Dios no llega tarde.

Siempre estuvo ahí.

Una invitación a mirar diferente lo que ya tenés delante.

Dios no llega tarde

Hay momentos en que uno siente que Dios está muy lejos. Que habló con otros, en otras épocas, en lenguas que ya nadie habla. Que quizás existió para los Santos, pero no para vos —que tenés el celular lleno de mensajes sin responder, una amistad que se enfrió sin aviso, o una tarde que llegó gris y se fue sin decir nada.

Pero ¿y si el problema no fuera que Él no aparece, sino que nadie nos enseñó a reconocerlo cuando está? ¿Y si toda esta vida que llevamos —imperfecta, ruidosa, llena de preguntas sin respuesta— ya fuera el lugar donde Él nos espera?

Porque Él está. Y está ahora. En este preciso instante.

En las cosas pequeñas

El vaso de agua que alguien te acercó sin que lo pidieras. La canción que sonó exactamente cuando más la necesitabas. El silencio extraño y perfecto de la mañana antes de que todo empiece. La llamada de alguien que hacía tiempo no aparecía y de pronto, ahí, su voz.

La Fe cristiana no es una espiritualidad de grandes apariciones ni de fenómenos que dejan sin palabras. Es, ante todo, el arte delicado de reconocer a Alguien que camina al lado. Que no interrumpe. Que no compite con el ruido. Que simplemente espera a que lo mires.

Dios se cuela en los detalles porque sabe que la vida real se vive en los detalles. No en los discursos, sino en las mañanas. No en los grandes momentos, sino en los martes a las cinco de la tarde, cuando nadie te mira y vos seguís eligiendo hacer las cosas bien.

En la oración

Rezar no es hablar al vacío. Es abrir una puerta que siempre estuvo ahí. A veces del otro lado hay palabras que llegan claras, como luz que entra de golpe; a veces, solo una quietud que no se parece al silencio común. Pero esa quietud también es Él.

Muchos —jóvenes y no tan jóvenes— abandonan la oración porque sienten que no pasa nada. Que hablan y nadie responde. Y sin embargo, hay algo que los hace volver. Una especie de hambre honda, persistente, que ninguna otra cosa termina de saciar. Esa hambre no miente.

Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”

San Agustín, Confesiones

Esa inquietud no es un defecto del alma ni una señal de que algo falla. Es una brújula que apunta hacia algún lado. Y ese lado tiene nombre.

En la amistad y en el amor

Cuando un amigo te escucha de verdad —sin mirar el teléfono, sin darte consejos baratos, sin juzgarte antes de que termines de hablar— algo de Dios pasa por ahí. No como metáfora. Como presencia real que se hace carne en los gestos de quien te quiere bien.

Cuando alguien te ama sin pedirte que seas diferente, sin condiciones, sin fecha de vencimiento, Dios habita en ese amor. No porque la persona sea perfecta —ninguna lo es— sino porque el amor verdadero siempre tiene una fuente que lo desborda, más ancha que quienes lo viven, imposible de explicar solo con química o con suerte.

El amor fiel —el que dura, el que atraviesa las peleas y los silencios largos, el que elige quedarse cuando podría irse y no lo hace— es uno de los rostros más nítidos y más hermosos que Dios tiene en este mundo.

En la familia

La familia no es el lugar donde todo es perfecto. Es el lugar donde Dios nos pone a aprender las cosas más exigentes y más necesarias: el perdón que cuesta, la paciencia que se agota y se repone, la gratuidad de querer a alguien que te conoce demasiado bien y te quiere igual.

En esa mesa con sus peleas y sus risas mezcladas, con sus silencios incómodos y sus abrazos que llegan tarde pero llegan, también Él está. Especialmente ahí, donde nada está armado para parecer espiritual y todo es demasiado humano, demasiado verdadero.

La familia es la primera escuela del amor. Y por eso —aunque duela, aunque a veces asfixie, aunque cueste más de lo que uno esperaba— también es una de las escuelas donde Dios más enseña.

Cuando las cosas no salen bien

Aquí viene la parte difícil. Y sería deshonesto saltearla.

Cuando perdés algo que querías con todo. Cuando alguien te falla y no lo merecías. Cuando el esfuerzo no alcanza y el resultado no llega. Cuando el cuerpo duele, cuando el ánimo no acompaña, cuando la esperanza cuesta más de lo habitual y uno ya no sabe bien de dónde sacarla: ¿dónde está Dios?

No está en la respuesta fácil ni en el “todo pasa por algo” dicho demasiado rápido por alguien que no carga tu peso.

Pero sí está en que no te quedaste solo del todo. En que hay algo en vos que sigue de pie, que sigue buscando, que no termina de rendirse. Eso no es solo carácter. Eso también —y quizás sobre todo— es gracia.

El dolor no es ausencia de Dios. A veces es precisamente el lugar donde Él trabaja con más silencio y más hondura.

Cuando caés

Caer no es el fin. En la tradición cristiana, el suelo nunca fue el lugar del abandono definitivo: fue, muchas veces, el lugar inesperado del encuentro.

El hijo que se fue de su casa —derrochó todo, tocó fondo, terminó con hambre entre extraños— no encontró al Padre en la cima de sus logros. Lo encontró cuando ‘volvió en sí’: así lo dice el texto, con esa expresión que es casi un poema. Volvió en sí. Como quien despierta de un sueño largo. Y el Padre estaba mirando el camino.

Los suelos tienen esa capacidad extraña y dolorosa: quitan lo que sobra y dejan lo esencial. Y cuando uno toca fondo y todavía hay algo que se niega a rendirse, vale la pena detenerse un instante y preguntarse de dónde viene ese resto de luz.

De dónde viene eso que no muere del todo, aunque todo parezca oscuro.

En este instante

No hace falta que tu vida sea diferente para que Dios esté en ella. No hace falta que seas mejor primero, que tengas todo resuelto, que dejes de dudar o que entiendas todo antes de dar el paso.

Él ya está. En el instante exacto que estás viviendo ahora mismo —con todo lo que tiene de hermoso y de incompleto, de luminoso y de roto— hay una Presencia que te sostiene sin hacer ruido. Que no te exige ser extraordinario para merecerla. Que te mira tal como sos, con una mirada que no juzga ni apura.

La pregunta no es si Dios existe. Esa pregunta cada uno la tiene que recorrer a su propio tiempo, con su propio paso.

La pregunta más urgente, la que puede cambiarlo todo, es más simple y más honda:

¿Vas a animarte a mirarlo?

— — —

Para seguir pensando:

¿En qué momento de esta semana sentiste algo parecido a la paz? ¿Qué estabas haciendo?

¿Hay alguien en tu vida que, sin saberlo, te habla de Dios?

¿Cuándo fue la última vez que te quedaste en silencio —sin pantallas, sin ruido— aunque sea cinco minutos?

— — —

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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