Los que nadie fue a buscar

La inacción de la Iglesia ante las élites y el campo que sus adversarios ya ocuparon

La Iglesia y las élites. . .


El silencio que condena

Hay un pecado que la Iglesia no suele confesar porque no lo reconoce como tal. No es un pecado de acción sino de omisión. No es la persecución al diferente, no es la condena al pecador, no es el anatema lanzado contra el error.

Es algo más sutil y, por eso mismo, más grave: es el abandono sistemático de un campo entero de la humanidad. Es haber mirado hacia otro lado durante décadas, mientras ese campo era sembrado por otros con semillas que no son el Evangelio.

La Iglesia Católica, que se precia de universalidad, que proclama que Cristo murió por todos los hombres sin excepción, que repite hasta el cansancio que nadie está fuera del alcance de la misericordia divina, tiene sin embargo una zona ciega. Una zona que no es geográfica sino social. No son los pobres de las periferias —esos sí reciben atención, misiones, Cáritas, presencia pastoral—.

La zona ciega está arriba.

Está en los pisos altos de las universidades, en los despachos de los poderes económicos, en las logias donde se toman decisiones que afectan a millones, en los laboratorios donde se diseña el futuro de la especie, en los medios que fabrican el sentido común de una época.

Allí la Iglesia, en términos generales, no fue. O fue tarde. O fue mal.

Y en ese vacío, otros pusieron su bandera.


La masonería como espejo incómodo

No se trata aquí de caer en conspiracionismo barato. La masonería no es un monstruo omnipotente que mueve los hilos de la historia desde las sombras. Pero sería una ingenuidad simétrica negar lo que es documentalmente verificable: la masonería, en sus distintas expresiones, ha tenido desde el siglo XVIII una estrategia deliberada y consistente de captación de élites.

No recluta a cualquiera. Recluta a los mejores según los criterios del mundo: a los jueces, a los médicos, a los ingenieros, a los políticos, a los empresarios, a los intelectuales.

Les ofrece algo que la modernidad secular no puede dar fácilmente: pertenencia, red, jerarquía iniciática, sentido de trascendencia horizontal, rituales, misterio y, sobre todo, la sensación de pertenecer a una fraternidad que está por encima de las contingencias ordinarias de la vida.

¿Por qué funciona? Porque esas personas tienen hambre. Hambre de algo que no se compra, que no se consigue con el próximo ascenso, que no aparece en el siguiente logro profesional. Tienen hambre de sentido, de pertenencia genuina, de algo que los supere. Y esa hambre es exactamente el hambre que el Evangelio viene a saciar.

Pero el Evangelio no llegó. Llegó la logia.

La pregunta que la Iglesia debería hacerse —y que rara vez se hace con honestidad— no es cómo combatir a la masonería, sino por qué la masonería ocupa un espacio que le pertenecía por derecho de misión. La respuesta es incómoda: porque la Iglesia lo dejó libre.


Los ricos del Evangelio: una relectura necesaria

La tradición ha leído el episodio del joven rico —ese que se va triste porque tiene muchos bienes— como una advertencia sobre los peligros de la riqueza. Y lo es. Pero hay una dimensión que esa lectura pastoral ha opacado con frecuencia: Cristo lo miró, dice el texto, y lo amó.

Lo amó antes de que cumpliera ninguna condición. Lo amó siendo quien era: rico, joven, inteligente, íntegro en su cumplimiento de la Ley, lleno de potencial. Y le hizo una propuesta que era también una invitación a convertirse en apóstol de primer orden.

El joven se fue. Eso es cierto. Pero la pregunta que el texto nos deja resonando no es sólo sobre él. Es también sobre nosotros: ¿cuántos otros como él siguen caminando por el mundo sin que nadie los mire con ese amor, sin que nadie les haga esa propuesta? ¿Cuántos hombres y mujeres brillantes, poderosos, influyentes, están esperando —aunque no lo sepan— que alguien llegue con una propuesta que esté a la altura de su inteligencia y de su sed?

El Evangelio no es patrimonio de los sencillos. Lo es también, y de modo especial, de los complejos.

De los que tienen más para dar. La parábola de los talentos no habla de virtudes espirituales abstractas: habla de capacidades reales, de dones concretos, de influencia efectiva sobre el mundo. Y el señor de la parábola no le pide al siervo de los cinco talentos que los entierre por humildad. Le exige que los multiplique.

Una Iglesia que no evangeliza a quienes tienen cinco talentos no sólo los pierde a ellos. Pierde los frutos de esos talentos puestos al servicio del Reino.

Pierde lo que habrían podido hacer: las instituciones que habrían fundado, los medios que habrían transformado, las leyes que habrían impulsado, las conversaciones que habrían cambiado en las cumbres donde se decide el rumbo del mundo.


El clasismo pastoral invertido

Hay que nombrarlo sin eufemismos: existe en la pastoral católica una forma de clasismo invertido que es, a su manera, tan injusto como el clasismo que condena. Es la tendencia inconsciente —a veces consciente— a ver a las personas de poder, de dinero, de influencia, no como almas necesitadas de salvación sino como obstáculos, como representantes del sistema, como los Herodes y los Pilatos del tiempo presente.

Esa mirada tiene algo de profético mal digerido. Hay una tradición legítima en la Iglesia de interpelación al poder. Los profetas de Israel, Juan Bautista, Óscar Romero.

Pero hay una diferencia abismal entre interpelar al poder para convertirlo y simplemente despreciarlo. Entre decirle al rey “has pecado” para que se arrepienta y construya justicia, y abandonarlo a su suerte como si fuera irrecuperable.

La Iglesia, en demasiadas ocasiones, ha optado por la denuncia sin el encuentro. Por señalar el pecado estructural sin ir a buscar al pecador concreto que ocupa la silla ejecutiva. Por hablar del sistema sin hablar con los hombres y mujeres que lo habitan y que, en su fuero interno, tal vez esperan que alguien llegue con algo más que acusaciones.

Ese abandono tiene consecuencias que van más allá de las almas individuales. Las decisiones que se toman en esos pisos altos tienen efectos sobre millones de vidas. Una política educativa, una regulación financiera, una estrategia mediática, un algoritmo diseñado en un laboratorio: todo eso pasa por manos humanas. Por manos que tienen una cosmovisión.

Y si esa cosmovisión no fue formada por el Evangelio, será formada por otra cosa. La naturaleza aborrece el vacío. Y el vacío pastoral también.


Lo que el adversario comprendió y nosotros ignoramos

Mientras la Iglesia debatía ad intra sobre sus propias estructuras, el liberalismo cultural, el relativismo filosófico sofisticado, el transhumanismo, el globalismo tecnocrático, desarrollaron algo que merece ser llamado por su nombre: una pastoral de élites. No usan esa palabra. Pero es lo que hacen.

Los foros internacionales donde se reúnen los líderes del mundo no son neutrales. Son espacios donde una cosmovisión determinada se reproduce, se legitima, se transmite de generación en generación de líderes.

Los think tanks que forman a los cuadros de la economía global no son neutrales. Las universidades de élite donde se forja la mentalidad de los que gobernarán el mundo en las próximas décadas no son neutrales.

Y la Iglesia, que tiene en su tradición intelectual un patrimonio incomparable —desde Agustín hasta Tomás, desde Newman hasta Ratzinger—, ha estado mayormente ausente de esa conversación.

No por falta de argumentos. Por falta de presencia. Por falta de estrategia. Por falta, en definitiva, de una conciencia clara de que evangelizar es también —y quizás especialmente en este tiempo— ir a donde se fabrican las ideas que mueven el mundo.


Una evangelización inédita: el Evangelio en los pisos altos

Lo que se necesita no es una nueva doctrina. Es una nueva audacia apostólica. Es comprender que el Evangelio tiene algo que decirle al físico nuclear, al filósofo analítico, al financiero global, al juez de la Corte Suprema, al algoritmo designer. No a pesar de su inteligencia, sino precisamente a través de ella.

Newman lo supo. Él mismo fue ese hombre: un intelectual formidable que encontró en la fe no la rendición de su razón sino su más alta exigencia.

Chesterton lo supo. Era un polemista brillante que descubrió que el catolicismo era la única cosmovisión lo suficientemente grande como para contener toda la paradoja de lo real.

Pascal lo supo. Blaise Pascal, el matemático, el físico, el genio de su siglo, que escribió las Pensées como quien tiende una trampa amorosa para la inteligencia orgullosa de sus contemporáneos.

La Fe no pide que el brillante apague su brillo. Le pide que lo oriente. Que lo ponga al servicio de algo más grande que él mismo. Que descubra que la inteligencia más alta no es la que domina el mundo sino la que se pone de rodillas ante el Misterio que lo fundamenta.

Hay hombres y mujeres hoy —en Buenos Aires, en Madrid, en Roma, en Ginebra, en Silicon Valley— que tienen hambre de eso. Que han llegado a la cima de lo que el mundo valora y han encontrado que la cima está vacía.

Que tienen todo lo que el sistema prometía que los haría felices y descubren que la promesa era falsa.

Que buscan —sin saberlo, sin tener vocabulario para nombrarlo— exactamente lo que el Evangelio tiene para darles.

¿Quién va a buscarlos?


La Iglesia que Francisco soñaba y la que todavía no existe

El Papa Francisco repetía que la Iglesia es de todos y para todos. Que hay que ir a las periferias. Y tiene razón. Pero las periferias no son sólo geográficas. Hay una periferia del poder que es también una periferia del alma.

Hay hombres en los centros del mundo que están más solos, más vacíos, más perdidos que muchos habitantes de los márgenes. La soledad del poderoso es una de las más absolutas que existen, precisamente porque está rodeada de personas que quieren algo de él y nadie que quiera simplemente a él.

Ir a esa periferia requiere un tipo especial de valentía. Requiere no tener miedo al poder, no ser seducido por él, pero tampoco despreciarlo. Requiere la lucidez del profeta y la ternura del pastor. Requiere hablar un lenguaje que el intelectual respete, que el empresario entienda, que el político reconozca como serio.

La Iglesia tiene esos recursos. Los ha tenido siempre. Lo que le ha faltado, en demasiadas épocas y en demasiados lugares, es la voluntad de desplegarlos donde más se necesitan.

El campo está libre. Los adversarios ya están en él. La pregunta es si la Iglesia va a seguir mirando desde afuera o si va a entender, de una vez, que la universalidad que proclama le exige también —y con urgencia— ir a buscar a los que nadie fue a buscar.


No esperaron al hijo pródigo en casa. Fueron a buscarlo. Eso es el Evangelio.

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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