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viernes, febrero 6, 2026
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¿Entendemos la Pasión?

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No es fácil entender por qué, cada año y cuando llegan estos días, paseamos por nuestras calles imágenes de dolor, agonía y muerte, en procesiones de respeto y devoción.

Y, lo que es más llamativo, exhibimos las imágenes del fracaso en tronos de exaltación triunfal, con música gregoriana, incienso de dioses y bandas de música, tambores y trompetas. Todo eso, que es la expresión más elocuente del empeño incomprensible por hacer, del fracaso más humillante de la vida, el triunfo soñado de nuestras más sublimes ilusiones.

¿Por qué sucede, en el ámbito de la religión, lo que a nadie se le ocurre imaginar en los demás sectores de la vida?

No sé si este fenómeno – tan claramente contradictorio – se produce, con tanta naturalidad, en la historia y las costumbres de otras religiones. En el cristianismo es un hecho, que tiene una historia de siglos, y unas raíces que se adentran en los orígenes de la Iglesia. Y es que, por más vueltas que le demos al asunto, no es fácil entender la pasión de Jesús.

¿Dónde está la clave del problema? En los escritos más antiguos de la Iglesia, los documentos que llamamos el Nuevo Testamento, hay dos teologías, que no se han integrado debidamente la una en la otra, sino que se pensaron y se escribieron independientemente la una de la otra. Y que, en cuestiones muy decisivas, nos vienen a decir cosas que no son fáciles de armonizar. La primera de estas teologías (la que primero se escribió) fue la de San Pablo (entre los años 45 y 55). La segunda fue la de los evangelios (después del año 70, hasta los años 90).

La diferencia más obvia, que se advierte entre estas dos teologías, es que la de los evangelios es una “teología narrativa”, o sea, está construida sobre la base de una serie de relatos mediante los que se nos explica la forma de vida o el proyecto de vida que llevó el protagonista de tales relatos, un modesto galileo del s. I, Jesús de Nazaret.

La teología de San Pablo es una “teología especulativa”, es decir, está construida sobre la base de una serie de reflexiones religiosas, que no se refieren ya directamente al humilde galileo, que fue Jesús, sino al Hijo de Dios, Mesías y Señor nuestro (Rom 1, 4), que es Cristo, el Resucitado que está junto al Padre del Cielo.

Esto supuesto – y como es lógico – estas dos teologías nos ofrecen dos explicaciones de la pasión y muerte de Jesús. Según la teología de los evangelios, la decisión de la muerte de Jesús la tomó la autoridad religiosa (el Sanedrín: sumos sacerdotes, senadores y maestros de la Ley). Y esta decisión fue aprobada por la autoridad política, el prefecto del Imperio. El motivo de la condena a muerte fue religioso (a Jesús se le acusó de ser un peligro para el templo, ser y actuar como un blasfemo y un delincuente); y fue político (como el gobernador mandó poner sobre la cruz).

Según la teología de San Pablo, Cristo murió en la cruz, no por decisión humana alguna (un asunto que Pablo nunca menciona), sino porque “los pecados se expían por la sangre”, lo que se refiere a Cristo que soporta la ira desatada de Dios sobre todos los pecadores (Rom 3, 19-20. 25). Así, sobre el Crucificado cayó el juicio destructor de Dios, que, con la muerte de Jesús, condenó “el pecado en su carne” (Rom 8, 3). Lo que representa que, para san Pablo, Jesús se hizo “maldición” (Gal 3, 13) y “pecado” (2 Cor 5, 21) por nosotros. En definitiva, la teología de Pablo viene a ser la aceptación del principio sobrecogedor que presenta la carta a los Hebreos: “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Heb 9, 22).

Resumiendo: la pasión de Jesús, según la teología narrativa de los evangelios, se explica porque Jesús, en el que está presente Dios y se nos revela Dios (Jn 1, 18; 14, 9; Mt 11, 27 par), se enfrentó al sufrimiento humano (enfermedad, pobreza, hambre, marginación, desprecio, humillación, odio…). Según la teología especulativa de san Pablo, la pasión de Cristo se explica porque Dios necesitó el “sacrificio” y la “expiación” de los pecados, para así redimir al hombre pecador.

Ahora bien, aceptando que en el Nuevo Testamento se encuentran estas dos explicaciones de la pasión y muerte de Jesús el Señor, el problema concreto que se suele presentar, en la enseñanzas de la Iglesia y en la vida de los creyentes, está en que la explicación de la pasión, que ofrece Pablo, se ha constituido, se presenta y se le pide a la gente que la viva como el dogma de fe de nuestra salvación. Mientras que la explicación de la pasión, que presentan los evangelios, se le explica a la gente como un criterio de espiritualidad para practicar la devoción y la caridad cristiana.

Por supuesto, sabemos que Pablo insistió en la caridad y el amor cristiano (1 Cor 13, 1-13; Gal 5, 13-24; Rom 13, 8-10). Como sabemos que los evangelios hablan, una y otra vez, de la fe y de la salvación. Pero téngase en cuenta que, cuando Jesús habla de “salvación”, se refiere a la “curación de enfermedades”. Es decir, en los evangelios, “salvar” es remediar el “sufrimiento”.

Por eso, cuando Jesús le decía a alguien: “Tu fe te ha salvado”, lo que en realidad le decía es: “Tu seguridad en mí te ha curado” (Mc 5, 34; Mt 9, 22; Lc 8, 48; cf. Mc 10, 52; Mt 8, 10. 13; 9, 30; 15, 28; Lc 7, 9; 17, 19; 18, 42). Y llama la atención que Jesús elogia la fe de un centurión romano (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10), de una mujer cananea (Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30) o de un leproso samaritano (Lc 17, 11-19), todos ellos, personas que no tendrían la fe en el Dios de Israel. Sin duda alguna, lo central en la teología de Pablo es la victoria sobre el pecado. Pero, si nos atenemos, a la teología de los evangelios, lo central es la victoria sobre el sufrimiento.

Todo esto supuesto, me atrevo a decir que, mientras este asunto no tenga la debida y autorizada explicación (y aplicación a la vida), la Iglesia no podrá cumplir con su tarea y su misión en el mundo. En definitiva, con una teología desajustada y desquiciada, no podemos tener sino una Iglesia igualmente desajustada y desquiciada.

En otras palabras,mientras Pablo siga siendo más determinante que Jesús, en la teología y en la gestión de la Iglesia, ni la Iglesia ni los cristianos vamos a ninguna parte.

+José María Castillo  /  Teólogo

Con los Crucificados

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Iraq, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren.

Para adorar el misterio de un «Dios crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.

José Antonio Pagola

Grupos de Jesús  –  Bizkaia

    ¿Cómo ganar la indulgencia plenaria en el Año Jubilar?

    Ante las numerosas llamadas y mensajes que he recibido pidiendo una explicación clara sobre cómo ganar la indulgencia plenaria durante el Año Jubilar, quiero ofrecer una guía breve, dividida en tres partes: ¿Qué es el Año Jubilar?, ¿Qué son las indulgencias? y ¿Cómo se pueden ganar?

    ¿Qué es el Año Jubilar?

    También llamado Año Santo, es un tiempo especial de gracia en el que la Iglesia concede gracias espirituales a los fieles que cumplen ciertas condiciones. No se trata simplemente de cruzar una puerta o hacer una peregrinación: el Año Jubilar es, ante todo, un tiempo de renovación de la relación con Dios y con el prójimo.

    El Papa Francisco lo define como una oportunidad para promover la fe, la solidaridad y la reconciliación. Es un momento privilegiado para crecer en el amor a Dios, a través de la oración, la adoración, el rezo del Rosario, la coronilla y novena de la Divina Misericordia, y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Pero también es una llamada a reparar relaciones rotas, perdonar y pedir perdón, vivir la justicia y la caridad, como hizo Zaqueo al devolver lo que había tomado injustamente.

    ¿De dónde viene el Jubileo?

    La palabra jubileo viene del hebreo yobel, que era el cuerno del carnero con el que se anunciaban las fiestas. En el Antiguo Testamento, los judíos celebraban cada siete años un año sabático, y cada 50 años un jubileo en el que descansaba la tierra, se perdonaban deudas y se liberaban esclavos.

    En el Nuevo Testamento, este sentido adquiere una dimensión espiritual: distribuir abundantemente las gracias que Cristo nos ha merecido, subrayando la necesidad del perdón y de la misericordia divina. El jubileo nos llama también a ser misericordiosos con los demás, ofreciendo el perdón como Dios lo ofrece a nosotros.

    ¿Qué es la indulgencia plenaria y cómo se gana?

    Celebrar un jubileo es como abrir las puertas del cielo para recibir bendiciones espirituales. Una de las más grandes es la indulgencia plenaria, es decir, el perdón total de las penas temporales por los pecados ya perdonados en la confesión.

    Para obtenerla, es necesario cumplir las siguientes condiciones:

    1. Confesión sacramental (con intención de abandonar el pecado, incluso venial).

    2. Comunión eucarística.

    3. Orar por las intenciones del Papa.

    4. Realizar una obra jubilar, como peregrinar y cruzar la puerta santa o realizar una obra de misericordia o caridad.

    5. Desprenderse completamente del pecado, incluso del afecto al pecado venial.

    Todo esto no tiene sentido si, tras cumplir las condiciones externas, seguimos viviendo con mediocridad o volvemos a los mismos hábitos dañinos. El Jubileo es una ocasión de conversión profunda, no un gesto ritual.

    Un poco de historia

    El primer Año Santo con características modernas se celebró en 1425 con el Papa Martín V, quien introdujo la medalla conmemorativa y la apertura de la Puerta Santa en San Juan de Letrán. En 1500, Alejandro VI instauró la apertura de las cuatro basílicas mayores de Roma.

    Desde entonces, se celebra un jubileo ordinario cada 25 años para dar a todos, al menos una vez en la vida, la oportunidad de experimentar esta gracia. También ha habido jubileos extraordinarios, como el del año 2000 o el de la Misericordia en 2015.

    Una llamada para todos

    Con el Jubileo 2025 a la vista, se abre una nueva oportunidad para renovar la fe, experimentar la misericordia de Dios y extenderla a los demás. Como dijo Jesús a Pedro en Mateo 16,19: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos…”. La Iglesia, a través del Papa, nos ofrece un cofre de tesoros espirituales para quienes los buscan con sinceridad.

    Vivamos este tiempo como lo que es: una fiesta del alma, un regreso a casa, un nuevo comienzo. Que no pase este año sin que dejes que Dios te transforme.

    La entrada ¿Cómo ganar la indulgencia plenaria en el Año Jubilar? se publicó primero en Exaudi.

    ¿Qué relación existe entre Tradición y Sagrada Escritura?

    Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica comentado por Mons. Munilla 

    La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas entre sí. Ambas hacen presente y fecundo en la Iglesia el Misterio de Cristo y surgen de la misma fuente divina: constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca su propia certeza sobre todas las cosas reveladas.

    Caso Rupnik: santuario de Fátima no removerá sus mosaicos

    (ZENIT Noticias / Fátima).- Un portavoz del santuario de Fátima en Portugal informó que el santuario internacional no retirará el mosaico del padre Marko Rupnik, pero sí eliminará su imagen como emblema del santuario.

    El santuario católico de Lourdes, Francia, anunció el 31 de marzo que cubrirá los mosaicos del presunto abusador en una puerta de la basílica, por decisión del obispo de Tarbes y Lourdes, monseñor Jean-Marc Micas, y anunció que los mosaicos de las dos grandes puertas centrales también se cubrirán en breve.

    El portavoz del santuario de Fátima en Portugal declaró por correo electrónico, al medio de comunicación portugués 7Margens, que el santuario no retira el mosaico realizado por Rupnik, y varios de sus colaboradores, en el ábside del templo.

    La obra de arte tiene 10 por 50 metros con mosaico dorado y fue instalado en 2007. Representa la imagen del Cordero Pascual flanqueado por santos y ángeles.

    El comunicado informa: «No estamos considerando eliminarlo. Sin embargo, desde que nos dimos cuenta de las acusaciones contra el padre Rupnik, hemos suspendido el uso de la imagen, toda la obra y sus detalles en nuestra difusión de materiales”. Comentó que el santuario «repudia enérgicamente los actos cometidos por el padre Rupnik» y «ya ha expresado su solidaridad con las víctimas».

    Al menos 230 templos en todo el mundo cuentan con los mosaicos producidos por Rupnik, tanto santuarios internacionales grandes como capillas e iglesias pequeñas, incluida la capilla Redemptoris Mater en el Vaticano.

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    10 millones de migrantes cristianos y católicos en riesgo de deportación por administración Trump

    (ZENIT Noticias / Washington).- Un nuevo informe invita a los cristianos estadounidenses a no mirar la frontera, sino a las iglesias que se sientan a su lado. Titulado «Un Cuerpo«, el informe desafía a las iglesias de todo Estados Unidos a confrontar una verdad profundamente personal y a menudo ignorada: millones de sus correligionarios —hermanos cristianos— corren el riesgo de ser deportados.

    Lejos de estadísticas abstractas o debates políticos, este estudio revela que más de 10 millones de inmigrantes vulnerables a la deportación en Estados Unidos hoy en día son cristianos, y casi 7 millones más de creyentes nacidos en Estados Unidos viven en los mismos hogares. No son solo desconocidos; son familia, vecinos, feligreses: una parte inseparable de la comunidad eclesial estadounidense.

    El informe, publicado conjuntamente por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, la Asociación Nacional de Evangélicos, World Relief y el Centro para el Estudio del Cristianismo Global, no aboga por una agenda política específica. Ofrece algo más excepcional: un análisis pastoral. Se insta a las comunidades cristianas a reflexionar sobre lo que significa ser un solo cuerpo en Cristo cuando ese cuerpo está siendo desgarrado por las autoridades migratorias.

    La metáfora que enmarca el informe no es nueva, pero sí urgente: cuando una parte del cuerpo sufre, todos sufren con ella. Citando 1 Corintios y haciéndose eco de las primeras tradiciones de solidaridad cristiana, el obispo Mark Seitz de El Paso, firmante del informe, insta a las congregaciones a ir más allá de la compasión pasiva y a adoptar una compasión activa. «Una herida en un miembro», sugiere el informe, «es una herida en todos».

    Lo que hace que este hallazgo sea particularmente impactante es el perfil demográfico que revela. Cuatro de cada cinco inmigrantes vulnerables a la deportación en Estados Unidos son cristianos, estima el informe, un detalle que desmiente las narrativas políticas simplistas y replantea la inmigración no como un problema externo, sino como una crisis interna para la iglesia estadounidense.

    Si bien el informe reconoce el imperativo bíblico de respetar la autoridad civil, también apela al llamado de las Escrituras a la justicia y la misericordia. Critica la excesiva dependencia de la deportación masiva como solución por defecto, señalando que estos enfoques ignoran los profundos lazos que muchos inmigrantes han forjado en sus comunidades religiosas. No se trata de migrantes anónimos: son maestros de escuela dominical, miembros del coro, diáconos y líderes juveniles.

    Los datos que respaldan el informe no son teóricos. Se basan en estudios de caso individuales de iglesias católicas y protestantes de todo el país, que revelan que uno de cada doce cristianos en Estados Unidos corre riesgo de deportación o vive cerca de alguien que lo corre. No son cifras en una página, sino historias en un santuario.

    Lo que el informe exige es un cambio en la imaginación moral. Invita a las iglesias a reconocer las consecuencias espirituales de la aplicación de las leyes migratorias, no solo las legales o económicas. Insiste en que los debates políticos deben basarse no solo en las leyes, sino también en el amor.

    El informe argumenta que existe un camino a seguir: uno que no ignora la ley y el orden, pero tampoco la dignidad de las personas atrapadas en sus engranajes. Insta al ámbito político a explorar alternativas a la deportación que reconozcan tanto el coste humano de la expulsión como la responsabilidad cristiana de proteger a los vulnerables.

    Sobre todo, recuerda a los creyentes una verdad cristiana fundamental: el mandato de amar no depende del estatus social. Basándose tanto en el Génesis como en el Nuevo Testamento, el informe fundamenta su argumento ético en la idea de que todas las personas son creadas a imagen de Dios y que la fe exige algo más profundo que el silencio ante el sufrimiento.

    En este momento de incertidumbre jurídica y creciente temor, «Un Cuerpo» no pide a los cristianos que abandonen sus convicciones. Les pide que las profundicen, que consideren lo que significa ser la Iglesia no aislada de la política nacional, sino en diálogo profético con ella. Citando Juan 13:35: “En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”; el informe no termina con una exigencia, sino con una invitación: a orar, a abogar y, sobre todo, a actuar.

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    Apostató de la fe católica, se convirtió en «Suma Sacerdotiza wiccana» y hoy está de regreso

    (ZENIT Noticias – PortaLuz / Santiago).- Émilie Morasse nació en una familia católica. Sin embargo, una serie de acontecimientos difíciles la llevaron a buscar en otra parte una forma de satisfacer sus necesidades espirituales. Recurrió al esoterismo y a la nueva era para «recuperar el control de (su) vida» tras experimentar una gran sensación de abandono por parte de sus cercanos y, sobre todo -afirma- de lo divino. »Me preguntaba una y otra vez: ‘¿Dónde está Dios?’»

    En esas circunstancias se refugió en la Wicca, un movimiento religioso neopagano que mezcla elementos del chamanismo con préstamos de diversas mitologías. Rápidamente se convirtió en una figura destacada del movimiento en la ciudad de Quebec, e incluso -cuenta a Le Verbe- se le concedió el título de «Suma Sacerdotisa Wicca».

    Fue entonces, el año 2015, cuando decidió iniciar los trámites para abandonar la Iglesia, dada la incompatibilidad de la Wicca con el cristianismo. Sentía una profunda necesidad de coherencia. »Apostatar es muy fácil, de hecho. Basta con buscar en Internet ‘modelo de carta de apostasía’ y ya tienes todo el texto escrito. Rellenas las casillas y la envías a la diócesis. El canciller te devuelve una carta explicándote las consecuencias: ya no puedes casarte por la iglesia, ya no puedes ejercer de madrina, ya no puedes ser enterrada en un cementerio católico; en resumen, estás excomulgada. Poco después, recibes una carta oficial en la que se confirma que figuras como apóstata en sus archivos».

    Es importante entender que esa acción de apostatar no se trata de ser desbautizado, ya que la historia no se puede reescribir. «Lo hecho, hecho está», explica Élisabeth Sirois, doctora en sociología de la religión. «Es una renuncia pública e institucional a la fe. Es realmente un acto concreto que tiene fuerza simbólica en la medida en que esta afiliación es visiblemente más importante para algunos que deciden distanciarse de ella. Es como si el peso simbólico de la afiliación pesara demasiado para estas personas, hasta el punto de que sienten la necesidad de distanciarse de ella y hacer esa ruptura a través de la apostasía».

    Respetar la libertad

    El padre Serge Tidjani es Canciller de la diócesis de Quebec. Se encarga de gestionar las cerca de 150 solicitudes de apostasía que se presentan cada año al obispo. Para él, nunca es fácil ver a alguien abandonar la Iglesia. «Incluso el hijo más difícil de nuestra familia, no queremos que se vaya, es uno de los nuestros. Pero si quieren irse, les respetamos. Nadie está ahí para juzgarles. Con el único que tienen que tratar es con quien les creó, Dios», señala el Canciller.

    Muchas de las personas que piden la apostasía lo hacen porque sienten que el sacramento del bautismo les fue impuesto en un momento de su vida en el que no estaban en condiciones de dar su consentimiento. «Dicen: ‘Yo no pedí ser bautizado’. Consideran que esta pertenencia, que es real -hay una inscripción en una institución-, no es auténtica», resume Élisabeth Sirois.

    Sentirse llamado a volver

    A medida que cambian las circunstancias y las experiencias, algunas personas llegan a arrepentirse de su acto de apostasía y desean volver a la Iglesia. Este es el caso de Émilie. Pero su vuelta a la fe no se produjo de la noche a la mañana. Tras una grave experiencia de violencia doméstica que la sumió en una profunda depresión, tuvo la impresión de recibir de repente una serie de «guiños» que no pudo ignorar. El primero llegó cual «miga de pan» y era una pequeña pieza de cartón con una palabra de la Biblia escrita en ella, que encontró en la acera. Tuvo la fuerte impresión de que esas palabras que leyó en el cartón -«No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo» (Josué 1,9)-, iban dirigidas directamente a ella.

    Poco después, encontró otro objeto que le recordó todas las pequeñas cosillas religiosas que tenía su abuela: un medallón del Sagrado Corazón, que se guardó en el bolsillo, como había hecho con el pequeño trozo de cartón.

    Pero fue durante una visita a la basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré cuando experimentó un verdadero momento de transformación. Aceptó el rosario que le ofreció una amiga que la acompañaba. «Cuando lo tuve en mis manos, recibí algo, las oraciones de mi infancia volvieron… Me confundí. Me preguntaba qué estaba pasando». Y empezaron a surgir las preguntas: «¿Me he equivocado? ¿Qué he hecho».

    Quería volver a ir a misa, pero para no sentirse una «impostora», decidió dar los pasos necesarios para reincorporarse a la Iglesia que había abandonado. Tras unos cuantos vericuetos administrativos, encontró a un sacerdote que se encargó de su expediente de readmisión. El proceso incluyó una serie de reuniones para preparar el sacramento de la reconciliación. En una de ellas, Émilie leyó la parábola de la oveja perdida (Lc 15, 1-7). «Me resulta claro verme como la oveja número cien. El pastor trabajó duro, pero al mismo tiempo de forma tan sutil y suave, para traerme de vuelta… Nadie, ningún poder en el mundo, aparte de Dios, podría haber hablado así mi lengua para crear esa relación».

    Bienvenida

    Uno de los momentos más emotivos del viaje de Émilie tuvo lugar durante la Novena de la Divina Misericordia, una serie de nueve días de oración que comenzó en Viernes Santo. La oración del quinto día, dedicada a los apóstatas, le llegó al corazón. «Hay millones de personas que hacen esta novena cada año, y cada quinto día, todo el rebaño llora por una oveja perdida. Fue entonces cuando oí al pastor, a Dios, que cuida de todas sus ovejas», dice la conversa.

    La culminación de este proceso llegó en el momento de su reinserción oficial, que implicó primero una confesión y luego una profesión de fe hecha ante un sacerdote y dos testigos. Émilie incluso pidió al sacerdote que volviera a encender su vela bautismal en señal de reconciliación. Pero su viaje en la fe no terminó ahí. Émilie lo continúa en el servicio a los demás. Inspirada por el carisma de Santa María Leonie Paradis, que dedicó su vida al servicio de los ministros de la Iglesia, Émilie ayuda ahora a los sacerdotes de su comunidad en todo lo que puede, apoyándoles en su misión. Así es como vive su fe redescubierta y siente que ha recuperado su lugar en la gran familia cristiana.

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    Antoni Gaudí, el arquitecto de Dios se convierte en Venerable

    En honor de los altares, el arquitecto catalán que dedicó gran parte de su vida al diseño de la Sagrada Familia de Barcelona y consideraba su obra una misión para dar a conocer a Dios. Fueron proclamados beatos Don Nazareno Lanciotti, mártir en Brasil, y la monja india Eliswa de la Santísima Virgen. También fueron proclamados Venerables los sacerdotes Agostino Cozzolino, Pietro Giuseppe Triest y Angelo Bughetti.

    Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano – Vatican News

    El Papa Francisco ha reconocido las virtudes heroicas de Antoni Gaudí, el arquitecto español conocido en todo el mundo por dirigir la construcción de la Sacrada Familia de Barcelona. Por lo tanto, a partir de hoy, el gran exponente del modernismo catalán es Venerable. Y también son Venerables los tres sacerdotes Pietro Giuseppe Triest, Angelo Bughetti y Agostino Cozzolino, también por sus virtudes heroicas. El Pontífice durante la audiencia de esta mañana con el cardenal Marcello Semeraro, Prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, autorizó la promulgación de los Decretos al Dicasterio de las Causas de los Santos a promulgar los decretos que les conciernen, así como los relativos a la beatificación de Eliswa de la Santísima Virgen, fundadora de la Congregación de la Tercera Orden de Carmelitas Descalzas, hoy Carmelitas Teresianas, y del sacerdote misionero italiano en Brasil Nazareno Lanciotti, mártir.

    Antonio Gaudí, «el arquitecto de Dios

    Su obra más conocida es el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Antonio Gaudí i Cornet, nacido el 25 de junio de 1852 probablemente en Reus, aceptó dirigir la obra al año siguiente de colocarse la primera piedra, en 1883, a la edad de 31 años. A partir de entonces, dedicó toda su vida a construir el lugar de culto en el que manifestó su genio artístico, su sentimiento religioso y su profunda espiritualidad. Sólo cinco años antes había obtenido el título de arquitecto y había escrito unos apuntes de arquitectura -conocidos como el «Manuscrito» de Reus- en los que exponía sus propuestas sobre ornamentación y edificios religiosos y mostraba un considerable conocimiento y adhesión a los misterios de la fe cristiana. El joven Gaudí consideraba la Sagrada Familia una misión encomendada por Dios y con esta conciencia transformó el proyecto neogótico original en algo diferente y original, inspirado en las formas de la naturaleza y rico en simbolismo que expresaba su profunda fe y espiritualidad, que tenía influencias benedictinas y franciscanas. Devoto de San Felipe Neri, el arquitecto original se enfrentó a obstáculos y dificultades con valentía y confianza en Dios mientras dirigía la obra y también soportó envidias y celos. De 1887 a 1893 diseñó y dirigió otras obras civiles y religiosas. Luego, durante la Cuaresma de 1894, le sobrevino una grave enfermedad, causada por un estricto ayuno que, si bien puso en peligro su vida, le proporcionó una profunda experiencia espiritual en su búsqueda de Dios. Superada la crisis, continuó trabajando en diversos proyectos, pero poco a poco fue perdiendo a todos los miembros de su familia, se embarcó en un auténtico ascetismo espiritual, rechazó nuevos encargos y se concentró exclusivamente en la Sagrada Familia, hasta el punto de que en 1925 adaptó como residencia una pequeña habitación contigua al templo. Cristiano convencido y practicante, asiduo a los sacramentos, hizo del arte un himno de alabanza al Señor, a quien ofrecía los frutos de su trabajo, que consideraba una misión para dar a conocer y acercar a los hombres a Dios. El 7 de junio de 1926, fue atropellado por un tranvía. Sin ser reconocido, fue trasladado al Hospital de la Santa Creu, el hospital para pobres de la ciudad. Tras recibir los últimos sacramentos, muere tres días después, el 10 de junio. Al cortejo fúnebre asisten unas 30.000 personas.

    El P. Nazareno Lanciotti, mártir en Brasil

    Próximo a la beatificación, el sacerdote diocesano romano Nazareno Lanciotti es un mártir de nuestro tiempo. Nacido el 3 de marzo de 1940 y ordenado sacerdote en 1966, tras ejercer su ministerio durante algunos años en la Urbe, conoció la Operación Mato Grosso y llegó a Brasil en 1971. Se instaló en la aldea de Jauru, en la frontera con Bolivia, y aquí comenzó un fecundo apostolado, desarrollando una labor misionera durante treinta años, sostenido por la Eucaristía y la devoción a la Virgen. También se dedica a los más pobres y participa en la lucha contra diversas formas de injusticia y opresión, como los proyectos de los vendedores de prostitución y los traficantes de drogas. Su labor pastoral le resultó incómoda y la noche del 11 de febrero de 2001, mientras terminaba de cenar con unos compañeros de trabajo, fue gravemente herido por dos matones encapuchados que habían irrumpido en su domicilio. Murió el 22 de febrero, a la edad de 61 años.

    Eliswa de la Santísima Virgen

    Es india, de Kerala, Eliswa de la Santísima Virgen, nacida Eliswa Vakayil, que pronto será beata. Nació el 15 de octubre de 1831 en Ochanthuruth, en el seno de una familia acomodada de terratenientes, muy religiosos. A los 16 años se casó con un rico hombre de negocios, con el que tuvo una hija en 1851. Viuda al año siguiente, eligió una vida de oración y soledad, marcada por la frecuente participación en los sacramentos. Se ocupó de los pobres e hizo de una sencilla cabaña su hogar. En 1862 conoció al carmelita descalzo italiano Leopoldo Beccaro y, con su guía espiritual, fundó la primera congregación local en Kerala, la Tercera Orden de Carmelitas Descalzas.

    P. Peter Joseph Triest

    Fundador de las congregaciones de los Hermanos de la Caridad, de las Hermanas de la Caridad de Jesús y María y de las Hermanas de la Infancia de Jesús, Pedro José Triest, hoy venerable, nació en Bruselas (Bélgica) el 31 de agosto de 1760. Ordenado sacerdote el 9 de junio de 1786, se vio obligado a vivir en la clandestinidad durante la llamada Revolución Belga contra las disposiciones religiosas de José II de Habsburgo-Lorena y la Revolución Francesa para escapar al juramento sobre la Constitución Civil del Clero. Tras la tolerancia napoleónica, inició una fructífera labor ministerial como párroco en Ronse y se dedicó, en particular, a los huérfanos, los enfermos y los pobres. Fundó un orfanato para atender a niños pobres y abandonados, ayudado por algunas mujeres, y con ellas, en 1804, inició la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Jesús y María.

    Don Angelo Bughetti

    Don Angelo Bughetti fue también sacerdote diocesano y hoy es venerable. Nació en Imola el 27 de agosto de 1877, en el seno de una familia de condición humilde y profunda fe cristiana. Fue ordenado sacerdote el 31 de marzo de 1900 y, tras unos años dedicado a la enseñanza, se dedicó a la predicación y a diversas actividades caritativas, con el objetivo de formar la conciencia cristiana y civil de los jóvenes, además de escribir artículos para diversas publicaciones periódicas. En un clima anticlerical, socialista y masón, se dedicó a los niños y jóvenes, percibiendo sus dificultades y haciendo fructificar su potencial.

    Don Agostino Cozzolino

    También es venerable Don Agostino Cozzolino, de Campania, nacido el 16 de octubre de 1928 en Resina (hoy Ercolano), en el seno de una familia pobre y religiosa. Eligió el sacerdocio y se ordenó el 27 de julio de 1952. Después se dedicó a la formación y catequesis de jóvenes y adultos en las parroquias y más tarde fue nombrado vicerrector del Seminario Mayor de Nápoles, donde formó a muchos jóvenes con el ejemplo y la palabra. El 30 de septiembre de 1960 fue trasladado a la Basílica Santuario de Santa Maria della Neve, en el barrio Ponticelli de Nápoles, donde permaneció como párroco hasta su muerte

    Momento de la aparición de Francisco al terminar la misa del Domingo de Ramos

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    El papa apareció solo al final de la misa del Domingo de Ramos para pronunciar siete palabras: Buen Domingo de Ramos, buena Semana Santa.

    Fue una aparición breve y acorde con lo que le señalaron los médicos, que ya en la semana anterior habían dicho que el papa ya podía tener contacto con la gente, midiendo mucho sus esfuerzos. A lo largo de la última semana el papa realizó hasta 5 apariciones públicas o semipúblicas: todas ellas fueron breves y siempre en silla de ruedas.