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El dolor que no se explica, se habita: a 40 años de Salvifici Doloris

Hay una pregunta que ningún catecismo resuelve del todo y que cada generación vuelve a hacerse con la misma urgencia con la que la hizo Job, sentado sobre sus cenizas: ¿por qué sufro?

No “por qué sufre el mundo” en abstracto —eso admite respuestas filosóficas elegantes y, casi siempre, inútiles— sino por qué sufro yo, aquí, ahora, en este cuerpo, con este diagnóstico, con esta pérdida. Es la pregunta que nadie hace en un seminario de teología y que todos hacen en una sala de espera de oncología.

Salvifici Doloris

Juan Pablo II lo sabía mejor que la mayoría de quienes han escrito sobre el tema. No era un teólogo especulando desde un escritorio confortable: era un hombre que había perdido a su madre a los nueve años, a su único hermano poco después, a su padre en la adolescencia, que había sobrevivido a la ocupación nazi de Polonia trabajando en una cantera, y que en 1981, apenas tres años después de ser elegido Papa, recibió cuatro balazos en la Plaza San Pedro.

Cuando en 1984 firma Salvifici Doloris, no está ensayando una tesis: está sistematizando una vida.

El error que la carta no comete

Lo primero que llama la atención de este documento —y lo que lo distingue de la mayoría de los intentos cristianos de “explicar” el sufrimiento— es lo que se niega a hacer.

Juan Pablo II no construye una teodicea. No intenta justificar a Dios ante el tribunal del dolor humano, ese ejercicio que tantas veces termina sonando a excusa barata: “todo tiene un porqué”, “Dios no manda nada que no podamos soportar”, “esto te va a hacer más fuerte”.

Frases que cualquiera que haya estado realmente postrado por el dolor reconoce de inmediato como lo que son: anestesia verbal, no consuelo.

El Papa hace otra cosa, mucho más arriesgada y mucho más honesta: en lugar de explicar el dolor, lo sitúa.

Lo coloca dentro de una historia concreta —la historia de la salvación— y dentro de un cuerpo concreto —el de Cristo crucificado—.

No dice “esto es lo que significa tu sufrimiento”.

Dice: “esto es el lugar donde tu sufrimiento puede encontrar sentido, si vos elegís entrar ahí“. La diferencia no es menor. Es la diferencia entre una respuesta y una invitación.

Job, antes que nadie

La carta dedica un tramo extenso al libro de Job, y no por erudición exegética sino porque Job es, según Juan Pablo II, quien primero formula con total honestidad la pregunta sin caer en la trampa de sus amigos.

Los amigos de Job —Elifaz, Bildad, Sofar— representan la teología más antigua y más persistente de todas: el dolor es castigo, el sufrimiento es proporcional al pecado, si te pasa algo malo es porque hiciste algo malo.

Esa lógica retributiva, cómoda porque ordena el caos moral del mundo, es exactamente lo que el libro de Job —y Juan Pablo II después de él— desmonta sin piedad.

Job sufre sin haber pecado. Y Dios, al final del libro, no le da explicaciones: le muestra su grandeza, su misterio, y eso —paradójicamente— basta.

No basta porque resuelve el enigma intelectual, sino porque restaura la relación.

Juan Pablo II toma de ahí una intuición central: el sufrimiento humano no se resuelve con una fórmula, se resuelve —o mejor, se transfigura— dentro de una relación con Dios que sobrevive a la ausencia de explicaciones.

El giro cristológico: de Job a la Cruz

Pero el Antiguo Testamento, dice el Papa, todavía espera una respuesta plena.

Esa respuesta llega con Cristo, y aquí está el centro teológico de toda la carta: en la Cruz, Dios no explica el sufrimiento desde afuera, lo asume desde adentro.

No envía un mensaje sobre el dolor: se hace doliente.

El Hijo de Dios, que según toda lógica debería estar exento de sufrir, sufre más que cualquier hombre, y precisamente ese sufrimiento —libremente asumido, no impuesto— se convierte en fuente de salvación para todos los demás sufrimientos.

Acá aparece la expresión que da título a la carta y que es, probablemente, la afirmación más densa de todo el documento: el dolor humano, unido al de Cristo, no solo se soporta, salva.

No en el sentido de que el sufrimiento en sí mismo tenga valor —Juan Pablo II es categórico en que el mal sigue siendo mal, y la Iglesia nunca debe estetizar ni glorificar el dolor como si fuera deseable—, sino en el sentido de que ese dolor, atravesado con Cristo y no a solas, se vuelve fecundo. Deja de ser pura pérdida.

“Completar lo que falta a los padecimientos de Cristo”

La carta retoma una frase de San Pablo que durante siglos generó más confusión que claridad: la afirmación de que el apóstol “completa en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).

¿Cómo puede faltarle algo a la redención de Cristo, que es perfecta y suficiente? Juan Pablo II resuelve la aparente contradicción con una distinción fina pero decisiva: a la redención objetiva, consumada de una vez para siempre en la Cruz, no le falta nada.

Pero esa redención necesita ser apropiada subjetivamente por cada generación, por cada persona, y ahí —dice el Papa— el sufrimiento de cada cristiano, unido al de Cristo, participa de ese proceso continuo de aplicación de la gracia a la historia.

Dicho con menos tecnicismo: tu dolor, si lo unís al de Cristo, no agrega nada a lo que Cristo ya hizo, pero sí se convierte en un canal por el cual esa salvación sigue llegando al mundo.

El enfermo postrado, el que agoniza en silencio, el que carga una pena que nadie ve, no está al margen de la obra redentora de la Iglesia. Está, según esta carta, en su centro más activo, aunque parezca lo más pasivo del mundo.

El samaritano: la respuesta que falta del lado humano

Hay un tercer movimiento en la carta, menos citado que los anteriores pero igualmente importante: después de situar el sufrimiento dentro del misterio de Cristo, Juan Pablo II se pregunta qué le toca hacer al cristiano frente al dolor del otro.

Y la respuesta es la parábola del Buen Samaritano.

El sentido del sufrimiento, dice, no se agota en la dimensión vertical —mi dolor y Dios— sino que se completa en la dimensión horizontal: la compasión activa, concreta, que se detiene junto al que sufre cuando todos los demás pasan de largo.

Esto es importante porque evita que la teología del sufrimiento se vuelva una excusa para la pasividad social. No es: “que sufra, así se santifica, no hace falta que yo intervenga”.

Es exactamente lo contrario: precisamente porque el sufrimiento tiene esta densidad salvífica, el cristiano está más obligado, no menos, a aliviarlo en el otro cuando puede hacerlo.

La mística del dolor en Juan Pablo II nunca reemplaza la ética del cuidado; la fundamenta.

Por qué esta carta sigue siendo necesaria

Cuarenta años después, Salvifici Doloris no ha perdido vigencia; la ha ganado, porque la cultura contemporánea ha desarrollado dos estrategias frente al dolor, ambas insuficientes.

La primera es la negación tecnológica: el dolor como problema a eliminar, a anestesiar, a evitar a cualquier costo, incluso —cuando se vuelve insoportable o “indigno”— eliminando al que sufre, como ocurre en el avance silencioso de la eutanasia en buena parte de Occidente.

La segunda es el victimismo sin trascendencia: el dolor como identidad, como relato cerrado sobre sí mismo, sin ninguna apertura hacia un sentido que lo exceda.

Juan Pablo II ofrece una tercera vía, más difícil que ambas: ni negar el dolor ni quedarse atrapado en él, sino atravesarlo con alguien.

Esa es, en el fondo, la intuición más honda de la carta, y quizás la razón por la cual un Papa que conocía el sufrimiento desde adentro —no desde la teoría— eligió escribirla no al principio de su pontificado, cuando todavía era una figura nueva y expectante, sino cinco años después, cuando ya había sido herido de bala, cuando ya había enterrado a casi toda su familia, cuando ya sabía, con el cuerpo y no solo con la cabeza, de qué estaba hablando.

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No tengáis miedo: el grito que antecede a la doctrina

No tengáis miedo!!!

Hay fechas que la memoria católica recuerda mal, no por descuido sino por una intuición que se equivoca solo en el detalle y acierta en lo esencial.

Muchos creen que Juan Pablo II escribió sobre el sentido del dolor humano apenas comenzado su pontificado, en 1978. No es así: ese desarrollo doctrinal, la carta apostólica Salvifici Doloris, llegaría seis años después, en 1984.

Pero quien data mal el documento no se equivoca del todo, porque algo decisivo sobre el dolor humano sí ocurrió aquel 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, el día en que Karol Wojtyła inauguró oficialmente su ministerio como Papa.

No fue una doctrina. Fue un grito. Y los gritos, a veces, contienen ya toda la doctrina que después se desarrollará en prosa.

El día y el lugar importan

No es un detalle menor que estas palabras se hayan dicho en la misa de inicio del pontificado y no en un discurso posterior, más meditado, más trabajado en el silencio de la Secretaría de Estado.

Wojtyła llevaba apenas seis días como Papa —había sido elegido el 16 de octubre, tras la muerte repentina de Juan Pablo I, que a su vez había sucedido a Pablo VI solo un mes y medio antes—.

El mundo entero observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza a este Papa polaco, el primer no italiano en cuatro siglos y medio, llegado de un país sometido al comunismo, del que casi nadie en Occidente sabía gran cosa.

En ese contexto de extrema exposición pública, sin margen para el ensayo, eligió no hablar de programas pastorales, ni de reformas curiales, ni de geopolítica eclesial.

Habló del miedo. Y no de cualquier miedo: del miedo más antiguo y más universal, el que atraviesa a todo ser humano frente a lo que no puede controlar ni explicar, ya sea el sufrimiento propio, la muerte, el sinsentido.

Que un hombre recién investido con la máxima autoridad moral de la Iglesia católica eligiera comenzar por ahí, y no por una declaración de intenciones programática, ya es en sí mismo un gesto teológico: dice que lo primero que la Iglesia tiene para ofrecerle al mundo no es una estructura ni una doctrina, sino una compañía frente al miedo.

Un Papa que no venía de la teoría

Conviene no perder de vista quién pronunciaba esas palabras. No era un teólogo de escritorio ensayando una fórmula pastoral atractiva.

Era un hombre que a los nueve años había perdido a su madre, que poco después había enterrado a su único hermano, que había quedado huérfano de padre en plena adolescencia, que había sobrevivido trabajando en una cantera durante la ocupación nazi de Polonia.

Cuando ese hombre, ya Papa, se paró frente al mundo y dijo “no tengáis miedo”, no estaba repitiendo un eslogan motivacional. Estaba ofreciendo, en una sola frase, la síntesis de una vida entera atravesada por la pérdida.

La homilía es elocuente sobre la condición humana que el nuevo Papa observaba desde dentro de la multitud que lo escuchaba: describió a “el hombre actual” como alguien que con frecuencia no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo y de su corazón, que muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo, invadido por una duda que se transforma en desesperación.

No hablaba de un problema doctrinal abstracto. Hablaba de algo que él mismo conocía de primera mano: la fragilidad concreta de quien no encuentra dónde anclar el propio dolor.

La estructura de un grito que ya es teología

Lo que distingue a esta homilía de un simple gesto de bienvenida es su estructura interna, que anticipa con notable precisión lo que seis años más tarde se desarrollaría con rigor teológico en Salvifici Doloris.

El Papa no dice “no tengáis miedo” como consuelo genérico. Dice “no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo”, y a continuación explica por qué: porque solo Cristo conoce verdaderamente “lo que hay dentro del hombre”.

Es decir, plantea desde el primer día de su pontificado la misma intuición que después sostendrá toda su reflexión sobre el sufrimiento: el ser humano no puede explicarse a sí mismo desde sus propios recursos, y mucho menos puede explicarse el propio dolor desde la pura introspección.

Necesita un interlocutor que lo conozca desde más adentro de lo que él mismo puede conocerse.

Esta es, en germen, la misma lógica que después aplicará a Job y a la Cruz: el sufrimiento no se resuelve mirando hacia adentro con más intensidad, sino abriendo una puerta hacia Alguien que ya está adentro, conociendo lo que ni el que sufre alcanza a nombrar.

“No tengáis miedo” no era una frase nueva

Vale la pena notar algo que muchos pasan por alto: “no tengáis miedo” no es una expresión que Juan Pablo II haya inventado para la ocasión. Es, casi palabra por palabra, lo que los ángeles dicen una y otra vez en el Evangelio frente a quien se encuentra ante lo inexplicable: a Zacarías cuando se le anuncia un hijo imposible, a María en la Anunciación, a los pastores en Belén, a las mujeres frente al sepulcro vacío.

Es la fórmula que el cielo usa sistemáticamente cada vez que irrumpe en una vida humana de un modo que desborda toda comprensión previa.

Que Juan Pablo II haya elegido esa fórmula exacta para inaugurar su pontificado no es casualidad retórica.

Es una decisión teológica precisa: se está colocando, deliberadamente, en el lugar del mensajero que no trae una explicación sino una presencia. No dice “ya entenderán”, ni “todo tiene una razón”.

Dice lo que dice el ángel: no tengan miedo, porque lo que viene —sea un hijo inesperado, una resurrección imposible de creer, o un sufrimiento que no se explica— puede recibirse sin terror si hay Alguien confiable cerca. El dolor, en esta clave, deja de ser primero un problema a resolver y se convierte primero en un territorio a habitar acompañado.

Esa misma fórmula reaparecerá, con una carga distinta pero coherente, años después, cuando el propio Juan Pablo II tenga que aplicársela a sí mismo: tras el atentado de 1981, en la lenta decadencia física que el Parkinson le impuso durante sus últimos años de pontificado, y que él mismo decidió no esconder, presentándose ante el mundo entero visiblemente disminuido, tembloroso, casi sin voz, como un testimonio viviente de que el “no tengáis miedo” de 1978 no había sido una frase para los demás, sino también, y sobre todo, una promesa que él mismo tendría que sostener en carne propia hasta el final.

Por qué esta frase sigue siendo pastoralmente urgente

Casi cinco décadas después, el “no tengáis miedo” de 1978 no ha perdido vigencia; al contrario, describe con precisión inquietante el estado de ánimo con el que gran parte de la sociedad contemporánea —y no solo los católicos— atraviesa el sufrimiento.

Vivimos en una cultura que ha desarrollado herramientas extraordinarias para evitar el dolor, pero que apenas ha desarrollado recursos espirituales para atravesarlo cuando la evitación ya no es posible: la enfermedad terminal de un padre, el duelo que no se resuelve con frases hechas, la soledad que ningún entretenimiento logra disolver del todo.

En ese contexto, el gesto pastoral más urgente no es necesariamente explicar de nuevo la doctrina —aunque hace falta también, y por eso seguirá esta serie— sino repetir, con la misma sencillez con que se dijo por primera vez, esa invitación a no huir.

Cualquier agente pastoral, cualquier sacerdote, cualquier laico que acompañe a alguien que sufre, puede aprender de esta homilía algo muy concreto: antes de ofrecer una explicación teológica del dolor, hay que ofrecer una presencia que no tenga miedo de quedarse.

Las explicaciones llegan después, y a veces ni siquiera llegan. Lo que siempre puede llegar primero es alguien dispuesto a decir, con los hechos y no solo con las palabras: no tengas miedo, no estás solo en esto.

Por qué conviene empezar aquí la serie

Hay una razón pastoral, no solo cronológica, para tomar esta homilía como pórtico de una serie sobre el sentido del dolor. Salvifici Doloris es un documento de una densidad teológica considerable: requiere tiempo, disposición para pensar, cierta familiaridad con el lenguaje magisterial.

La homilía de 1978, en cambio, es un grito que cualquiera puede recibir sin preparación previa, en el estado en que esté. No exige comprensión teológica. Exige solamente estar dispuesto a no tener miedo.

Y ese es, quizás, el verdadero punto de partida de cualquier itinerario sobre el sufrimiento humano. Antes de poder explicar el dolor, antes de situarlo dentro de la historia de la salvación, antes de comprender cómo se une al de Cristo, hace falta un movimiento previo, más elemental: dejar de huir de él.

El miedo al dolor —el miedo a mirarlo de frente, a nombrarlo, a no tener una respuesta inmediata— es, muchas veces, más paralizante que el dolor mismo. Por eso este grito de 1978 no es solo una anécdota biográfica simpática para abrir una serie.

Es la condición de posibilidad de todo lo que vendrá después: solo quien deja de tener miedo puede empezar a buscar sentido.

El arco que se abre

A partir de aquí, esta serie recorrerá un itinerario que va del grito a la doctrina, y de la doctrina a la pastoral concreta.

De este “no tengáis miedo” inaugural pasaremos a Salvifici Doloris y su desarrollo sobre Job, la Cruz y el Buen Samaritano; de ahí a la dimensión más densa de la fecundidad redentora del sufrimiento unido a Cristo; después a la confrontación con las huidas culturales del dolor —la anestesia generalizada y la eutanasia, que ya hemos abordado en esta misma serie—; y cerraremos con una pregunta eminentemente pastoral: cómo acompañar, en concreto, a quien sufre, sin caer ni en el discurso vacío ni en la mirada que aparta la vista.

Todo ese recorrido, sin embargo, solo tiene sentido si antes se ha escuchado este primer grito. Porque no hay doctrina del dolor que sirva de algo si quien la recibe sigue teniendo miedo de mirarlo de frente.

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¿Huérfanos o amnésicos? Una pregunta incómoda para después de la peña

¿Huérfanos o amnésicos? Una pregunta incómoda para después de la peña

Hubo cena, hubo peña, hubo loas. Hubo, sobre todo, un discurso.

Un laico —representante, se supone, de “la comunidad”— tomó la palabra para despedir al párroco que se va, y lo hizo con una intensidad tal que cualquiera que escuchara desde afuera concluiría una cosa: que la parroquia, tal como la conocemos, termina esta semana. Q

ue lo que viene, en el mejor de los casos, será una administración del duelo. En el peor, una larga comparación perdida de antemano.

No dudo de la sinceridad del afecto. Dudo, eso sí, de lo que ese afecto termina diciendo sin querer decirlo.

Porque si el mejor párroco que tuvimos es, casualmente, el último, y si los anteriores no merecieron ese fervor, y si el que llega ya está condenado a la sombra antes de pronunciar su primera homilía, entonces hay que hacerse una pregunta que ninguna peña va a responder por nosotros: ¿qué clase de memoria tiene esta comunidad? ¿Tiene alguna, en rigor, que no sea la del último que pasó?

Una comunidad que solo recuerda al cura que se va —y olvida, en el mismo gesto, a los que la formaron antes— no está honrando a nadie.

Está confesando, sin saberlo, que no tiene historia propia.

Que su identidad no reposa en el Evangelio recibido, en los sacramentos celebrados, en las generaciones que se sostuvieron mutuamente la fe a lo largo de décadas, sino en la simpatía personal del que ocupó el ambón los últimos años.

Eso no es gratitud. Es amnesia con aplausos.

Y hay algo más, todavía menos cómodo. El Concilio Vaticano II no dejó dudas: el pueblo de Dios no es un rebaño huérfano que necesita un pastor irremplazable para no dispersarse.

Es sujeto de su propia Fe, portador él mismo del sentido de lo creído, capaz de sostenerse en la fidelidad más allá de quién lo conduzca circunstancialmente.

Si una parroquia se siente “huérfana” cada vez que cambia el párroco, el problema no es teológico, es de autopercepción: seguimos pensándonos como menores de edad eclesial, incapaces de pararnos sin un padre visible que nos sostenga la mano.

¿Hemos crecido? ¿Hemos madurado como comunidad, o seguimos necesitando que alguien —el cura de turno— nos diga quiénes somos, en lugar de saberlo nosotros mismos, más allá de quien pase por la sacristía?

Conviene detenerse un momento en lo que realmente está en juego detrás de esa pregunta.

Porque no se trata solo de un exceso retórico en un brindis, ni de la torpeza ocasional de un orador entusiasmado.

Se trata de un síntoma que se repite, con variaciones, cada vez que una comunidad necesita depositar su identidad en una figura visible para sentir que existe.

Lo vimos con discursos similares en otras despedidas, en otros aniversarios, en otras “épocas doradas” que siempre resultan ser, sospechosamente, la época del que se está yendo o ya se fue.

El patrón es el mismo: mientras dure el cariño hacia el protagonista de turno, la comunidad cree tener historia; en cuanto cambia el protagonista, la historia parece empezar de cero.

Eso no es Fe madura. Es nostalgia disfrazada de gratitud, y nostalgia que, además, le hace un flaco favor al que se va —reducido a una comparación imposible de sostener en el tiempo— y un favor todavía peor al que llega, condenado de antemano a un examen que no pidió rendir.

La pregunta queda abierta. Pero hay un dato que no podemos esquivar: el nuevo párroco no llega a una sala vacía. Llega a una comunidad que tiene, delante de sí, una oportunidad que no depende de él.

La oportunidad de demostrarse a sí misma —no al cura que se va, no al que llega— quién es cuando nadie está mirando desde el ambón.

Quizás la verdadera prueba de madurez no se da en la despedida sino en lo que sigue: en cómo recibimos al que llega sin pedirle que sea otro, en cómo sostenemos la liturgia, la catequesis, la caridad concreta del barrio, sin que dependa de quién esté al frente.

Si eso se sostiene, habremos aprendido algo.

Si no, en la próxima despedida volveremos a descubrirnos huérfanos, y la pregunta de fondo —quiénes somos cuando el cura cambia— seguirá, como ahora, sin respuesta.

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Después de Alpha: el catálogo completo de la colonización pastoral evangélica

Cuando empezamos a documentar la penetración de Alpha en instituciones católicas argentinas, la pregunta que más recibimos no fue “¿esto es verdad?” sino “¿esto es lo único que está pasando?”.

La respuesta honesta es que no. Alpha es el caso mejor documentado, el más visible, el que tiene un rostro mediático y una estructura identificable.

La colonización Pastoral

Pero es apenas una pieza de un fenómeno más amplio: la importación sistemática, muchas veces acrítica, de metodologías pastorales nacidas en matrices eclesiológicas evangélicas o pentecostales hacia estructuras parroquiales y diocesanas católicas que no siempre miden lo que están adoptando junto con la herramienta.

Este artículo no pretende ser exhaustivo —ese trabajo recién empieza— sino ofrecer un primer mapa, una suerte de catálogo de familia de modelos, para que párrocos, agentes de pastoral y obispos puedan reconocer el patrón cuando se les presente, venga con el nombre que venga.

El patrón antes que el nombre propio

Antes de entrar al catálogo, vale la pena nombrar el patrón común que comparten casi todos estos modelos, porque reconocer el patrón es más útil que memorizar una lista de marcas.

Primero, suelen llegar acompañados de testimonios de “transformación” medible y espectacular: aumento de asistencia, jóvenes que “se encontraron con Cristo”, parroquias que “se llenaron”.

La métrica de éxito es casi siempre cuantitativa y emocional, rara vez sacramental o doctrinal.

Segundo, suelen presentarse como “neutros” o “puramente metodológicos” —simples herramientas de gestión o dinámica grupal que cualquiera puede usar sin comprometer su eclesiología—, cuando en realidad toda metodología pastoral carga presupuestos teológicos implícitos sobre qué es la conversión, qué es la Iglesia y qué es la autoridad.

Tercero, suelen requerir capacitación, certificación o licencia de la organización matriz, lo cual genera una dependencia formativa: el agente pastoral termina formado más por la metodología importada que por la tradición católica que dice representar.

Cuarto, y este es el punto más delicado, suelen desplazar silenciosamente categorías católicas centrales —el pecado, la gracia sacramental, la mediación eclesial, la Virgen María, los santos— por un lenguaje genéricamente cristiano que, sin negar explícitamente estas categorías, simplemente deja de necesitarlas para funcionar.

El catálogo

Alpha. Ya documentado extensamente en esta serie: curso introductorio de evangelización nacido en una iglesia anglicana evangélica de Londres, con fuerte énfasis en experiencia emocional, testimonio personal y dones del Espíritu en clave carismática-pentecostal, adoptado por sectores católicos —incluyendo estructuras universitarias y diocesanas— sin una adaptación doctrinal suficiente.

Divine Renovation. Modelo de “renovación parroquial” originado en Canadá, centrado en una reestructuración integral de la parroquia según principios de gestión eclesial inspirados en mega-iglesias evangélicas norteamericanas: liderazgo ejecutivo fuerte, equipos de “ministerio” organizados como estructura corporativa, fuerte énfasis en el crecimiento numérico como indicador de salud espiritual.

Su relación con Alpha no es casual: ambos comparten redes de formadores y comparten el mismo presupuesto de que la “experiencia de encuentro” debe organizarse según lógicas de gestión más que de tradición sacramental.

Modelos de “iglesia emergente” o “iglesia simple”. Una familia más difusa de propuestas —algunas con nombre propio, otras circulando como “buenas prácticas” sin marca— que promueven comunidades pequeñas, informales, centradas en la experiencia subjetiva del encuentro con Jesús por encima de la estructura sacramental y jerárquica.

Cuando aterrizan en contexto católico, suelen producir grupos de oración o “células” que funcionan en paralelo a la vida parroquial ordinaria, con escasa conexión real con la Eucaristía como centro.

Coaching pastoral corporativo. La importación, cada vez más frecuente, de metodologías de liderazgo y gestión del mundo empresarial —algunas explícitamente cristianas en su origen evangélico, otras simplemente seculares con un barniz espiritual aplicado después— hacia la formación de agentes pastorales y hasta de seminaristas.

El riesgo específico acá es la sustitución silenciosa de categorías como vocación, llamado y discernimiento por categorías como liderazgo, visión estratégica y gestión de equipos, que no son necesariamente opuestas pero tampoco son intercambiables sin pérdida.

Modelos de alabanza y música de matriz pentecostal-carismática. Menos institucionalizados que los anteriores pero igualmente extendidos: la adopción de estilos musicales, dinámicas de “alabanza espontánea” y una sensibilidad litúrgica centrada en la efusión emocional, que desplazan progresivamente —sin ninguna decisión consciente, simplemente por uso acumulado— la sensibilidad litúrgica propiamente católica centrada en el misterio, el silencio y la mediación sacramental.

Lo que todos estos modelos tienen en común con Alpha

El hilo que conecta a toda esta familia con el caso Alpha ya documentado es siempre el mismo: una eclesiología implícita donde la experiencia subjetiva del individuo —su testimonio, su sentir, su “encuentro personal”— ocupa el lugar que en la eclesiología católica ocupa la mediación sacramental y la pertenencia visible al Cuerpo de Cristo a través de la Iglesia jerárquica y sacramental.

Esto no significa que toda experiencia subjetiva sea sospechosa, ni que la emoción religiosa sea en sí misma un problema. Significa que cuando una metodología organiza sistemáticamente toda su dinámica alrededor de producir esa experiencia subjetiva como fin en sí mismo, y deja en un segundo plano —o ausente— la incorporación sacramental real a la vida de la Iglesia, algo eclesiológicamente importante se está perdiendo, aunque el vocabulario siga sonando cristiano.

Un criterio de discernimiento, no una caza de brujas

Es importante decir esto con la mayor claridad posible: el objetivo de este catálogo no es producir una lista negra para rechazar automáticamente cualquier metodología que no haya nacido en estricta ortodoxia católica desde el primer día. Sería un error tan grave como la adopción acrítica que estamos señalando.

El objetivo es ofrecer un criterio: antes de adoptar cualquier metodología pastoral —venga de donde venga— preguntarse explícitamente qué eclesiología presupone, qué lugar le da a la Eucaristía y a la confesión sacramental, qué lugar le da a la autoridad magisterial y episcopal, y qué entiende por conversión.

Si esas preguntas no tienen respuesta clara, o si las respuestas resultan ser ajenas a la tradición católica, la prudencia pastoral exige al menos una adaptación profunda antes de implementar el modelo sin más.

Un párroco que recibe la propuesta de implementar cualquiera de estos modelos —o algún otro que todavía no figure en este catálogo, porque el fenómeno sigue creciendo— tiene derecho y obligación de hacer estas preguntas antes de aceptar, sin que esto lo convierta en un obstruccionista ni en un enemigo de la renovación pastoral genuina.

Todo lo contrario: es la condición para que la renovación sea verdaderamente católica, y no una importación sin aduana.

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El examen de conciencia que ningún cura joven se anima a hacerse

Hay una pregunta que casi nunca se formula en voz alta, ni en la sacristía ni en el retiro anual, ni siquiera en la dirección espiritual cuando esta existe: ¿en qué momento dejé de predicar lo que creo y empecé a predicar lo que el ambiente tolera?

No es una pregunta retórica. Es la pregunta que debería abrir, con method y sin condescendencia, el examen de conciencia de cualquier sacerdote joven que haya sido ordenado en las últimas dos décadas y destinado a un presbiterio donde el aire que se respira —en la curia, entre los pares, en las expectativas de la gente— empuja sistemáticamente hacia la comodidad doctrinal antes que hacia la fidelidad costosa.

El cura joven no decae de golpe.

No hay un día en que decida dejar de creer lo que el Magisterio enseña sobre la vida, la sexualidad, el pecado, la conversión. Lo que ocurre es más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una serie de pequeñas acomodaciones, cada una justificable en el momento, que terminan configurando un sacerdote que ya no reconoce su propia voz cuando la escucha grabada.

Por qué un examen y no un diagnóstico

San Ignacio no diseñó el examen de conciencia como un ejercicio de autocrítica genérica, sino como una herramienta de precisión: identificar mociones concretas, nombrarlas, y discernir su origen.

Eso es exactamente lo que necesita un sacerdote que sospecha —como me escribía hace poco un párroco rural— que está “firmado en un ambiente liberal” y no quiere “decaer en tiempos de relativismo”.

No alcanza con la intuición de que algo no está bien. La intuición sin método se disuelve en la rutina pastoral de la semana siguiente. Lo que sigue es un intento de traducir esa intuición en preguntas concretas, organizadas según la estructura clásica del examen ignaciano: dar gracias, pedir luz, repasar, pedir perdón, proponer enmienda. Pero aplicado, sin metáforas, a la vida ministerial real de un presbítero hoy.

Primer momento: dar gracias por lo que todavía no se perdió

Antes de buscar la falla, conviene nombrar lo que permanece intacto. ¿Sigo creyendo, sin reservas internas, en la presencia real en la Eucaristía? ¿Sigo creyendo que el pecado existe como categoría real y no solo como construcción cultural superada? ¿Sigo creyendo que mi ordenación me constituyó en signo de algo que no fabriqué yo?

Si la respuesta a estas preguntas es sí —incluso con dudas, incluso con cansancio— hay una base sobre la cual trabajar.

El examen no es un tribunal que dictamina culpabilidad total; es un instrumento de precisión sobre zonas específicas de erosión.

Segundo momento: pedir luz para ver lo que se evita

Acá empieza el trabajo más incómodo. La pregunta no es “¿qué predico?” sino “¿qué dejé de predicar, y desde cuándo?”.

¿Hay temas que evito sistemáticamente en la homilía porque sé que generan incomodidad? No me refiero a la prudencia pastoral legítima —elegir el momento, el tono, la gradualidad catequética—, sino a la evitación lisa y llana, sostenida en el tiempo, de contenidos que el Magisterio enseña con claridad y que yo simplemente dejé de mencionar.

¿Cuándo fue la última vez que prediqué sobre el pecado mortal sin diluirlo en “fragilidad humana”? ¿Sobre la indisolubilidad matrimonial sin agregar inmediatamente una cláusula de comprensión que termina vaciando la enseñanza? ¿Sobre la necesidad de la confesión sacramental, y no solo del “perdón que Dios siempre da”?

¿Hay celebraciones litúrgicas que adapto —en el lenguaje, en los gestos, en la música— no por una genuina creatividad pastoral sino por miedo a que grupos o personas, que sostiene económicamente o socialmente la parroquia se incomode y se vaya?

¿Cuántas veces, en una conversación informal con colegas más liberales, dejé pasar una afirmación doctrinalmente problemática por no generar tensión, cuando una palabra mía —dicha con caridad, no con violencia— podría haber sido un signo de contradicción necesario?

Tercer momento: repasar el origen de la moción

Acá es donde el examen se vuelve verdaderamente ignaciano. No basta con identificar la acomodación; hay que preguntarse de dónde viene la moción que la produce.

¿Evito ese tema porque el Espíritu me está mostrando una forma más misericordiosa de anunciarlo —lo cual es legítimo y deseable— o porque tengo miedo?

¿Miedo a qué, concretamente? ¿A la crítica del obispo o de pares más “abiertos”?

¿A quedar mal posicionado para un eventual traslado o ascenso dentro de la estructura diocesana?

¿A la soledad de ser percibido como “rígido” en un presbiterio que valora sobre todo la simpatía y la adaptabilidad?

San Ignacio enseña que el espíritu malo entra como amigo y sale como enemigo: empieza ofreciendo razones aparentemente pastorales —”no hay que asustar a la gente”, “hay que acompañar sin juzgar”— y termina dejando al sacerdote sin nada propio para ofrecer, convertido en un administrador simpático de una institución que ya no cree en lo que dice.

La pregunta de discernimiento es siempre la misma: ¿esta moción me acerca a la fidelidad costosa que pide el Evangelio, o me instala cómodamente en la aprobación del ambiente?

Cuarto momento: pedir perdón sin caer en el escrúpulo

Es importante decir esto con claridad: el objetivo de este examen no es producir culpa paralizante ni escrúpulo neurótico. Un cura que termina este ejercicio sintiéndose un fraude total no ha hecho un buen examen; ha hecho un mal examen, porque el fruto del verdadero discernimiento ignaciano es siempre la paz operativa, no la angustia.

Pedir perdón acá significa nombrar concretamente —ante Dios, y si es posible ante un confesor o director espiritual de confianza— las acomodaciones identificadas, sin generalizar (“soy un mal cura”) y sin minimizar (“todos hacen lo mismo”).

La generalización y la minimización son las dos formas más comunes de evitar el verdadero arrepentimiento, que siempre es concreto.

Quinto momento: proponer enmienda con gestos pequeños y sostenibles

El error más común de quien hace este examen por primera vez es proponerse una conversión heroica e inmediata: predicar mañana mismo sobre todos los temas evitados, confrontar a todo el presbiterio, asumir el rol de cruzado solitario.

Esto casi siempre termina en agotamiento, aislamiento o, peor, en un abandono silencioso del propósito a las pocas semanas.

La propuesta de enmienda ignaciana es siempre concreta, modesta y sostenible. Algunos ejemplos de gestos posibles:

Elegir un solo tema evitado y prepararlo con cuidado para predicarlo en las próximas semanas, no como confrontación sino como anuncio gozoso de lo que se cree.

Buscar —aunque cueste encontrarlo en el propio presbiterio— un interlocutor, sacerdote o laico formado, con quien poder hablar sin filtro sobre estas tensiones, para no atravesar el discernimiento en soledad absoluta.

Sostener un tiempo fijo y breve de oración personal centrado específicamente en pedir la gracia de la valentía pastoral, distinguida de la imprudencia y de la rigidez.

Releer, aunque sea de forma fragmentaria, algún texto magisterial sobre la identidad sacerdotal —no como estudio académico sino como recordatorio de lo que la propia ordenación significó—, para reconectar con el origen de la vocación antes de que el ambiente termine de reescribirla.

El cura que hace este examen no está solo, aunque lo sienta así

Vale la pena cerrar con algo que no es un paso del método sino una constatación pastoral: el sacerdote que llega a hacerse estas preguntas, incluso con miedo de las respuestas, ya está en mejor posición que la mayoría de quienes nunca se las formulan.

La decadencia silenciosa que erosiona vocaciones no avanza en quienes se examinan; avanza precisamente en la falta de examen, en la rutina que nunca se detiene a mirarse.

Un párroco rural que escribe pidiendo ayuda para “no decaer en tiempos de relativismo” ya ha dado el primer paso del discernimiento: ha nombrado el riesgo.

Lo que sigue no es una fórmula mágica ni un manual de resistencia ideológica, sino exactamente esto: la disciplina humilde y sostenida de mirar, con honestidad ignaciana, qué se predica, qué se evita, y por qué.

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Después de la adoración, ¿qué?

Sobre el devocionismo que nos consuela sin transformarnos, y la tentación clerical de fabricar sacristanes con traje en lugar de laicos en misión.

Imaginemos la escena. Un hombre sale de una hora de adoración eucarística. Ha estado de rodillas ante el Santísimo, en silencio, con genuina devoción.

Camina hacia el estacionamiento, sube al auto, y en la calle,usa la bocina con el conductor que va adelante muy despacio.

Llega a su trabajo y trata a su empleado con falsa condescendencia.

Vuelve a casa y no escucha o ignora lo que le refiere su esposa.

¿Qué falló? ¿La adoración?

No. Falló algo anterior a la adoración y posterior a ella: la comprensión de para qué sirve encontrarse con Dios.

La pregunta que nadie hace

Existe en la vida devocional católica argentina una secuencia que se repite con admirable constancia.

La novena de tal santo. La hora santa del primer viernes. La consagración al Inmaculado Corazón de María. El rosario diario. La adoración nocturna. El Via Crucis de los viernes de Cuaresma. La peregrinación anual. La misa de los primeros sábados.

Cada una de estas prácticas tiene un valor real, una historia larga, una justificación teológica.

No estamos cuestionando ninguna de ellas. Estamos haciendo una pregunta diferente, más incómoda, que raramente se formula desde el ambón:

Después de la adoración, ¿qué?

Después de la novena, ¿qué?

Después de la consagración, ¿qué?

Después de la peregrinación, ¿qué?

Después de todo esto junto, ¿qué?

La pregunta no es retórica. Es la pregunta más seria que puede hacerse un católico adulto sobre su vida espiritual.

Porque si la respuesta es: “más adoración”, “otra novena”, “la siguiente consagración”… entonces algo está profundamente mal.

No en las devociones. En la comprensión de la Fe que las sostiene.

El error de confundir el medio con el fin

La adoración eucarística no es el destino. Es el combustible. El destino es el mundo.

— Joseph Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia

La liturgia, los sacramentales, las devociones populares son —en el lenguaje técnico de la teología— medios de santificación. No son la santidad misma. Son el camino, no el destino. Son el agua que te hidrata para correr la carrera, no la llegada a la meta.

Cuando Romano Guardini escribió su célebre El Espíritu de la Liturgia a principios del siglo XX, advirtió con precisión casi profética sobre un riesgo latente en el alma religiosa: el de quedar atrapado en la forma exterior de la piedad, transformando el medio en fin, el gesto en sustituto de la conversión real.

La liturgia, decía Guardini, no educa al hombre para el templo. Lo educa para el mundo.

El Concilio Vaticano II recogió esta intuición con una claridad que todavía no termina de asimilarse. La Lumen Gentium no dice que los laicos deben participar de la vida de la Iglesia ad intra.

Dice, en su número 31, algo mucho más preciso: los laicos tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios “gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios“.

Su lugar no es el presbiterio. Su lugar es el mundo.

Los fieles laicos deben comprender que no sólo pertenecen a la Iglesia, sino que ellos son la Iglesia.

— Lumen Gentium, 31 — Concilio Vaticano II

Este texto es tan claro que su oscurecimiento sistemático en la práctica pastoral ordinaria sólo puede explicarse por una resistencia —consciente o no— a sus consecuencias.

El cortocircuito del Mateo 25

Hay un pasaje evangélico que debería leerse en cada hora santa, en cada novena, en cada peregrinación. No como acusación. Como brújula.

Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, forastero y te alojamos, desnudo y te vestimos, enfermo o preso y fuimos a verte? Y el Rey les responderá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

— Mateo 25, 37-40

El texto no habla de la eucaristía. No habla de la adoración. No habla de novenas ni consagraciones. Habla del hambriento, del sediento, del forastero, del desnudo, del enfermo, del preso. Y dice algo que tendría que dejar sin palabras a cualquier devoto: que Cristo está ahí, en esos rostros, esperando ser reconocido.

La pregunta que Mateo 25 le hace a nuestra vida devocional no es “¿cuántas horas pasaste ante el Sagrario?”. La pregunta es: “¿Reconociste mi rostro en el que sufre?”.

Porque si la adoración eucarística no está educando nuestra mirada para ver a Cristo en el marginado, en el enfermo, en el migrante, en el empleado humillado, en la mujer sola que cría a sus hijos… entonces hemos adorado ante el Sagrario pero no hemos adorado a Cristo.

Esa es una afirmación teológicamente seria.

Y es refrendada por toda la tradición: desde los Padres de la Iglesia hasta Benedicto XVI, desde Juan Crisóstomo hasta la Caritas in Veritate.

Benedicto XVI: el amor que no puede dividirse

El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables; en el mínimo ser humano encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

— Deus Caritas Est, 15 — Benedicto XVI

La encíclica Deus Caritas Est de Benedicto XVI, publicada en 2005, es quizás el texto magisterial más preciso sobre este punto. Ratzinger no pone en duda el amor a Dios. Pone en duda que ese amor pueda existir genuinamente sin el amor al prójimo. No como virtud añadida. Como prueba de autenticidad.

Lo que Benedicto señala es que el cristiano que dice amar a Dios pero no ama concretamente al prójimo —especialmente al que sufre— está mintiendo. No en sentido moral inmediato. En sentido teológico estructural: ha cortocircuitado la lógica interna del amor divino.

Porque la lógica del amor de Dios es encarnación. Dios no se quedó en el cielo enviando novenas.

Vino. Tocó al leproso. Comió con el publicano. Habló con la samaritana.

Dejó que María Magdalena lo ungiera. Y murió entre dos ladrones.

El amor de Dios no es contemplativo en sentido pasivo: es radicalmente activo, radicalmente encarnado, radicalmente dirigido al que sufre.

La vida devocional que no imita esa estructura no es cristiana en sentido pleno. Es, en el mejor de los casos, una religiosidad natural que ha tomado prestados algunos signos católicos.

La tentación clerical: fabricar sacristanes con traje

Aquí la interpelación se hace más incómoda. Y más necesaria.

Existe en la pastoral ordinaria argentina —y no sólo argentina— una tendencia documentada y preocupante: la de proponer a los fieles laicos un modelo de santidad calcado del modelo sacerdotal o religioso.

Más horas de adoración. Más novenas. Más consagraciones. Más grupos de oración. Más retiros. Más sacramentales. Más tiempo en el templo.

A primera vista parece celo apostólico. De cerca, es algo diferente: es la imposición inconsciente del horizonte espiritual propio del sacerdote sobre una persona que tiene una vocación radicalmente distinta.

El sacerdote tiene sentido pleno en el altar, en el sagrario, en el oficio litúrgico. Es su lugar natural, su vocación específica, el espacio donde su consagración se realiza plenamente.

Para él, más horas ante el Santísimo son exactamente lo que debe ser: la fuente de su ministerio.

Pero el laico no es un sacerdote sin sotana. El Decreto Apostolicam Actuositatem del Vaticano II lo expresa con una contundencia que todavía escuece en muchos ambientes parroquiales: el laico santifica el mundo “desde adentro”, no desde el altar.

Su lugar es la empresa, la política, la familia, la cultura, la ciencia, el arte, el barrio, la escuela. Su vocación específica es transformar las estructuras temporales según el Evangelio.

El apostolado de los laicos es participación en la propia misión salvífica de la Iglesia; todos están destinados a este apostolado por el Señor mismo a través del bautismo y la confirmación.

— Apostolicam Actuositatem, 2 — Concilio Vaticano II

Cuando un sacerdote —con la mejor intención del mundo— convierte a sus fieles laicos en devotos de sacristía que no salen a transformar el mundo, no los está santificando. Los está domesticando. Los está reduciendo a una versión empobrecida de lo que están llamados a ser.

El Papa Francisco lo dijo con una franqueza que incomodó a muchos en Evangelii Gaudium: “el clericalismo lleva a la homologación del laicado“. Es decir: lo hace igual al clero, borrando su identidad propia, su misión específica, su lugar irreemplazable en la transformación del mundo.

No se puede evangelizar el mundo desde la sacristía.

No se puede transformar las estructuras de pecado desde el banco de la iglesia.

No se puede ser presencia de Cristo en el mundo si uno pasa todo su tiempo disponible dentro del templo.

Mística y misión: la unión que transforma

Nada de lo anterior implica que la contemplación sea un error o que las devociones sean superfluas.

La tradición mística cristiana es unánime en un punto: la unión profunda con Dios no repliega al hombre sobre sí mismo. Lo lanza hacia afuera.

Teresa de Ávila, la más grande mística del siglo XVI, pasó décadas en profunda oración contemplativa.

Y escribió el Castillo Interior. Y reformó la Orden Carmelita. Y fundó diecisiete conventos. Y mantuvo una correspondencia política que habría agotado a cualquier diplomático.

La mística auténtica no produce quietismo. Produce una energía apostólica que el activismo puro nunca puede generar.

Ignacio de Loyola salió de la cueva de Manresa completamente transformado. No salió con un programa de novenas.

Salió con una visión del mundo como campo de batalla entre el bien y el mal, y con el deseo ardiente de poner todas sus capacidades al servicio de Cristo.

La contemplación lo había preparado para la acción total.

Juan de la Cruz, quizás el más radical de los contemplativos, escribió algo que pocos devotos modernos se atreven a citar: “Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor“.

No en la cantidad de novenas. No en las horas de adoración. En el amor.

Es decir: en lo que hiciste con lo que Dios puso en tus manos para servir a los demás.

La diferencia entre la devoción que alimenta y el devocionismo que atrapa está exactamente aquí: la primera produce fruto hacia afuera; el segundo circula sobre sí mismo.

La primera abre los ojos para ver a Cristo en el sufriente; el segundo los cierra para no ver más que la consolación interior.

El mundo que espera

Mientras debatimos sobre cuántas novenas son suficientes, el mundo que nos rodea presenta una realidad que interpela con una urgencia que no admite demora.

En la Argentina de hoy, el 40% de la población está bajo la línea de pobreza.

Hay niños que se duermen con hambre a pocas cuadras de capillas donde se celebran horas santas.

Hay ancianos que mueren solos en habitaciones que no tienen calefacción, mientras comunidades parroquiales organizan peregrinaciones.

Hay jóvenes atrapados en adicciones devastadoras que nadie fue a buscar, mientras los grupos de oración se congratulan por su piedad.

No es un reproche. Es una descripción. Y es la descripción que Mateo 25 convierte en pregunta definitiva: ¿Dónde estabas cuando yo tenía hambre?

La Iglesia no existe para sí misma. Esta afirmación, que el Vaticano II puso en el centro de su eclesiología y que Pablo VI desarrolló en Evangelii Nuntiandi, no es una opción entre otras.

Es la definición misma de la Iglesia. Una Iglesia que sólo cuida a sus devotos es una contradicción en los términos. Es una lámpara bajo el celemín. Es sal que perdió su sabor.

La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad.

— Evangelii Nuntiandi, 14 — Pablo VI

La pregunta entonces no es si la adoración es buena. Lo es. La pregunta es: ¿qué produce en vos? ¿Te hace más sensible al dolor ajeno o más satisfecho con tu propia piedad? ¿Te lanza hacia el mundo o te protege de él? ¿Te hace más libre para servir o más dependiente de la consolación?

Una espiritualidad laical adulta

Lo que la Iglesia necesita hoy —y lo que el Vaticano II pidió con palabras que siguen esperando ser cumplidas— no son laicos que imiten al sacerdote en su modelo de santidad.

Necesita laicos que sean plenamente lo que son: hombres y mujeres de Fe que habitan el mundo con todo su peso, que no huyen de él hacia el templo, sino que entran al mundo llevando al Señor consigo.

Eso requiere oración. Requiere vida sacramental. Requiere silencio y contemplación.

Pero todo eso en función de la misión, no en sustitución de ella.

La adoración eucarística que no termina en un corazón más disponible para el hermano que sufre ha quedado incompleta. No fallida. Incompleta.

El laico adulto en la Fe no necesita más novenas. Necesita saber qué hace con lo que ya tiene. Necesita discernir en qué parte del mundo está llamado a ser presencia del Evangelio.

Necesita preguntarse, con honestidad, si su vida parroquial lo está formando para salir o lo está reteniendo dentro.

Y quizás necesita preguntarle con respeto y con franqueza a quienes lo acompañan pastoralmente: ¿Me están formando para ser laico en misión, o me están formando para ser un buen feligrés de sacristía?

No es la misma cosa. Nunca lo fue.

Conclusión: la adoración que transforma

La adoración es verdadera cuando transforma. La novena es válida cuando produce fruto. La consagración tiene sentido cuando cambia la vida que consagra. La devoción es auténtica cuando educa el deseo y lo orienta hacia el bien del prójimo.

Si después de años de vida devocional intensa seguís siendo tan indiferente al sufrimiento ajeno como antes, tan cómodo con la injusticia cercana, tan ajeno al mundo que agoniza a pocas cuadras de tu parroquia… entonces hay que preguntarse con valentía si la espiritualidad que estás practicando es la de Cristo o la de un sustituto confortable.

Cristo no vino a consolar a los ya consolados. Vino a sanar a los enfermos, a liberar a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, a anunciar a los pobres la Buena Noticia.

Y nos dijo, sin margen para la ambigüedad: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Juan 20, 21).

Después de la adoración del Santísimo, entonces, ¿qué?

Esto: salir. Salir con los ojos abiertos, con el corazón encendido, con las manos disponibles.

Salir a reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano que sufre. Salir a ser, en el mundo, lo que acabamos de adorar en el altar.

Eso es lo que significa ser laico. Eso es lo que significa haber adorado de verdad.

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Esperando al nuevo párroco

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Una comunidad que vivió algo bueno tiene derecho a soñar con algo mejor.


Hay un momento peculiar en la vida de una parroquia que no figura en ningún manual de pastoral, pero que todo feligrés experimentado conoce bien: el tiempo de la espera.

El párroco anterior se fue —o está por irse—, el nuevo todavía no llegó, y la comunidad queda suspendida en ese intervalo raro que no es ni duelo ni fiesta, sino algo más parecido a una vigilia

Se reza, se especula, se recuerda, se espera.

En nuestra parroquia estamos viviendo eso ahora mismo.

No voy a usar este espacio para hacer una crónica del párroco que se va. Fue poco tiempo —menos de cinco años—, pero fue tiempo real, con momentos de genuina comunión y también con las inevitables irregularidades que tiene toda relación humana dentro de una institución tan compleja como la Iglesia.

Hubo cercanía. Hubo distancia. Hubo momentos en que la comunidad se sintió escuchada y otros en que se sintió ignorada. Eso, en términos honestos, es lo que hay que decir.

Pero no es sobre él que quiero escribir. Es sobre nosotros. Y sobre lo que esperamos.


El párroco como institución (y como persona)

Antes de hablar de esperanzas, conviene nombrar la paradoja.

En la Iglesia Católica, el párroco es simultáneamente una persona y una institución.

Es un hombre concreto, con su historia, sus limitaciones, su carisma particular; y al mismo tiempo es el titular de una función canónica que le otorga una autoridad considerable sobre la vida litúrgica, catequética, administrativa y pastoral de la parroquia.

Este doble carácter —persona e institución— hace que cada cambio parroquial sea siempre algo más que un simple relevo de personal.

Cuando llega un nuevo párroco, no solo llega un hombre. Llega una manera de concebir la misión.

Una escala de prioridades. Un estilo de relación con los laicos. Una idea —explícita o implícita— sobre qué es la parroquia y para qué existe.

Por eso la espera no es inocente. La comunidad, aunque no lo formule así, está esperando una eclesiología encarnada en una persona.

Y en ese sentido, el carisma que un sacerdote porta —aquello que lo formó por dentro antes de llegar a cualquier parroquia— no es un detalle menor. Es, en cierto modo, la gramática con la que va a leer la realidad que encuentra.


Lo que aprendimos en estos años

Toda experiencia parroquial, incluso la más breve, deja algo. En estos años aprendimos —o confirmamos— algunas cosas que vale la pena decir en voz alta antes de que llegue el nuevo párroco, precisamente para que no se pierdan en el ruido del recomienzo.

Aprendimos que la cercanía importa. Cuando el sacerdote conoce los nombres, cuando pregunta, cuando aparece en los momentos que no son estrictamente litúrgicos, algo se activa en la comunidad que no tiene equivalente institucional.

No es algo que pueda suplirse con estructuras o programas. Es presencia. Y su ausencia —cuando ocurre— se siente como un frío particular.

Aprendimos que la irregularidad desgasta. Las comunidades toleran casi cualquier estilo pastoral, siempre que sea consistente. Lo que erosiona la confianza no es tanto la distancia o la cercanía, sino la alternancia impredecible entre ambas.

Cuando no se sabe cómo va a estar el párroco esta semana, la comunidad aprende a protegerse, y esa protección tiene un costo espiritual.

Aprendimos que los laicos tienen memoria. Y que esa memoria no es resentimiento: es sabiduría acumulada.

Cada grupo de catequistas, cada coro, cada coordinador de caritas, cada ministro de la Eucaristía lleva dentro una historia de iniciativas que florecieron y de otras que fueron truncadas por un cambio de párroco.

Esa historia merece ser escuchada. No para quedar atrapados en ella, sino para no repetir errores evitables.


Tres cosas que esperamos

Seré concreto. No en nombre de toda la comunidad —no tengo ese mandato—, sino como laico comprometido con más de dos décadas de ministerio activo, como cronista de lo que veo y escucho en los pasillos de la parroquia y en las conversaciones después de misa.

Primera esperanza: que nos escuche.

No que nos consulte en todo —eso sería ingenuo—. El párroco tiene su propia responsabilidad pastoral y su propio discernimiento.

Pero hay una diferencia enorme entre un sacerdote que toma decisiones sobre los laicos y uno que las toma con los laicos, después de haber escuchado. Esa diferencia no es solo de estilo: es teológica.

El Concilio Vaticano II fue explícito en reconocer que el Espíritu Santo actúa en todo el Pueblo de Dios, no solo en la jerarquía.

La sinodalidad que el Papa Francisco promovió insistentemente no es una moda ni una concesión política: es una forma de tomar en serio esa convicción conciliar.

Hay espiritualidades que forman para esto. Que entrenan al sacerdote en la escucha antes que en el mando, en el servicio antes que en la autoridad, en la fraternidad antes que en la distancia.

No son espiritualidades de moda: tienen siglos de práctica y de santos que las avalan.

Y cuando un sacerdote viene formado en esa escuela, se nota.

No en los discursos: en el gesto, en la disponibilidad, en la manera en que trata al que no tiene nada que ofrecerle.

Esperamos un párroco que quiera conocer los ministerios existentes. Que pregunte qué estamos haciendo y por qué. Que no llegue con un proyecto prefabricado que borre lo que había sin siquiera haberlo visto funcionar.

Segunda esperanza: que mire hacia afuera.

Una parroquia que solo se ocupa de sus propios fieles es una parroquia que está muriendo, aunque sus bancas estén llenas.

La misión no es mantener: es salir. Y salir, en el contexto de una ciudad como la nuestra, significa mucho más que misiones esporádicas o campañas de Adviento.

Significa presencia en los barrios, atención a los que están lejos de la Iglesia por herida o por indiferencia, disposición a encontrar a Cristo donde está —que es, según Mateo 25, en los márgenes.

Hay una imagen que me ronda desde hace tiempo y que creo que capta bien lo que esperamos: la del sacerdote que no espera que la gente venga a él, sino que sale a buscarla.

Que no gestiona desde el escritorio sino que camina. Que conoce las calles del barrio tanto como el sagrario.

Que considera los pobres —los pobres de toda clase, no solo los económicos— como su primer interlocutor y no como una obra social anexa a la parroquia principal.

Esa figura tiene raíces profundas en la historia de la Iglesia. Y cuando aparece encarnada en un párroco concreto, la parroquia entera cambia de temperatura.

Esperamos un párroco que entienda que su parroquia no termina en el atrio de la iglesia.

Que lo que sucede en el barrio, en las familias, en las vidas rotas de gente que nunca va a misa le concierne tanto como lo que sucede en la liturgia dominical.

Tercera esperanza: que construya comunidad real.

Esta es quizás la más difícil de formular sin caer en el lugar común.

No hablamos de actividades comunitarias ni de grupos de pertenencia, aunque eso también importa.

Hablamos de algo más hondo: de un estilo de conducción que haga que la gente quiera estar, contribuir, crecer.

Existe una forma de liderazgo pastoral que podríamos llamar fraterno: el sacerdote que no se sitúa por encima de la comunidad sino en medio de ella, que comparte la mesa y no solo la preside, que llama hermanos a los laicos y lo dice en serio.

No es una postura de simpatía superficial. Es una convicción teológica sobre la naturaleza de la Iglesia: el Pueblo de Dios antes que la pirámide clerical, la comunión antes que la jurisdicción.

Un estilo que no infantilice a los laicos, que no trate el ministerio laical como una delegación revocable según el humor del momento, que no concentre en el párroco todas las decisiones que perfectamente podrían ser tomadas de manera más distribuida.

Que sepa alegrarse —con alegría genuina, no protocolar— cuando la comunidad florece.

Que tenga la sencillez interior suficiente para que el protagonismo no le importe demasiado.

La comunidad que tiene vida propia —que no depende exclusivamente del carisma o la energía de su párroco para funcionar— es la comunidad más resiliente. Y construir eso requiere un sacerdote que no necesite ser el centro.


Una nota sobre la esperanza misma

Escribo esto con la conciencia de que la esperanza puede ser una forma elegante de la queja. “Esperamos que el nuevo párroco escuche” puede ser una crítica velada al anterior.

No quiero eso. O al menos, no solo eso.

La esperanza que describo aquí no nace del desencanto sino de la experiencia.

Hemos visto —en esta parroquia y en otras— lo que es posible cuando hay un sacerdote que realmente entiende su rol en relación a los laicos.

Hemos visto comunidades que se transforman cuando alguien llega con disponibilidad genuina, con ese extraño don de hacer que cada persona que se le acerca sienta que es la única que importa en ese momento.

Esa cualidad —que algunos llaman carisma y que en realidad es una forma de la caridad— no se aprende en los manuales. Nace de una manera de habitar la propia vocación.

El Catecismo dice que la esperanza es “la virtud teologal por la que deseamos como nuestra felicidad el Reino de los cielos y la vida eterna, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en el socorro de la gracia del Espíritu Santo” (CEC 1817).

Esa definición, aplicada a la vida parroquial concreta, tiene consecuencias prácticas: significa que esperamos no porque merezcamos ni porque hayamos negociado nada, sino porque el Espíritu actúa también en los procesos institucionales de la Iglesia, incluido el modo en que un obispo elige a quién enviar.

Y a veces el Espíritu sorprende. A veces manda exactamente lo que la comunidad necesitaba sin saber que lo necesitaba.

Confiamos en eso. Y esperamos.


Un pedido a quien llegue

Si por alguna casualidad este texto llega a ojos del sacerdote que viene —cosa improbable pero no imposible—, quisiera decirle algo directamente.

Llegás a una comunidad que tiene historia. Que tiene heridas, como todas las comunidades, pero también tiene músicos que llevan años sosteniendo la liturgia con una dedicación que no figura en ningún presupuesto.

Tiene catequistas que vuelven año tras año. Tiene gente que reza, que acompaña, que visita enfermos, que limpia la iglesia sin que nadie se los pida.

Tiene laicos que llevan décadas en el ministerio, que no necesitan validación pero sí, de vez en cuando, quieren sentir que lo que hacen importa para alguien que tiene autoridad de decirlo.

No llegués con el plan ya cerrado. Llegá con preguntas. Mirá primero. Escuchá antes de reorganizar.

Y si tu manera de entender el sacerdocio incluye esa capacidad de ponerte al nivel del otro —de bajar, en el mejor sentido de la palabra—, vas a encontrar una comunidad que te va a responder con una generosidad que quizás te sorprenda.

Hay algo que los laicos reconocemos de inmediato en un sacerdote, aunque no siempre sepamos nombrarlo: si viene a servir o a ser servido.

Si la parroquia es para él un territorio que administrar o una familia con la que vivir.

Si los pobres, los descartados, los que están lejos, son para él una preocupación periférica o el corazón mismo de su misión.

Eso no se declama. Se ve. Y cuando se ve, cambia todo.

Todos los que seguimos en esto —después de años, después de cambios, después de decepciones y de alegrías— seguimos porque creemos que la Iglesia vale la pena.

Que la parroquia, con todas sus limitaciones institucionales, sigue siendo el lugar donde la mayoría de los bautizados viven su Fe. Que hay algo irreemplazable en la comunidad que comparte la Eucaristía, que ora junta, que se acompaña en los momentos oscuros.

Te esperamos con esa convicción. Y con las manos abiertas. . .


Este artículo fue escrito desde la experiencia de un laico comprometido con su parroquia, sin pretensión de hablar en nombre de nadie más que de sí mismo. Las opiniones aquí vertidas son personales y no representan posición institucional alguna.


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Los elegidos del sistema

Cómo la Iglesia selecciona a sus laicos — y por qué eso importa

Hay una reunión que ocurre en miles de parroquias del mundo hispanohablante, con ligeras variantes de decorado pero idéntica coreografía. Se reúne el Consejo Pastoral Parroquial.

El párroco presenta una iniciativa. Varios rostros asienten con convicción casi simultánea.

Alguien formula una pregunta que en realidad es un elogio disfrazado de interrogante.

Se vota. La iniciativa pasa. Se sirve algo caliente y se intercambian sonrisas. Nadie dijo nada que el párroco no quisiera escuchar.

La escena no es una caricatura. Es una institución.

Lo que ocurre allí no es discernimiento comunitario, aunque lleve ese nombre en los documentos diocesanos. Es una liturgia del consenso previamente acordado, presidida por quien ya decidió antes de convocar, y habitada por quienes aprendieron, con los años, que su permanencia en esa sala depende de no contradecir a quien los invitó a ella. El Espíritu Santo figura en el orden del día. No siempre llega.

El filtro que nadie admite

La Iglesia tiene una teoría sobre sus laicos. La teoría es bella: el bautismo confiere dignidad, carisma, misión.

El laico no es un clérigo fallido ni un auxiliar de sacristía, sino un sujeto eclesial pleno, con palabra propia y responsabilidad propia en la misión. Así lo enseña el Concilio, la Christifideles Laici, el Sínodo sobre la sinodalidad.

El magisterio sobre el laicado es, en su conjunto, magnífico.

La práctica es otra cosa.

En la práctica, cuando una parroquia necesita cubrir un lugar en su Consejo Pastoral, en su Consejo de Asuntos Económicos, en Cáritas, el criterio de selección raramente es el carisma o la competencia.

El criterio real, no escrito en ningún reglamento pero operativo con precisión de mecanismo suizo, es la afinidad institucional. Se busca, casi instintivamente, a quien no va a generar fricción.

A quien va a sostener, con su presencia, la legitimidad del proceso sin poner en riesgo sus conclusiones.

El Papa Francisco, con esa capacidad suya para la imagen que hiere con exactitud, describió este tipo de laico como un “bonsai“: un ser vivo al que se da apariencia de árbol pero se le impide crecer.

Artificialmente reducido. Contenido. Decorativo. Perfectamente inofensivo.

El bonsai no es un mal hombre. Suele ser, incluso, un hombre piadoso y de buena voluntad.

Pero ha aprendido —o le enseñaron, o simplemente lo intuyó con esa inteligencia práctica que desarrollan los que quieren sobrevivir dentro de una institución— que su lugar en ella depende de cierto arte de la deferencia.

Que el disenso tiene costos. Que la pregunta incómoda no se hace, o se hace en el pasillo, en voz baja, después de terminada la reunión. Que lo importante es seguir siendo invitado.

El párroco que construye su consejo con estas piezas no actúa necesariamente con malicia.

Muchas veces ni siquiera es consciente de lo que hace. Simplemente se siente más cómodo rodeado de quienes lo acompañan que de quienes lo interpelan.

Es humano. Es comprensible. Y es, eclesiológicamente, un desastre.

El laico diocesano y la doble dependencia

El problema se vuelve más estructural cuando subimos un peldaño: el laico que ocupa lugares en organismos diocesanos, en comisiones pastorales de nivel superior, en consejos que asesoran al obispo.

Aquí aparece un perfil que se repite con notable constancia en muchas diócesis argentinas: el docente de colegio católico.

No como regla absoluta ni como acusación general, sino como patrón sociológico observable.

El maestro o profesor que trabaja en una institución dependiente de la diócesis reúne, desde la perspectiva de la curia, varias virtudes convenientes: está formado, tiene cierta cultura religiosa, es presentable, y —dato nada menor— depende laboralmente de la misma estructura que lo está considerando para un cargo de representación.

Esa doble dependencia —espiritual y económica— no es garantía de capacidad.

Puede serlo de disponibilidad. Y la disponibilidad, en la lógica institucional, frecuentemente se confunde con el mérito.

No se está diciendo que estos laicos sean incompetentes. Muchos son personas valiosas y comprometidas.

Se está diciendo algo más preciso y más incómodo: que el criterio de selección privilegia a quien tiene razones estructurales para no disentir, sobre quien podría aportar más pero tiene el defecto de tener criterio propio.

El sistema no selecciona necesariamente a los mejores. Selecciona a los más seguros.

En las grandes ciudades, el mapa se complica con otro actor: el laico de posición social elevada, el profesional reconocido, el empresario benefactor.

A este perfil la institución no lo domestica. Lo copta. Lo invita a presidir Comisiones, a integrar Organismos diocesanos, a aparecer junto al obispo en los actos. . .

La deferencia es recíproca y la independencia de criterio termina igualmente diluida, aunque de forma más elegante. Cambia el mecanismo. El resultado es parecido.

Cuando el filtro llega al altar

Hasta aquí, el costo del sistema es pastoral: consejos que no aconsejan, laicos que no aportan, parroquias que no crecen porque nadie desafía el pensamiento único del párroco de turno.

Pero hay un punto donde el problema adquiere una gravedad distinta: cuando ese mismo criterio de selección se aplica a los Ministros Extraordinarios de la Eucaristía y, sobre todo, al diaconado permanente.

El diácono no es un laico con traje litúrgico. Es un hombre ordenado, configurado sacramentalmente con Cristo siervo, llamado a ser —según la tradición más profunda de este ministerio— un puente vivo entre el mundo y la Iglesia, entre los pobres y la comunidad, entre la vida concreta de los fieles y la jerarquía.

Su vocación originaria tiene algo de profético. Tiene que poder decir cosas que incomodan, desde una posición que le da autoridad para hacerlo.

Si el proceso de selección para el diaconado permanente sigue el mismo criterio tácito que rige la elección del vocal del Consejo Pastoral —es decir, si se prefiere al candidato maleable sobre el candidato con carácter— el resultado es previsible: diáconos que son, funcionalmente, párrocos auxiliares sin sotana.

Cumplen tareas. No interpelan. No tienen voz propia porque, en rigor, nunca se les pidió que la tuvieran.

Se les pidió disponibilidad, docilidad, “espíritu de obediencia”. Todas virtudes reales, pero que sin el correlato del coraje profético, producen ministros administrativos donde debería haber servidores con fuego en las entrañas.

Los documentos oficiales sobre el diaconado mencionan, entre los rasgos deseables, la “madurez psíquica”, la “capacidad de diálogo”, el “equilibrio y la prudencia”.

Nadie podría estar en desacuerdo. Pero también mencionan el “celo apostólico”, que es otra cosa.

El celo apostólico no es sinónimo de mansedumbre. San Esteban tenía celo apostólico. San Juan el Bautista tenía celo apostólico.

A ambos les costó la vida precisamente porque no sabían ejercer, en el momento decisivo, el arte del silencio conveniente.

Lo que esto revela

El patrón que se describe en estas páginas no es una conspiración. No hay nadie que se reúna en secreto para decidir que la Iglesia debe ser gobernada por laicos sumisos.

El sistema produce ese resultado sin necesidad de intención explícita, simplemente porque las instituciones tienden a perpetuarse eligiendo a quienes las confirman.

Y los mejores laicos —los que más tendrían para dar, los que más desafiarían con su presencia la mediocridad instalada— simplemente se van.

No siempre de la Fe. Muchas veces solo de la parroquia. Y con ellos se va algo que el sistema no sabe medir porque nunca supo valorarlo: la posibilidad de ser, de verdad, una comunidad que piensa.

©catolic.ar — Comisión de Laicos por la Evangelización Católica

La parroquia me formó. También me silenció.

Una confesión laica sobre pertenencia, clericalismo y el talento que la Iglesia nunca convocó

Llevo décadas yendo a la misma parroquia. Conozco las grietas del piso, la cara los monaguillos, recuerdo el nombre de los que ya no están. He visto pasar curas.

Ultimamente. . .

Uno llegó con los ojos encendidos de Francisco, hablando de Iglesia en salida, de periferias, de no esperar que la gente venga sino ir a buscarla.

Después vino otro. Para este, lo central es el rezo, las novenas, la adoración del Santísimo.

Dos hombres, dos eclesiologías, una misma institución que oscila entre ellas sin que nadie le pida cuentas al péndulo.

Me quedé. No por inercia, aunque a veces me pregunto si la diferencia entre fidelidad e inercia no es más delgada de lo que queremos admitir. Me quedé porque uno construye, con los años, algo que solo puede llamarse parroquia-dependencia: una geografía espiritual hecha de hábitos, de rostros conocidos, de un banco que siente como propio aunque nunca lo sea del todo.

Cambiar de parroquia a esta altura sería mudarme de mí mismo.

Pero hay un ejercicio que no puedo seguir postergando: hacer el balance.

La arena entre los dedos

¿Qué me queda, concretamente, de tantos años? Me hago la pregunta con la misma frialdad con que un médico palpa un órgano. No busco drama. Busco verdad.

Y lo que encuentro me inquieta: algo que se escurre. Como arena entre los dedos. Cuanto más aprieto, menos queda. No es que no haya habido momentos reales, encuentros genuinos con lo sagrado, instantes donde la liturgia hizo lo que promete. Los hubo.

Pero en el balance de largo plazo, lo que predomina es una sensación de participación mínima. Estuve. Asistí. Recibí sacramentos. Pero actué poco, construí poco, dejé poco.

Y sé, porque lo he hablado en privado con otros laicos de largo recorrido, que no soy el único.

Cuando se les pregunta con confianza, muchos describen exactamente esto: la sensación de haber sido espectadores de algo que debería haberlos incluido de otra manera.

La pregunta entonces deja de ser personal y se vuelve estructural: ¿fuimos nosotros, o fue el sistema?

El talento que nadie convocó

Tengo talentos. No lo digo con vanidad sino con la certeza sobria de quien se conoce después de setenta años. Tengo capacidad para pensar, para comunicar, para investigar, para interpelar.

He desarrollado esas capacidades durante décadas, en parte gracias a mi Fe, en diálogo con ella, como respuesta a ella.

Nunca pude desplegarlos en mi parroquia.

No porque nadie me lo prohibiera. Sino porque el modelo parroquial predominante en Argentina no tiene lugar para ese tipo de laico.

El modelo que conozco necesita laicos que ayuden: que organicen la rifa, que lleven la comunión a los enfermos, que canten en el coro, que decoren el altar. Todas tareas nobles.

Pero hay otro tipo de participación —la que viene de compartir talentos intelectuales, pastorales, creativos, en genuina sinergia con otros— que la parroquia estructuralmente no convoca porque no sabe qué hacer con ella.

El resultado es un desperdicio silencioso y sistemático que se repite en miles de parroquias.

Décadas de formación, de lecturas, de experiencia vital acumulada en clave de Fe, que no encuentran cauce eclesial.

Que se vierten, cuando mucho, en conversaciones privadas, en grupos de WhatsApp, en blogs que nadie en la estructura institucional lee.

¿Por qué? Porque todo giró siempre alrededor del cura.

El sacerdote como sol. Los laicos como planetas que orbitan, cuya luminosidad es siempre refleja, nunca propia. Un sistema donde los ministerios laicales existen en el papel —el Vaticano II los proclamó, Christifideles Laici los desarrolló, el Directorio para la Catequesis los supone— pero en la práctica concreta de la parroquia de barrio siguen siendo ornamentales o, en el mejor caso, funcionales.

Nunca constitutivos.

Esto tiene nombre: clericalismo. Y Francisco lo denunciaba con una lucidez que sus sus Obispos, curas y parroquias, con mucha frecuencia, siguen ignorando

La pregunta que no es retórica

¿Es el presbítero un mediador entre Dios y los hombres?

La pregunta parece inocente. No lo es.

Si la respuesta es sí en sentido pleno y exclusivo —si el sacerdote es el canal necesario e insustituible entre la criatura y su Creador— entonces el modelo parroquial girocéntrico tiene una justificación teológica.

El sol irradia porque es la única fuente de luz. El laico orbita porque su única opción es recibir.

Pero esa respuesta es teológicamente incorrecta, y la Iglesia lo sabe —aunque su práctica institucional frecuentemente lo contradiga.

El sacerdocio ministerial no absorbe ni reemplaza el sacerdocio común de los fieles. Lumen Gentium lo enseña con una claridad que pocas veces llega a los bancos: el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque difieren esencialmente y no solo en grado, se ordenan el uno al otro (LG 10).

El presbítero preside una comunidad de bautizados que ya son, en virtud de su bautismo, sacerdotes, profetas y reyes. No es el sol: es el que convoca a las luminarias.

El problema no es la teología. La teología está bien escrita desde hace sesenta años.

El problema es la distancia entre el texto y la práctica. Entre lo que afirma L.G. y la reunión del miércoles a la noche donde el cura decide, informa y cierra. Un abismo de distancia

Lo que el péndulo no puede resolver

He visto oscilar el péndulo entre la Iglesia en salida y la Iglesia de adoración.

Ninguno de los dos extremos me convenció del todo, no porque ambos sean falsos —hay verdad en cada uno— sino porque ambos, en su versión parroquial concreta, siguen siendo clerocéntricos.

Cambia el estilo del sol. No cambia la estructura solar.

El cura ad extra sale él, decide él a dónde ir y a quién buscar, convoca a los laicos como voluntarios de su proyecto.

El cura ad intra organiza él la adoración, elige él los tiempos del rezo, diseña él la espiritualidad de la comunidad.

En ambos casos, el laico es un ejecutor —generoso, a veces entusiasta— de una agenda que no codesignó.

Lo que nunca he visto, en décadas, es una comunidad parroquial donde el laico formado sea convocado como tal, en la especificidad de sus talentos, para copensar y codecidir la vida de la Iglesia local.

No como ayudante. Como sujeto. Y sospecho que no soy el único que puede decir esto.

El saldo

Sigo yendo. Seguiré yendo. No porque el modelo me satisfaga, sino porque la Eucaristía no es del cura: es de Cristo.

Los sacramentos no los administra la institución para sí misma: los administra para mí, que soy Iglesia tanto como cualquier ordenado.

Pero el saldo honesto es este: décadas de presencia fiel, y una sensación persistente de haber sido espectador de algo que debería haberme incluido de otra manera. No como queja. Como diagnóstico.

La parroquia me formó, sí. Pero también me contuvo. Y hay una diferencia entre ser formado y ser contenido que la Iglesia argentina todavía no ha terminado de procesar.

La arena que se escurre no es mi Fe. Es algo más difícil de nombrar: el espacio que la Iglesia no supo darme —ni a mí, ni a tantos otros que conozco y que guardan silencio—, y que yo, por fidelidad, por amor, por esa mezcla indescifrable de las dos cosas, nunca reclamé en voz alta.

Hasta ahora.

©Catolic.ar