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jueves, febrero 5, 2026
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Movimientos del Espíritu: el Jubileo que une, renueva y envía a la Iglesia al corazón del mundo

El Jubileo de los Movimientos, Asociaciones y Nuevas Comunidades se alza como un viento de Pentecostés que sacude y renueva a la Iglesia desde sus entrañas. Con el ardor de la esperanza y la urgencia de la misión, miles de creyentes se movilizan para vivir una fe encarnada, comunitaria y profética.

Por Néstor Ojeda | catolic.ar

En medio de un mundo fracturado por la indiferencia, la violencia, la soledad y el descreimiento, el Jubileo de los Movimientos, Asociaciones y Nuevas Comunidades se convierte en una poderosa respuesta eclesial: una convocatoria a vivir el Evangelio con audacia, comunión y esperanza. Organizado en el marco del Año Santo 2025, este Jubileo no es un simple evento, sino un clamor espiritual que une a hombres y mujeres de todos los carismas para reavivar la llama misionera de la Iglesia.

Desde Roma, en el programa “Estudio 9” de Vatican News, tres voces representativas de esta sinfonía eclesial ofrecieron sus testimonios: Fabiola Inzunza, misionera mexicana de la Comunidad Católica Shalom; Don Manuel Soria Campos, delegado de Peregrinaciones de la Archidiócesis de Sevilla; y Enrique Belloso, delegado de Apostolado Seglar en la misma diócesis.

Sus reflexiones, aunque diversas, convergen en un eje central: el Espíritu Santo sigue obrando en medio de su pueblo, y este Jubileo es un nuevo Pentecostés para una Iglesia que necesita salir de sí, volver a sus raíces y abrazar el mundo herido.


La esperanza como antorcha misionera

“El núcleo de nuestra preparación ha sido la esperanza”, confesó Fabiola Inzunza. En un tiempo donde reina el desencanto, la Comunidad Shalom propone la misión como modo de vida. Desde el Centro Internacional Juvenil San Lorenzo —ubicado a pasos del Vaticano—, reciben y acompañan a miles de jóvenes peregrinos, ofreciéndoles no solo hospitalidad, sino el rostro vivo de Cristo resucitado.

La presencia de la Cruz Peregrina de la JMJ en la Plaza de San Pedro se convirtió, para muchos, en un signo visible de este fuego de amor que no se apaga. “Muchos tocan la cruz y se conmueven hasta las lágrimas”, relata Inzunza. No se trata solo de emoción: se trata de una experiencia transformadora, que recuerda que el cristianismo nace del amor crucificado y resucitado, y que debe vivirse con pasión, humildad y entrega.

El Papa Francisco ha sido claro al respecto: “La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo, sino certeza de que Cristo ya venció” (cf. Evangelii Gaudium, 275). En tiempos oscuros, los movimientos son faros que reavivan esa certeza y la traducen en gestos concretos de comunión y servicio.


Una Iglesia viva y en camino

Desde la ciudad andaluza de Sevilla, Don Manuel Soria testimonia cómo el Año Jubilar ya está revitalizando la vida eclesial. Once templos jubilares abiertos, múltiples peregrinaciones y un renovado protagonismo laical son signos de una comunidad que quiere vivir su fe de forma comprometida y alegre.

“Muchos alejados están regresando gracias a los movimientos”, afirmó. Y es que donde hay vida comunitaria, oración ferviente y caridad concreta, el Espíritu sopla con fuerza. El desafío, reconoce Don Manuel, es no contentarse con eventos, sino sembrar procesos duraderos. “El Jubileo debe dejarnos una Iglesia más abierta, más fraterna y más misionera”, resume.

No es un deseo aislado. El Concilio Vaticano II ya intuía este despertar cuando señaló que “los laicos, en virtud del bautismo y la confirmación, son llamados por Cristo a participar activamente en la misión salvadora de la Iglesia” (Lumen Gentium, 33). Hoy, esa llamada se vuelve más urgente que nunca.


Fe que transforma la vida y la sociedad

Enrique Belloso aporta una dimensión esencial: la fe no puede vivirse al margen del mundo. “Los movimientos deben integrar la dimensión social del Evangelio”, dijo, en sintonía con el constante llamado del Papa a una Iglesia “en salida”.

No basta con cultivar la interioridad: la verdadera espiritualidad se encarna en la historia. Por eso, Belloso resalta cómo muchos movimientos están trabajando en barrios marginados, acompañando a familias rotas, promoviendo el bien común desde espacios educativos, laborales y culturales.

“La fe que no se traduce en justicia, no es fe”, escribía San Juan Pablo II. Y el Papa Francisco añade con firmeza: “Una fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo” (Evangelii Gaudium, 183).


Diversidad reconciliada: el gran desafío

Uno de los frutos más deseados de este Jubileo es la unidad en la diversidad. Lejos de unificar carismas o anular identidades, se trata de vivir una comunión reconciliada, donde cada movimiento aporta su riqueza al cuerpo eclesial.

“La unidad no se logra por concentración, sino por acogida”, recordó Belloso. El encuentro Call to Hope, que reunió a Focolares, Shalom, Legión de Cristo y otras comunidades, fue un ejemplo concreto de este espíritu de sinfonía eclesial. No se trata de tolerancia forzada, sino de fraternidad auténtica.

Fabiola Inzunza lo resumió bien: “El Jubileo es un puente que une lo que parecía distante”. Y Don Manuel completó: “El Espíritu Santo es quien armoniza nuestras diferencias y nos lanza a la misión”.


Pentecostés: un nuevo envío

No es casual que este Jubileo se celebre en torno a la solemnidad de Pentecostés. La Iglesia nace del Espíritu y solo puede renovarse en Él. Por eso, este tiempo jubilar es más que una celebración: es un envío.

“El Espíritu Santo nos guía hacia la unidad y la transformación”, dijo Don Manuel. Fabiola, por su parte, exhortó a vivir el Jubileo como un envío cotidiano: “No sólo ir lejos, sino evangelizar en el trabajo, la familia, el barrio”.

Como nos recuerda Christifideles Laici, “el campo propio de la actividad evangelizadora de los laicos es el mundo vasto y complicado de la política, la economía, la cultura, las ciencias y los medios de comunicación” (n. 23). Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita testigos que lleven el Evangelio a las periferias de la existencia.


Una Iglesia que escucha, discierne y camina unida

Este Jubileo no debe terminar en Roma. Su fruto verdadero será una Iglesia más sinodal, más pobre, más valiente. Una Iglesia que escuche a sus carismas, que no reprima la profecía, que se deje interpelar por los nuevos signos de los tiempos.

Necesitamos movimientos que no se encierren, sino que dialoguen; laicos que no sean solo ejecutores, sino verdaderos protagonistas; comunidades que no compitan entre sí, sino que se reconozcan mutuamente como dones del Espíritu.


Conclusión: el tiempo es ahora

El Jubileo de los Movimientos no es una pausa en el camino. Es una interpelación directa al corazón creyente. ¿Seguiremos viviendo una fe tibia, funcional, domesticada? ¿O dejaremos que el Espíritu nos convierta en testigos vivos de un Dios que llama, transforma y envía?

La Iglesia necesita hoy hombres y mujeres que griten con su vida que “Cristo vive y te quiere vivo” (cf. Christus Vivit, 1). Que abracen al mundo sin mundanizarse, que denuncien sin odio, que anuncien sin miedo.

El futuro se escribe en presente. Y el presente está clamando: “¡Ven, Espíritu Santo!”.


<small>Fuente original: Vatican News – “Jubileo de los Movimientos: impulso de unidad para la Iglesia”. https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2025-06/estudio-9-jubileo-movimientos-eclesiales-sevilla-shalom.html</small>

Cuando la escuela se vuelve refugio: el rol profético de la educación católica ante las catástrofes

En un mundo cada vez más golpeado por desastres naturales, las escuelas —y especialmente las escuelas católicas— no pueden limitarse a enseñar contenidos. Están llamadas a ser refugios del cuerpo y del alma, lugares de resiliencia, conciencia y esperanza. Monseñor Ettore Balestrero, observador de la Santa Sede ante la ONU en Ginebra, lo dejó claro en un llamado que interpela a gobiernos, educadores y fieles por igual.

Por Néstor Ojeda
para catolic.ar


“Las escuelas son jardines de responsabilidad.” Así lo expresó monseñor Ettore Balestrero en la mesa redonda “Escuelas seguras ahora”, desarrollada en el marco de la Plataforma Global para la Reducción del Riesgo de Desastres, organizada por las Naciones Unidas en Ginebra. Y con esa imagen potente —la escuela como un jardín donde se cultiva la conciencia y se protegen las semillas del futuro— el prelado trazó una hoja de ruta profética y desafiante para toda la comunidad educativa católica ante los embates cada vez más frecuentes y violentos de las catástrofes naturales.

En un tiempo donde mil millones de niños en el mundo están potencialmente expuestos a estos desastres, el rol de la escuela —más aún si es cristiana— no puede reducirse a la enseñanza. Debe ser abrigo, debe ser brújula, debe ser profecía. Porque detrás de cada escuela que se derrumba hay una comunidad que sufre; y detrás de cada escuela que se levanta, hay una humanidad que resiste.

🌎 La educación ante el colapso ambiental y social

No es casual que el Papa Francisco haya insistido, en Laudato si’, en que “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental” (LS 139). Las catástrofes naturales no golpean con la misma fuerza a todos: su impacto se profundiza donde hay pobreza, desigualdad, abandono estructural. Y en esos escenarios, las escuelas católicas se convierten en trincheras de esperanza.

El caso de la Asociación de Educación Católica de Filipinas, citado por Balestrero, ilustra con claridad esta vocación preventiva y solidaria: allí se han implementado programas obligatorios de preparación ante desastres, no sólo para los alumnos, sino también para padres, docentes y vecinos. Un verdadero pacto comunitario por la vida, por la preparación, por el cuidado.

En América Latina, donde huracanes, inundaciones, terremotos y sequías ya no son fenómenos aislados sino síntomas de un colapso civilizatorio más profundo, este modelo se vuelve urgente. Y debería interpelar a todas las diócesis, congregaciones religiosas y organismos educativos católicos del continente: ¿están nuestras escuelas preparadas no sólo para enseñar, sino para proteger?

⛪ Iglesias-escuelas: custodias del bien común

El mensaje de Balestrero no fue sólo técnico. Fue pastoral. Fue evangélico. Porque además de la asistencia material —alimentos, agua, medicamentos— que tantas instituciones católicas brindan tras un desastre, hay una ayuda invisible pero vital: la contención espiritual.

Después del huracán Helene, en 2024, la Immaculata Catholic School de Carolina del Norte se transformó en un verdadero epicentro de vida. Más de 1.500 familias encontraron allí no solo alimentos y refugio, sino consuelo, escucha, oración. Y esto no es menor: cuando todo se cae, lo único que puede sostenernos es el sentido.

La Iglesia sabe que detrás de cada casa destruida puede haber una vida quebrada. Por eso el apoyo espiritual —presente en capillas improvisadas, en palabras de consuelo, en el silencio orante— es parte esencial de una respuesta católica ante el desastre. Como recuerda el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “en toda circunstancia la comunidad eclesial debe estar atenta al clamor de los pobres y de quienes sufren” (CDSI 449).

🌱 Escuelas que enseñan a cuidar y resistir

¿Qué significa hoy una “escuela segura”? No se trata sólo de muros resistentes o planes de evacuación. Se trata, ante todo, de un corazón formado para el cuidado, una conciencia despierta frente al clamor de la Tierra y los pobres. Una escuela segura es aquella que, como dice el Papa en Laudate Deum, “forma para la humildad, para el cuidado, para la comunión” (LD 68).

La educación católica no puede desentenderse del colapso climático, ni puede refugiarse en una burbuja académica. Si las escuelas no enseñan a resistir con fe, a actuar con responsabilidad, a proteger la Casa Común, entonces se vuelven parte del problema. Por el contrario, si cultivan una espiritualidad del cuidado, una pedagogía de la esperanza, una mística de la responsabilidad compartida, pueden ser auténticos semilleros de una nueva civilización.

🙌 Educar para la resiliencia… y para el Reino

Resiliencia no es sólo “reponerse”. En clave cristiana, es mucho más: es seguir creyendo cuando todo tambalea, es volver a sembrar tras la tormenta, es esperar contra toda esperanza. Las escuelas católicas tienen el deber de formar niños y jóvenes no sólo con conocimientos, sino con una fe encarnada, capaz de sostenerse en la adversidad.

Por eso, más allá de los planes de contingencia, hacen falta proyectos educativos que integren la dimensión espiritual del sufrimiento humano. ¿Cómo acompañar a un niño que ha perdido a su familia en una inundación? ¿Cómo sostener a un adolescente cuya casa fue arrasada por el fuego? Sólo una escuela que sepa abrazar la cruz puede ser fuente de resurrección para los que cargan su propio Gólgota.

Como decía Benedicto XVI: “La educación es parte integral del desarrollo humano y, por tanto, no puede ser neutral con respecto a los valores” (Caritas in veritate, 61). En tiempos de catástrofe, educar sin esperanza es condenar. Y educar sin amor, es una forma de abandono.

🕊️ ¿Y nosotros, qué hacemos?

Monseñor Balestrero ha puesto el dedo en la llaga. El cambio climático y los desastres naturales no son un tema para especialistas ni un drama de otros. Nos atraviesan como humanidad. Y nos desafían como Iglesia. ¿Están nuestras escuelas —parroquiales, religiosas, diocesanas— preparadas para este nuevo contexto? ¿Son espacios de formación integral o sólo fábricas de contenidos?

No basta con dar respuestas una vez que ocurre la tragedia. El Evangelio nos llama a ser centinelas, no bomberos. Como dice Isaías: “Gritá a plena voz, no te detengas; alzá tu voz como trompeta” (Is 58,1). Es hora de gritar que otra educación es posible. Una que enseñe a cuidar, a prepararse, a compartir. Una que forme no sólo buenos alumnos, sino buenos samaritanos.

Si la escuela es el segundo hogar de millones de niños, entonces debe parecerse al Reino: lugar de consuelo, de justicia, de solidaridad. Y si es católica, con más razón: está llamada a ser signo profético en medio del caos, lámpara encendida en la tormenta, refugio donde los pequeños se sepan amados y protegidos por Dios.


Fuente original de la información: Vatican News, “Balestrero: Las escuelas tienen un papel crucial en la respuesta a las catástrofes”
Disponible en: vaticannews.va

¿El cura es el representante de Dios en la tierra? Una verdad a precisar con claridad y Fe

Introducción

En el imaginario popular, no son pocos los que sostienen –con respeto o con ironía– que “el cura es el representante de Dios en la tierra”. Pero ¿es realmente así? ¿Qué significa esa expresión desde la fe católica? ¿Qué verdades contiene y qué riesgos encierra si se la toma literalmente o sin discernimiento?

Por Néstor Ojeda
Comunicador católico

En tiempos donde se reclaman autenticidad, coherencia y cercanía en los ministros de la Iglesia, es necesario aclarar con verdad, humildad y profundidad el rol del sacerdote en el pueblo de Dios, evitando tanto el clericalismo como la indiferencia.

Jesús, el único y verdadero mediador

Para la fe cristiana, Dios se ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo. Él es el único mediador entre Dios y los hombres, el camino, la verdad y la vida. Todo lo que la Iglesia enseña y celebra tiene su fuente y su sentido en Cristo, no en los hombres.

“Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2,5).

Esto quiere decir que ningún ser humano –por sí mismo– puede arrogarse el título de “representante exclusivo” de Dios. Ni el Papa, ni los obispos, ni los sacerdotes. Todos están al servicio de Cristo y del Evangelio.

El sacerdote, servidor en nombre de Cristo

Cuando la Iglesia ordena a un hombre como sacerdote, no le otorga poder personal ni privilegios mundanos, sino una misión de servicio: predicar el Evangelio, celebrar los sacramentos y acompañar al pueblo en su camino hacia Dios.

Por el sacramento del Orden, el sacerdote actúa “in persona Christi” (en persona de Cristo), especialmente en la Eucaristía y en la Reconciliación. No porque sea mejor que los demás, sino porque Cristo se hace presente a través de él, en virtud de su consagración y misión.

“El sacerdote no se representa a sí mismo ni a los fieles. Representa a Cristo mismo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1548).

Pero esta representación no es total ni automática. El sacerdote no es infalible ni impecable, y su testimonio personal puede reforzar o contradecir la gracia que actúa por su ministerio.

De líderes a servidores: el desafío del siglo XXI

La historia ha demostrado que la imagen de un sacerdote como “representante de Dios” ha sido a veces usada para imponer, manipular o dominar. Es el fenómeno del clericalismo, condenado por el Papa Francisco como una de las enfermedades más graves de la Iglesia.

Jesús mismo dijo:
“El que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Marcos 9,35).

Por eso, el sacerdote auténtico no se presenta como dueño de la verdad, sino como testigo, hermano y pastor. No reemplaza la conciencia de los fieles, sino que los ayuda a formar una conciencia madura y libre.

Todos somos Iglesia: el sacerdocio común de los fieles

Una de las grandes riquezas del Concilio Vaticano II fue recuperar la idea de que todo bautizado participa de la misión de Cristo sacerdote, profeta y rey. Hay un sacerdocio ministerial (el de los curas) y uno común (el de todos los fieles), que se complementan y enriquecen mutuamente.

Eso significa que la presencia de Dios en el mundo no depende solo de los curas. Cada cristiano está llamado a reflejar a Dios en su familia, en su trabajo, en la cultura y en la vida pública.

“La Iglesia no es una élite de puros, sino un pueblo de pecadores salvados por la misericordia” (Papa Francisco).

Conclusión: ni ídolos ni funcionarios, sino pastores con olor a oveja

La frase “el cura es el representante de Dios en la tierra” debe ser comprendida con delicadeza y profundidad. , el sacerdote representa a Cristo en algunos actos litúrgicos y pastorales. Pero no lo representa en todo, ni de modo exclusivo o automático. Y mucho menos debe usarse esa idea para justificar autoritarismos, abusos o distancias elitistas.

Hoy, más que nunca, el mundo necesita curas que no se crean representantes de Dios por estatus, sino testigos de Dios por amor, con los pies en la tierra, el Evangelio en el corazón y la vida de su pueblo en el alma.

©Catolic.ar

Donde la cocaína navega, florece la esperanza: mujeres y misioneras contra el abandono y el narco en el Chaco paraguayo

Mientras el narcotráfico avanza por los ríos del norte de Paraguay, un puñado de mujeres —salesianas y campesinas— siembra dignidad, fe y resistencia en una de las regiones más postergadas de América Latina.


La periferia olvidada que resiste desde la fe

El Gran Chaco paraguayo es un territorio exuberante y a la vez desgarrado. Tiene todo para ser un edén: agua abundante, suelos fértiles, comunidades con sabiduría ancestral. Pero es tratado como un despojo. Aquí, donde la selva se funde con los ríos y los caminos se pierden en el barro, el Estado casi no existe. Lo que sí llega, puntual y en crecimiento, es el flagelo del narcotráfico: cocaína que baja desde Bolivia, que navega sin obstáculos hacia Brasil y Argentina, y que a veces termina en Europa.

En este contexto brutal, mujeres como la hermana Blanca Ruiz Díaz y la hermana Kamilia Seidlova, junto a las familias indígenas, sostienen una lucha callada pero firme. No llevan armas. Llevan semillas. No hacen pactos con el poder. Hacen comunidad. Y desde una Iglesia viva, encarnada y profética, le plantan cara al abandono, al machismo, al negocio de la muerte.


La cocaína como síntoma, no como causa

Las cifras oficiales son frías: entre 2010 y 2021, los decomisos de droga en Paraguay se multiplicaron por cinco. Pero detrás de esa estadística hay comunidades enteras amenazadas, campesinos tentados por el dinero fácil, jóvenes atrapados en redes que no eligieron. El Alto Paraguay, en particular, se ha convertido en un corredor fluvial del narcotráfico. Sin radares ni controles, los ríos se vuelven autopistas de la ilegalidad.

El problema no es sólo el tráfico de drogas. Es la sistemática falta de políticas públicas para el desarrollo rural, la ausencia de salud, de caminos transitables, de educación de calidad. Es una economía pensada para exportar materia prima y mantener a los pueblos en la miseria. Es un modelo extractivista que condena a millones a sobrevivir sin dignidad.

Como denuncia el Papa Francisco en Evangelii Gaudium:

“No podemos ya confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo presupone; requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución de los ingresos…” (EG 204).


La siembra como resistencia

Frente a este panorama, las salesianas apuestan por lo esencial: tierra, trabajo, comunidad. En Fuerte Olimpo y en las comunidades del río Paraguay, impulsan un proyecto agrícola y social con el respaldo de la ONG Manos Unidas. Enseñan a cuidar las semillas, a conservarlas, a replantarlas. No es sólo técnica agrícola: es soberanía alimentaria, empoderamiento femenino y construcción de futuro.

“La mandioca, las papas, los ajíes verdes… eso es lo que saben cultivar nuestras comunidades”, explica la hermana Blanca. Pero los campesinos no reciben semillas, ni herramientas, ni acceso a mercados. Y lo poco que logran cosechar, a veces queda aislado por las lluvias, las inundaciones o la falta de transporte.

“El distrito es riquísimo”, repite la hermana, “pero las políticas del país hacen que se exporte arroz a Brasil mientras nuestros campesinos no tienen con qué sembrar”.


Las mujeres, columna vertebral del cambio

En medio de este despojo, las mujeres son las principales protagonistas de la transformación. Son ellas las que participan en los talleres, cuidan las huertas, educan a sus hijos, enfrentan la violencia doméstica, desafían al patriarcado. Muchas veces, con el rosario en la mano y la tierra entre las uñas.

“Trabajamos para que las mujeres trabajen y sean respetadas, incluso por sus maridos”, cuenta la hermana Blanca. “Queremos que sean libres, que puedan decidir, que no tengan que depender del varón ni del Estado”.

Esa independencia no es sólo económica. Es espiritual. Aun cuando muchas mujeres indígenas no profesan formalmente la fe cristiana, sienten la presencia de Dios en la entrega de estas misioneras. “Aquí viene la hija de Dios”, le dice el chamán a la hermana Blanca cuando la ve llegar. Y no es una frase vacía: es el reconocimiento de una presencia que sana, que acompaña, que no impone pero transforma.

Como enseña Fratelli Tutti:

“Hay que evitar toda forma de colonización cultural. Hace falta aceptar con amor y respeto a las minorías, a los pueblos indígenas, a su cultura y tradiciones” (FT 220).


Fe, comunidad y profecía en la selva

En estas tierras remotas, la Iglesia no es un templo: es una balsa, una semilla, un gesto. No hay grandes liturgias, pero hay comunión. No hay cánticos gregorianos, pero hay oración. Los niños rezan el rosario aunque no sean bautizados. Las ancianas piden bendiciones a las misioneras. El Evangelio se vive, no se declama.

“Lo que nos ayuda es que no dependemos de los políticos”, dice con claridad la hermana Kamilia. “Trabajamos con el apoyo del obispo y codo a codo con los laicos. Nuestras socias son las mujeres”.

Esa alianza entre consagradas y laicas, entre Iglesia institucional y tejido popular, es el corazón de la misión. Y también su fortaleza frente a las amenazas. Porque el narcotráfico no perdona. Y los poderes que lucran con el abandono tampoco. Pero cuando el anuncio del Reino se encarna en la lucha concreta por la vida, ninguna fuerza es más poderosa que la del amor de Dios hecho justicia.


Un país desangrado por el centro, salvado por su periferia

Paraguay, como tantos países hermanos de América Latina, carga con heridas profundas. Dictaduras, corrupción, desigualdad, desplazamiento forzoso, extractivismo, olvido. Pero también es tierra de mártires, de santos ocultos, de resistencias invisibles. Y es en las periferias —como la del Gran Chaco— donde esa esperanza se vuelve tangible.

El Papa Francisco ha repetido una y otra vez:

“La fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (Evangelii Gaudium 183).

Las hermanas salesianas, y las mujeres que con ellas caminan, están cambiando el mundo desde uno de los rincones más olvidados del continente. No necesitan portadas ni premios. Les basta con que una joven se anime a estudiar, que una madre salve a su hijo de las drogas, que un anciano conserve la semilla de su pueblo.


Cierre profético: ¿Qué Iglesia elegimos ser?

La pregunta que surge al final de esta historia no es sólo para el Paraguay. Es para toda la Iglesia latinoamericana. ¿Seguiremos siendo cómplices del poder y la indiferencia? ¿O nos atreveremos a ser, como dice Francisco, una Iglesia en salida, herida pero comprometida, que toca la carne del pueblo?

La experiencia en el Chaco paraguayo no es sólo un testimonio: es un llamado. A los obispos, a los religiosos, a los laicos. A dejar los discursos tibios. A bajar de las catedrales al barro. A caminar con los pueblos indígenas, con las mujeres excluidas, con los jóvenes tentados por el narco. A sembrar Evangelio donde hoy se impone la lógica del descarte.

Porque como escribió san Óscar Romero:

“Una Iglesia que no sufre con los pobres, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”.


Fuente original: Vatican News
Enlace: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2025-06/paraguay-salesianas-hermanas-gran-chaco-droga-indigenas-mujeres.html

“No hay paz sin justicia”: el grito que Israel y Palestina aún se niegan a escuchar

Mientras Gaza se desangra y los rehenes siguen cautivos, el ex primer ministro Ehud Olmert sacude la conciencia de su país: la única salida es detener la guerra y construir dos Estados. ¿Por qué su voz resuena como un eco solitario en medio del estruendo?


Introducción reformulada:
La tierra donde nació Jesús vuelve a estar atravesada por el odio, la violencia y el sinsentido. En medio del fuego cruzado que devora Gaza y arrastra consigo vidas inocentes, una voz inesperada emerge desde el corazón mismo de Israel: la de Ehud Olmert, ex primer ministro, que se atreve a decir lo que pocos se atreven a reconocer. En un momento en que el gobierno de Benjamin Netanyahu parece decidido a prolongar una guerra sin horizonte, Olmert rompe filas y lanza una denuncia valiente: esta guerra es un crimen, y la única salida es el fin inmediato de las hostilidades y el reconocimiento de un Estado palestino. La paz, insiste, no es una fantasía ingenua, sino una exigencia moral.


Una tragedia prolongada por la obstinación

La situación en Gaza no admite eufemismos. Las cifras de muertos superan ya todo cálculo razonable, las imágenes que emergen desde Rafah o Khan Younis muestran niños mutilados, familias enterradas bajo escombros y hospitales colapsados. Y sin embargo, como si la realidad no fuera suficiente, la guerra continúa. El gobierno de Israel, liderado por Benjamin Netanyahu, mantiene su ofensiva con una narrativa defensiva: destruir a Hamás a cualquier costo.

Pero ese “costo” tiene rostros: madres que lloran a sus hijos, pueblos enteros reducidos a ruinas, y rehenes cuyo destino se vuelve cada día más incierto. Para Olmert, todo esto revela una verdad incómoda: la guerra, tal como se conduce hoy, no tiene como objetivo liberar a los rehenes ni proteger a la población israelí. “Lo único que está consiguiendo es la muerte de más soldados, la permanencia de los rehenes y la aniquilación de civiles palestinos inocentes”, denuncia.

Esta afirmación, que para muchos sería anatema, cobra un peso particular viniendo de quien alguna vez condujo los destinos del Estado de Israel. No es una acusación ligera. Es una advertencia ética. Es un llamado, como diría el profeta Isaías, a “enmendar la opresión, hacer justicia al huérfano, defender la causa de la viuda” (Is 1,17).


El colapso moral de la política israelí

La guerra no solo destruye Gaza. También desgarra el alma de Israel. Cada día crecen las protestas dentro del país, miles de ciudadanos –incluso reservistas del ejército– claman por un cambio de rumbo. El hartazgo es palpable. ¿Cuál es el objetivo de esta guerra?, se preguntan muchos. ¿Qué estrategia se oculta tras el derramamiento de sangre?

Olmert lo expresa sin rodeos: “Nadie en Israel entiende la estrategia de Netanyahu. Pongamos que destruyen a Hamás. ¿Después qué? ¿Qué harán con los cinco millones y medio de palestinos que seguirán allí?” La pregunta no es retórica. Es existencial. Porque la ocupación perpetua no puede ser el fundamento de una democracia. Porque prolongar la guerra no fortalece a Israel: lo aísla y lo hunde en una espiral de violencia de la que será difícil salir.

En su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco advierte con fuerza: “La paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el respeto de los derechos de los pueblos” (EG 190). Israel, que nació como respuesta a un drama histórico de persecución y exilio, no puede construir su seguridad sobre el sufrimiento de otro pueblo. La memoria del Holocausto no debe ser usada como escudo para legitimar políticas que reproducen la lógica de la opresión.


El clamor por dos Estados: una solución que se sigue postergando

La propuesta de Olmert no es nueva, pero resuena con renovada urgencia: dos Estados, libres, independientes y en paz. Una Palestina soberana y un Israel seguro. Nada más, nada menos. Esta fórmula, tan discutida como evidente, parece hoy más lejana que nunca. Y sin embargo, es la única vía racional y ética para salir del atolladero.

“Hamás no entregará a los rehenes sin una garantía firme de que la guerra termina”, afirma Olmert. Y tiene razón. Esperar que un grupo armado, que se sabe acorralado, ceda su única carta sin ninguna contraprestación es infantil. La política, como la ética, exige realismo. Y en este caso, el realismo consiste en reconocer que no hay paz sin negociación, no hay tregua sin compromiso, no hay libertad sin justicia.

La encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco lo dice claramente: “La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal” (FT 261). ¿Hasta cuándo se prolongará ese fracaso? ¿Cuántos niños más deberán morir para que la humanidad entienda que ningún proyecto nacional, ninguna ideología, ningún “derecho histórico” justifica el exterminio?


Testimonios y datos que claman justicia

Las organizaciones humanitarias hablan de más de 35.000 muertos en Gaza desde el inicio de la ofensiva. La mayoría son civiles. Los hospitales ya no dan abasto. Las universidades han sido arrasadas. Un informe reciente de Médicos Sin Fronteras habla de “niveles de destrucción comparables con los peores escenarios bélicos del siglo XXI”. Y en Israel, más de 200 familias siguen esperando noticias de sus seres queridos secuestrados.

La comunidad internacional, por su parte, parece atrapada en la parálisis. Estados Unidos, con un discurso ambivalente, evita presionar con firmeza a su aliado histórico. Europa, dividida entre la culpa y el pragmatismo, se limita a condenas tibias. Y la ONU, una vez más, asiste impotente a la tragedia. En este contexto, la voz de Olmert, aunque solitaria, se convierte en faro. Porque se atreve a decir lo que la mayoría calla. Porque no teme perder capital político. Porque, como diría el profeta Amós, “no soporta más vuestras solemnidades, porque vuestros holocaustos están manchados de sangre inocente” (cf. Am 5,21-24).


¿Podrá brotar la justicia en un desierto de violencia?

Israel y Palestina no necesitan más armas, sino más humanidad. No más trincheras, sino puentes. No más discursos vacíos, sino decisiones valientes. ¿Será escuchada la voz de Olmert? ¿Podrán líderes del mundo judío, cristiano y musulmán alzar juntos un clamor por la paz?

La Iglesia, desde su fe en el Príncipe de la Paz, no puede ser neutral. Callar ante la injusticia es traicionar el Evangelio. Como cristianos, como católicos, estamos llamados a ser constructores de paz, aún a costa del rechazo, de la incomprensión, del riesgo.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Esta bienaventuranza no es un simple deseo: es una misión. Una exigencia. Una responsabilidad histórica. Que el sufrimiento de Gaza y el temor de Israel no nos paralicen, sino que nos movilicen a ser artesanos de una paz justa, duradera y verdadera. Porque solo la justicia engendra la paz. Y solo el amor vence al odio.


Fuente original: Vatican News
Enlace: https://www.vaticannews.va/es/mundo/news/2025-06/ehud-olmert-gaza-entrevista-israel-tregua-palestina.html

Mamerto Menapace, el monje que narró a Dios desde la tierra adentro

El país despide al Padre Mamerto Menapace, un benedictino que sembró Evangelio en el alma rural de la Argentina. Su muerte no silencia su palabra: la tierra sigue hablando.


La vida que germina en silencio
A los 83 años, en el recogimiento del monasterio de Los Toldos donde vivió la mayor parte de su existencia, falleció el Padre Mamerto Menapace. Su partida enluta a la Iglesia, a la literatura espiritual y a miles de corazones que encontraron en sus cuentos rurales y enseñanzas monásticas una luz para la vida diaria. No fue un sacerdote mediático ni buscó los focos del poder, pero su palabra caló profundo porque brotaba del Evangelio y de la tierra, como un manantial manso y constante. Hoy lo lloran creyentes y no creyentes, porque su voz era de esas que despiertan lo humano, lo esencial, lo eterno.

Por Néstor Ojeda


Una raíz benedictina en suelo argentino
Nacido el 24 de enero de 1942, Mamerto Menapace eligió el silencio del claustro cuando el país comenzaba a entrar en décadas convulsas. En 1963 ingresó al Monasterio Benedictino Santa María de Los Toldos, y tres años después fue ordenado sacerdote. Allí echó raíces definitivas. Fue abad entre 1980 y 1992, y luego Abad Presidente de la Congregación del Cono Sur. Pero más allá de los títulos, su autoridad espiritual venía de otro lugar: de una vida tejida en oración, trabajo manual y escritura contemplativa.

Los monjes benedictinos siguen la regla de san Benito: “Ora et labora”, reza y trabaja. Y así vivió Menapace, entre la huerta, la liturgia, los libros y los encuentros con miles de personas que peregrinaban hasta Los Toldos o recibían sus palabras en retiros, charlas o libros.

En un país tan dado a las voces altisonantes, Menapace eligió otra música: la de los cuentos que nacen del campo, las metáforas del fogón, el ritmo de las estaciones, la pedagogía del sembrador. Su estilo era directo pero hondo, simple pero nunca superficial. “Yo no soy teólogo, soy narrador”, solía decir con humildad.


El arte de contar el Evangelio sin estridencias
Menapace escribió más de 40 libros. Algunos de ellos —El paso y la espera, Cuentos rodados, El amor es cosa seria, La sal de la Tierra— se convirtieron en clásicos de la espiritualidad popular argentina. No citaba grandes tratados, pero enseñaba con la fuerza de la parábola: contaba historias de un peón que sembraba en vano, de una madre que rezaba fregando, de un caballo enfermo que no perdía la dignidad. En todas vibraba el Evangelio.

Ese lenguaje encarnado en lo cotidiano fue una constante en su obra y en su vida. Su literatura no era evasión piadosa, sino una forma de mirar el mundo con ojos de fe. No le escapaba a los dolores del pueblo ni al sufrimiento humano. Como Jesús en las parábolas, hablaba del Reino en clave de siembras, panes, vecinos, animales, hijos que se pierden y regresan. Por eso llegaba tanto.

En tiempos de eslóganes y ruido digital, él optó por la lentitud y el aroma del mate compartido. Sus libros se leían al costado del hogar, en retiros espirituales, en cárceles, hospitales, parroquias rurales y hasta en escuelas públicas. Su literatura cruzó muros confesionales porque tocaba lo universal: la dignidad, la bondad, el dolor, la esperanza.


Monasterio, escuela y vida compartida
Los Toldos no fue solo su hogar. Fue su mundo, su trinchera pacífica, su patio con Dios. Allí no solo oraba: enseñó, promovió actividades comunitarias, integró fe y cultura, tradición indígena y trabajo artesanal. Desde la escuela agrícola al Museo del Indio, supo unir contemplación y compromiso, como enseñó san Benito.

El monasterio también es famoso por sus dulces y quesos. Pero el verdadero fruto de ese lugar fue otro: hombres consagrados a la búsqueda de Dios y testigos del Reino en medio del pueblo. Menapace ayudó a formar generaciones de monjes y laicos comprometidos. “Un abad no es un patrón, es un padre”, dijo en una ocasión. Y muchos, incluso fuera del monasterio, lo consideraban eso: un padre.


Un legado profético y vigente
En su escritura y en su vida se respira la Doctrina Social de la Iglesia, aunque sin términos técnicos. El valor del trabajo, la dignidad de la vida rural, la justicia distributiva, el cuidado de la creación: todo eso está en sus cuentos. En Laudato Si’, el Papa Francisco pide redescubrir la espiritualidad de lo cotidiano, el “evangelio de la creación”, el vínculo con la tierra y entre los seres humanos. Menapace ya lo vivía y predicaba desde hacía décadas.

En Evangelii Gaudium, Francisco advierte contra el clericalismo y llama a una Iglesia “en salida”, que escuche al pueblo y hable su lengua. Eso hizo Menapace, sin campañas ni redes sociales, pero con una eficacia misionera inmensa. Su fama fue siempre silenciosa y orgánica. Nadie lo promovía, pero todos lo conocían.

Su espiritualidad tenía el aroma de la paja, del pan amasado a mano, del silencio que no es evasión, sino escucha. Nunca fue indiferente al dolor del pueblo argentino. Supo hablar del duelo, de la injusticia, del exilio interior. Fue consuelo para muchos en las crisis que atravesó la Argentina desde los 70 hasta hoy.


Voces que lo lloran
“Nos deja un hermano mayor, un maestro de la vida espiritual encarnada”, expresó un comunicado de la Conferencia Episcopal Argentina. Numerosos obispos, sacerdotes, laicos y comunidades monásticas manifestaron su dolor y su gratitud. El obispo de Nueve de Julio, Mons. Ariel Torrado Mosconi, destacó: “Su muerte es una siembra. Mamerto supo hacer del Evangelio un cuento que nunca termina, porque siempre deja semilla”.

En redes sociales, miles de personas compartieron frases suyas y anécdotas personales. Una catequista recordó: “En un retiro de jóvenes, nos hizo llorar a todos con un cuento sobre el valor de la ternura. Desde entonces, no pude dejar de leerlo”. Otra mujer, desde una cárcel de mujeres, escribió: “Sus cuentos me abrieron el alma. Sentí que Dios también camina en el barro conmigo”.


El eco que no calla
Mamerto Menapace no buscó brillar. Eligió perderse en Dios. Pero como enseña el Evangelio, quien pierde su vida, la encuentra. Hoy su muerte nos duele, pero no nos deja huérfanos. Su palabra sigue, como eco de una Argentina más profunda, donde la fe no se grita, se vive; donde el Evangelio no se impone, se narra; donde la espiritualidad no es privilegio de sabios, sino don para todos.

Su vida es una denuncia contra la fe desencarnada, contra la Iglesia elitista, contra la cultura de la apariencia. Y es, al mismo tiempo, un anuncio claro y sereno de que otra forma de ser creyente es posible: más pobre, más humana, más fraterna.


Reflexión final
En un país desgarrado por la desigualdad, el desencanto y la desesperanza, la muerte del Padre Menapace nos deja una pregunta incómoda y luminosa: ¿quién continuará hoy el arte de narrar a Dios en las cosas simples? ¿Quién recogerá el hilo del Evangelio contado en mateadas, en fogones, en caminos de tierra?

La Iglesia argentina —y cada cristiano— tiene el desafío de no dejar que su palabra se marchite. De hacerla carne en nuevas generaciones, en nuevas voces, en nuevas formas. No para imitarlo, sino para seguir su senda: la de quien escuchó el susurro de Dios en la siembra, en la luna, en la fragancia del pan.

El monje ha partido. Pero su palabra quedó sembrada. Y la tierra, agradecida, promete frutos. Porque como él mismo escribió alguna vez:
“El amor, cuando es de Dios, no muere. Se hace semilla.”

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Perdonar para sanar el mundo: el llamado radical de León XIV

En una Iglesia marcada por las heridas del pecado y un mundo lleno de violencia, el Papa León XIV eleva una voz clara y audaz: sólo el perdón puede abrir el camino hacia la verdadera misericordia.


El perdón, la cruz y la locura del Evangelio

En medio de un mundo cada vez más quebrado por la polarización, la exclusión y el juicio impiadoso, el Papa León XIV no habla desde una cómoda distancia institucional. Su mensaje no es una consigna piadosa ni un recurso litúrgico. Es un grito del alma, una interpelación profética dirigida al corazón de la Iglesia: “Perdonemos, para que todos encuentren misericordia por doquier”. No se trata de una sugerencia opcional, sino de una llamada urgente y radical a vivir desde la raíz del Evangelio.

Durante una audiencia con misioneros, franciscanos y formadores espirituales, León XIV delineó con fuerza las tres dimensiones que, según él, mantienen viva a la Iglesia: conversión, misión y misericordia. Pero fue su meditación sobre el perdón —ese gesto desarmado y escandaloso que desactiva el odio— lo que resonó como una trompeta en los valles áridos de nuestra cultura vengativa. En sus palabras resuena la voz del Crucificado, que no gritó desde la cruz una maldición, sino un ruego: “Padre, perdónalos”.


Una Iglesia herida que perdona desde sus propias llagas

Lejos de pretender una comunidad perfecta, el Papa recordó que todos somos “enfermos necesitados de curación”, citando a los Siervos del Paráclito y su misión de acompañar con humildad a sacerdotes caídos o quebrados. “También su presencia nos recuerda algo importante: que todos nosotros, aunque llamados a ser ministros de Cristo, médico de las almas, somos ante todo enfermos necesitados de curación”.

Desde esa conciencia, el perdón deja de ser una postura ingenua o cobarde. Es, más bien, el camino arduo y valiente de quienes reconocen su propia miseria y, por eso, pueden acercarse a los demás no como jueces, sino como hermanos. Esta es la medicina que el Papa propone a la Iglesia entera, una medicina amarga para un tiempo de soberbia y arrogancia espiritual. Y sin embargo, es la única capaz de abrir grietas de luz en los muros de piedra que hemos levantado.

En palabras de san Agustín, evocadas por el Papa, las fisuras de nuestra barca permiten que el mar del pecado nos inunde. Pero no estamos condenados a hundirnos. El perdón —como insistió también Francisco en Misericordiae Vultus— es el único “remedio para el mal”.


La locura de la cruz, respuesta a las burlas del mundo

León XIV no ignora que este mensaje suena como una provocación en una cultura de revancha y castigo. Por eso invita a abrazar la “locura de la cruz”, incluso cuando el mundo se burle de nosotros. Es la misma locura que animó a san Francisco de Asís y a tantos misioneros que predicaron sin espadas ni retóricas brillantes, solo con la ternura del Evangelio.

Citando a Evangelii Gaudium, el Papa recordó que el impulso misionero es central para la vida de la Iglesia, y que debe ser llevado adelante con la sencillez del anuncio y la libertad que da el estar “llenos de Cristo”. Una misión sin cruces ni persecuciones no es la misión del Evangelio, y una Iglesia que no esté dispuesta a ser ridiculizada por su mansedumbre, no está siguiendo a su Señor.


Un llamado desde la Doctrina Social de la Iglesia

La perspectiva del Papa León XIV no es ajena al pensamiento social de la Iglesia. Todo lo contrario: se inscribe en una continuidad profética que va desde los Padres de la Iglesia hasta los recientes documentos magisteriales. En Fratelli Tutti, Francisco ya había afirmado con claridad: “El perdón no implica olvidar. Decimos que perdonamos pero no olvidamos, y la herida sigue sangrando. El perdón es precisamente lo que nos permite sanar esa herida”. (FT 250)

La misericordia, lejos de ser debilidad, es el poder mismo de Dios que se manifiesta en nuestra fragilidad. Por eso León XIV no teme hablar del perdón como un acto revolucionario, que puede transformar familias, comunidades, diócesis enteras. Es la levadura que fermenta en lo oculto y termina por cambiar el mundo.

En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, se insiste: “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114). Ese lugar no puede construirse si no hay creyentes que, heridos y humildes, se atrevan a perdonar.


Voces que sanan: testimonios del perdón que reconstruye

La historia de la Iglesia está sembrada de hombres y mujeres que eligieron perdonar contra todo cálculo humano. Desde el testimonio de san Juan Pablo II abrazando a quien intentó asesinarlo, hasta las víctimas de abusos que, en medio del dolor, decidieron no responder con odio, el perdón ha sido una fuente inagotable de resurrección.

En África, donde la Sociedad de Misiones Africanas trabaja desde hace más de un siglo, se han conocido escenas de reconciliación entre pueblos que se habían masacrado mutuamente. En Ruanda, por ejemplo, tras el genocidio de 1994, muchas comunidades cristianas fueron epicentro de procesos de perdón que no negaron la justicia, pero la llenaron de humanidad. Misioneros y laicos fueron mediadores de paz en medio del espanto.

También en nuestras comunidades locales, vemos pequeñas semillas de este perdón cotidiano: padres que eligen no devolver odio a sus hijos, matrimonios que rehacen caminos rotos, sacerdotes que se animan a pedir perdón públicamente por sus errores, parroquias que acogen a los “descarriados” como hijos pródigos.


El perdón como camino sinodal

León XIV, al hablar de misericordia, no lo hace solo como acto individual, sino como una cultura eclesial. La Iglesia necesita —como bien expresó en el Sínodo— convertirse en “hospital de campaña”, y no en tribunal perpetuo. En este sentido, el perdón es también un camino sinodal: un modo de caminar juntos con los heridos, los caídos, los confundidos, los alejados. No se trata de justificar el pecado, sino de acompañar al pecador hasta la sanación.

Un Instituto como los Siervos del Paráclito, dedicados a sacerdotes en dificultad, es un signo fuerte de que la misericordia no es solo una idea abstracta, sino una praxis concreta, encarnada. En tiempos donde el escándalo y la cancelación parecen dominar, estos religiosos nos recuerdan que el verdadero camino cristiano no es el de desechar a los heridos, sino de levantarlos.


Cierre profético: ¿una Iglesia del perdón o del desprecio?

La pregunta queda flotando como una herida abierta: ¿seremos Iglesia del perdón o del desprecio? ¿Seguiremos levantando muros de purismo, condena y rigidez, o abriremos nuestras puertas como oasis de misericordia, como pedía Misericordiae Vultus?

No se trata de relativizar el mal, ni de abolir la justicia. Se trata de dar el paso valiente que sólo la fe puede dar: amar al enemigo, perdonar al que nos traicionó, ofrecer una nueva oportunidad a quien se ha equivocado. Solo así el mundo podrá creer que Jesús vive.

León XIV no viene a darnos una consigna piadosa. Nos entrega una espada que no hiere, sino que separa el trigo de la cizaña en nuestro propio corazón. Nos pide, desde la locura de la cruz, que dejemos de jugar a ser dioses y volvamos a ser hermanos. Solo así, donde haya cristianos, habrá verdaderos oasis de misericordia.


Fuente original: Vatican News
Enlace: https://www.vaticannews.va/

Garabandal, el mensaje silenciado: ¿por qué la Iglesia teme investigar lo que aún resuena en los corazones?

Más de seis décadas después de las supuestas apariciones de la Virgen María en una pequeña aldea de Cantabria, el caso Garabandal sigue sin resolución definitiva. ¿Por qué la Iglesia no se atreve a reabrir la investigación? ¿Qué dice ese silencio sobre su capacidad de escuchar a Dios a través de los pequeños?


Cuando el cielo toca la tierra y los hombres miran hacia otro lado

Las grandes manifestaciones de Dios en la historia de la humanidad no siempre han sido acogidas con júbilo por los poderosos. Jesús nació en un pesebre y fue crucificado como un delincuente. Los profetas fueron apedreados, los mártires ignorados, y las voces que anunciaban algo nuevo fueron silenciadas o descartadas. En San Sebastián de Garabandal, entre 1961 y 1965, se afirma que la Virgen María se apareció a cuatro niñas humildes. Más de 60 años después, la Iglesia aún no reconoce la sobrenaturalidad de esos hechos. Lo que sí está claro es que millones de fieles, peregrinos y testigos sienten que algo real y transformador ocurrió allí.

Hoy, figuras públicas como Jorge Fernández Díaz —exministro del Interior del gobierno español— claman por una nueva comisión de investigación. ¿Por qué tantos siguen esperando que se escuche a esas niñas? ¿Por qué se teme tanto lo que pudieron haber visto y oído?


Un contexto de fe y sospecha

San Sebastián de Garabandal es una aldea diminuta entre los montes de Cantabria. Allí, en plena efervescencia del posconcilio y bajo la vigilancia del Santo Oficio, cuatro niñas dijeron recibir mensajes de la Virgen María y del arcángel San Miguel. Los mensajes, contundentes y hasta incómodos, hablaban de conversión, penitencia, y advertían con claridad: “Muchos sacerdotes, obispos y cardenales van por el camino de la perdición”.

Es esa frase, reconocen incluso algunos obispos, la que podría haber condenado al ostracismo a todo el fenómeno Garabandal.

Desde entonces, se han sucedido notas oficiales de distintos obispos de Santander —cinco en total entre 1961 y 1967— con un tono casi calcado: no consta la sobrenaturalidad de los hechos. Una segunda comisión de investigación, impulsada en 1987 por monseñor del Val, tampoco modificó esa evaluación. Y Roma, en tiempos del cardenal Ratzinger al frente del antiguo Santo Oficio, optó por no intervenir directamente, dejando la cuestión en manos del obispo local.

El resultado ha sido un largo y doloroso silencio institucional. Pero la fe del pueblo nunca calló.


¿Qué dice hoy la Iglesia sobre Garabandal?

En septiembre de 2024, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, abordó públicamente la situación. Lo hizo con prudencia, afirmando que el caso Garabandal había recibido la calificación de non constat, es decir, no consta la sobrenaturalidad, pero sin negarla taxativamente (constat de non).

Fernández agregó que, como en otros casos, “no está permitido nada que tenga relación entre los mensajes y las apariciones”, aunque “puede haber culto privado”. Esta categoría, llamada curatur, admite la devoción personal, pero impide celebraciones públicas ligadas al contenido de las apariciones.

Es una forma de decir que se tolera la fe del pueblo, pero no se valida su origen. Una especie de limbo eclesial donde se permite rezar, pero no creer con libertad plena. ¿Acaso el discernimiento debe quedarse a medio camino cuando tantos corazones están implicados?


La Doctrina Social de la Iglesia y el valor del testimonio

Desde una perspectiva de fe encarnada y comprometida, la Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el sensus fidei —ese olfato espiritual del Pueblo de Dios— es también fuente de verdad. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, escribió:

“A veces, el Pueblo de Dios camina en la oscuridad, pero siempre encuentra una forma de manifestar su fe. En todos los pueblos, el Espíritu ha sembrado una semilla de verdad” (EG 116).

¿No es acaso una grave omisión ignorar las súplicas de quienes han creído, orado, peregrinado y consagrado su vida a un mensaje que sienten auténtico? ¿No es eso despreciar las periferias espirituales donde a menudo se manifiesta Dios?

La Iglesia no puede hablar de sinodalidad sin escuchar con corazón abierto. La confianza en el Espíritu exige que no solo se escuche a teólogos y obispos, sino también a los pequeños, a los pastores anónimos, a las niñas de aldea que aún hoy conservan su testimonio con sencillez y firmeza.


Una investigación negada, una profecía ignorada

Jorge Fernández Díaz lo dice con claridad: “No ha existido ninguna investigación digna de tal nombre sobre los hechos de Garabandal”. Con un informe de 34 páginas que ha entregado personalmente a obispos, cardenales y hasta al secretario de Estado del Vaticano, reclama lo obvio: que la Iglesia tome en serio lo que podría ser uno de los mayores mensajes marianos del siglo XX.

¿Por qué se teme reabrir la investigación? ¿Acaso por temor a confirmar un mensaje incómodo? ¿Por miedo a descubrir que Dios habló a través de quienes nadie esperaba?

En Fratelli Tutti, el Papa Francisco denuncia una Iglesia que puede volverse autorreferencial:

“A veces, en la Iglesia, caemos en el espejismo de un universalismo vacío y abstracto, aunque vivimos encerrados en nuestros pequeños grupos” (FT 100).

Garabandal interpela justamente eso: una Iglesia que teme mirar hacia donde el cielo se inclinó, por miedo a perder el control. Pero la historia de María —de Fátima a Lourdes, de Guadalupe a Kibeho— nos enseña que Dios elige lo humilde para confundir lo sabio.


¿Qué está en juego en Garabandal?

No se trata solo de apariciones o visiones. Lo que está en juego en Garabandal es la disposición de la Iglesia a dejarse interpelar por lo imprevisible de Dios. Es una cuestión de apertura espiritual, de humildad pastoral, de fidelidad profética.

Cuando las niñas videntes repitieron con inocencia el mensaje de que muchos dentro de la Iglesia iban por el mal camino, no lo hicieron con ánimo rebelde. Solo dijeron lo que oyeron. ¿Y no vemos hoy, a la luz de los escándalos de abusos y corrupción, cuán acertado era aquel aviso materno?

Reabrir el caso Garabandal no es solo una cuestión histórica o devocional. Es una exigencia moral y eclesial. Es permitir que el pueblo de Dios sepa si, una vez más, el cielo bajó a la tierra y no lo supimos reconocer.


Cierre: volver a escuchar a María

La Virgen María no vino a condenar, sino a llamar a la conversión. Su presencia en Garabandal —si se confirma— sería un nuevo capítulo de ese amor materno que busca proteger a la Iglesia de su peor enemigo: la autosuficiencia espiritual.

Hoy más que nunca, necesitamos abrir el corazón a los signos de los tiempos. A tener el valor de escuchar lo que incomoda. A creer que Dios sigue hablando, incluso cuando nos saca de nuestras seguridades.

Que se reabra la investigación sobre Garabandal no es un capricho, ni un revisionismo tardío. Es un acto de justicia con la Virgen, con su mensaje, con las niñas videntes, y con todos los fieles que han sostenido su fe en el silencio.

Y si no fue verdad, que se diga con pruebas claras y sin miedo. Pero si fue verdad… que no seamos otra vez los que no supieron ver al Señor cuando caminó entre nosotros.


Fuente original: Religión en Libertad
Enlace: https://www.religionenlibertad.com/virgen-maria/250531/abrir-investigacion-garabandal_112501.html