expresó en su Commonitorium San Vicente de Lerins. La heterogeneidad, la alteración, es el error, y eventualmente la herejía.

Al igual que en otras tantas encrucijadas de su historia que ya la ha introducido en su Tercer Milenio, la Iglesia de Cristo se encamina hacia la Parusía del Señor confortada por el Espíritu Santo, guiada por sus pastores y por el testimonio continuo de los santos: mártires, confesores y vírgenes.

«Espíritu del Concilio» y denigración de la Iglesia.

Una de las realizaciones más dañinas del mentado «espíritu del Concilio» ha sido la denigración de la Iglesia. Olvidando la profesión de fe que la proclama Santa, se quiso hacerla responsable de la división de los hombres. Tal santidad no solo se refleja subjetivamente en la de tantísimos miembros suyos, sino que reluce objetivamente porque ella es el Cuerpo del cual es Cabeza Jesucristo, el hombre-Dios, porque posee de modo infalible e indefectible la verdad revelada y la Eucaristía, es decir el Santísimo y fuente de toda santidad, que se comunica también en los otros sacramentos. Lo que el extravío de aquellos años rechazaba era el carácter absoluto de la verdad cristiana. La ideología pluralista ignoraba la Palabra del Señor: el que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt 12, 30). El atentado contra la verdad cristiana, que la Iglesia posee como una gracia y comunica con amor, es una blasfemia contra el Espíritu Santo (cf. Mt 12, 31 s.).

El «espíritu del Concilio» implicaba que cualquier sacerdote, invocándolo, podía hacer lo que venía en ganas, por ejemplo, en la liturgia. Y no solo obispos, sino enteras Conferencias Episcopales se permitían disentir con Roma, como ocurrió en el caso de la encíclica Humanae vitae.

Textos de teólogos «neocatólicos» –por darles un nombre- circularon en los seminarios y en las Facultades de Teología, con el daño que puede comprobarse estadísticamente: miles de sacerdotes en todo el mundo abandonaron el ministerio.

Se verificó entonces una situación análoga a la de los primeros años del siglo XX in sinu gremioque Ecclesiae, en lo más profundo de la vida eclesial, que San Pío X describió y condenó en la encíclica Pascendi dominici gregis, contra el movimiento llamado modernismo.

El progresismo de los años del Vaticano II, cuyas repercusiones duran hasta hoy, tiene las mismas raíces. Mons. Gijsen, obispo de Roermond (Holanda), un hombre que permaneció fiel, señalaba que la de su país era de hecho una Iglesia distinta de la Romana; eran diversos «tipos» de catolicismo. Pablo VI habló de autodemolición de la Iglesia, Casa de Dios en la que había entrado el humo de Satanás, y del crudo invierno que sobrevino en lugar de la esperada primavera.

La crisis dogmática, moral, litúrgica y espiritual, se ha convertido en estado permanente; ya no es una krísis, es más apropiado llamarla decadencia. En la actualidad se prescinde de invocar al «espíritu del Concilio»; no hace falta. Sin embargo, algunos preconizan otra revolución en la Iglesia, sugiriendo que la obra del Vaticano II ya lo fue. No puedo valorar esa sugerencia más que como insensatez criminal. ¿Se empezará a hablar, ahora, de «espíritu de la sinodalidad»?

En algunos sectores se propone otorgar a la Iglesia una identidad «poliédrica», para que quepan en ella expresiones diversas, alternativas de la unidad católica y sus exigencias. Esta pretensión hace de la Iglesia Católica un movimiento, como en la política argentina perdura desde hace 80 años el movimiento peronista; cuyo presidente actual parece ser el Romano Pontífice.

Al año de concluir el Concilio, varios autores dieron la voz de alarma. Entre ellos Jacques Maritain (el «último» Maritain, ya de regreso de algunas de sus posturas), en un libro magnífico: «El campesino del Garona. Un viejo laico se interroga a propósito del tiempo presente». Los mitos retornan periódicamente, y vuelven a cobrar valor con otras formulaciones. Es así como en nuestros días la Iglesia debería estremecerse de gozo para estar «en salida» y para protagonizar la «cultura del encuentro» y empeñarse, en igualdad con las otras religiones, en fomentar la «fraternidad universal», aunque ya no se menta, según lo he referido, «el espíritu del Concilio». Eslóganes falaces, mitificados, que encubren todo lo contrario y difunden la confusión entre los fieles.

¿Qué han de aprender los seminaristas?

Básicamente, los candidatos al Sacerdocio deben prepararse para vivir en el trato familiar con el Dios Trino y a forjar una especial amistad con Jesús, a quien se van a configurar un día en el Sacerdocio. Se trata de vivir secundum formam Evangelii. Pensemos en el significado de la noción de forma en la teoría hilemórfica; por tanto, la referencia indica el alma; cimentarse en la fe, la esperanza y la caridad para alcanzar el espíritu de oración, el vigor de las demás virtudes y el celo por ganar a todos los hombres para Cristo. Y, por supuesto, venerar con filial confianza a la Santísima Virgen, a quien el Señor nos ha dejado como Madre. La formación espiritual conlleva una ambición de totalidad; nada debe quedar a medias. El ejercicio total del amor se extiende de Cristo a la Iglesia, que es inseparable de Él. Como enseña San Agustín en su Comentario al Evangelio de Juan: en la medida que uno ama a la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo (Tractatus 32, 8).

Se postula, igualmente, el crecimiento en una madurez más plena, asociada al dominio del cuerpo y del espíritu, y como consecuencia la percepción y goce de la Evangelii beatitudinem la felicidad, la dicha que proporciona el Evangelio. El sacerdote debe ser un hombre pleno, dueño de sí. Dominio de sí y madurez equivalen a la estabilidad del ánimo bajo el régimen de la caridad, a templar el carácter, lo cual permitirá el uso recto de la libertad y una experiencia pastoral sincera y sin reservas.

Es importante señalar que los conceptos de madurez no deben restringirse a la sola dimensión psicológica. Por cierto, ésta debe quedar asegurada, a lo cual puede ayudar el recurso profesional correspondiente cuando se advierte que es necesario, pero aquí se trata sobre todo de un nivel espiritual de realización de la persona, de orden natural y sobrenatural, que comprende la inteligencia, la afectividad, la voluntad y el dinamismo sanante de la gracia.

¿Quién alcanza plenamente esa madurez? Pienso que los santos; nosotros –yo al menos- nos encaminamos hacia esa meta, vamos penosamente a veces, subiendo la cuesta, avanzamos gradualmente; la alegría que es propia de la esperanza alivia la fatiga, que no nos es ahorrada, y sostiene en los momentos de desánimo.

He conocido jóvenes tempranamente maduros, y viejos tilingos. Fue y es muy frecuente la reducción psicologista del concepto de madurez, al que se despoja de la amplitud natural y sobrenatural, que es propia de la antropología cristiana. La madurez invita a pensar en la libertad: el signo de una auténtica madurez es el sano y prudente ejercicio de la libertad.

La del Seminario ha de ser una formación en la libertad y para la libertad. Una observación muy válida: la disciplina, el orden exterior, es imprescindible en el Seminario, pero debe convertirse en interna aptitudo, íntima convicción de abrazar el orden, y por razones sobrenaturales. No debe prescindirse de la disciplina –como se ha hecho en muchas partes en los años locos del posconcilio-, ya que es un instrumento necesario; es arte, método, regla de la vida del discípulo, pero con el cuidado de que no se reduzca a observancia exterior y farisaica.

Hoy en día, en algunos lugares, es un instrumento empleado, por superiores que son progresistas despóticos; para acallar o aplastar la espontánea inclinación de numerosos seminaristas a vivir según la gran Tradición eclesial. Y a los que se termina expulsando; o se los cancela y posterga, indefinidamente, en su Ordenación, por «ser estructurados, y rígidos», «no dar el perfil», o «no ser lo suficientemente pastorales». Argumentos insostenibles que solo hablan de ideología pura y dura.

Está de moda actualmente hacerse lenguas de la alegría, pero se habla muy poco de la cruz, de la penitencia, de la mortificación. Mejor dicho: no se habla. El contagio del «exitismo» hace olvidar las exigencias del Evangelio, cuando en realidad es a través de su aceptación como podemos alcanzar la bienaventuranza que el mismo Evangelio ofrece. Se quiere un Cristo sin la cruz. No es la primera vez en la historia de la Iglesia que se recurre a esta deformación de la verdad sobre la vida cristiana, que contradice expresamente lo que San Pablo enseña en sus Cartas, y lo que con sus vidas han testimoniado los santos. En algunas orientaciones actuales despuntan las viejas herejías de la gnosis y el mesalianismo.

Celibato y castidad

Por el don del celibato, que es a la vez tarea continua, el presbítero entrega al Señor un corazón indiviso, para amar a todos como Él los ama; es preciso pedirlo humildemente, y siempre. Los responsables de la formación no deben callar sobre las dificultades que los candidatos tendrán que afrontar, pero sin considerar casi exclusivamente los peligros; la renuncia al matrimonio se hace en orden a un amor más grande, y mirando al Reino de los cielos. Debe advertirse, también, sobre las contingencias riesgosas que acechan a la castidad del sacerdote, máxime en la sociedad actual, dicen los documentos conciliares. ¡Esto se afirmaba hace 60 años! ¿Qué tendríamos que advertir hoy, después de décadas de «revolución sexual», en una sociedad que exhibe sin recato alguno, con protagonistas populares, su gusto ostentoso de la fornicación, y hasta de la contra natura?

La cuestión del celibato es retomada en Presbyterorum ordinis. Quedó allí formulada, en el número 16, una expresión muy elocuente del valor y excelencia del celibato, mediante el uso de cinco comparativos: faciliusliberiusexpeditiusaptiorelatius; cuatro adverbios y un adjetivo.

Se abraza el celibato para unirse más fácilmente a Cristo, sin competencia; para dedicarse con mayor prontitud al servicio de Dios y de los hombres, porque uno se entrega con mayor libertad al Señor; para ser más aptos para recibir una más dilatada paternidad.

Si esta argumentación no era necesaria en el contexto de una cultura fuertemente marcada por el cristianismo, a pesar de que no faltaban desvíos y pecados, más tarde, y ahora, se ha tornado necesaria para robustecer las convicciones, para superar las dudas, para responder a las críticas.

Las razones teológicas del celibato sacerdotal se refieren a la unidad profunda que existe entre la misión del sacerdote y la misión de Cristo: suscitar una nueva humanidad por obra del Espíritu y dar vida a una familia universal de hijos de Dios, que no nace de la carne y de la sangre sino del Espíritu divino (cf. Jn 1, 13).

Últimamente se registra una nueva embestida contra lo que Pío XI llamó «perla brillantísima del sacerdocio católico» (Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 34). Ahora con el equívoco propósito de ordenar sacerdotes a hombres casados, los viri probati, en la ilusoria solución de paliar la ausencia de vocaciones en muchos lugares.

Es una máscara de la falta de fe y expresión de la ruina provocada en la Iglesia por la tenacidad del progresismo. Un caso reciente es el del Sínodo de la Iglesia alemana, y numerosas voces del «sínodo sobre la sinodalidad».

Señalo un paralelismo, aunque se trata de asuntos de diverso calibre: se rechaza el celibato del clero, como también la doctrina eclesial sobre la regulación de la natalidad. Además, el progresismo relativiza en general todas las verdades de la fe.

Como enseña la encíclica Sacerdotalis caelibatus, el candidato al Sacerdocio debe mirar a una serena, convencida y libre elección del compromiso que se va a asumir. Lamentablemente, la gente no cree en el celibato de los curas; mucho menos ahora, cuando reina una cultura hipersexualizada.

En Optatam totius se lee: A los jóvenes no se les ha de esconder ninguna de las verdaderas dificultades personales y sociales que tendrán que afrontar con su elección, a fin de que su entusiasmo no sea superficial y fatuo; pero a la par de las dificultades, será justo poner de relieve con no menor verdad y claridad lo sublime de la elección, la cual, si por una parte provoca en la persona humana un cierto vacío físico y psíquico, por otra aporta una plenitud interior capaz de sublimarla desde lo más hondo (n. 69). Es esta una bella página de realismo sobrenatural, de realismo católico.

El abordaje correcto de la cuestión del celibato sacerdotal requiere un contexto más amplio: la reivindicación del valor y la belleza plenamente humanos de la virtud de castidad, tutelada por el sexto precepto de la Torá, asumido por el mensaje evangélico y esclarecido por los escritos apostólicos del Nuevo Testamento.

La tendencia actual en muchos ambientes de la Iglesia es callar los Mandamientos de la Ley de Dios –tan bien expuestos en el Catecismo de la Iglesia Católica-, en especial ignorar el sexto en la praxis pastoral y catequística; resulta antipático recordarlo en una sociedad que ha naturalizado el desenfreno.

En los últimos años ha dado pie a nuevos ataques contra el celibato el caso de sacerdotes culpables del abominable crimen de abuso sexual de menores. Se intenta mediáticamente generalizar esta conducta en el clero, cuando las estadísticas muestran que en la inmensa mayoría de los casos esa perversión se registra en ambientes familiares, en un 80 por ciento más o menos, sin contar a otros agentes.

No se enfrenta otro problema: la extensión de la homosexualidad en el clero de algunas diócesis, con el agravante de que tales personas se vinculan entre sí, con las consecuencias que es fácil prever. Con todo respeto y delicadeza se debe apartar del camino al Sacerdocio a los jóvenes en los cuales puede advertirse lo que es un innegable impedimento; el celibato requiere la plena virilidad, para renunciar libremente a la belleza y riqueza del matrimonio cristiano.

Ya he hablado de otro embate, indirecto esta vez, contra el valor del celibato: la insistencia en auspiciar la ordenación de los hombres casados, los viri probati, por razones sea ideológicas, pseudoteológicas o bien pragmáticas, la escasez de vocaciones. La razón de la penuria es otra: la ya indicada, la falta de aprecio por la castidad. Este problema se extiende al orden familiar, al olvido de inculcar la castidad conyugal a los esposos cristianos. Lutero, donde se encuentre, estará frotándose las manos.

Al agitar la necesidad u oportunidad de consagrar presbíteros a hombres casados fundándose en una presunta tradición de la Iglesia primitiva, se omite, por ignorancia o por manipulación ideológica, señalar una dimensión importantísima de la situación originaria.

Los Apóstoles dejaron todo para seguir a Jesús; no es razonable pensar que los que estaban casados llevaron consigo a sus mujeres. La tradición apostólica indica que los varones casados asumidos en el ministerio presbiteral vivían en continencia, aun cuando habitaran con sus esposas en la misma casa. Esta tradición apostólica adquiere carácter canónico en los concilios de comienzos del siglo IV, a partir del de Elvira (Illiberitano), celebrado entre los años 300 y 303, fecha incierta. El canon 33 prescribía a los obispos, presbíteros y diáconos, o a todos los clérigos asumidos en el ministerio, abstenerse de sus cónyuges y engendrar hijos; quien lo hiciere debía ser privado del honor de la clericatura (cf. Denzinger 119).

Me he extendido en tratar esta cuestión particular porque ella revela cuál es el problema más grave de la Iglesia de hoy: la ruina de la fe, la pérdida de la fe, que es reemplazada por posturas inmanentistas y por la acción social. Esta calamidad contradice totalmente la misión que el Señor resucitado encomendó a los Apóstoles, como se lee en los versículos finales del Evangelio según san Mateo, y en el apéndice del de Marcos. Es sorprendente que no se advierta cómo el intento subrepticio de alterar esa misión esencial de la Iglesia conduce a su ruina; lo cual resulta patente en las naciones de vieja cristiandad, y es comprobado por las estadísticas

El valor del estudio

En Optatam totius sobre las orientaciones para los estudios, se menciona en primer lugar las humanidades; esta expresión humanistica institutio se refiere a las letras humanas, que se distinguen de las «letras divinas», la Sagrada Escritura; se trata de la cultura clásica y moderna, la que antiguamente, por lo general, se cultivaba en el Seminario Menor, que era en el orden académico una suerte de bachillerato especializado. ¿Cómo se suple, siquiera mínimamente, la carencia de letras, y arte y música, y ciencias, cuando la educación anterior no lo ha proporcionado? Se ha descuidado hasta el extremo este aspecto de la formación, a causa sobre todo de un pastoralismo populista.

El Vaticano II aspiraba a que los sacerdotes sean personas cultas; se refiere expresamente a la formación humanística, científica, y a las lenguas. Se me ocurre que, más allá de lo que se pueda implementar curricularmente, no sería difícil suscitar el interés de los jóvenes mediante diversas iniciativas, en especial para asomarse a ese fabuloso acopio de sabiduría y belleza reunido, siglo tras siglo, por la humanidad y por la Iglesia.

El interés, la curiosidad, y más todavía, el amor, la pasión. Advertencia mía: no es lo mismo una persona culta que una «culterana», o «cultósica», que ostenta la superficialidad de un diletante. Quizá en este campo convendría facilitar inclinaciones personales o grupales, favorecer su desarrollo. En esta dimensión corresponde diversificar las exigencias, Incluso los más sencillos de los jóvenes formandos pueden ser personas cultas, que han desarrollado con esfuerzo y humildad las dotes recibidas para ofrecer a la Iglesia un servicio pastoral abierto a todos, sin prejuicios e inspirado por la caridad.

El odio del latín

Corresponde, a esta altura del trabajo, decir algo acerca del odio del latín, que tiene raíces en los pretextos de renovación exhibidos en los años 60; a ello se suma la inclinación a despreciar lo que se ignora. El latín –tan importante para escribir y hablar bien en español, y para pensar con coherencia lógica- es una lengua que de suyo resulta difícil de adquirir, si no se le dedica el tiempo necesario.

Desgraciadamente se persiste en disminuir las horas curriculares de latín donde se conserva su estudio; los pretextos son siempre los mismos, más que pretextos, prejuicios. De este modo se cierra a los seminaristas el acceso directo a la cultura latina y la posibilidad de leer y gustar en su lengua original a los Santos Padres de Occidente.

En cuanto al uso litúrgico no se ve por qué un sacerdote no puede celebrar la Misa en latín, o conservar en ella el rezo o canto de partes del ordinario que los fieles pueden recitar o cantar. Esto se ha tornado imposible. Vale lo mismo para los himnos eucarísticos como el Pange lingua y el Tantum ergo, que eran plenamente populares; se los ha desterrado arbitrariamente, solo por repulsa de la Tradición. Documentos posconciliares de la Santa Sede recomendaron la constitución en los seminarios de scholae cantorum y coros polifónicos, que puedan conservar y transmitir los tesoros de la música litúrgica. Donde existían se los suprime despóticamente.

La decadencia cultural de la Argentina ha penetrado en la Iglesia: la comprobación más clara se tiene en el reinado universal de la guitarra –castigada más que tocada- y en los cánticos lamentables que se han impuesto en reemplazo, por ejemplo, de los Salmos y de otras composiciones excelentes que estaban pacíficamente en uso. Algo análogo puede decirse del órgano. La cuestión de fondo es el respeto de la música litúrgica, sagrada y de la Tradición en ella.

A estos desafueros se suman las arbitrariedades de prohibir la celebración de la liturgia eucarística versus Dominum, y la reticencia en conceder la autorización para usar la forma extraordinaria del rito latino según el Misal de Juan XXIII (1962).

El motu proprio Summorum Pontificum, de Benedicto XVI, ha sido criticado ferozmente, y donde se pudo se lo ha burlado en la práctica. Desgraciadamente, el Papa actual, adherido a los prejuicios progresistas, ha corregido con otro motu proprio (Traditiones custodes) la iniciativa a la vez tradicional y ecuménica de su ilustre predecesor, e intenta definir él en qué consiste seguir la Tradición. Es de temer, entonces, un agravamiento de la devastación litúrgica (¡si esto es aún posible!).

Estudios filosóficos

Sobre este particular, el Vaticano II afirma que la finalidad es adquirir un conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios, apoyados en el patrimonio filosófico de perenne validez (Optatam totius, 15). Aunque se cita a Santo Tomás como maestro en los estudios teológicos, la expresión el patrimonio filosófico de perenne validez puede ser referida principalmente al tomismo, sin forzar el significado de esa referencia textual. Me permito insertar aquí unos recuerdos personales. Uno de mis maestros, el padre Julio Meinivielle, me ha inculcado que a Santo Tomás hay que estudiarlo directamente en sus textos, no en manuales.

El decreto conciliar no omite mencionar la filosofía moderna y contemporánea, que han marcado profundamente la cultura occidental. En un currículo seminarístico solo se puede aspirar a evocar sintéticamente el pensamiento de los principales autores, pero esto podría hacerse incluyendo una buena selección de sus textos.

A partir de estos inicios, los alumnos más interesados pueden abordar, con la guía del profesor, lecturas completas de algún texto especialmente significativo. Pienso, por ejemplo, en obras de Henri Bergson, como «Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia», «La risa», o «Cuatro ensayos sobre el espíritu en su condición carnal». O retrocediendo al siglo XIX, «El concepto de la angustia», los «Estudios estéticos» y «Diálogos sobre el amor», de Soeren Kierkegaard. El propósito de estos estudios consiste en suscitar en los alumnos el amor a la verdad, la cual ha de ser rigurosamente buscada, observada y demostrada, reconociendo al mismo tiempo con honradez los límites del conocimiento humano (Optatam totius, 15).

El problema de la verdad se plantea contemporáneamente de modo más serio y grave que hace sesenta años, a causa de la difusión masiva y del contagio cultural del relativismo y del constructivismo. ¿La verdad? Digámoslo sencillamente: O es considerada inalcanzable, porque no existe, o cada uno tiene la suya, o la construyen los «formadores de opinión» o «influencers».

Si el futuro sacerdote queda entrampado en este círculo opinativo, compromete su futura predicación y la facultad de orientar a los fieles en la bruma que crea confusión aún en los medios eclesiales. Bien asimilada, la filosofía tomista ofrece como fruto una cabeza bien armada y a la vez libre y curiosa por la totalidad del saber, con la posibilidad de reconocer objetivamente los valores que pueden hallarse en autores contemporáneos, así como juzgar acerca de sus errores.

Estudios teológicos

El Vaticano II reconoce a la Sagrada Escritura como alma de toda la teología: universae theologiae veluti anima esse, y no falta la referencia a la tradición patrística de los «dos pulmones» de la Iglesia, Oriente y Occidente, con su rica diversidad.

El objetivo de la teología dogmática es ilustrar de la forma más completa posible los misterios de la fe, profundizar en ellos y descubrir su conexión por medio de la especulación, Sancto Thoma Magistro. El Concilio decía, pues, que el maestro de los estudios teológicos ha de ser Santo Tomás de Aquino.

En las sucesivas décadas, a partir de los sesenta, se multiplicaron las «teologías de…»; de la creación, del mundo, del trabajo, de la liberación, del pueblo (latinoamericano o argentino), del medio ambiente, etc. Falta dedicarse con mayor profundidad y pertinencia a la teología de Dios. Eso es la teología, como lo indica su nombre: discurso sobre Dios.

Hoy, en no pocas universidades teológicas hay profesores que afirman que «Santo Tomás no va más», desacreditan su obra y la de sus comentaristas y los estudiosos que toman al Aquinate por referencia, como si la tradición filosófica del tomismo no hubiera aportado nada nuevo y no tuviera hoy algo que decirnos a través de quienes se inspiran en ella.

No se trata de repetir a Santo Tomás; tomismo no es «lo mismo». Basta citar la obra de Cornelio Fabro, en filosofía, y la de Jean – Hervé Nicolas, y de tantos otros, en teología. En un juicio negativo como el apuntado solo se puede ver ignorancia, incomprensión y partidismo.

Después de tratar sobre la teología dogmática, el decreto conciliar menciona rápidamente las otras disciplinas del currículo: la teología moral, el derecho canónico y la historia eclesiástica. En el campo de la teología moral, el rechazo de la encíclica Humanae vitae desencadenó una crítica despiadada de sus fundamentos y la difusión de textos de estudio que desviaron el juicio de varias generaciones sacerdotales. La Veritatis splendor de San Juan Pablo II debería ser estudiada cuidadosamente en los seminarios.

Importancia esencial de la Liturgia

Respecto de la Sagrada Liturgia, en su punto 16, Optatam totius la considera como la fuente primera y necesaria del genuino espíritu cristiano. Y Sacrosanctum Concilium afirma que la liturgia es la cumbre de la actividad de la Iglesia, el contacto sacramental con Dios, y al mismo tiempo es la fuente de donde mana toda su fuerza (n. 10), Se justifica esta fórmula, ya que los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por el Bautismo, todos se congreguen en la unidad y alaben a Dios, participen del Sacrificio y coman la cena del Señor (ib.).

No es la Iglesia una ONG para asegurar que la gente tenga tierra, techo y trabajo; para luchar contra el calentamiento global y la deforestación de la Amazonía, bien que su Doctrina Social apunte a la vigencia de una auténtica justicia en la sociedad. Su finalidad esencial es procurar que los hombres y pueblos crean en Cristo, vivan en gracia de Dios y se encaminen al Cielo.

La celebración litúrgica es acción sagrada por excelencia. Allí viene el problema: la liturgia es una realidad sagrada; el Concilio la llama continuamente sagrada liturgia.

La sacralidad implica que la belleza y solemnidad de los ritos trasmitan visible y audiblemente que se trata de acciones de Cristo, y no fabricaciones subjetivas del celebrante, el «equipo de liturgia» o el puñado de fieles a los que se califica pomposamente como «la comunidad». No debe introducirse en ese ámbito que comunica objetivamente con la gloria celestial –recordemos el final de los prefacios de la plegaria eucarística- el ritmo de un show entretenido o el «fervor religioso» de un partido de fútbol.

Aunque parezca mentira, no faltan los que –obispos incluidos- sostienen que ya no existe más diferencia entre lo sagrado y lo profano. Un hombre de la Edad de Piedra se escandalizaría de esa frívola apreciación, negada por la fenomenología de las religiones. Sagrado va unido a sacramentosacrificiomisterio. Cristo, por su misterio pascual, estableció la nueva, escatológica sacralidad y la introdujo en el mundo profano como anticipo transfigurante de la vida celestial. Como enseñó San León Magno, lo que fue visible en nuestro Redentor ha pasado a los ritos sacramentales, a los misterios del culto…

Muchos fieles no entienden que la Santa Misa es la presencia sacramental del sacrificio de Jesús; se ha impuesto una idea reductiva del «encuentro comunitario», del «banquete común». Ha ocurrido entre nosotros que un obispo celebrara misa en la playa, con hábito playero sobre el que colgó una estola, un mantelito sobre la arena, y el cáliz reemplazado ¡por un mate! Y casos como éste, lamentablemente, se multiplican día a día. Malos ejemplos para los seminaristas, y una burla de la severa prescripción conciliar: «que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium, 22). La deseducación de sacerdotes y fieles y la devastación de la liturgia han sido el fruto amargo de la imposición del pretendido «espíritu del Concilio».

Es sorprendente que, en esta tercera década del siglo XXI, continúen y se multipliquen los prejuicios del siglo pasado, que produjeron tantos estragos en la liturgia. Por ejemplo, desplazamiento, cuando no prohibición del órgano, del canto gregoriano y de la polifonía clásica y moderna. En cuanto al canto religioso popular –que conoció en Argentina excelentes compositores como Mons. Enrique Rau y los Padres Catena, Bevilaqua y Lombardi-, se ha extendido el mal gusto y se usan ampliamente productos que privilegian el ritmo sincopado sobre la melodía, con letras insulsas, sentimentales y ajenas al Misterio que se está celebrando; a esos males hay que añadir la abolición del silencio.

El desplazamiento del Sagrario y de la Cruz ha permitido la entronización del sacerdote, «presidente de la asamblea», como se lo llama y no humilde ministro de Cristo para hacer presente su sacrificio, sino muchas veces showman que dirige el espectáculo. No me detengo en otras imposiciones del autoritarismo de los que pretenden estar «actualizados», y ser «de avanzada».

Los obispos y los sacerdotes no somos dirigentes sociales sin más, y mucho menos agitadores ideologizados, como los que abundaron en los años 60 y 70 del siglo pasado, para ruina de la Iglesia y de la sociedad. La predicación apostólica extrae su fuerza del sacrificio del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, de modo que la congregatio societasque sanctorum sea ofrecida a Dios como un sacrificio universal. «La Ciudad de Dios», de San Agustín, habla bellamente de esa «congregación y sociedad de los santos».

El relativismo, la manipulación arbitraria del orden sacramental, la indigna secularización de la vida sacerdotal, la confusión populista entre piedad popular y superstición, el desafuero instalado en las cátedras de los centros de formación y la incuria de quienes por oficio debían vigilar y corregir, explican el innegable retroceso de la Iglesia en Argentina, como en otros países, según las diversas características de lugar y tiempo.

La situación negativa se prolonga. Entre nosotros, cada año, cientos de bautizados en la Iglesia Católica pasan a integrar los diversos grupos evangélicos, o por lo menos los frecuentan; en estos se les habla de Jesús y de la salvación, que es lo que primeramente esperan los pobres.

¿Cómo se llegó a la penosa generalización del descuido, la ruina del sentido de lo sagrado y la intromisión en ese ámbito de la arbitrariedad, la vulgaridad, las expresiones decadentes de gestos y de música? Por lo visto, los del «espíritu del Concilio», no leyeron los textos del Concilio, como el punto 5, de Presbyterorum Ordinisprocuren los presbíteros cultivar debidamente la ciencia y el arte litúrgicos. Subrayo: ciencia y arte.

La preparación, la propensión, comienzan en el Seminario, donde deben formarse auténticos «profesionales» del culto divino, es decir, liturgos. Que esto no se está haciendo, o se hace mínimamente y en pocos lugares, explica la situación general, y el acostumbramiento de los fieles a lo que les den.

El sacerdote es ministro de la misericordia de Cristo; habla poco de ella, la practica, la vive. El «misericordiosismo» que se difunde oficialmente, olvida lo que con tanta exactitud expresó Santo Tomás: la justicia sin misericordia es crueldad; la misericordia sin justicia es la madre de la disolución.

El populismo y el pastoralismo son capaces de poner en circulación eslóganes atrayentes y cuentan, a menudo, con un eficaz aparato de propaganda, pero solo producirán vacío y defraudarán a los jóvenes que buscan una formación sólida.

Una de las medidas más disparatadas, en los seminarios, es enviar a los alumnos del último curso del teologado –o aún antes- a vivir en las parroquias; y hasta interrumpir, por un tiempo, sus estudios. Y a los de los primeros cursos a hacer lo mismo los fines de semana; así se descoloca la formación pastoral que debe impartir el seminario y se entrega a los formandos en manos del clero, que no necesariamente está integrado por hombres peritos en la conducción pastoral, como verdaderos maestros. Todo por la premura de hacerles «meter barba en cáliz», como expresa galanamente el dicho español. Lo que efectivamente es un acierto que yo mismo experimenté, en 1972, es que los diáconos, antes de la ordenación presbiteral, ejerzan el ministerio y vivan en parroquias.

Otro prejuicio que se resiste a morir es la oposición que suele imponerse entre doctrina o estudio y praxis pastoral, siempre en desmedro de lo primero, como también la resistencia a enviar a los alumnos más dotados intelectual y espiritualmente a especializarse en centros superiores; de manera que la diócesis cuente con sacerdotes que tengan una formación científica más elevada, que les capacite para atender a las diferentes necesidades del apostolado, como recomienda a los obispos el número 18 de Optatam totius.

Esta manía revela la incapacidad de forjar un presbiterio bien formado y unido; donde todos los miembros, con humildad y amor fraterno, puedan trabajar armoniosamente en los más diversos ambientes, según el talento y la elección de cada sacerdote.

En cuanto a la imagen pública, un tic característico del progresismo es prohibir a los seminaristas el uso de la sotana, y no mirar con buenos ojos a los sacerdotes que la llevan, sospechosos de «conservadurismo»; siempre sería más «cercano al pueblo» vestir andrajos y lucir pelilargos. Hasta esos extremos ridículos llega la «grieta» eclesial.

La solicitud por el Pueblo de Dios significa diligencia, instancia cuidadosa, que incluyen preocupación y muchas veces algo de angustia. Estos complejos sentimientos invitan, ya desde el seminario, a cultivar una íntima amistad con Jesucristo y a descansar confiadamente en su Corazón. Esto implica que hay que trabajar, con pasión, por el Evangelio. Hay que vivir para la Iglesia y no servirse de ella para llevar una vida más o menos cómoda, sin mayores sobresaltos.

Me parece oportunísima la cautela que, en «Se hace tarde y anochece», ofrece el Cardenal Robert Sarah: Ningún esfuerzo humano, por más talentoso o generoso que sea, puede transformar un alma y darle la vida de Cristo. Solo la gracia y la cruz de Jesús pueden salvar y santificar a las almas y hacer crecer la Iglesia. Multiplicar los esfuerzos humanos, creer que los métodos y las estrategias tienen por ellas mismas eficacia, será siempre una pérdida de tiempo; solo Cristo puede dar su vida a las almas; la da en la medida en que Él mismo vive en nosotros y se ha apoderado totalmente de nosotros. Así ocurre con los santos. Toda su vida, todas sus acciones, todos sus deseos están habitados por Jesús. La medida del valor apostólico del apóstol reside únicamente en su santidad y en la densidad de su vida de oración.

La estrategia, los métodos más seguros y eficaces son la oración, la adoración, la comunión de vida con el Señor, la caridad para con todos. En definitiva, eso es lo que principalmente el Seminario debe inculcar a los jóvenes que aspiran al sacerdocio. Y todo su esfuerzo ha de dirigirse a acompañarlos en ese camino ascendente, de Galilea a Jerusalén, donde ocurren la cruz y la resurrección, de modo que la visión de Dios –en la medida en que a ella podemos acercarnos en esta tierra- los ilumine y alumbre su trabajo pastoral.

Desde Jesucristo, volver a las fuentes

Este trabajo sintético –lo reitero-, sobre la base de lo que estudié, enseñé y viví como sacerdote y obispo, nació desde el dolor y, también, de la esperanza. Dolor porque amo a la Iglesia, y me apena verla en su declive pronunciado; especialmente de los últimos doce años. Y esperanza –que, como ya expresé, conlleva siempre una cuota de alegría, pero también de claridad de razonamiento, realismo y llanto- porque noto que, al mismo tiempo, en sectores aún minoritarios, pero crecientemente significativos, se procura, desde Jesucristo, volver a las fuentes; a la ortodoxia y a la Tradición. Y es allí donde veo, con nitidez, auténticos caminos de futuro.

Contra facta non valent argumenta: a partir de las estadísticas oficiales de la Santa Sede, con las que iniciamos estas líneas, se estableció una relación en el número de vocaciones en países secularizados con clero progresista, y en el de institutos religiosos que respetan y cuidan la ortodoxia y la Tradición. Las cifras son contundentes: España, un seminarista por cada 17, 5 sacerdotes; Francia, un seminarista por cada 19, 5 sacerdotes; Italia, un seminarista por cada 15, 3 sacerdotes, y Alemania, un seminarista por cada 34, 5 sacerdotes. Por su parte, las vocaciones entre las congregaciones tradicionales, van de 0, 65 seminarista por sacerdote, a un seminarista por cada 2, 35 sacerdotes. Para que se mantenga estable el número de sacerdotes, en una diócesis, es necesario un mínimo de un seminarista por cada cinco sacerdotes en activo. Cifras categóricas que excluyen cualquier manipulación ideológica.

Desde el oficialismo progresista se afirma, con desdén, que los «tradis» tienen vocaciones porque «les lavan el cerebro a los jóvenes», como si éstos fuesen incautos e ignorantes; fáciles presas de cualquier engaño. Deberían leer lo que Joseph Ratzinger – Benedicto XVI dice en el capítulo cuatro de su «Jesús de Nazaret», acerca de la consagración sacerdotal de los Apóstoles, que se continúa en los ministros del culto católico: «Ellos deben ser sumergidos en Cristo, de Él deben estar como revestidos, y así son hechos partícipes de su consagración, de su encargo sacerdotal, de su sacrificio». ¡Nada menos que eso! Para ello, en el Seminario, hay que preparar a los jóvenes.

Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.

La acción de la Iglesia en el terremoto de Tailandia

Tras uno de los peores terremotos  ocurridos en Tailandia y Myanmar, la Iglesia católica se ha implicado muy activamente para ayudar a los miles de afectados. Hasta el momento, el número de víctimas mortales supera las 2.700 y se prevé que la cifra continúe aumentando

«El mayor desafío en este momento es acceder a las zonas afectadas. Además, según los protocolos del gobierno, los voluntarios y organizaciones extranjeras aún no han recibido autorización para ingresar al país. No obstante, la Iglesia católica está facilitando los procedimientos para agilizar la llegada de la ayuda», afirma el padre Rocco, misionero Camilo.

«Los supervivientes necesitan refugio temporal, alimentos enlatados, agua potable y medicinas. La inestabilidad política complica aún más la labor de las organizaciones humanitarias, que deben acelerar su respuesta».

Camillian Disaster Service International (CADIS) Tailandia y Caritas Tailandia se están coordinando y han debatido posibles estrategias de asistencia, el establecimiento de contactos locales y el lanzamiento de una campaña de recaudación de fondos. También se ha abordado la posibilidad de entablar diálogo con el gobierno de Myanmar para movilizar equipos de respuesta a desastres y coordinar la labor de médicos y personal de enfermería en la atención de emergencias sanitarias.

Fuente: Agencia Fides

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12 hombres sin piedad

En tiempos de freidoras de aire y de inteligencia artificial ¿cuánto tardaríamos hoy en condenarlo?

El otro día me sorprendió una película de la que había oído hablar con anterioridad, pero de la cual tenía expectativas prácticamente nulas. Pensaba que sería un drama judicial más, de esos que han envejecido con el tiempo y, sin embargo, me encontré con una obra de una vigencia brutal. «12 hombres sin piedad» no solo me atrapó desde el primer momento, sino que me hizo reflexionar.

En un panorama donde la industria del cine parece depender cada vez más de efectos especiales, presupuestos desorbitados y repartos llenos de estrellas, resulta difícil imaginar que una película como «12 hombres sin piedad» pudiera realizarse hoy y, más aún, que consiguiera atrapar la atención del público. Sin embargo, esta obra maestra de Sidney Lumet demuestra que una historia bien construida no necesita grandes artificios para impactar, logrando una de las narrativas más potentes que el cine haya visto, en un único escenario y con un elenco reducido.

Uno de los aspectos quizás más destacables de la película es la riqueza psicológica de los jurados, cada uno con su propio trasfondo, valores y prejuicios. Más allá de la discusión sobre la culpabilidad o inocencia del acusado, lo que realmente se juzga en esa sala es la naturaleza humana. La predisposición al sesgo, la facilidad con la que proyectamos nuestros traumas en otros, y la influencia de la opinión mayoritaria en nuestra toma de decisiones.

Una de las premisas que plantea la película tiene una cuestión de fondo que me resulta fascinante: ¿puede un joven nacido en un barrio marginal aspirar a algo más que a la delincuencia si la sociedad entera le dice que ese es su destino? Nos obliga a cuestionar cómo los prejuicios estructurales afectan la impartición de justicia. De la misma manera pone en entredicho la fiabilidad de los testigos y cómo la percepción puede verse manipulada.

La observación sobre el testigo anciano —que podría haber mentido por necesidad de atención— es particularmente conmovedora y relevante en nuestra sociedad actual, donde los ancianos son cada vez más olvidados. Esa soledad puede llevar a comportamientos desesperados para sentirse relevante y escuchado en un mundo que, a menudo, los ignora. Esa necesidad de reconocimiento puede llevarles incluso a distorsionar la realidad.

Asimismo, la presión social sobre los estándares de belleza queda patente en la discusión sobre la testigo femenina. El hecho de que haya ocultado el uso de gafas para aparentar juventud expone cómo la sociedad condiciona la imagen que proyectamos y cómo ese deseo de encajar puede influir incluso en un juicio. Hoy en día, vivimos en una era dominada por filtros, cirugías estéticas y culto a la imagen, no resulta difícil imaginar situaciones similares donde la credibilidad de una persona quede en entredicho simplemente por no ajustarse a ciertos cánones estéticos.

Todo esto convierte a «12 hombres sin piedad» en algo más que un drama judicial: es un estudio sobre el juicio humano, sobre cómo decidimos, qué nos mueve y qué tan fácil es dejarnos arrastrar por nuestros prejuicios. La gran pregunta que me sugiere la película es qué sucedería si trasladamos el escenario de la película a nuestra sociedad actual. En una época caracterizada por la polarización política, la inmediatez de las redes sociales y la cultura de la cancelación, ¿habría alguien dispuesto a dudar? ¿Acaso el juicio habría terminado en cuestión de minutos, condenando sin vacilar?

En tiempos donde es más fácil señalar culpables que cuestionar nuestras certezas, 12 hombres sin piedad nos recuerda que la justicia es frágil y está constantemente amenazada por nuestras propias debilidades. “Como dice el Jurado N.º 8: «Es muy fácil matar a un hombre, pero ¿qué derecho tenemos?».” Una pregunta que, hoy en día, seguimos sin poder responder del todo.

Pepe Carcelén

Título: «12 hombres sin piedad»
Año: 1957
Dirección: Sidney Lumet

 

 

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Claves para tener éxito en el matrimonio

José Luis Gadea y Magüi Gálvez, fundadores de Proyecto Amor Conyugal, nos desvelan las claves para tener éxito en el matrimonio.

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