Volvamos al mundo y a la gente

Antes de que el Papa llegue, una pregunta: ¿tendremos ojos para mirarlo, o solo pantallas para grabarlo?

Magnífica Humanitas

Dentro de dos días pisará suelo argentino un Papa que escribió su primera gran carta para decirnos algo que ya sospechábamos y no nos animábamos a confesar: nos estamos olvidando de lo que es ser un ser humano.

León XIV estará en la Argentina entre el 8 y el 11 de noviembre, con actividades en Buenos Aires, Córdoba y Luján.

Será la primera visita de un pontífice al país desde la de Juan Pablo II en 1987, y Francisco, que siempre quiso venir, nunca lo concretó.

Es mucho tiempo de espera. Y sin embargo corremos el riesgo de vivir este acontecimiento como vivimos todo: mirándolo a través de un vidrio de seis pulgadas.

La ventana que se volvió pared

Las redes nos prometieron conexión. . .

Cumplieron a medias: nos dieron contacto, pero no presencia.

Sabemos qué comió un conocido que no vemos hace veinte años y no sabemos cómo está el vecino que vive a una pared de distancia.

Opinamos de todo y escuchamos poco.

Nos informamos a toda hora y hace tiempo que no nos asombramos de nada.

La pantalla fue ventana; hoy es pared.

No nos separa del mundo con violencia, sino con comodidad.

Nadie nos obliga a quedarnos adentro: nos quedamos porque afuera cuesta.

Afuera hay rostros que cansan, silencios que incomodan, pobres que interpelan, tiempos que no se aceleran.

Adentro, en cambio, todo se desliza con el pulgar.

Ese letargo es el que hay que nombrar. No es maldad.

Es adormecimiento: una anestesia suave, sin dolor, que nos va quitando de a poco la capacidad de sentir.

Lo que ya dijo la encíclica

Magnifica Humanitas, primera encíclica de León XIV, fue publicada el 25 de mayo de 2026, con fecha del 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum.

No es un detalle de calendario.

León XIII habló cuando la máquina de vapor devoraba al obrero; León XIV habla cuando el algoritmo amenaza con devorar al hombre entero.

Aquella fue la cuestión obrera. Esta es la cuestión digital.

Y hay una diferencia que vuelve la segunda más difícil: la primera tenía un adversario con nombre y dirección, mientras que la segunda se filtra por todas partes, sin rostro y sin fábrica a la que ir a protestar.

Lo central del documento es una afirmación sobria y decisiva: la inteligencia artificial no es una conciencia.

Puede procesar, calcular, imitar; pero no juzga el bien y el mal, no carga con el peso de las consecuencias, no sabe desde adentro qué es amar, trabajar, ser amigo o ser responsable.

Y por eso el Papa advierte que «No podemos considerar la IA como moralmente neutra».

Pero lo más hondo de esta advertencia no es técnico. Es antropológico.

Si la máquina simula presencia, el riesgo no es que la máquina se vuelva humana, sino que nosotros nos acostumbremos a una humanidad simulada: relaciones sin cuerpo, opiniones sin rostro, afectos sin costo, conocimiento sin sabiduría. . .

El mercado que lo mide todo

Hay una palabra que atraviesa la encíclica aunque no se la nombre siempre con las mismas letras: reducción.

El hombre reducido a dato. A perfil. A consumidor. A audiencia. A cliente potencial cuyo tiempo y cuya atención se subastan.

Un mundo convertido en un inmenso mercado global no necesita ciudadanos ni hermanos: necesita usuarios.

Y al usuario no se le pide que piense, que ame, que rece, que sufra con el que sufre.

Se le pide que no se detenga.

Lo que el mercado no tolera es el hombre quieto, el hombre que contempla, el hombre que mira a los ojos.

Por eso la reducción es doble.

Reducen al ser biológico: cuerpos que no caminan, no se encuentran, no tocan la tierra ni a otro cuerpo, que duermen mal, comen mal, se aíslan.

Y reducen al ser espiritual: almas sin silencio, sin pregunta última, sin ese hueco donde Dios suele hablar bajito.

Lo uno y lo otro se pierden juntos, porque somos las dos cosas a la vez: carne y aliento, tierra y cielo.

Quien nos arranca una mitad nos destruye entera.

Cuando las advertencias de la encíclica abarcan la IA, las guerras y la «cultura del poder», está diciendo que no hay tres problemas, sino uno: una cultura que cuenta a las personas por lo que rinden y no por lo que son.

Los que no figuran en la pantalla

Hay un detalle del pontificado que conviene recordar ahora.

León XIV llama a los excluidos «poetas sociales», porque transforman la realidad con la creatividad de sus manos y su compromiso constante.

Poetas sociales.

El que arma un comedor en un barrio sin asfalto. La que sostiene a tres generaciones con una olla.

El que visita al enfermo sin que nadie lo filme.

Ninguno de ellos es tendencia.

Todos son, en cambio, el tejido real de un país. Y a ellos no se llega con un clic: se llega con los pies embarrados y la puerta abierta.

La pregunta que nos deja la encíclica es incómoda: ¿cuántos de nuestros hermanos viven fuera de nuestra vista porque hemos elegido mirar solo lo que cabe en una pantalla?

Lo que necesitamos escuchar

No sabemos qué dirá el Papa en cada homilía, y sería necio adelantarlo.

Pero sí sabemos lo que necesitamos escuchar, y conviene decirlo con franqueza, porque hay palabras que solo un Papa puede pronunciar con autoridad y que ninguna red social se atreve a decir.

Que estamos hechos para el encuentro y no para la exhibición. Que ninguna cantidad de seguidores reemplaza a un amigo que viene cuando uno está mal.

Que la verdad no se mide en reacciones. Que algo no es cierto porque se repite, ni valioso porque se comparte.

Que la dignidad no se pierde por ser lento, viejo, pobre, enfermo o inútil para el mercado. Que el valor de una persona es previo a su productividad.

Que hay un tiempo que no se acelera: el de la oración, el del duelo, el de la espera, el de la conversión. Que la vida interior no cabe en una notificación.

Que Dios no está en la nube. Está en el pan partido, en el rostro del prójimo, en la capilla de barrio, en el silencio de un domingo a la tarde.

Y hay algo más que necesitamos oír, quizá lo más difícil: que volver no es retroceder. No se trata de romantizar un pasado ni de demonizar la tecnología, que puede servir, y mucho. Se trata de recuperar el orden de las cosas: la técnica al servicio de la persona, y no la persona al servicio de la técnica.

Mirar al Papa… ¿o filmarlo?

Habrá multitudes en Luján, en Córdoba, en Buenos Aires.

Habrá millones de teléfonos en alto.

Y habrá, también, algo más raro y más valioso: gente que baje el brazo y mire. Que rece. Que llore, si hay que llorar. Que le estreche la mano al de al lado, a quien no conoce, y descubra que es su hermano.

Si algo puede lograr esta visita, no es un acto de masas más.

Es un despertar. Un golpe de realidad espiritual que nos devuelva al mundo concreto: a la familia de carne y hueso, a la parroquia de ladrillos, al barrio con sus problemas, al pobre con su nombre.

Un Papa que llega para decirnos, en persona, que la Fe se vive con el cuerpo y entre los otros.

Volver: gestos pequeños y verdaderos

La encíclica pide marcos jurídicos, vigilancia independiente, educación, protección del trabajo, y está bien que lo pida: eso les toca a los gobiernos y a las instituciones.

Pero hay un volver que nadie puede hacer por nosotros:

  • Una mesa sin pantallas, al menos una vez al día.
  • Una visita sin avisar a quien está solo.
  • Una misa entera, con el teléfono guardado, sin sacar fotos de lo que se debe adorar.
  • Una caminata sin auriculares, para que vuelva a hablar el silencio.
  • Una conversación larga y difícil, cara a cara, con quien pensamos distinto.
  • Un gesto concreto con un pobre real, con nombre y apellido, no una causa ni un hashtag.

Nada de esto sale en los titulares. Todo esto, en cambio, es lo que sostiene una civilización cuando las demás cosas se caen.

Una última palabra

Hubo épocas en que a los cristianos se los reconocía por cómo se amaban.

Podríamos pedirle a Dios que, en esta época, se nos reconozca por algo todavía más raro: por estar presentes.

Por mirar a los ojos. Por escuchar hasta el final. Por tener tiempo para el que no rinde.

Despertar del letargo no es romper un aparato.

Es recordar para qué fuimos hechos. . .

Y ese recuerdo, si el Papa llega y lo sabemos recibir, puede ser el comienzo de una Argentina que vuelva a mirarse a la cara.

Volvamos al mundo.

Volvamos a la gente.

Allí, y no en otro lugar, nos espera Dios. . .

©Catolic.ar

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Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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