Cuando el mundo que conocíamos empieza a desaparecer

Los signos de una transformación que alcanza a la sociedad, a la Iglesia y a nuestra propia manera de vivir

Hay momentos de la historia en los que las personas saben que algo está ocurriendo, pero todavía no saben ponerle nombre.

No existe una fecha exacta.

No hay una frontera visible.

Nadie se despierta una mañana con la noticia de que una época terminó y otra comenzó.

Cuando el mundo cambia

Las grandes transformaciones históricas suelen ser mucho más silenciosas.

Primero aparecen como pequeñas anomalías: una costumbre que deja de transmitirse, una institución que pierde autoridad, una generación que ya no entiende determinadas certezas de sus padres, una tecnología que modifica comportamientos, una forma de trabajar que desaparece, una Iglesia que descubre que las palabras que antes alcanzaban ya no llegan de la misma manera.

Durante años, todo parece una suma de fenómenos independientes.

Hasta que alguien se atreve a formular una pregunta incómoda:

¿Y si no estuviéramos simplemente atravesando muchas crisis, sino asistiendo al nacimiento de otra forma de vivir?

No sabemos todavía si dentro de algunas décadas los historiadores considerarán estos años como el comienzo de una nueva etapa de la humanidad.

Pero hay suficientes señales para detenernos.

Porque están cambiando simultáneamente la tecnología, el trabajo, las relaciones humanas, la autoridad, la información, la economía, la política, la cultura, la familia, la manera de construir identidad y la relación con la religión.

Y cuando cambian tantas cosas al mismo tiempo, quizá ya no alcance con hablar de “cambios”.

Quizás estamos delante de algo mayor.


No es solamente la inteligencia artificial

Sería fácil atribuir todo a la inteligencia artificial.

Sería también un error.

La IA es probablemente uno de los aceleradores más visibles de una transformación que comenzó antes de que aparecieran los actuales sistemas generativos.

Hace apenas unos años, buscar información significaba consultar una biblioteca, un diario, una enciclopedia o preguntar a una persona considerada experta.

Después llegó Google.

Luego las redes sociales.

Después los algoritmos comenzaron a decidir qué información aparecía delante de nuestros ojos.

Ahora podemos conversar con una máquina que sintetiza conocimientos, redacta textos, analiza documentos, genera imágenes, traduce idiomas, programa y responde preguntas en segundos.

El salto no es solamente tecnológico.

Está modificando nuestra relación con el conocimiento.

Y cuando cambia la forma en que una sociedad obtiene conocimiento, inevitablemente cambia también la autoridad.

Durante siglos, una parte importante de la autoridad provenía de saber algo que los demás no sabían.

Ahora el conocimiento se ha vuelto abundantísimo.

El problema comienza a ser otro:

¿En quién confiar?

La humanidad está pasando de una escasez de información a una posible abundancia de información.

Y una sociedad inundada de información puede terminar teniendo una necesidad todavía mayor de discernimiento.


La autoridad ya no funciona como antes

Un sacerdote.

Un médico.

Un periodista.

Un profesor.

Un dirigente.

Un padre.

Una institución.

Durante mucho tiempo, determinadas posiciones sociales otorgaban un grado significativo de autoridad.

Hoy ninguna de ellas funciona automáticamente.

No significa que hayan perdido toda legitimidad.

Significa algo más complejo:

ya no alcanza con ocupar el lugar de autoridad para ser reconocido como autoridad.

El joven puede escuchar al sacerdote y, al mismo tiempo, consultar a un influencer.

El paciente puede recibir una indicación médica y buscar inmediatamente una segunda opinión en internet.

El ciudadano puede escuchar al político y después consultar directamente documentos, videos y comentarios.

El creyente puede escuchar una homilía y luego pasar la noche viendo contenidos religiosos producidos por personas que viven a miles de kilómetros.

La autoridad se ha fragmentado.

Y esta transformación plantea una pregunta decisiva para la Iglesia:

¿cómo se anuncia la verdad en una cultura que ya no recibe automáticamente la verdad de una institución?


También está cambiando nuestra manera de relacionarnos

Hay una de las paradojas más impresionantes de este tiempo:

Nunca tuvimos tantas posibilidades de comunicación y, sin embargo, la soledad se ha convertido en una preocupación creciente.

Podemos hablar con personas que viven al otro lado del planeta.

Podemos ver permanentemente qué hacen nuestros conocidos.

Podemos pertenecer simultáneamente a múltiples grupos digitales.

Podemos recibir mensajes durante todo el día.

Y aun así podemos sentir que nadie nos conoce verdaderamente.

La conexión no garantiza comunión.

La comunicación no garantiza encuentro.

La presencia digital no reemplaza necesariamente la presencia humana.

Y quizás aquí exista uno de los grandes desafíos del cristianismo que está naciendo.

Porque el cristianismo no es una religión de espectadores.

Es una religión de encuentro.

Un Dios que no envió simplemente información sobre sí mismo.

Se hizo carne.

No envió un mensaje.

Vino.


¿Qué está pasando con nosotros?

Esta quizás sea la pregunta más difícil.

Porque es posible describir los cambios sociales y tecnológicos sin preguntarnos qué están haciendo dentro de nosotros.

Pero ahí está el verdadero territorio de la transformación.

Estamos aprendiendo a vivir con una velocidad desconocida.

Recibimos noticias antes de poder procesar las anteriores.

Tenemos acceso inmediato a bienes, servicios, entretenimiento y conocimiento.

Podemos modificar nuestra imagen pública.

Podemos construir comunidades fuera de nuestro territorio.

Podemos trabajar a distancia.

Podemos relacionarnos sin encontrarnos físicamente.

Podemos conversar con máquinas.

Podemos recibir recomendaciones diseñadas específicamente para nosotros.

Y los algoritmos pueden llegar a conocernos a través de nuestros comportamientos mejor de lo que nosotros mismos conocemos algunas de nuestras preferencias.

Esto plantea una pregunta que durante mucho tiempo perteneció casi exclusivamente a la filosofía:

¿qué significa ser libre?

Porque ser libre no es simplemente poder elegir.

También es poder descubrir qué queremos verdaderamente.

Poder cambiar.

Poder resistir.

Poder decir que no.

Poder no quedar atrapados en el perfil que otros construyeron sobre nosotros.

Poder descubrir una vocación.

Poder orientar la propia existencia hacia algo que consideramos verdadero y bueno.

En una época de posibilidades infinitas, quizás una de las grandes amenazas sea no saber para qué vivir.


Y entonces aparece la Iglesia

Aquí la cuestión adquiere una profundidad completamente distinta.

La Iglesia no observa esta transformación desde afuera.

Está dentro de ella.

Sus templos están dentro de esta sociedad.

Sus sacerdotes pertenecen a esta cultura.

Sus jóvenes viven dentro de este mundo.

Sus familias enfrentan las mismas transformaciones.

Sus laicos trabajan en las mismas empresas.

Sus periodistas utilizan las mismas redes.

Sus niños crecen rodeados de pantallas.

Sus seminaristas se forman en un mundo completamente diferente al de generaciones anteriores.

Por eso quizás sea insuficiente preguntar:

¿Por qué la gente dejó de ir a misa?

La pregunta anterior debería ser:

¿Qué cambió en la persona que antes encontraba naturalmente su lugar dentro de una institución religiosa?

No todas las respuestas serán iguales.

Algunos se alejaron por indiferencia.

Otros por heridas.

Otros por desacuerdos.

Otros porque dejaron de creer.

Otros porque nunca encontraron una comunidad capaz de acompañarlos.

Y otros quizás siguen buscando a Dios pero ya no saben si la Iglesia es el lugar donde podrán encontrarlo.

No deberíamos simplificar este fenómeno.

Pero tampoco ignorarlo.


Quizás la Iglesia esté siendo obligada a distinguir entre Cristo y la época

Esta podría ser una de las consecuencias espirituales más profundas.

La fe cristiana atravesó culturas completamente diferentes.

Los primeros cristianos vivieron en el mundo romano.

Después llegó la cristiandad.

Luego la modernidad.

Ahora aparece una cultura digital y globalizada cuya forma definitiva todavía desconocemos.

Cristo no pertenece a ninguna de esas épocas.

Y por eso existe una pregunta que puede ser incómoda pero necesaria:

¿qué pertenece realmente al Evangelio y qué pertenece simplemente a la forma histórica que adquirió el cristianismo en determinadas sociedades?

No todo lo antiguo debe desaparecer.

Pero tampoco todo lo antiguo es sagrado.

Y no todo lo nuevo debe ser aceptado.

Pero tampoco todo lo nuevo es enemigo de Dios.

La tarea cristiana no consiste en conservar una época.

Consiste en discernir.


Quizás Dios no esté pidiendo que salvemos el mundo que conocimos

Esta es una posibilidad que merece ser examinada con humildad.

Cada generación siente la tentación de pensar que la forma de sociedad que conoció es la forma normal del mundo.

Pero ninguna época es eterna.

Los imperios desaparecieron.

Las instituciones cambiaron.

Las ciudades se transformaron.

Los modelos económicos mutaron.

Las culturas nacieron y murieron.

La Iglesia atravesó todos esos procesos.

Por eso quizás nuestra primera tarea no sea impedir que cambie el mundo.

Quizás sea descubrir:

qué quiere Dios de nosotros en el mundo que está naciendo.

La diferencia es enorme.

Porque una Iglesia obsesionada con conservar una época puede terminar defendiendo cosas que no son esenciales.

Una Iglesia capaz de discernir puede descubrir nuevas formas de anunciar el mismo Evangelio.


¿Y si estamos siendo llevados nuevamente a lo esencial?

Puede existir una paradoja.

Cuanto más complejo se vuelve el mundo, más elemental puede resultar la pregunta humana.

Después de siglos de filosofía.

Después de revoluciones.

Después de guerras.

Después de internet.

Después de inteligencia artificial.

Después de millones de estímulos diarios.

Una persona puede terminar preguntándose exactamente lo mismo que alguien hace dos mil años:

¿Para qué estoy viviendo?

¿A quién puedo amar?

¿Quién me ama?

¿Qué hago con mi sufrimiento?

¿Qué hago con mi culpa?

¿Puedo empezar de nuevo?

¿Mi vida tiene sentido?

¿Qué ocurre después de la muerte?

¿Existe Dios?

Y quizás la mayor oportunidad evangelizadora de este nuevo tiempo esté precisamente allí.

No en competir con la tecnología.

No en producir más contenido religioso.

No en llenar las redes de frases piadosas.

Sino en volver a anunciar una respuesta:

tu vida tiene un sentido porque eres amado por Dios.

Y ese amor tiene un rostro.

Jesucristo.


Una Iglesia para una humanidad solitaria

Quizás la Iglesia del futuro no necesite parecer más poderosa.

Quizás necesite ser más reconocible por algo mucho más sencillo:

su capacidad de amar.

Que una persona pueda entrar en una comunidad y encontrar alguien que la conozca.

Que un enfermo encuentre compañía.

Que una familia encuentre ayuda.

Que un joven pueda hacer preguntas sin ser inmediatamente juzgado.

Que una persona que se alejó pueda volver sin sentirse interrogada.

Que alguien que perdió la fe pueda decirlo.

Que un sacerdote pueda escuchar.

Que un laico pueda servir.

Que los pobres no sean solamente destinatarios de asistencia sino protagonistas.

Que una parroquia no sea simplemente un edificio donde se celebran sacramentos sino una comunidad donde la vida humana encuentra acogida.

Eso no sería una estrategia pastoral.

Sería volver al Evangelio.


Y aquí comienza la pregunta más incómoda

Si todo está cambiando…

Si las instituciones están cambiando…

Si la tecnología está cambiando…

Si la cultura está cambiando…

Si la Iglesia está cambiando…

¿qué está cambiando en mí?

Porque nadie puede investigar esta transformación desde afuera.

También nosotros somos parte de ella.

Nuestros hábitos.

Nuestros miedos.

Nuestros deseos.

Nuestra manera de trabajar.

Nuestra forma de relacionarnos.

Nuestra fe.

Nuestra manera de informarnos.

Nuestra percepción del tiempo.

Nuestra relación con Dios.

Todo está siendo tocado.

Por eso quizás la pregunta más importante de todas no sea:

“¿Qué será del mundo?”

Sino:

“¿Quién estoy llamado a ser en el mundo que está naciendo?”


Leer los signos de los tiempos

Jesús reprochó a quienes podían interpretar los signos del cielo pero no sabían interpretar los signos de los tiempos.

Quizás ese reproche conserve una extraordinaria actualidad.

Podemos conocer las tendencias económicas.

Podemos analizar las elecciones.

Podemos estudiar la inteligencia artificial.

Podemos medir el comportamiento de los consumidores.

Podemos observar estadísticas religiosas.

Podemos conocer las preferencias de los jóvenes.

Pero todavía necesitamos aprender algo más difícil:

interpretar qué significan esas transformaciones para el ser humano.

Y, para un cristiano, existe una pregunta todavía más profunda:

¿Qué puede estar diciéndonos Dios a través de todo esto?

No significa atribuirle a Dios cada acontecimiento.

No significa afirmar que sabemos cuáles son sus planes.

Significa recuperar una actitud bíblica:

discernir.

Preguntar.

Escuchar.

Observar.

Comparar.

Orar.

Y volver a preguntar.


Tal vez no estamos perdiendo el mundo. Tal vez estamos perdiendo un mundo.

La diferencia es enorme.

Un mundo desaparece.

La humanidad continúa.

Las formas cambian.

La necesidad de amor permanece.

Las tecnologías cambian.

La necesidad de sentido permanece.

Las instituciones cambian.

La necesidad de comunidad permanece.

Las culturas cambian.

La pregunta por Dios permanece.

Y para el cristianismo existe una certeza que atraviesa todas las transformaciones:

Cristo no necesita que una época sobreviva para seguir siendo Cristo.

Quizás eso sea precisamente lo que esta transición histórica puede devolverle a la Iglesia:

la conciencia de que su misión nunca fue salvar una determinada configuración cultural.

Su misión es anunciar a Jesucristo.

Y hacerlo allí donde está el hombre.

También allí donde todavía no sabemos cómo será el mundo de mañana.


Quizás esta sea la verdadera pregunta

No sabemos todavía si los historiadores llamarán a estos años el comienzo de una nueva época.

Pero sí sabemos que algo profundo está ocurriendo.

Lo vemos en nuestras instituciones.

En nuestras familias.

En nuestros trabajos.

En nuestras relaciones.

En nuestros jóvenes.

En nuestras iglesias.

En nuestras pantallas.

En nuestra manera de pensar.

Y dentro de nosotros mismos.

Por eso quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente:

“¿Qué está pasando con el mundo?”

Y comenzar a preguntar:

¿Qué está naciendo?

¿Qué está muriendo?

¿Qué debemos aprender a soltar?

¿Qué debemos proteger?

¿Qué debemos cambiar?

Y finalmente, la pregunta que ninguna estadística puede responder:

¿Qué puede estar pidiéndole Dios a su Iglesia y a cada uno de nosotros en el mundo que está naciendo?

Tal vez no tengamos todavía la respuesta.

Pero quizá el primer paso de una auténtica renovación espiritual sea precisamente ese:

atrevernos a formular la pregunta.

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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