Completar lo que falta: la fecundidad oculta del que sufre

Hay una frase de San Pablo que durante siglos generó más perplejidad que consuelo entre quienes la leían con atención, y que sigue siendo, todavía hoy, una de las afirmaciones más malinterpretadas del Nuevo Testamento.

Escribiendo a los colosenses desde la cárcel, el apóstol dice algo que a primera vista suena casi blasfemo: que él se alegra de sus padecimientos y que en su propia carne completa “lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).

¿Cómo puede faltarle algo a la obra redentora de Cristo, que la propia tradición cristiana proclama perfecta, plena, suficiente de una vez para siempre? ¿Acaso la Cruz no bastó?

El sufrimiento humano

San Juan Pablo II dedica a esta frase uno de los pasajes más densos de Salvifici Doloris, y lo hace porque sabe que ahí se esconde una de las claves más fecundas —y más necesarias hoy— de toda la teología cristiana del sufrimiento: la idea de que el dolor humano, lejos de ser pura pérdida o tiempo muerto, puede convertirse en un lugar activo de fecundidad espiritual, incluso cuando el que sufre no puede mover un dedo, no puede hablar, no puede hacer absolutamente nada más que estar postrado.

Lo que a la redención no le falta

Antes de avanzar, hace falta despejar el malentendido de fondo.

A la redención obrada por Cristo en la Cruz no le falta nada en sentido objetivo.

Juan Pablo II es categórico en este punto: el sacrificio de Cristo es plenamente suficiente para la salvación de toda la humanidad, de todos los tiempos, sin excepción.

Nadie necesita “agregar” nada a lo que Cristo ya hizo, como si la obra redentora hubiera quedado incompleta y dependiera de que los cristianos terminaran el trabajo.

La distinción que permite entender la frase de Pablo es otra, más sutil: la redención objetiva —lo que Cristo logró de una vez y para siempre en la Cruz— necesita ser apropiada subjetivamente por cada persona, en cada generación, en cada circunstancia histórica concreta.

Esa apropiación no ocurre de manera automática ni mágica. Ocurre a través de la historia, a través de la vida concreta de la Iglesia, y —aquí está el punto que interesa— a través también del sufrimiento de cada cristiano que decide unir su propio dolor al de Cristo.

No falta nada a la redención en sí. Falta, en cambio, que esa redención siga llegando, generación tras generación, a cada rincón concreto del mundo donde hay alguien sufriendo.

Y en ese proceso continuo de aplicación de la gracia, el dolor de cada uno tiene un lugar activo, no decorativo.

El dolor como participación, no como mérito

Es importante no deformar esta idea hacia una especie de “cuanto más sufro, más mérito acumulo”, que sería una caricatura empobrecedora de lo que está en juego.

No se trata de un sistema de puntos espirituales donde el dolor funciona como moneda de cambio ante Dios.

Se trata de algo más hondo y más gratuito: cuando alguien que sufre une, libremente y con Fe, su propio padecimiento al de Cristo crucificado, ese dolor deja de ser solamente algo que le pasa a esa persona y se convierte en algo que esa persona hace junto a Cristo, por la salvación de otros.

Es la misma lógica, llevada al plano espiritual, que existe en cualquier vínculo de amor verdadero: cuando alguien acompaña a un ser querido en su enfermedad, ese acompañamiento no es un gasto inútil de tiempo y energía aunque no “resuelva” nada médicamente.

Es, en sí mismo, un acto fecundo, que cambia algo real en el mundo, aunque ese cambio no sea cuantificable ni visible de inmediato.

Juan Pablo II extiende esa misma lógica al plano sobrenatural: el enfermo postrado en una cama, el anciano que ya no puede comunicarse, la persona que atraviesa una depresión profunda, no están al margen de la obra de la Iglesia mientras sufren.

Si unen ese sufrimiento a Cristo, están, según esta enseñanza, en el centro mismo de esa obra, aunque desde afuera parezca lo más pasivo e improductivo del mundo.

Una respuesta a la “inutilidad” del que sufre

Esta enseñanza tiene una fuerza pastoral que rara vez se explota del todo, y que resulta especialmente necesaria en una cultura que mide el valor de las personas por su productividad.

Vivimos rodeados de un imaginario —muchas veces no explicitado, pero profundamente interiorizado— según el cual una vida vale en la medida en que produce, decide, se mueve, aporta.

Bajo esa vara de medir, el enfermo terminal, el anciano con demencia avanzada, la persona con discapacidad severa que depende totalmente de otros, aparecen como vidas disminuidas, casi como cargas que la sociedad debe gestionar con la mayor eficiencia y el menor costo posible.

Es exactamente el imaginario que subyace, como se desarrolló en la nota anterior de esta serie, a la expansión silenciosa de la eutanasia en Occidente.

La teología de Colosenses 1,24, tal como la retoma Juan Pablo II, ofrece una contranarrativa radical frente a esa lógica.

No dice que el sufrimiento sea deseable —nunca lo es, y la Iglesia jamás debe estetizarlo ni presentarlo como un bien en sí mismo—.

Dice algo distinto y más exigente: que incluso en el estado de mayor pasividad aparente, una persona puede estar haciendo algo de un valor inmenso, algo que ningún criterio de productividad mundana puede medir ni capturar.

El anciano postrado que ofrece su sufrimiento por sus hijos, el enfermo terminal que une su dolor al de Cristo por la conversión de alguien que ama, no son vidas que “ya no sirven“.

Son, en esta clave teológica, vidas en pleno ejercicio de una fecundidad invisible pero real.

Lo que esto cambia en la pastoral concreta

Esta enseñanza, llevada a la práctica parroquial, tiene consecuencias muy concretas que muchas comunidades todavía no explotan del todo.

Visitar a un enfermo no es solamente un gesto de caridad humana —que ya sería suficiente motivo—, sino una manera de recordarle, con la propia presencia, que su sufrimiento tiene un lugar activo dentro del Cuerpo de Cristo, que no está fuera del juego, que su dolor puede ofrecerse por intenciones concretas: por la familia, por la parroquia, por las vocaciones, por cualquier necesidad que la comunidad esté atravesando.

Esto transforma radicalmente el sentido de una visita pastoral a un enfermo.

No se trata únicamente de llevarle compañía o la comunión, aunque eso ya sea valioso.

Se trata de ayudarlo a descubrir que, lejos de ser un peso para la comunidad, puede convertirse en uno de sus miembros más activos en el plano espiritual, precisamente porque puede ofrecer lo que nadie más en la parroquia puede ofrecer con la misma intensidad: un sufrimiento real, vivido en unión con Cristo.

Algunas parroquias ya practican esto de manera explícita, pidiendo a los enfermos que “adopten” espiritualmente una intención concreta —una vocación sacerdotal en discernimiento, una familia en crisis, un proyecto pastoral— y ofreciendo su sufrimiento por esa intención.

El efecto pastoral, cuando se hace con delicadeza y sin forzar nada, suele ser notable: personas que se sentían una carga descubren que tienen una misión.

El límite que esta enseñanza no debe traspasar

Conviene cerrar con una advertencia que el propio Juan Pablo II formula con cuidado.

Esta teología de la fecundidad del sufrimiento nunca debe usarse como excusa para no aliviar el dolor cuando es posible hacerlo, ni para minimizar el sufrimiento ajeno con frases que suenan piadosas pero que en realidad son formas sofisticadas de abandono (“ofrécelo a Dios” dicho sin acompañamiento real es, muchas veces, una manera elegante de no querer involucrarse).

La misma carta que desarrolla esta dimensión mística del dolor es la que, en sus páginas finales, presenta al Buen Samaritano como modelo: alguien que se detiene, que cura las heridas, que paga de su bolsillo.

La fecundidad espiritual del sufrimiento y la obligación humana de aliviarlo no compiten entre sí. Se necesitan mutuamente, y separarlas —ya sea quedándose solo con la mística sin la acción concreta, o quedándose solo con la acción sin ofrecer nunca esta clave de sentido— empobrece gravemente el mensaje cristiano sobre el dolor.

Quien sufre, entonces, no está condenado ni a la inutilidad ni a la pura resignación pasiva.

Tiene, según esta enseñanza, una tarea activa y fecunda que ninguna otra persona en el mundo puede realizar exactamente en su lugar.

Esa es, quizás, la noticia más liberadora que el cristianismo tiene para ofrecerle a alguien que sufre y que ya no puede hacer casi nada más: todavía puede hacer esto, y es de un valor inmenso.

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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