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León XIV: El Papa que se asoma al mundo con las manos desarmadas

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Un mes después de su elección, el nuevo Pontífice marca con fuerza el rumbo de una Iglesia reconciliadora, desarmada, misionera y profundamente humana. León XIV no llega a gestionar el poder, sino a testimoniar el Evangelio en una humanidad herida y fragmentada. Su voz es un clamor de paz que interpela a creyentes y no creyentes.

Por Néstor Ojeda

El 8 de mayo de 2025, cuando el mundo entero miraba expectante hacia la chimenea de la Capilla Sixtina, pocos imaginaban la profundidad profética del mensaje que estaba por emerger. A las 18:07, la fumata blanca confirmó que la Iglesia tenía nuevo Papa. A las 19:23, se asomaba a la Logia Central un hombre de mirada firme y palabras humildes: Robert Francis Prevost, agustino, latinoamericano por adopción, tomó el nombre de León XIV. Lo hizo invocando la paz del Cristo Resucitado, “desarmada y desarmante, humilde y perseverante”.

A treinta días de aquel instante histórico, lo que parecía una elección tranquila comienza a revelarse como un giro espiritual de gran calado. León XIV no está inaugurando un pontificado burocrático, sino una travesía evangélica para la humanidad. Su mensaje no es ideológico ni diplomático: es evangélico. Denuncia la guerra, proclama la reconciliación y pone en el centro al ser humano herido.

“¡Nunca más la guerra!”: un grito que no negocia

Desde su primer Regina Caeli, el nuevo Papa alzó la voz con claridad meridiana: “¡Nunca más la guerra!”. No como consigna vacía, sino como exigencia ética y espiritual. El 11 de mayo, en una Plaza de San Pedro conmovida, pidió a los poderosos del mundo que trabajen por una paz “justa y duradera” en Ucrania, Gaza y todos los territorios desgarrados por la violencia.

Este clamor no es ingenuo. Es profundamente cristiano. León XIV entiende que la paz no es mera ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia y del perdón. Como señala la Gaudium et Spes, “la paz nunca es un estado logrado de una vez por todas, sino una tarea que requiere constante vigilancia” (GS 78). Por eso, su insistencia es profética: la paz no se decreta, se construye. Y comienza por desarmar el lenguaje.

Desarmar las palabras para desarmar el mundo

“Desarmemos las palabras para desarmar la Tierra”, proclamó León XIV ante los medios de comunicación. En tiempos donde la violencia verbal precede a la violencia física, el Papa llama a frenar la “guerra de las palabras y de las imágenes” y a recuperar una comunicación que escuche, que no humille, que no mate.

Esta advertencia resuena como una advertencia evangélica frente a una cultura saturada de gritos, ironías, insultos y manipulaciones. Como recuerda el Papa Francisco en Fratelli tutti, “la agresividad social encuentra en los dispositivos móviles y en las redes un espacio de amplificación sin freno” (FT 44). León XIV llama a una comunicación cristiana que sea levadura de diálogo, no catalizador del odio.

Una Iglesia fermento de unidad y faro en la noche del mundo

El lema pontificio de León XIV, tomado de San Agustín –“In Illo unum” (“En Él somos uno”)– no es retórica vacía. Es un programa eclesial. Una Iglesia que no busca uniformidad, sino comunión en Cristo, capaz de anunciar esperanza en una humanidad rota.

En un mundo fragmentado, la unidad de los cristianos no es una cuestión opcional. Es un signo profético. “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). León XIV retoma esta súplica de Jesús y la traduce en acción: tender puentes con otras confesiones, abrirse al diálogo interreligioso, erradicar prejuicios ideológicos, sanar divisiones internas.

“La Iglesia debe ser fermento de concordia y arca de salvación”, dijo en la Misa de inicio de su ministerio petrino. No es tiempo de cristianismos cerrados ni elitistas. Es tiempo de una Iglesia que se deje inquietar por la historia y abrace con ternura los dolores del mundo.

La no violencia como estilo de vida

Más allá de lo geopolítico, León XIV propone algo más radical: la no violencia como método y como estilo. No se trata solo de condenar las guerras ajenas, sino de examinar nuestras propias actitudes cotidianas. ¿Cómo tratamos al que piensa distinto? ¿Cómo resolvemos los conflictos en nuestras familias, comunidades, redes sociales?

La Evangelii Gaudium ya advertía que “la unidad prevalece sobre el conflicto” (EG 226). Ahora, León XIV retoma y profundiza esa lógica: sólo desde una cultura de la no violencia es posible reconstruir el tejido social y eclesial roto por años de polarización y exclusión.

Familia y compasión: dos pilares de una civilización reconciliada

El nuevo Papa no olvida el rostro concreto de la paz: las familias. Las llama “signo de futuro”, “Iglesias domésticas” donde se aprende a vivir el amor y el perdón. En un mundo donde las relaciones se fragmentan y banalizan, León XIV propone volver a la alianza esponsal como escuela de comunión.

Y junto a ello, recupera el valor olvidado de la compasión. “Antes que una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad”, repite. No es posible amar a Dios sin tocar las llagas del hermano. No hay cristianismo sin cercanía. No hay paz sin ensuciarse las manos por el otro.

“La compasión se aprende del corazón de Jesús”, dijo conmovido. Y añadió una frase que debería quedar grabada en piedra: “El otro no es un paquete para entregar, sino alguien por quien cuidarse”.

Una Iglesia que no administra, sino que testimonia

En solo treinta días, León XIV ha dejado claro que no quiere gobernar la Iglesia como un CEO global, sino testimoniar el Evangelio como discípulo servidor. Su estilo recuerda que el cristianismo no se impone: se propone. No se defiende: se encarna.

Este primer mes de pontificado no es un tiempo de protocolos, sino de señales. Y la señal es clara: la Iglesia que viene será más evangélica o no será. Será más pobre, más humana, más dialogante, más libre. Una Iglesia sin miedo a decir la verdad, pero también sin miedo a pedir perdón. Una Iglesia menos poderosa, pero más luminosa.

✨ Reflexión final: ¿qué Iglesia somos nosotros?

Las palabras de León XIV no son solo para obispos y diplomáticos. Son para vos, para mí, para todos los que creemos en Cristo. Nos sacuden. Nos despiertan. Nos interpelan: ¿Estamos siendo constructores de paz o cómplices de la división? ¿Nuestra fe se traduce en compasión o en juicio? ¿Nuestra Iglesia local es faro o es muralla?

Hoy el mundo no necesita una Iglesia perfecta, sino una Iglesia compasiva. No necesita líderes carismáticos, sino testigos fieles. No necesita más discursos, sino más ternura. El Papa ha hablado. Ahora es nuestro turno. La historia espera nuestra respuesta.


Fuente original: “León XIV, un mes de pontificado en nombre de la paz” – Vatican News
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/leon-xiv-un-mes-de-pontificado-en-nombre-de-la-paz.html

León de Perú”: el pastor que bajó a las aguas del pueblo

El próximo estreno del documental León de Perú revela no solo la historia del nuevo Papa León XIV, sino el alma de un hombre que se dejó moldear por los dolores y esperanzas de un pueblo herido. Desde los suburbios de Trujillo hasta las parroquias de Chulucanas, el testimonio de su vida interpela a una Iglesia que muchas veces se aleja del barro donde clama el Evangelio.


Hay pastores que hablan desde los balcones y otros que caminan bajo la lluvia con el rebaño. El nuevo Papa León XIV, nacido Robert Francis Prevost, pertenece sin dudas al segundo grupo. Su historia, tejida con humildad, presencia y valentía, es la que recorre el nuevo documental León de Perú, producido por los medios de comunicación del Vaticano. Pero más allá de las imágenes, lo que emerge es un rostro pastoral que encarna con radicalidad el llamado de Francisco a ser “una Iglesia en salida”, que no teme mancharse en la calle.

De misionero agustino a obispo del pueblo

Durante años, el entonces padre Robert Prevost sirvió como misionero agustino en Perú. Desde las ciudades grandes como Lima o Trujillo hasta los pueblos escondidos de Chulucanas o las barriadas olvidadas del Callao, su presencia se multiplicó en comunidades pequeñas, colegios, casas religiosas, parroquias humildes, entre jóvenes, enfermos y excluidos. Fue más que un guía espiritual: fue hermano, formador, amigo, sostén.

Su vocación pastoral —al estilo de Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38)— se expresó de modo singular en su cercanía con los jóvenes. En tiempos donde la juventud es vista como un problema, Prevost supo leerla como una promesa. Los escuchó, los desafió, los acompañó, creyó en ellos. Como decía el Papa Benedicto XVI: “el mundo ofrece comodidad, pero ustedes no fueron hechos para la comodidad, sino para la grandeza”.

La caridad que se moja

El documental recoge escenas y testimonios que muestran al actual Papa en su etapa como obispo de Chiclayo, enfrentando las inundaciones causadas por el fenómeno de El Niño. No desde una oficina, sino bajando a las calles inundadas, llevando consuelo, ayuda, presencia. Rocío, una de las sobrevivientes, lo recuerda empapado, jugándose entero, sin miedo, como quien ha hecho de su vida una oblación.

Durante la pandemia de Covid-19, siendo administrador apostólico, su respuesta fue la misma: audaz y compasiva. Desde comedores en Trujillo hasta distribución de medicinas y alimentos en Pachacútec —uno de los distritos más golpeados del Callao—, Prevost no delegó el dolor. Lo abrazó. Lo cargó. Lo miró a los ojos. Y esa es quizás la mayor diferencia entre un burócrata eclesiástico y un pastor: la cercanía encarnada, concreta, sin pretextos.

La fe que denuncia y construye

Berta, cocinera de uno de los comedores populares, recuerda a “el padre Roberto” como alguien que no solo alimentaba estómagos sino también dignidad. Y esa palabra —dignidad— es la que resuena detrás de cada gesto suyo. Porque no se trata de hacer beneficencia sino de luchar contra la injusticia estructural.

En esa línea, una de las decisiones más significativas del futuro Papa fue crear una comisión contra la trata de personas. Inspirado por el testimonio de Sylvia, una mujer rescatada del mundo de la prostitución gracias a la intervención de religiosas, Prevost entendió que el Evangelio no puede callar frente al pecado social. “La Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, había advertido Juan Pablo II en Centesimus Annus (§ 43). León XIV no se quedó.

También impacta el relato de Janinna Sesa, exdirectora de Cáritas Chiclayo, quien describe cómo bajo su guía se organizó una campaña para garantizar oxígeno a los enfermos durante la emergencia sanitaria. En un país donde la corrupción y la desidia estatal provocaban muertes evitables, esa acción fue un acto de fe concreta. Como dice el Papa Francisco en Fratelli tutti (§ 115): “La caridad necesita la luz de la verdad que continuamente buscamos”.

Una espiritualidad de ojos abiertos

En cada historia —la de Héctor y su hija Mildred, la de las religiosas, la de los jóvenes, los vecinos, los enfermos— aparece un rasgo constante: el de un pastor que mira, se detiene, se involucra. En palabras del Papa León XIV, citadas en su reciente homilía inaugural: “No podemos caminar como ciegos en un mundo herido. Cristo nos llama a ver, tocar, sanar”.

El documental recoge también el impacto del momento del Habemus Papam el pasado 8 de mayo. En cada rostro peruano entrevistado hay lágrimas de alegría, incredulidad, orgullo humilde. Porque saben que ese Papa es uno de los suyos. Que no viene del mármol, sino del barro.

¿Qué nos dice este “León de Perú”?

La elección de un Papa nunca es un hecho menor. Tiene dimensión eclesial, pero también profética. La historia reciente nos lo ha demostrado: Juan XXIII y el Concilio, Juan Pablo II y la caída del comunismo, Francisco y el giro pastoral hacia la misericordia. ¿Qué representa León XIV? Tal vez la encarnación de una Iglesia que vuelve a las periferias, que escucha a los invisibles, que no le teme a la tormenta.

La producción audiovisual —realizada por Salvatore Cernuzio, Felipe Herrera-Espaliat y Jaime Vizcaíno Haro— no es solo un registro biográfico. Es una catequesis viva. Un espejo en el que obispos, religiosos, laicos y comunidades enteras están llamadas a mirarse. ¿Estamos al nivel de este ejemplo? ¿Nos arriesgamos por el otro como él? ¿Salimos al encuentro de los descartados, como nos urge el Evangelio?

Reflexión final: Pastores según el corazón de Dios

El profeta Jeremías ya lo denunciaba: “¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi rebaño!” (Jr 23,1). Pero también anunciaba que vendrían otros, conforme al corazón de Dios. León XIV, el “León de Perú”, es uno de ellos. Y no porque ahora lleve el anillo del pescador, sino porque antes llevó sobre sus hombros las heridas de su pueblo.

Su historia no es la de un príncipe de la Iglesia, sino la de un servidor. Su voz no impone, interpela. Su figura no se eleva, desciende. Su pontificado recién comienza, pero ya tiene una huella: la de una Iglesia pobre para los pobres, compasiva pero valiente, humilde pero profética.

Ojalá este documental no sea solo visto, sino vivido. Porque el mundo no necesita más discursos, sino testigos. Y León XIV lo es.


Fuente: Vatican News, “Próximo estreno de documental León de Perú” – Disponible en: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/proximo-estreno-de-documental-leon-de-peru.html


Movimientos eclesiales en acción: Schoenstatt y el Jubileo que renueva la esperanza de la Iglesia en Roma

En un tiempo marcado por la incertidumbre y la secularización creciente, el Movimiento Apostólico de Schoenstatt peregrina a Roma para celebrar un Jubileo que ilumina la vitalidad de los carismas en la Iglesia. Más que una reunión, es un llamado profético a vivir el Espíritu de Pentecostés, un compromiso de amor renovado a la Iglesia y un anuncio de esperanza para un mundo sediento de santidad y transformación.


En el corazón de Roma, cuna y centro de la fe católica, miles de miembros de movimientos, asociaciones y nuevas comunidades eclesiales se congregan en un acto solemne de comunión y renovación: el Jubileo de los Movimientos. Entre ellos, con un número aproximado de 800 peregrinos, destaca el Movimiento Apostólico de Schoenstatt, cuya historia, carisma y testimonio aportan un signo elocuente para la Iglesia de nuestro tiempo.

Este encuentro, celebrado los días 7 y 8 de junio de 2025, no es una mera ceremonia protocolar, sino una manifestación viva de la Iglesia en salida, convocada por el Papa León XIV para revitalizar la acción del Espíritu Santo en medio de las crisis sociales, culturales y espirituales que afrontamos.

Pentecostés: el viento que impulsa a los movimientos

Que este jubileo se celebre justo antes de Pentecostés no es una casualidad, sino un símbolo poderoso. El Espíritu Santo, que bajó sobre los Apóstoles como lenguas de fuego para encender la misión evangelizadora, sigue soplando en la Iglesia. La Palabra de Dios lo recuerda:

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn 16,13).

En un mundo donde la razón seculariza, relativiza y dispersa, los movimientos carismáticos son instrumentos del Espíritu para renovar la comunión, la santidad y la misión. Agathe Hug, peregrina alemana, resume esta certeza: “El Espíritu Santo puede y quiere actuar a través de los movimientos espirituales… nos da esperanza para el futuro y valor para seguir caminando en nuestro mundo secular”.

Este impulso pentecostal es una llamada a no resignarse a la indiferencia, a despertar la pasión por el Evangelio y a encarnar en la vida cotidiana la santidad “que no es una heroicidad excepcional, sino la fidelidad en lo pequeño” (Papa Francisco, Gaudete et Exsultate 19).

Schoenstatt: un carisma para la Iglesia en misión

Fundado en 1914 por el Padre José Kentenich en Alemania, Schoenstatt es un movimiento laical que busca la renovación espiritual de la Iglesia y la sociedad a través del amor a María, la vivencia del pacto de alianza y la formación integral de sus miembros. Su lema, dilexit ecclesiam (“amó a la Iglesia”), es el motor que impulsa a sus peregrinos a entregarse sin reservas al servicio del Pueblo de Dios.

El P. Alexandre Awi Mello, presidente de la Presidencia Internacional de Schoenstatt, subraya que esta presencia en Roma es “una forma de renovar nuestro compromiso con la Iglesia, siguiendo el espíritu del fundador”. En tiempos donde la secularización amenaza la fe y la unidad, Schoenstatt reafirma su vocación profética: ser signo y sacramento del amor de Dios en el mundo contemporáneo.

En este sentido, la Presidencia Internacional, integrada por superiores y dirigentes de los diferentes institutos y federaciones, representa no solo una estructura organizativa, sino un testimonio vivo del compromiso comunional y misionero que caracteriza al movimiento.

La peregrinación: un camino hacia la comunión y la misión

El día 7 de junio, los schoenstattinos realizaron una caminata simbólica desde la iglesia parroquial de San Francisco y Santa Catalina hasta la Basílica de San Pedro, donde participaron en la vigilia de Pentecostés con otros movimientos y el Papa León XIV. Este recorrido de 2,5 km fue más que un desplazamiento físico; fue un itinerario espiritual, una expresión de la Iglesia peregrina que avanza unida hacia la fuerza del Espíritu.

El P. Arkadiusz Sosna, de la Coordinación Internacional, expresa la profunda necesidad de sentirse parte de “una gran familia carismática” y de encontrarse con el Santo Padre, figura visible de unidad y pastor del rebaño universal. Esta comunión eclesial fortalece la misión común de testimoniar en medio de una cultura que muchas veces desconoce o desprecia el Evangelio.

La importancia del encuentro con el Papa León XIV reside también en su énfasis en la sinodalidad y el protagonismo de los laicos y movimientos para renovar la Iglesia y abrir caminos para anunciar la esperanza a los más alejados.

La coronación de María: Reina Madre y modelo de santidad

Otro momento cumbre de este Jubileo fue la coronación de la Virgen María como “Reina Madre de la Iglesia” en el Santuario Matri Ecclesiae de Belmonte, Roma. Este santuario, centro internacional de peregrinación de Schoenstatt, se erige como un espacio donde la maternidad espiritual de María guía y protege a la Iglesia en su misión.

El arzobispo Ignazio Sanna, rector del santuario, afirma que esta coronación es “llevar a Schoenstatt al corazón de la Iglesia y a la Iglesia al corazón de Schoenstatt”. Esto significa un compromiso recíproco: Schoenstatt, con su espiritualidad y pedagogía, ofrece a la Iglesia modelos concretos de santidad cotidiana y radicalidad evangélica.

El Magisterio de la Iglesia insiste en que María es “modelo sublime de santidad y de entrega total a la voluntad de Dios” (San Juan Pablo II, Redemptoris Mater 1). Coronarla Reina Madre es afirmar que bajo su manto se renueva la vida de la Iglesia y se fortalece la vocación de cada cristiano a la santidad.

Un llamado profético a la esperanza y al compromiso

En el contexto actual, donde se multiplican las crisis sociales, culturales y eclesiales, la presencia de los movimientos carismáticos y su protagonismo en el Jubileo es una señal profética. Como dice Agathe Hug, el Papa León XIV es un “mediador de los dones del Espíritu” y un aliado para la renovación que viene de Pentecostés.

El Papa Francisco, en su exhortación Evangelii Gaudium (2013), recordaba que la Iglesia debe ser “un hospital de campaña” que acoge, sana y envía a todos a la misión. Los movimientos eclesiales, con su vitalidad y carisma, se vuelven esenciales para que esa misión sea fecunda, especialmente en una cultura secularizada que parece rechazar a Dios.

Así, este Jubileo no solo celebra una historia, sino que impulsa un compromiso para el presente y el futuro: renovar el amor a la Iglesia, vivir la santidad en lo cotidiano, y ser fermento evangélico en una sociedad necesitada de luz y esperanza.


Reflexión final:
¿Cuál es el lugar que ocupamos nosotros, como cristianos, en este tiempo de gracia y desafío? ¿Somos capaces de dejarnos renovar por el Espíritu y ser testigos valientes en medio de un mundo que a menudo ignora la verdad y la belleza del Evangelio? El Jubileo de los Movimientos no es solo una fecha en el calendario, sino un llamado a vivir con pasión el mandato de Jesús: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). No hay tiempo para la tibieza. La santidad, como nos enseña el Papa Francisco, se construye en la fidelidad a Dios en las pequeñas cosas, en la comunión con la Iglesia y en la entrega al servicio de los hermanos.

Que esta celebración nos inspire a ser, con María, coraje y ternura para un mundo que clama por esperanza y verdad.


Fuente original: Vatican News, Karen Bueno, Jubileo. Schoenstatt organiza una peregrinación internacional a Roma.

Antes que creyentes, ser humanos: la revolución silenciosa del Buen Samaritano

En tiempos de indiferencia y crispación, el Papa León XIV nos recuerda que el Evangelio comienza en la compasión. Su catequesis sobre el Buen Samaritano resuena como un grito profético frente a la tentación del ritualismo vacío y el dogmatismo frío. A la luz de Ratzinger y del clamor de los pobres, la Iglesia se enfrenta al desafío más urgente: volver a ser humana.

“Antes que creyentes, estamos llamados a ser humanos.”
Con estas palabras sencillas pero de una profundidad estremecedora, el Papa León XIV interpeló al mundo durante la catequesis del 28 de mayo. En un contexto de guerras olvidadas, migraciones masivas, soledades multiplicadas y corazones endurecidos, esta frase, pronunciada en voz serena, resuena como un aldabonazo evangélico. No se trata de una consigna moralista ni de un relativismo diluido: es, en realidad, el corazón mismo del cristianismo.

El Pontífice meditaba sobre la parábola del Buen Samaritano, y advertía que la compasión no es una consecuencia automática del culto religioso. El hecho de orar, asistir al templo o ser “oficialmente” creyente no garantiza que uno se detenga ante el herido del camino. En el relato de Jesús (cf. Lc 10,25-37), son justamente los dos hombres religiosos —el sacerdote y el levita— quienes, aunque revestidos de la dignidad cultual del templo, pasan de largo. Solo el samaritano, considerado hereje e impuro por los judíos, se conmueve, se detiene, se inclina, se ensucia las manos.

“Antes de ser una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad”, explicó el Papa. Y esta afirmación es revolucionaria en su hondura. Porque no rebaja el cristianismo, sino que lo purifica. Nos recuerda que lo esencial de la fe no es un conjunto de normas, sino un corazón que se deja herir por el sufrimiento ajeno. En palabras de Francisco en Evangelii Gaudium: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades” (EG 49).

La profecía olvidada de Ratzinger

Lo que hoy proclama León XIV, con lucidez y ternura pastoral, fue ya intuido por Joseph Ratzinger en 1959. Entonces joven teólogo en la Universidad de Bonn, escribió un ensayo visionario titulado Los nuevos paganos y la Iglesia. Allí reflexionaba sobre el drama de una cristiandad en declive, señalando que, más que sermonear o imponer, el cristiano de la era secularizada está llamado a ser “un hombre alegre entre los demás, un prójimo allí donde no puede ser un hermano cristiano”.

Ratzinger no proponía diluir el anuncio, sino encarnarlo. No pedía esconder la fe, sino testimoniarla con una humanidad profunda. “No debe ser un predicador”, decía, “sino precisamente, con apertura y sencillez, un hombre”. En una época donde las palabras están devaluadas y los discursos religiosos muchas veces suenan vacíos, este enfoque sigue teniendo fuerza profética.

Ratzinger, futuro Benedicto XVI, comprendía que la Iglesia no renacería desde la rigidez ni desde el repliegue, sino desde la atracción de vidas transformadas por Cristo. No es el templo lo que evangeliza, sino la compasión vivida. Como bien advirtió, reducir la fe a una ideología identitaria o a un proyecto político es un callejón sin salida. La Iglesia no es un bastión conservador ni una ONG progresista: es el Cuerpo de Cristo que sufre, sirve y ama en medio del mundo.

Un cristianismo sin compasión es una contradicción

Lo que León XIV denuncia con sus gestos y palabras es el riesgo de una fe desencarnada, cómoda, que ya no se deja interpelar por el grito de los caídos al borde del camino. Esa fe que consagra tiempo al culto pero que evita los barrios, las villas, los hospitales, los penales. Una fe que se defiende, pero no se dona. Que busca seguridades, pero evita la cruz del otro.

En el trasfondo, late la advertencia de San Pablo: “Si no tengo amor, no soy nada” (cf. 1 Co 13,2). Y el llamado insistente de Jesús en Mateo 25: “Tuve hambre, y me diste de comer…”. Porque, como nos recuerda el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la compasión no es un sentimiento vago o efímero, sino una exigencia moral, un deber de justicia” (cf. CDSI, 196).

Esta compasión cristiana no es sentimentalismo barato, sino una fuerza transformadora. Es el alma de toda verdadera caridad política. Es la raíz de la justicia social. Y es también, en tiempos de fractura y polarización, un acto profundamente contracultural: mirar al otro como hermano y no como enemigo.

Volver a ser humanos, para volver a ser cristianos

Tal vez la mayor crisis de nuestra época no sea la pérdida de fe, sino la pérdida de humanidad. La indiferencia globalizada que denunciaba Francisco. La incapacidad de llorar, de detenernos, de escuchar. El mundo digital nos acerca noticias y catástrofes en tiempo real, pero nos anestesia. Nos volvemos testigos sin compasión. Espectadores sin compromiso.

En este contexto, el Papa León XIV no llama a volver al pasado ni a abandonar el credo, sino a encarnarlo. “Volver a ser humanos” significa reconocer la fragilidad propia y ajena. Significa —como el Buen Samaritano— saber que el otro herido me concierne. Y que, más allá de religiones, ideologías o culturas, hay un clamor común: el deseo de ser mirados, tocados, sostenidos.

Desde esta perspectiva, el anuncio cristiano no comienza en el púlpito, sino en la vereda. No empieza con fórmulas doctrinales, sino con un gesto de compasión. El evangelizador no es quien habla más, sino quien ama más. Y ese amor solo nace de un corazón herido por el Evangelio.

Una Iglesia samaritana

Lo que León XIV está proponiendo, con gestos más que con decretos, es una reforma profunda: la vuelta a una Iglesia samaritana. Una Iglesia que se atreva a andar los caminos del mundo, aunque se ensucie los pies. Una Iglesia que no mida a las personas según sus méritos, sino que vea en cada herido un hijo de Dios.

Es la misma visión que impulsó el Concilio Vaticano II y que hoy encuentra nuevas formas. Porque en la era de la sospecha y el escepticismo, solo una Iglesia que abraza, que llora, que acompaña, puede ser creíble. Como afirmó Francisco en Fratelli Tutti: “La espiritualidad cristiana propone otra forma de entender la calidad de vida y alienta un estilo de vida profético y contemplativo” (FT 222).

Reflexión final: ¿Quién es mi prójimo?

“¿Quién es mi prójimo?”, preguntó el doctor de la ley a Jesús. Hoy esa pregunta nos atraviesa a todos. El prójimo no es solo el que piensa como yo, cree como yo o vive como yo. El prójimo es el herido de la historia. El descartado, el migrante, el pobre, el adicto, el niño abusado, el anciano olvidado, el preso invisible.

Ser cristiano hoy no significa encerrarse, sino salir. No significa imponerse, sino testimoniar. Y ese testimonio empieza por la humanidad. Volver a ser humanos. Porque solo así, podremos volver a ser cristianos.


📎 Fuente original: Andrea Tornielli, “Llamados a ser humanos”, en Vatican News
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/editorial-tornielli-un-mes-eleccion-papa-leon-xiv.html

Carismas al servicio de la unidad: una Iglesia que arde en misión en medio de un mundo roto

En tiempos marcados por la violencia, el individualismo y la fragmentación social, el Papa León XIV convoca a los movimientos y comunidades eclesiales a ser fermento de unidad y testigos vivos del Evangelio. Su llamado no es institucional ni protocolar: es un grito profético que urge a volver a Cristo, caminar en comunión y arder de celo misionero.

Un mundo desgarrado y una Iglesia en salida

El clamor de un mundo lacerado por guerras, polarización y desesperanza resuena en las palabras del Papa León XIV como una súplica a la Iglesia para que vuelva a ser luz, fermento y sal. En su reciente encuentro con responsables de asociaciones, movimientos y nuevas comunidades reconocidas por la Santa Sede, el Pontífice no disimuló el peso de su misión: animar a los creyentes a colaborar activamente por la unidad de la Iglesia y la evangelización del mundo.

“No somos cristianos aislados —recordó con fuerza—. Nadie se salva solo, nadie cree solo, nadie ama a Dios verdaderamente si no ama a su hermano”. Las palabras del Papa resuenan con fuerza evangélica en medio de un siglo que exalta el yo, descarta al débil y fragmenta lo común. León XIV, el primer Pontífice latinoamericano en más de mil años, no improvisa: su vida pastoral en Perú le dio un olfato agudo para detectar los desafíos reales y urgentes del pueblo de Dios.

Carismas: un don para compartir, no un privilegio para encerrar

El Papa insistió en la importancia vital de las agregaciones eclesiales nacidas de carismas específicos. Estas expresiones —a menudo surgidas del fuego del Espíritu en medio de contextos históricos convulsos— representan una riqueza para la Iglesia. Pero León XIV fue claro: esa riqueza no es propiedad privada, sino semilla para sembrar y dar fruto.

Como enseña el Concilio Vaticano II, “el Espíritu Santo distribuye entre los fieles de todo orden gracias especiales… adecuadas y oportunas para que la Iglesia se renueve y se edifique” (Lumen Gentium, 12). No hay contraposición entre institución y carisma: hay complementariedad. Sin jerarquía, el carisma se dispersa; sin carisma, la jerarquía se enfría.

En este sentido, León XIV recordó el profundo contenido de la carta Iuvenescit Ecclesia (2016), que sostiene con fuerza que los dones jerárquicos y los dones carismáticos son “coesenciales” a la vida de la Iglesia. No se trata de elegir entre uno u otro, sino de vivirlos en comunión para que la gracia fructifique en cada rincón del mundo.

Unidad y misión: dos columnas inseparables

La unidad eclesial —esa que brota del corazón traspasado de Cristo y se extiende por obra del Espíritu— fue uno de los grandes ejes del mensaje papal. En un tiempo donde incluso dentro de la Iglesia se escuchan voces que dividen y confunden, León XIV llamó con firmeza a la comunión con los pastores, con el Obispo de Roma y entre las diversas realidades eclesiales.

“No se puede evangelizar dividiendo”, advirtió. La unidad no es uniformidad, sino armonía en la diversidad. Es la imagen del Cuerpo Místico de Cristo, donde cada miembro tiene un rol, un carisma, una función, pero todos participan de una misma vida. Así como San Pablo enseñó a la comunidad de Corinto que “el ojo no puede decir a la mano: no te necesito”, tampoco una comunidad eclesial puede vivir sin apertura y comunión.

Pero esta unidad no es autorreferencial. Está al servicio de la misión. Una misión que León XIV conoce bien y vive con pasión: “La misión ha marcado mi experiencia pastoral”, recordó. Y es precisamente desde ese ardor que invita a los movimientos y comunidades a “mantener vivo el impulso misionero”, a ir más allá de sus propios círculos, a salir, a anunciar.

El mundo necesita testigos, no burócratas

Lejos del peligro de convertir los movimientos en estructuras de poder, el Papa pide volver al primer amor: al encuentro con Cristo que cambió vidas, que encendió corazones, que provocó conversiones y vocaciones. Ese fuego no puede apagarse. “Pongan sus talentos al servicio de la misión —clamó— para llegar a tantos que están lejos y, a veces sin saberlo, esperan la Palabra de Vida”.

Esta es una denuncia indirecta pero elocuente a todo inmovilismo eclesial. La Iglesia no puede ser una institución autorreferencial, ni una ONG espiritual. El Papa Francisco ya lo había dicho en Evangelii Gaudium: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades” (EG, 49).

León XIV retoma esta línea profética. No busca halagos ni consensos fáciles. Llama a la conversión pastoral. A salir de las trincheras ideológicas. A ser fermento y no museo. A ser comunidad viva y no club cerrado.

Cristo al centro, siempre

Todo carisma auténtico, toda asociación o comunidad enraizada en la Iglesia, tiene un único fundamento: Cristo. Él es el principio y el fin. Él es el que da sentido al carisma y a la estructura. “El carisma es funcional al encuentro con Cristo”, recordó el Papa. Si no conduce a una relación viva con el Señor, si no transforma corazones, si no genera comunión, ese carisma se esteriliza.

De ahí su exhortación final: imitar a Cristo en su despojamiento. No buscar prestigio ni poder, sino servir. Amar sin medida. Entregarse. Como lo hizo el Maestro. Y esto, lejos de ser una pérdida, es fuente de libertad y alegría.

Reflexión final: el fuego que transforma el mundo

¿Dónde están hoy los hombres y mujeres encendidos por el fuego del Espíritu? ¿Dónde los movimientos que no se conforman con sostener lo que hay, sino que sueñan con lo que falta? ¿Dónde las comunidades que arden de celo, que lloran por los pobres, que se levantan contra la injusticia, que caminan con los descartados, que abren caminos nuevos?

El Papa León XIV nos está recordando —como una trompeta en medio del silencio— que la Iglesia no puede dejar de ser misionera, no puede dejar de ser comunión, no puede dejar de ser Cristo en el mundo.

Cada movimiento, cada comunidad, cada carisma, cada creyente, está llamado a convertirse en ese pequeño fuego que encienda otros fuegos. Que transforme un mundo herido. Que construya puentes donde hay muros. Que abrace donde hay heridas. Que anuncie, denuncie y espere… con los ojos puestos en Cristo y los pies en el barro del mundo.


Fuente original: Vatican News, “El Papa: Sus carismas son fermento de unidad en un mundo lacerado” . Disponible en: vaticannews.va

Movimientos del Espíritu: el Jubileo que une, renueva y envía a la Iglesia al corazón del mundo

El Jubileo de los Movimientos, Asociaciones y Nuevas Comunidades se alza como un viento de Pentecostés que sacude y renueva a la Iglesia desde sus entrañas. Con el ardor de la esperanza y la urgencia de la misión, miles de creyentes se movilizan para vivir una fe encarnada, comunitaria y profética.

Por Néstor Ojeda | catolic.ar

En medio de un mundo fracturado por la indiferencia, la violencia, la soledad y el descreimiento, el Jubileo de los Movimientos, Asociaciones y Nuevas Comunidades se convierte en una poderosa respuesta eclesial: una convocatoria a vivir el Evangelio con audacia, comunión y esperanza. Organizado en el marco del Año Santo 2025, este Jubileo no es un simple evento, sino un clamor espiritual que une a hombres y mujeres de todos los carismas para reavivar la llama misionera de la Iglesia.

Desde Roma, en el programa “Estudio 9” de Vatican News, tres voces representativas de esta sinfonía eclesial ofrecieron sus testimonios: Fabiola Inzunza, misionera mexicana de la Comunidad Católica Shalom; Don Manuel Soria Campos, delegado de Peregrinaciones de la Archidiócesis de Sevilla; y Enrique Belloso, delegado de Apostolado Seglar en la misma diócesis.

Sus reflexiones, aunque diversas, convergen en un eje central: el Espíritu Santo sigue obrando en medio de su pueblo, y este Jubileo es un nuevo Pentecostés para una Iglesia que necesita salir de sí, volver a sus raíces y abrazar el mundo herido.


La esperanza como antorcha misionera

“El núcleo de nuestra preparación ha sido la esperanza”, confesó Fabiola Inzunza. En un tiempo donde reina el desencanto, la Comunidad Shalom propone la misión como modo de vida. Desde el Centro Internacional Juvenil San Lorenzo —ubicado a pasos del Vaticano—, reciben y acompañan a miles de jóvenes peregrinos, ofreciéndoles no solo hospitalidad, sino el rostro vivo de Cristo resucitado.

La presencia de la Cruz Peregrina de la JMJ en la Plaza de San Pedro se convirtió, para muchos, en un signo visible de este fuego de amor que no se apaga. “Muchos tocan la cruz y se conmueven hasta las lágrimas”, relata Inzunza. No se trata solo de emoción: se trata de una experiencia transformadora, que recuerda que el cristianismo nace del amor crucificado y resucitado, y que debe vivirse con pasión, humildad y entrega.

El Papa Francisco ha sido claro al respecto: “La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo, sino certeza de que Cristo ya venció” (cf. Evangelii Gaudium, 275). En tiempos oscuros, los movimientos son faros que reavivan esa certeza y la traducen en gestos concretos de comunión y servicio.


Una Iglesia viva y en camino

Desde la ciudad andaluza de Sevilla, Don Manuel Soria testimonia cómo el Año Jubilar ya está revitalizando la vida eclesial. Once templos jubilares abiertos, múltiples peregrinaciones y un renovado protagonismo laical son signos de una comunidad que quiere vivir su fe de forma comprometida y alegre.

“Muchos alejados están regresando gracias a los movimientos”, afirmó. Y es que donde hay vida comunitaria, oración ferviente y caridad concreta, el Espíritu sopla con fuerza. El desafío, reconoce Don Manuel, es no contentarse con eventos, sino sembrar procesos duraderos. “El Jubileo debe dejarnos una Iglesia más abierta, más fraterna y más misionera”, resume.

No es un deseo aislado. El Concilio Vaticano II ya intuía este despertar cuando señaló que “los laicos, en virtud del bautismo y la confirmación, son llamados por Cristo a participar activamente en la misión salvadora de la Iglesia” (Lumen Gentium, 33). Hoy, esa llamada se vuelve más urgente que nunca.


Fe que transforma la vida y la sociedad

Enrique Belloso aporta una dimensión esencial: la fe no puede vivirse al margen del mundo. “Los movimientos deben integrar la dimensión social del Evangelio”, dijo, en sintonía con el constante llamado del Papa a una Iglesia “en salida”.

No basta con cultivar la interioridad: la verdadera espiritualidad se encarna en la historia. Por eso, Belloso resalta cómo muchos movimientos están trabajando en barrios marginados, acompañando a familias rotas, promoviendo el bien común desde espacios educativos, laborales y culturales.

“La fe que no se traduce en justicia, no es fe”, escribía San Juan Pablo II. Y el Papa Francisco añade con firmeza: “Una fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo” (Evangelii Gaudium, 183).


Diversidad reconciliada: el gran desafío

Uno de los frutos más deseados de este Jubileo es la unidad en la diversidad. Lejos de unificar carismas o anular identidades, se trata de vivir una comunión reconciliada, donde cada movimiento aporta su riqueza al cuerpo eclesial.

“La unidad no se logra por concentración, sino por acogida”, recordó Belloso. El encuentro Call to Hope, que reunió a Focolares, Shalom, Legión de Cristo y otras comunidades, fue un ejemplo concreto de este espíritu de sinfonía eclesial. No se trata de tolerancia forzada, sino de fraternidad auténtica.

Fabiola Inzunza lo resumió bien: “El Jubileo es un puente que une lo que parecía distante”. Y Don Manuel completó: “El Espíritu Santo es quien armoniza nuestras diferencias y nos lanza a la misión”.


Pentecostés: un nuevo envío

No es casual que este Jubileo se celebre en torno a la solemnidad de Pentecostés. La Iglesia nace del Espíritu y solo puede renovarse en Él. Por eso, este tiempo jubilar es más que una celebración: es un envío.

“El Espíritu Santo nos guía hacia la unidad y la transformación”, dijo Don Manuel. Fabiola, por su parte, exhortó a vivir el Jubileo como un envío cotidiano: “No sólo ir lejos, sino evangelizar en el trabajo, la familia, el barrio”.

Como nos recuerda Christifideles Laici, “el campo propio de la actividad evangelizadora de los laicos es el mundo vasto y complicado de la política, la economía, la cultura, las ciencias y los medios de comunicación” (n. 23). Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita testigos que lleven el Evangelio a las periferias de la existencia.


Una Iglesia que escucha, discierne y camina unida

Este Jubileo no debe terminar en Roma. Su fruto verdadero será una Iglesia más sinodal, más pobre, más valiente. Una Iglesia que escuche a sus carismas, que no reprima la profecía, que se deje interpelar por los nuevos signos de los tiempos.

Necesitamos movimientos que no se encierren, sino que dialoguen; laicos que no sean solo ejecutores, sino verdaderos protagonistas; comunidades que no compitan entre sí, sino que se reconozcan mutuamente como dones del Espíritu.


Conclusión: el tiempo es ahora

El Jubileo de los Movimientos no es una pausa en el camino. Es una interpelación directa al corazón creyente. ¿Seguiremos viviendo una fe tibia, funcional, domesticada? ¿O dejaremos que el Espíritu nos convierta en testigos vivos de un Dios que llama, transforma y envía?

La Iglesia necesita hoy hombres y mujeres que griten con su vida que “Cristo vive y te quiere vivo” (cf. Christus Vivit, 1). Que abracen al mundo sin mundanizarse, que denuncien sin odio, que anuncien sin miedo.

El futuro se escribe en presente. Y el presente está clamando: “¡Ven, Espíritu Santo!”.


<small>Fuente original: Vatican News – “Jubileo de los Movimientos: impulso de unidad para la Iglesia”. https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2025-06/estudio-9-jubileo-movimientos-eclesiales-sevilla-shalom.html</small>

Cuando la escuela se vuelve refugio: el rol profético de la educación católica ante las catástrofes

En un mundo cada vez más golpeado por desastres naturales, las escuelas —y especialmente las escuelas católicas— no pueden limitarse a enseñar contenidos. Están llamadas a ser refugios del cuerpo y del alma, lugares de resiliencia, conciencia y esperanza. Monseñor Ettore Balestrero, observador de la Santa Sede ante la ONU en Ginebra, lo dejó claro en un llamado que interpela a gobiernos, educadores y fieles por igual.

Por Néstor Ojeda
para catolic.ar


“Las escuelas son jardines de responsabilidad.” Así lo expresó monseñor Ettore Balestrero en la mesa redonda “Escuelas seguras ahora”, desarrollada en el marco de la Plataforma Global para la Reducción del Riesgo de Desastres, organizada por las Naciones Unidas en Ginebra. Y con esa imagen potente —la escuela como un jardín donde se cultiva la conciencia y se protegen las semillas del futuro— el prelado trazó una hoja de ruta profética y desafiante para toda la comunidad educativa católica ante los embates cada vez más frecuentes y violentos de las catástrofes naturales.

En un tiempo donde mil millones de niños en el mundo están potencialmente expuestos a estos desastres, el rol de la escuela —más aún si es cristiana— no puede reducirse a la enseñanza. Debe ser abrigo, debe ser brújula, debe ser profecía. Porque detrás de cada escuela que se derrumba hay una comunidad que sufre; y detrás de cada escuela que se levanta, hay una humanidad que resiste.

🌎 La educación ante el colapso ambiental y social

No es casual que el Papa Francisco haya insistido, en Laudato si’, en que “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental” (LS 139). Las catástrofes naturales no golpean con la misma fuerza a todos: su impacto se profundiza donde hay pobreza, desigualdad, abandono estructural. Y en esos escenarios, las escuelas católicas se convierten en trincheras de esperanza.

El caso de la Asociación de Educación Católica de Filipinas, citado por Balestrero, ilustra con claridad esta vocación preventiva y solidaria: allí se han implementado programas obligatorios de preparación ante desastres, no sólo para los alumnos, sino también para padres, docentes y vecinos. Un verdadero pacto comunitario por la vida, por la preparación, por el cuidado.

En América Latina, donde huracanes, inundaciones, terremotos y sequías ya no son fenómenos aislados sino síntomas de un colapso civilizatorio más profundo, este modelo se vuelve urgente. Y debería interpelar a todas las diócesis, congregaciones religiosas y organismos educativos católicos del continente: ¿están nuestras escuelas preparadas no sólo para enseñar, sino para proteger?

⛪ Iglesias-escuelas: custodias del bien común

El mensaje de Balestrero no fue sólo técnico. Fue pastoral. Fue evangélico. Porque además de la asistencia material —alimentos, agua, medicamentos— que tantas instituciones católicas brindan tras un desastre, hay una ayuda invisible pero vital: la contención espiritual.

Después del huracán Helene, en 2024, la Immaculata Catholic School de Carolina del Norte se transformó en un verdadero epicentro de vida. Más de 1.500 familias encontraron allí no solo alimentos y refugio, sino consuelo, escucha, oración. Y esto no es menor: cuando todo se cae, lo único que puede sostenernos es el sentido.

La Iglesia sabe que detrás de cada casa destruida puede haber una vida quebrada. Por eso el apoyo espiritual —presente en capillas improvisadas, en palabras de consuelo, en el silencio orante— es parte esencial de una respuesta católica ante el desastre. Como recuerda el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “en toda circunstancia la comunidad eclesial debe estar atenta al clamor de los pobres y de quienes sufren” (CDSI 449).

🌱 Escuelas que enseñan a cuidar y resistir

¿Qué significa hoy una “escuela segura”? No se trata sólo de muros resistentes o planes de evacuación. Se trata, ante todo, de un corazón formado para el cuidado, una conciencia despierta frente al clamor de la Tierra y los pobres. Una escuela segura es aquella que, como dice el Papa en Laudate Deum, “forma para la humildad, para el cuidado, para la comunión” (LD 68).

La educación católica no puede desentenderse del colapso climático, ni puede refugiarse en una burbuja académica. Si las escuelas no enseñan a resistir con fe, a actuar con responsabilidad, a proteger la Casa Común, entonces se vuelven parte del problema. Por el contrario, si cultivan una espiritualidad del cuidado, una pedagogía de la esperanza, una mística de la responsabilidad compartida, pueden ser auténticos semilleros de una nueva civilización.

🙌 Educar para la resiliencia… y para el Reino

Resiliencia no es sólo “reponerse”. En clave cristiana, es mucho más: es seguir creyendo cuando todo tambalea, es volver a sembrar tras la tormenta, es esperar contra toda esperanza. Las escuelas católicas tienen el deber de formar niños y jóvenes no sólo con conocimientos, sino con una fe encarnada, capaz de sostenerse en la adversidad.

Por eso, más allá de los planes de contingencia, hacen falta proyectos educativos que integren la dimensión espiritual del sufrimiento humano. ¿Cómo acompañar a un niño que ha perdido a su familia en una inundación? ¿Cómo sostener a un adolescente cuya casa fue arrasada por el fuego? Sólo una escuela que sepa abrazar la cruz puede ser fuente de resurrección para los que cargan su propio Gólgota.

Como decía Benedicto XVI: “La educación es parte integral del desarrollo humano y, por tanto, no puede ser neutral con respecto a los valores” (Caritas in veritate, 61). En tiempos de catástrofe, educar sin esperanza es condenar. Y educar sin amor, es una forma de abandono.

🕊️ ¿Y nosotros, qué hacemos?

Monseñor Balestrero ha puesto el dedo en la llaga. El cambio climático y los desastres naturales no son un tema para especialistas ni un drama de otros. Nos atraviesan como humanidad. Y nos desafían como Iglesia. ¿Están nuestras escuelas —parroquiales, religiosas, diocesanas— preparadas para este nuevo contexto? ¿Son espacios de formación integral o sólo fábricas de contenidos?

No basta con dar respuestas una vez que ocurre la tragedia. El Evangelio nos llama a ser centinelas, no bomberos. Como dice Isaías: “Gritá a plena voz, no te detengas; alzá tu voz como trompeta” (Is 58,1). Es hora de gritar que otra educación es posible. Una que enseñe a cuidar, a prepararse, a compartir. Una que forme no sólo buenos alumnos, sino buenos samaritanos.

Si la escuela es el segundo hogar de millones de niños, entonces debe parecerse al Reino: lugar de consuelo, de justicia, de solidaridad. Y si es católica, con más razón: está llamada a ser signo profético en medio del caos, lámpara encendida en la tormenta, refugio donde los pequeños se sepan amados y protegidos por Dios.


Fuente original de la información: Vatican News, “Balestrero: Las escuelas tienen un papel crucial en la respuesta a las catástrofes”
Disponible en: vaticannews.va

¿El cura es el representante de Dios en la tierra? Una verdad a precisar con claridad y Fe

Introducción

En el imaginario popular, no son pocos los que sostienen –con respeto o con ironía– que “el cura es el representante de Dios en la tierra”. Pero ¿es realmente así? ¿Qué significa esa expresión desde la fe católica? ¿Qué verdades contiene y qué riesgos encierra si se la toma literalmente o sin discernimiento?

Por Néstor Ojeda
Comunicador católico

En tiempos donde se reclaman autenticidad, coherencia y cercanía en los ministros de la Iglesia, es necesario aclarar con verdad, humildad y profundidad el rol del sacerdote en el pueblo de Dios, evitando tanto el clericalismo como la indiferencia.

Jesús, el único y verdadero mediador

Para la fe cristiana, Dios se ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo. Él es el único mediador entre Dios y los hombres, el camino, la verdad y la vida. Todo lo que la Iglesia enseña y celebra tiene su fuente y su sentido en Cristo, no en los hombres.

“Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2,5).

Esto quiere decir que ningún ser humano –por sí mismo– puede arrogarse el título de “representante exclusivo” de Dios. Ni el Papa, ni los obispos, ni los sacerdotes. Todos están al servicio de Cristo y del Evangelio.

El sacerdote, servidor en nombre de Cristo

Cuando la Iglesia ordena a un hombre como sacerdote, no le otorga poder personal ni privilegios mundanos, sino una misión de servicio: predicar el Evangelio, celebrar los sacramentos y acompañar al pueblo en su camino hacia Dios.

Por el sacramento del Orden, el sacerdote actúa “in persona Christi” (en persona de Cristo), especialmente en la Eucaristía y en la Reconciliación. No porque sea mejor que los demás, sino porque Cristo se hace presente a través de él, en virtud de su consagración y misión.

“El sacerdote no se representa a sí mismo ni a los fieles. Representa a Cristo mismo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1548).

Pero esta representación no es total ni automática. El sacerdote no es infalible ni impecable, y su testimonio personal puede reforzar o contradecir la gracia que actúa por su ministerio.

De líderes a servidores: el desafío del siglo XXI

La historia ha demostrado que la imagen de un sacerdote como “representante de Dios” ha sido a veces usada para imponer, manipular o dominar. Es el fenómeno del clericalismo, condenado por el Papa Francisco como una de las enfermedades más graves de la Iglesia.

Jesús mismo dijo:
“El que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Marcos 9,35).

Por eso, el sacerdote auténtico no se presenta como dueño de la verdad, sino como testigo, hermano y pastor. No reemplaza la conciencia de los fieles, sino que los ayuda a formar una conciencia madura y libre.

Todos somos Iglesia: el sacerdocio común de los fieles

Una de las grandes riquezas del Concilio Vaticano II fue recuperar la idea de que todo bautizado participa de la misión de Cristo sacerdote, profeta y rey. Hay un sacerdocio ministerial (el de los curas) y uno común (el de todos los fieles), que se complementan y enriquecen mutuamente.

Eso significa que la presencia de Dios en el mundo no depende solo de los curas. Cada cristiano está llamado a reflejar a Dios en su familia, en su trabajo, en la cultura y en la vida pública.

“La Iglesia no es una élite de puros, sino un pueblo de pecadores salvados por la misericordia” (Papa Francisco).

Conclusión: ni ídolos ni funcionarios, sino pastores con olor a oveja

La frase “el cura es el representante de Dios en la tierra” debe ser comprendida con delicadeza y profundidad. , el sacerdote representa a Cristo en algunos actos litúrgicos y pastorales. Pero no lo representa en todo, ni de modo exclusivo o automático. Y mucho menos debe usarse esa idea para justificar autoritarismos, abusos o distancias elitistas.

Hoy, más que nunca, el mundo necesita curas que no se crean representantes de Dios por estatus, sino testigos de Dios por amor, con los pies en la tierra, el Evangelio en el corazón y la vida de su pueblo en el alma.

©Catolic.ar

Donde la cocaína navega, florece la esperanza: mujeres y misioneras contra el abandono y el narco en el Chaco paraguayo

Mientras el narcotráfico avanza por los ríos del norte de Paraguay, un puñado de mujeres —salesianas y campesinas— siembra dignidad, fe y resistencia en una de las regiones más postergadas de América Latina.


La periferia olvidada que resiste desde la fe

El Gran Chaco paraguayo es un territorio exuberante y a la vez desgarrado. Tiene todo para ser un edén: agua abundante, suelos fértiles, comunidades con sabiduría ancestral. Pero es tratado como un despojo. Aquí, donde la selva se funde con los ríos y los caminos se pierden en el barro, el Estado casi no existe. Lo que sí llega, puntual y en crecimiento, es el flagelo del narcotráfico: cocaína que baja desde Bolivia, que navega sin obstáculos hacia Brasil y Argentina, y que a veces termina en Europa.

En este contexto brutal, mujeres como la hermana Blanca Ruiz Díaz y la hermana Kamilia Seidlova, junto a las familias indígenas, sostienen una lucha callada pero firme. No llevan armas. Llevan semillas. No hacen pactos con el poder. Hacen comunidad. Y desde una Iglesia viva, encarnada y profética, le plantan cara al abandono, al machismo, al negocio de la muerte.


La cocaína como síntoma, no como causa

Las cifras oficiales son frías: entre 2010 y 2021, los decomisos de droga en Paraguay se multiplicaron por cinco. Pero detrás de esa estadística hay comunidades enteras amenazadas, campesinos tentados por el dinero fácil, jóvenes atrapados en redes que no eligieron. El Alto Paraguay, en particular, se ha convertido en un corredor fluvial del narcotráfico. Sin radares ni controles, los ríos se vuelven autopistas de la ilegalidad.

El problema no es sólo el tráfico de drogas. Es la sistemática falta de políticas públicas para el desarrollo rural, la ausencia de salud, de caminos transitables, de educación de calidad. Es una economía pensada para exportar materia prima y mantener a los pueblos en la miseria. Es un modelo extractivista que condena a millones a sobrevivir sin dignidad.

Como denuncia el Papa Francisco en Evangelii Gaudium:

“No podemos ya confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo presupone; requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución de los ingresos…” (EG 204).


La siembra como resistencia

Frente a este panorama, las salesianas apuestan por lo esencial: tierra, trabajo, comunidad. En Fuerte Olimpo y en las comunidades del río Paraguay, impulsan un proyecto agrícola y social con el respaldo de la ONG Manos Unidas. Enseñan a cuidar las semillas, a conservarlas, a replantarlas. No es sólo técnica agrícola: es soberanía alimentaria, empoderamiento femenino y construcción de futuro.

“La mandioca, las papas, los ajíes verdes… eso es lo que saben cultivar nuestras comunidades”, explica la hermana Blanca. Pero los campesinos no reciben semillas, ni herramientas, ni acceso a mercados. Y lo poco que logran cosechar, a veces queda aislado por las lluvias, las inundaciones o la falta de transporte.

“El distrito es riquísimo”, repite la hermana, “pero las políticas del país hacen que se exporte arroz a Brasil mientras nuestros campesinos no tienen con qué sembrar”.


Las mujeres, columna vertebral del cambio

En medio de este despojo, las mujeres son las principales protagonistas de la transformación. Son ellas las que participan en los talleres, cuidan las huertas, educan a sus hijos, enfrentan la violencia doméstica, desafían al patriarcado. Muchas veces, con el rosario en la mano y la tierra entre las uñas.

“Trabajamos para que las mujeres trabajen y sean respetadas, incluso por sus maridos”, cuenta la hermana Blanca. “Queremos que sean libres, que puedan decidir, que no tengan que depender del varón ni del Estado”.

Esa independencia no es sólo económica. Es espiritual. Aun cuando muchas mujeres indígenas no profesan formalmente la fe cristiana, sienten la presencia de Dios en la entrega de estas misioneras. “Aquí viene la hija de Dios”, le dice el chamán a la hermana Blanca cuando la ve llegar. Y no es una frase vacía: es el reconocimiento de una presencia que sana, que acompaña, que no impone pero transforma.

Como enseña Fratelli Tutti:

“Hay que evitar toda forma de colonización cultural. Hace falta aceptar con amor y respeto a las minorías, a los pueblos indígenas, a su cultura y tradiciones” (FT 220).


Fe, comunidad y profecía en la selva

En estas tierras remotas, la Iglesia no es un templo: es una balsa, una semilla, un gesto. No hay grandes liturgias, pero hay comunión. No hay cánticos gregorianos, pero hay oración. Los niños rezan el rosario aunque no sean bautizados. Las ancianas piden bendiciones a las misioneras. El Evangelio se vive, no se declama.

“Lo que nos ayuda es que no dependemos de los políticos”, dice con claridad la hermana Kamilia. “Trabajamos con el apoyo del obispo y codo a codo con los laicos. Nuestras socias son las mujeres”.

Esa alianza entre consagradas y laicas, entre Iglesia institucional y tejido popular, es el corazón de la misión. Y también su fortaleza frente a las amenazas. Porque el narcotráfico no perdona. Y los poderes que lucran con el abandono tampoco. Pero cuando el anuncio del Reino se encarna en la lucha concreta por la vida, ninguna fuerza es más poderosa que la del amor de Dios hecho justicia.


Un país desangrado por el centro, salvado por su periferia

Paraguay, como tantos países hermanos de América Latina, carga con heridas profundas. Dictaduras, corrupción, desigualdad, desplazamiento forzoso, extractivismo, olvido. Pero también es tierra de mártires, de santos ocultos, de resistencias invisibles. Y es en las periferias —como la del Gran Chaco— donde esa esperanza se vuelve tangible.

El Papa Francisco ha repetido una y otra vez:

“La fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (Evangelii Gaudium 183).

Las hermanas salesianas, y las mujeres que con ellas caminan, están cambiando el mundo desde uno de los rincones más olvidados del continente. No necesitan portadas ni premios. Les basta con que una joven se anime a estudiar, que una madre salve a su hijo de las drogas, que un anciano conserve la semilla de su pueblo.


Cierre profético: ¿Qué Iglesia elegimos ser?

La pregunta que surge al final de esta historia no es sólo para el Paraguay. Es para toda la Iglesia latinoamericana. ¿Seguiremos siendo cómplices del poder y la indiferencia? ¿O nos atreveremos a ser, como dice Francisco, una Iglesia en salida, herida pero comprometida, que toca la carne del pueblo?

La experiencia en el Chaco paraguayo no es sólo un testimonio: es un llamado. A los obispos, a los religiosos, a los laicos. A dejar los discursos tibios. A bajar de las catedrales al barro. A caminar con los pueblos indígenas, con las mujeres excluidas, con los jóvenes tentados por el narco. A sembrar Evangelio donde hoy se impone la lógica del descarte.

Porque como escribió san Óscar Romero:

“Una Iglesia que no sufre con los pobres, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”.


Fuente original: Vatican News
Enlace: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2025-06/paraguay-salesianas-hermanas-gran-chaco-droga-indigenas-mujeres.html