Todos buscan algo. El problema es cuando la búsqueda se vuelve el destino

Primera entrega de la serie: El Dios que no fabricaste


Hay un tipo de persona que reconocemos cada vez más fácilmente. Medita. No siempre sabe a quién le habla cuando lo hace, pero medita. Cuida lo que come con una atención casi ritual. Busca silencio en un mundo que no para. Tiene en el celular tres aplicaciones de mindfulness y en la mesita de noche un libro sobre budismo zen o sobre el poder del presente. No se define como ateo, pero tampoco como creyente. Dice, con cierta comodidad, que es “espiritual”.

No lo decimos con ironía. Lo decimos con respeto, porque esa persona está haciendo algo que la mayoría evita: tomarse en serio la pregunta de si hay algo más.

Esa búsqueda es antigua. No la inventó Silicon Valley ni la industria del bienestar. Está en el fondo de todas las culturas humanas, en todas las épocas. El hombre busca porque algo en él sabe, o al menos sospecha, que no se explica solo a sí mismo. Que hay una pregunta que su propia vida no alcanza a responder. Que el ruido, por más que lo llene todo, no llena eso.

La novedad no es la búsqueda. La novedad es lo que estamos haciendo con ella.


Buscar sin llegar

Existe hoy una forma de espiritualidad que tiene una característica peculiar: está diseñada para no terminar nunca en ningún lado.

No es un camino hacia algo. Es el camino mismo convertido en destino. Lo sagrado no está al final, está en el tránsito. La experiencia de búsqueda, la sensación de apertura, el momento de paz en la meditación matutina: eso ya es todo. No hay nada más allá que encontrar, porque encontrar algo definitivo sería el fin de la búsqueda, y la búsqueda es lo que da sentido.

Es una postura intelectualmente sofisticada y emocionalmente cómoda. Sofisticada, porque desactiva de antemano cualquier pretensión de verdad: nadie puede decirte que llegaste al lugar equivocado si nunca dijiste a dónde ibas. Cómoda, porque mantiene todas las puertas abiertas y no exige nada concreto. La espiritualidad sin destino es perfectamente compatible con cualquier modo de vida.

Pero hay algo que esta postura no puede decir sin contradecirse: que la búsqueda importa.

Porque si la búsqueda importa, importa por algo. Si meditar es mejor que no meditar, si el silencio dice algo que el ruido no dice, si hay momentos de profundidad que valen más que la superficie, entonces hay una diferencia real entre estar orientado y estar perdido. Y esa diferencia supone que hay una dirección verdadera. Que no todo es igual. Que se puede equivocar el camino.

En otras palabras: que hay algo que encontrar.


El problema del Dios diseñado a medida

Cuando la espiritualidad se organiza en torno a la experiencia personal como criterio único, inevitablemente construye su propio objeto.

Si lo que valida a Dios es cómo me hace sentir, entonces el Dios que busco es el que mejor me hace sentir. Si lo sagrado se mide por la intensidad de mi experiencia interior, entonces lo sagrado es una proyección amplificada de mis propias necesidades y deseos. No lo llamamos así, claro. Lo llamamos “mi espiritualidad”, “mi camino”, “mi conexión con lo superior”.

Pero hay una pregunta que esa arquitectura no puede responder: ¿y si el Dios verdadero no es el que te hace sentir bien?

¿Y si es el que te incomoda? ¿El que llega cuando no lo llamaste? ¿El que pide algo que vos no querías dar? ¿El que tiene un rostro definido, una historia documentada, una comunidad concreta con sus roces y sus límites?

No estamos hablando de sadismo religioso, de un Dios que castiga o que exige sufrimiento como precio de entrada. Estamos hablando de algo más sencillo y más radical: de un Dios que existe independientemente de que vos lo necesites, lo imagines o lo apruebes.

Un Dios que te precede.


Lo que cambia cuando Dios llega primero

Hay una diferencia enorme entre buscar a Dios y ser encontrado por Él. No es una diferencia semántica. Es una diferencia que lo cambia todo.

Si yo busco a Dios, soy el sujeto activo. Yo evalúo las opciones, yo elijo el camino, yo decido cuándo llegué, yo determino los términos. Dios, en este esquema, es el objeto de mi búsqueda. Espera pacientemente a que yo lo encuentre, y tiene la forma que yo le asigno cuando lo encuentro.

Si Dios me busca a mí, los papeles se invierten. Yo no soy el punto de partida ni el criterio. Llego tarde a una historia que empezó antes que yo. Me encuentro interpelado por algo que no construí y que no puedo rediseñar a gusto.

Eso es lo que la tradición cristiana ha dicho desde el principio, con una insistencia que la modernidad encuentra irritante: la iniciativa es de Dios. “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes”, dice el Evangelio de Juan. No como una afirmación de poder arbitrario, sino como una descripción de la estructura real del encuentro.

Y eso tiene consecuencias prácticas muy concretas. Si Dios llegó primero, la religión no es una jaula que limita mi experiencia espiritual. Es la memoria de ese encuentro, transmitida y custodiada a través del tiempo. La liturgia no es un conjunto de ritos vacíos sino la forma en que ese encuentro se hace presente hoy. Los sacramentos no son magia sino puntos de contacto con una realidad que me precede y me excede.

La comunidad, con todo lo que tiene de difícil, de imperfecta, de humana en el peor sentido, no es el obstáculo para la experiencia espiritual auténtica. Es el lugar donde se verifica si lo que experimenté era verdadero o era solo un espejo de mí mismo.


Una pregunta para los dos lados

Si sos de los que buscan espiritualidad y desconfían de la religión, esta serie no viene a decirte que estás equivocado en lo que buscás. Viene a preguntarte si el formato en que lo buscás está a la altura de lo que buscás.

Porque si lo que sentís en los mejores momentos de silencio, de belleza, de conexión con algo más grande, si eso es real, entonces merece algo más que una aplicación de meditación. Merece ser interrogado con seriedad. Merece que te preguntes si ese algo más grande tiene nombre, historia, rostro.

Y si sos de los que están dentro de la Iglesia pero sienten que algo falta, que la práctica religiosa se volvió rutina sin vida, que la espiritualidad se secó, esta serie tampoco viene a darte recetas. Viene a preguntarte si no estás buscando la experiencia en el lugar equivocado, confundiendo la intensidad emocional con la profundidad real.

Ambas búsquedas convergen en el mismo punto: en algún momento, la espiritualidad tiene que chocar con algo que no fabricaste vos. Con alguien que estaba antes. Con una realidad que no se dobla a tus expectativas.

Ese choque no es el fin de la búsqueda. Es el principio de algo mucho más interesante.


En la próxima entrega: la diferencia entre una experiencia de Dios y un encuentro con Dios. Por qué no son lo mismo, y por qué esa diferencia importa más de lo que parece.

©Catolic.ar

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Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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