Fe y masonería: dos caminos que no pueden cruzarse

Por Néstor Ojeda | catolic.ar

Fe y masonería. . .

La masonería es como unirse a una corriente filosófica que niega al Dios en el que nosotros creemos. Aquí estamos hablando de elementos de fe, de orientación de vida, que son la negación del cristianismo.”
 — Pbro. Rocco D’Ambrosio, profesor de Filosofía Política, Universidad Gregoriana de Roma

En los últimos meses, diversas ciudades argentinas han sido escenario de una reactivación silenciosa de logias masónicas. Algunas la presentan como rescate patrimonial. Otras la envuelven en el lenguaje del debate intelectual o las redes de contactos discretas.

Pero lo que parece un fenómeno cultural de superficie plantea, para quien mira desde la fe, interrogantes de fondo que no admiten evasivas: ¿Qué es realmente la masonería? ¿Por qué la Iglesia Católica —desde hace más de dos siglos, con una constancia que pocas instituciones pueden invocar— sostiene que la pertenencia a una logia es incompatible con la fe cristiana? ¿Y por qué ese juicio sigue siendo válido hoy, cuando la masonería ya no porta uniforme anticlerical sino traje de filántropo?

Esta nota no pretende fabricar un enemigo. Pretenden algo más exigente: nombrar con claridad lo que está en juego.

Una organización que nunca fue solo un club de caballeros

La masonería nació en el siglo XVIII en el contexto del racionalismo ilustrado y la reacción contra las jerarquías del Antiguo Régimen.

Desde el principio organizó su vida interna sobre tres pilares que la distinguen de cualquier simple asociación benéfica: los grados iniciáticos, los juramentos de secreto y una cosmovisión filosófico-espiritual propia.

En el centro de esa cosmovisión hay un deísmo vago —la creencia en un ‘Gran Arquitecto del Universo‘ que cada miembro llena con el contenido que prefiere— y un relativismo religioso constitutivo: todas las creencias serían equivalentes, escalones distintos hacia una misma ‘luz’.

La razón humana, autónoma, es la medida última de lo verdadero y lo bueno. No hay lugar para la Revelación, ni para un Dios que habla en la historia, ni para la redención.

Dicho en términos teológicos precisos: la masonería no es hostil al catolicismo de la misma manera en que puede serlo el ateísmo militante.

Es algo más sutil y, por eso, más peligroso para el creyente: propone una espiritualidad alternativa que ocupa el mismo espacio interior que la fe, pero vaciada de Cristo. Una religión sin Encarnación, sin Cruz, sin Resurrección.

No se puede creer en Dios y en el dinero, o se sirve a uno y se desprecia al otro.”
 — Jesús de Nazaret (Mt 6,24)

La lógica del Señor vale aquí con toda su fuerza. No se trata de un conflicto entre institución eclesiástica y asociación civil: se trata de una incompatibilidad entre dos formas de entender quién es el hombre, de dónde viene y hacia dónde va.

Más de dos siglos de una condena que no es capricho

Desde In eminenti (Clemente XII, 1738) hasta hoy, la Iglesia ha condenado la masonería en más de veinte ocasiones. No por reflejo corporativo ni por miedo a la competencia. Los textos papales, cuando se los lee con atención, apuntan siempre a lo mismo: la imposibilidad de conciliar el relativismo masónico con la fe en la verdad revelada.

La encíclica Humanum Genus de León XIII (1884) fue la articulación más completa de ese juicio. No se limitó a señalar las logias como enemigas de la Iglesia —aunque en muchos contextos lo fueran claramente—, sino que diseccionó su filosofía: el naturalismo como fundamento, la razón como tribunal supremo, el rechazo de cualquier autoridad que no emane del pacto entre hombres. León XIII vio en eso no solo un error intelectual sino una amenaza civilizatoria: atacar los cimientos de la familia, la educación y el orden moral.

En Argentina, esa historia tuvo peso concreto. Figuras fundacionales del Estado liberal decimonónico —Sarmiento, Mitre, Roca, Urquiza— estuvieron vinculadas a logias.

La influencia masónica en la configuración del sistema educativo laico, en la separación Iglesia-Estado, en ciertas políticas anticlericales, no es una fantasía conspirativa: está documentada en los registros de las propias logias y en la bibliografía histórica seria.

Comprenderlo no implica reducir toda la historia argentina a ese factor, sino leerla con los ojos abiertos.

La doctrina no cambió: de Ratzinger a León XIV

Cuando en 1983 entró en vigor el nuevo Código de Derecho Canónico, algunos leyeron en su texto —que no menciona explícitamente a la masonería— una señal de suavización. No fue así.

Ese mismo año, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, publicó una declaración que despejó toda ambigüedad:

El juicio negativo de la Iglesia sobre la masonería permanece inalterado, porque sus principios han sido siempre considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia. Los fieles que pertenecen a asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión.”
 — CDF, 26 de noviembre de 1983

Cuarenta años después, en 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe —a pedido de los obispos filipinos, preocupados por la creciente incorporación de católicos a logias locales— reiteró la misma posición con una precisión adicional: los obispos deben desarrollar catequesis específica sobre los motivos de esa incompatibilidad. No como dato disciplinario, sino como tarea de formación.

El Papa Francisco firmó ese documento. La continuidad doctrinal sobre este punto atraviesa pontificados y épocas.

El peligro real no es el choque frontal, sino el sincretismo

Sería ingenuo imaginar que el catolicismo argentino de hoy enfrenta una masonería de tricornio que marcha contra las iglesias. Ese capítulo tiene más de un siglo. El desafío actual es otro: más silencioso, más seductor.

En ciertos ambientes profesionales, culturales o políticos, pertenecer a una logia ofrece redes de pertenencia, acceso a posiciones de influencia, un sentido de fraternidad con gente ‘bien pensante’.

Para un católico que ya vive su Fe a medias —en la iglesia el domingo, pero sin que eso toque sus decisiones reales—, la incorporación a una logia puede parecer perfectamente compatible.

Después de todo, también ellos hablan de ‘valores‘, de ‘servicio‘, de ‘búsqueda de la verdad‘.

Esa es exactamente la trampa. La doble pertenencia no produce un enriquecimiento: produce una dilución.

La fe que admite sustitutos deja de ser Fe. Se convierte en una entre varias orientaciones morales, intercambiables según el contexto.

“¿Qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Qué comunión entre Cristo y Belial?”
 — 2 Cor 6,14-15

Pablo no habla de persecución sino de mezcla. El peligro que describe no es el enemigo declarado sino el aliado que vacía el contenido desde adentro.

Una red de influencia que no es conspiración, pero sí existe

Hay que mantener dos cosas al mismo tiempo, y ninguna de las dos es cómoda.

Primera: la masonería no es un poder omnipotente que controla el mundo desde las sombras.

Esa imagen, alimentada por la literatura conspirativa, caricaturiza la realidad y hace imposible el análisis serio.

Segunda: en determinados espacios locales —ámbitos municipales, colegios profesionales, redes empresariales, ciertas logias universitarias—, la masonería funciona como un club cerrado que favorece trayectorias, circula información reservada y toma decisiones por fuera del escrutinio público.

Eso contradice el principio evangélico de transparencia y servicio desinteresado. Y contradice también la lógica institucional de una república que se pretende democrática. Una red que opera por secreto y mutua cobertura no es filantropía: es poder con otro nombre.

Por qué hablar de esto en un medio católico

Precisamente porque la tentación del silencio es fuerte. En un país donde la palabra ‘masonería’ todavía evoca a ciertos oídos el fantasma ultramontano, hablar del tema parece anacrónico, o peor: paranoico. Los medios católicos que lo hacen corren el riesgo de ser descalificados antes de ser escuchados.

Pero el periodismo católico que renuncia a nombrar lo que existe por miedo a parecer intempestivo no es prudente: es cómplice por omisión. La función del periodismo no es administrar la comodidad de sus lectores sino ampliar su capacidad de ver.

Y lo que hay para ver no es pequeño: católicos que participan en logias sin percibir la contradicción, sacerdotes que minimizan el tema por no abrir conflictos, familias donde la pertenencia masónica del padre o el abuelo es tratada como dato biográfico neutro.

Ese es el paisaje real, no el de las novelas de Dan Brown.

La libertad de los hijos de Dios

La Iglesia no condena a las personas. Condena ideas que alejan del Evangelio, y lo hace con una claridad que, paradójicamente, es un acto de respeto hacia el interlocutor: tomarlo en serio como ser capaz de verdad.

Ser cristiano es creer en un Dios que no es un principio abstracto sino una Persona que entró en la historia, murió y resucitó.

Esa Fe no admite al ‘Gran Arquitecto del Universo‘ como equivalente funcional, porque no lo es.

No es una cuestión de vocabulario: es una cuestión de a quién le pertenece la vida entera.

Los que están en una logia merecen que alguien les diga, sin soberbia y sin miedo, que hay una elección real en juego. No una elección entre lo bueno y lo malo en términos morales burdos, sino entre dos visiones del mundo que no se pueden superponer sin que una aplaste a la otra.

La transparencia frente al secreto. La revelación frente al esoterismo. La comunión frente a las élites iniciadas. La gratuidad frente al mérito de los grados.

Eso es lo que la Fe cristiana tiene para ofrecer. Y no es poco.

© Néstor Ojeda / catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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