No llegó a sentarse en la cátedra de Pedro.
No vistió de blanco, no eligió un nombre pontificio ni pronunció el primer Habemus Papam de su pontificado imaginario.
Pero Carlo Maria Martini dejó algo que acaso resulte más incómodo que una herencia de gobierno: la intuición de que una Iglesia puede conservar sus estructuras y, sin embargo, correr el riesgo de perder el fuego que las justifica.
Biblista, jesuita, pastor de Milán y hombre de preguntas difíciles, murió en 2012 después de advertir que el catolicismo necesitaba sacudirse el miedo.
Su historia no es la crónica de un papa frustrado. Es el retrato de una posibilidad eclesial que sigue interpelando al presente.
Por Néstor Ojeda | Catolic.ar
Hay hombres que no llegan a ser papa y, sin embargo, siguen preguntándole a la Iglesia qué hizo con su esperanza
Hay hombres que llegan a Roma para convertirse en papa. Y hay hombres que, sin haberlo sido, permanecen en la memoria de la Iglesia como una pregunta que el tiempo no consigue clausurar.
Carlo Maria Martini pertenece a esa segunda categoría.
Murió el 31 de agosto de 2012, a los 85 años, en Gallarate, al norte de Italia.
Hacía diez años que había dejado el gobierno de la arquidiócesis de Milán.
La enfermedad había debilitado su cuerpo, pero no había conseguido apagar del todo aquella inteligencia inquieta, educada en la paciencia de la Escritura y acostumbrada a descubrir, detrás de las certezas demasiado cómodas, una pregunta que todavía esperaba respuesta.
Había sido rector del Pontificio Instituto Bíblico, rector de la Universidad Gregoriana, cardenal y arzobispo de una de las diócesis más importantes de Europa.
Era un hombre de sólida formación teológica, prestigio internacional y una singular capacidad para conversar con quienes no compartían su fe.
En el cónclave de abril de 2005, después de la muerte de Juan Pablo II, su nombre circuló entre los posibles sucesores. Finalmente, fue elegido Joseph Ratzinger, que tomó el nombre de Benedicto XVI.
La historia siguió su curso. La fumata blanca anunció un pontificado que nadie podía anticipar en toda su complejidad. Martini no fue elegido.
Pero hay derrotas que solo pueden llamarse así si confundimos la historia con sus resultados inmediatos.
Porque la pregunta no es si Martini habría sido un papa mejor que Ratzinger.
Esa comparación, además de imposible de demostrar, empobrecería a ambos.
No conocemos las decisiones que Martini habría tomado, las resistencias que habría encontrado ni las concesiones que quizá habría tenido que hacer.
Tampoco podemos convertirlo retrospectivamente en el protagonista de una Iglesia ideal que nunca existió.
La pregunta es otra, más exigente y más fecunda: ¿qué necesidad de la Iglesia expresaba aquel cardenal para que su nombre representara, para tantos católicos, una posibilidad distinta de futuro?
Quizá la necesidad de una Iglesia que no confundiera fidelidad con inmovilidad.
De una autoridad capaz de escuchar sin abdicar de su responsabilidad.
De una comunidad que se atreviera a mirar de frente las preguntas de la humanidad sin considerar cada interrogante una amenaza.
Martini no tenía todas las respuestas. Precisamente por eso su figura sigue teniendo algo que decir.
Hay hombres que dejan una doctrina. Otros dejan una obra. Algunos dejan instituciones. Y están aquellos que, al marcharse, dejan una pregunta encendida sobre la mesa.
Martini dejó varias.
Un hombre que había aprendido a escuchar antes de pretender enseñar
Para comprenderlo, conviene regresar al comienzo.
Nació en Turín el 15 de febrero de 1927. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1944, cuando tenía diecisiete años, y fue ordenado sacerdote en 1952.
Su vida intelectual quedó profundamente ligada al estudio de la Biblia.
En 1966 obtuvo el doctorado en Sagrada Escritura y, tres años después, asumió la rectoría del Pontificio Instituto Bíblico, cargo que desempeñó hasta 1978.
Ese mismo año fue nombrado rector de la Universidad Gregoriana.
Su trayectoria no fue la de un agitador que llegara a la Iglesia desde sus márgenes para denunciarla. Martini conocía desde dentro su tradición intelectual, sus procedimientos, su teología y sus instituciones.
No era un extraño que reclamaba permiso para hablar: era un hombre formado en el corazón mismo de la tradición católica.
En diciembre de 1979, Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Milán. Tomó posesión de la diócesis en febrero de 1980 y permaneció al frente de ella hasta 2002.
Durante aquellos veintidós años, Milán fue su laboratorio pastoral y humano.
No una abstracción teológica, sino una ciudad concreta, atravesada por transformaciones económicas, conflictos sociales, terrorismo, secularización y nuevas formas de vivir y pensar.
Martini entendió que un obispo no podía limitarse a administrar una institución religiosa. Tenía que aprender a interpretar el tiempo en que le correspondía anunciar el Evangelio.
Por eso promovió la Scuola della Parola, la Escuela de la Palabra, para acercar a los fieles a las Escrituras mediante la lectura orante.
Por eso impulsó la Cátedra de los no creyentes, un espacio de encuentro en el que la fe aceptaba exponerse a preguntas provenientes de quienes no se reconocían creyentes.
La iniciativa contenía una intuición extraordinaria: el no creyente no tenía que ser necesariamente un enemigo al que vencer en una discusión.
Podía ser un interlocutor cuya pregunta ayudara también al creyente a examinar la autenticidad de su propia fe.
¿Qué ocurriría si nuestras comunidades recuperaran esa disposición?
¿Qué sucedería si una parroquia no midiera su vitalidad solamente por la cantidad de actividades, reuniones, celebraciones o publicaciones, sino también por su capacidad de escuchar a quien se fue, de acompañar a quien duda y de reconocer las preguntas que todavía no sabe responder?
¿Y si el primer acto evangelizador no consistiera en preparar una respuesta, sino en aprender a escuchar la pregunta completa?
No se trata de reemplazar el anuncio cristiano por una conversación interminable. Se trata de comprender que el anuncio pierde fuerza cuando quien lo recibe siente que su vida concreta no ha sido escuchada.
La fe cristiana no nació como una oficina de respuestas prefabricadas.
Nació del encuentro con una persona, Jesús de Nazaret, que se detenía ante los hombres, les dirigía preguntas, escuchaba sus gritos y los llamaba por su nombre.
Martini parecía saberlo.
Y acaso por eso comprendió que abrir un espacio al interrogante no significaba cerrar la puerta a la verdad.
Podía significar, por el contrario, preparar el terreno para que la verdad dejara de ser una palabra pronunciada desde lejos y se convirtiera en un encuentro capaz de transformar una vida.
El escándalo de una Iglesia que no teme las preguntas
Hay una forma de ortodoxia que protege la fe porque la arraiga en la verdad revelada. Y existe una tentación diferente: utilizar las certezas como murallas para evitar cualquier examen de conciencia.
Confundir ambas cosas es peligroso.
La Iglesia tiene la responsabilidad de custodiar el depósito de la fe. No puede disolver su identidad en cada cambio cultural ni convertir la aceptación social en criterio último de verdad. El Evangelio no es una mercancía que deba modificarse para conservar clientes.
Pero tampoco puede convertir la custodia de la verdad en una coartada para eludir la realidad.
La fidelidad no dispensa de la conversión. La tradición no es una autorización para dejar de pensar.
La doctrina no convierte automáticamente en evangélico todo procedimiento institucional que se ampare en ella.
Martini habitó esa tensión. Su figura fue interpretada de maneras muy distintas: algunos encontraron en él un renovador necesario; otros desconfiaron de determinadas posiciones suyas, especialmente en asuntos pastorales y morales.
Reducirlo a una bandera de uno u otro bando sería repetir el error que su método de escucha ayudaba a cuestionar.
No era necesario compartir todas sus opiniones para reconocer la legitimidad de sus preguntas.
Tampoco era necesario aceptar todas sus conclusiones para advertir que algunas de sus preocupaciones tocaban heridas reales.
Una Iglesia que escucha a las personas divorciadas y vueltas a casar no tiene por qué renunciar a su comprensión sacramental del matrimonio.
Pero sí debe preguntarse cómo acompaña a esas personas, cómo evita que sus hijos hereden el sentimiento de exclusión y cómo hace visible la misericordia de Dios sin banalizar las exigencias del Evangelio.
Una Iglesia que conversa con los jóvenes no necesita falsificar el cristianismo para resultar atractiva.
Necesita descubrir por qué tantos jóvenes no encuentran en sus comunidades un lugar donde puedan hablar con honestidad de sus dudas, su soledad, sus afectos, sus fracasos y sus esperanzas.
Una Iglesia que escucha a los no creyentes no abandona la misión. Puede descubrir, precisamente allí, los lenguajes, las heridas y las preguntas a través de los cuales esa misión vuelve a hacerse comprensible.
El problema no es que existan interrogantes. El problema comienza cuando la institución se acostumbra a considerarlos una deslealtad.
Y aquí aparece una de las lecciones más difíciles de Martini: una Iglesia segura de la verdad de Cristo debería poder escuchar sin pánico, discernir sin prejuicios y responder sin humillar.
Porque el miedo también puede disfrazarse de celo religioso.
Puede hablar en nombre de la fidelidad mientras evita una conversación incómoda.
Puede defender la autoridad y, al mismo tiempo, debilitar su credibilidad. Puede exigir obediencia sin preguntarse si sus propias decisiones ayudan a las personas a encontrarse con Cristo.
La autoridad espiritual no se demuestra únicamente por la capacidad de establecer límites.
También se manifiesta en la disposición a asumir responsabilidades, reconocer errores y reparar daños.
La pregunta que deja Martini no es si la Iglesia debe cambiar para parecerse al mundo.
Es si está dispuesta a convertirse para parecerse más a Jesucristo.
La última entrevista: cuando un anciano enfermo se atrevió a preguntar si la Iglesia tenía miedo
El 8 de agosto de 2012, pocas semanas antes de morir, Martini mantuvo una conversación con el jesuita Georg Sporschill y Federica Radice.
El texto, revisado y aprobado por el cardenal, fue publicado por Corriere della Sera el 1 de septiembre, al día siguiente de su muerte.
La frase que recorrió el mundo fue brutal en su sencillez:
«La Iglesia se ha quedado atrasada 200 años. ¿Cómo es que no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de coraje?».
No era una declaración pronunciada por un adversario externo, ni una consigna lanzada por alguien que desconociera la vida eclesial.
Era el juicio de un hombre que había dedicado décadas a servirla desde dentro.
Sus palabras no constituyen una medición científica del estado de la Iglesia.
Tampoco deben convertirse en una sentencia universal sobre cada comunidad, cada obispo o cada sacerdote.
Son un diagnóstico personal, severo y deliberadamente provocador. Su fuerza reside en la autoridad moral de quien lo formuló y en las preguntas concretas que obliga a plantear.
Martini hablaba de una Iglesia cansada, de una cultura envejecida, de edificios religiosos grandes y vacíos, de estructuras burocráticas crecientes.
Señalaba una distancia entre las formas institucionales y la vida real de las personas.
Pero su crítica no terminaba en una denuncia de las apariencias.
La pregunta por el cansancio era, en el fondo, una pregunta por el fuego.
¿Qué ocurre cuando una comunidad conserva sus palabras, pero pierde la capacidad de hacerlas arder en el corazón de quienes las escuchan?
¿Qué ocurre cuando se multiplican los documentos y disminuyen los encuentros transformadores?
¿Cuando se perfeccionan los procedimientos, pero se vuelve más difícil encontrar una presencia que escuche sin juzgar de antemano?
¿Cuando una institución sabe explicar lo que cree, pero no siempre consigue mostrar por qué esa fe merece ser vivida?
No todas las comunidades padecen esas dificultades de la misma manera.
Hay parroquias vivas, sacerdotes entregados, religiosas y religiosos que sostienen a los vulnerables, laicos que hacen del Evangelio una fuerza de servicio y familias que transmiten la fe en medio de una cultura indiferente.
Precisamente por respeto a ese testimonio, la pregunta debe formularse sin generalizaciones perezosas.
¿Estamos haciendo todo lo posible para que esas vidas evangélicas dejen de ser excepciones admirables y se conviertan en una fuerza capaz de renovar la experiencia ordinaria de la Iglesia?
Martini no ofreció una receta mágica. No prometió que un cambio de lenguaje, de gobierno o de estructuras resolvería por sí solo la crisis de la transmisión de la fe.
Pero se atrevió a señalar algo que las instituciones suelen reconocer demasiado tarde: la permanencia de una organización no garantiza la vitalidad de su misión.
La Iglesia puede seguir existiendo y necesitar, al mismo tiempo, una profunda conversión.
Puede tener razón en muchas de sus enseñanzas y equivocarse en el modo de presentarlas, acompañar a las personas o ejercer la autoridad.
Puede conservar tesoros espirituales extraordinarios y no conseguir que quienes más los necesitan descubran cómo acceder a ellos.
Puede hablar de esperanza sin advertir que alguien, sentado en el último banco, ha dejado de encontrar razones para esperar.
Y puede llamar a la evangelización mientras no termina de escuchar por qué tantos bautizados se han alejado.
La pregunta de Martini sigue abierta porque no se resuelve con una declaración institucional.
Se responde en la vida cotidiana, en las decisiones pastorales, en el uso del poder, en la transparencia y en la capacidad de acercarse a quienes experimentan la Iglesia como un lugar ajeno.
Hay una diferencia inmensa entre defender una institución y ayudarla a recuperar su alma.
Martini quiso que esa diferencia fuera imposible de ignorar.
El papa que no fue y la tentación de inventar una Iglesia perfecta
Existe, sin embargo, un peligro en la fascinación que despiertan los papas que nunca llegaron a serlo.
La imaginación histórica tiende a concederles una libertad que los papas reales nunca poseen.
A los ausentes no les exigimos decisiones difíciles, no les atribuimos errores de gobierno, no los enfrentamos con las consecuencias imprevistas de sus reformas.
Pueden convertirse en pantallas donde cada generación proyecta sus deseos.
Martini corre ese riesgo.
Si hubiera sido elegido en 2005, ¿habría modificado sustancialmente el gobierno de la Curia romana? ¿Habría impulsado otras respuestas ante las crisis de confianza? ¿Habría logrado una relación diferente con el mundo contemporáneo? ¿Habría podido transformar las estructuras que criticaba?
No lo sabemos.
La Iglesia no es solamente la expresión de las convicciones de un hombre.
Es una comunión universal, con tradiciones, culturas, conflictos, responsabilidades doctrinales y millones de vidas concretas.
Un pontificado no es un ensayo de autor en el que todas las ideas del protagonista se convierten automáticamente en realidad.
Martini habría tenido que gobernar. Habría tenido que elegir prioridades, nombrar colaboradores, enfrentar resistencias, negociar tiempos y discernir las consecuencias de sus decisiones.
Quizá habría sorprendido a sus admiradores. Quizá habría decepcionado a algunos de quienes lo consideraban una esperanza. Quizá determinadas preguntas habrían encontrado respuestas distintas de las que hoy imaginamos.
Reconocerlo no disminuye su figura. La devuelve a su dimensión humana.
Y, sobre todo, evita que utilicemos su nombre como un arma contra otros pontificados.
La historia de la Iglesia no necesita un papa ficticio para que podamos examinar las insuficiencias de sus papas reales.
Tampoco necesita descalificar a Benedicto XVI para reconocer la importancia de las preguntas de Martini.
Ratzinger y Martini representaban trayectorias intelectuales y sensibilidades pastorales diferentes en aspectos importantes, aunque compartían una formación teológica rigurosa y una preocupación por la fe cristiana.
No hace falta convertirlos en caricaturas enfrentadas para comprender que la Iglesia contiene tensiones legítimas sobre cómo custodiar la verdad, interpretar la cultura y anunciar el Evangelio.
El verdadero contrafáctico no consiste en imaginar que Martini habría solucionado todo.
Consiste en preguntarnos qué habría ocurrido si algunas de sus preguntas hubieran encontrado una recepción más profunda y sostenida, no solo entre los dirigentes, sino también en las parroquias, las comunidades religiosas, los seminarios y los espacios de formación laical.
¿Qué prácticas pastorales habrían cambiado? ¿Qué heridas se habrían atendido antes? ¿Qué interlocutores habrían encontrado una puerta abierta? ¿Qué errores se habrían reconocido con mayor rapidez?
No podemos responder con certeza.
Pero podemos examinar esas preguntas en el presente. Y eso es mucho más útil que coronar retrospectivamente a un hombre muerto.
La Biblia abierta sobre la mesa: la revolución silenciosa que Martini consideraba indispensable
Hay un aspecto de su vida que no debería quedar eclipsado por las especulaciones sobre el cónclave: Martini fue, ante todo, un hombre de la Palabra.
Su trayectoria como biblista no fue un simple antecedente académico de su actividad pastoral.
Fue una clave de su manera de comprender la misión.
Promovió la lectura orante de la Escritura porque entendía que la renovación cristiana no podía limitarse a reorganizar las instituciones.
Necesitaba volver a las fuentes que alimentan la fe.
Aquí se encuentra una paradoja decisiva.
La Iglesia no tiene que inventar un Evangelio nuevo para recuperar la capacidad de hablar al mundo.
Necesita permitir que el Evangelio vuelva a interrogarla.
La Palabra de Dios no es un repertorio de frases para confirmar decisiones tomadas de antemano. Tampoco es un adorno piadoso que se añade a una reunión para darle legitimidad religiosa.
Es una palabra viva que consuela y desinstala, que promete y exige, que revela el amor de Dios y descubre las zonas de nuestra vida que todavía se resisten a ese amor.
El Evangelio no halaga a los poderosos por el hecho de ser poderosos.
No llama bienaventurados a quienes acumulan prestigio eclesial.
No convierte el éxito institucional en prueba automática de fidelidad.
Jesús se acercó a enfermos, pecadores, pobres y personas consideradas impuras.
Se dejó interrumpir. Comió con quienes despertaban sospechas. Denunció la hipocresía religiosa.
Y reservó algunas de sus palabras más duras para quienes convertían la observancia en una carga para los demás mientras evitaban examinar su propia conducta.
La pregunta, entonces, no es si la Iglesia debe conservar la Palabra.
Es si acepta que la Palabra la juzgue también a ella.
¿Puede una comunidad escuchar las bienaventuranzas sin revisar sus criterios de éxito?
¿Puede proclamar el perdón sin aprender a reparar?
¿Puede anunciar que Dios busca al perdido mientras trata la ausencia de sus fieles como un problema meramente estadístico?
¿Puede hablar de fraternidad sin construir espacios donde el más débil tenga voz?
La renovación que nace de la Escritura no consiste en adaptar a Jesús a nuestras preferencias.
Consiste en permitir que Jesús cuestione nuestras preferencias.
Por eso la propuesta de Martini no debería leerse como una invitación a elegir entre tradición y novedad, entre doctrina y pastoral, entre verdad y misericordia.
La cuestión es más profunda: ¿cómo lograr que la verdad cristiana vuelva a ser experimentada como una noticia capaz de iluminar la existencia, y no solamente como un conjunto de afirmaciones que hay que aceptar desde fuera?
Una Iglesia que pone la Biblia en el centro no tiene garantizada la renovación. También puede leerla de manera rutinaria, instrumental o superficial.
Pero sin el encuentro vivo con la Palabra, cualquier reforma corre el riesgo de convertirse en administración del declive.
La Iglesia no necesita menos Evangelio para alcanzar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Necesita un Evangelio que vuelva a ser escuchado, encarnado y anunciado con la audacia de quien cree que allí hay una vida que merece ser compartida.
Los que se fueron, los que nunca llegaron y los que siguen esperando
Si Martini viviera hoy, no sería honesto atribuirle opiniones sobre cada problema contemporáneo sin acudir a sus escritos y declaraciones.
Pero sí podemos trasladar algunas de sus preguntas al escenario actual y someter nuestras prácticas a su exigencia.
Pensemos en los jóvenes.
Muchos viven en un mundo de conexiones permanentes y soledades difíciles de confesar.
Reciben cantidades abrumadoras de información, pero no siempre encuentran orientación.
Están expuestos a discursos que prometen éxito y reconocimiento mientras conviven con la incertidumbre sobre el futuro, la fragilidad de los vínculos y la dificultad de construir una vida con sentido.
¿Con qué palabras les hablamos?
¿Les ofrecemos un cristianismo capaz de dialogar con sus preguntas reales o esperamos que primero aprendan nuestro vocabulario?
¿Les presentamos a Jesús como una presencia que puede transformar la vida o como una obligación cultural heredada?
¿Les damos espacio para equivocarse, volver a empezar y descubrir una vocación, o confundimos la madurez cristiana con la ausencia de conflictos?
No todos los jóvenes están alejados de la fe.
No todas las comunidades son incapaces de escucharlos. Hay experiencias extraordinarias de servicio, oración, fraternidad y búsqueda espiritual.
Pero la pregunta permanece: ¿cómo hacemos para que esas experiencias no dependan únicamente del carisma excepcional de una persona o de un encuentro ocasional?
Pensemos también en los bautizados que dejaron de participar en la vida eclesial.
Algunos se alejaron por indiferencia. Otros por experiencias dolorosas. Algunos encontraron respuestas en otros lugares.
Otros no encontraron ninguna respuesta y aprendieron a vivir sin formular las preguntas que alguna vez los llevaron a la Iglesia.
No corresponde idealizar sus decisiones ni suponer que todas las responsabilidades pertenecen a la institución. La libertad humana es real y la fe no puede imponerse.
Pero tampoco corresponde atribuir automáticamente el alejamiento a una falta individual de compromiso.
Una Iglesia que quiere anunciar el Evangelio debe estar dispuesta a preguntar qué ocurrió en el camino, qué heridas no fueron escuchadas, qué lenguaje dejó de comunicar y qué formas de acompañamiento podrían ayudar a reconstruir la confianza.
Y pensemos, finalmente, en quienes nunca se sintieron convocados.
Personas que consideran que la Iglesia no tiene nada que decirles.
Trabajadores preocupados por su subsistencia. Familias que atraviesan conflictos. Personas solas, enfermas o mayores.
Hombres y mujeres que buscan justicia, belleza, verdad o una razón para seguir adelante, aunque no sepan nombrar esa búsqueda como una búsqueda de Dios.
¿Puede la comunidad cristiana encontrarse con ellos sin exigirles que se conviertan inmediatamente en una versión anticipada del creyente que espera recibir?
Evangelizar no significa ocultar la identidad cristiana para evitar incomodar.
Significa entrar en relación de tal manera que el anuncio de Jesucristo pueda ser escuchado como una invitación y no como una condena pronunciada desde lejos.
La Iglesia no existe para confirmar que los que están dentro tienen razón acerca de los que están fuera.
Existe para anunciar la salvación que ha recibido y para servir, con humildad, a una humanidad que Dios ama.
La misión comienza cuando el otro deja de ser una categoría pastoral y recupera su rostro.
El coraje de cambiar sin traicionar; la fidelidad de permanecer sin endurecerse
A veces se presenta el debate eclesial como una elección entre dos alternativas irreconciliables: cambiar o permanecer fieles.
Es una falsa disyuntiva.
Hay cambios que pueden debilitar la identidad cristiana y permanencias que la custodian.
Pero también hay cambios necesarios para que una misión continúe siendo posible y costumbres que sobreviven por inercia, aunque hayan dejado de servir adecuadamente a esa misión.
El discernimiento exige algo más difícil que elegir un bando.
Exige distinguir.
Distinguir entre el Evangelio y las formas históricas con las que lo anunciamos.
Entre la doctrina y nuestras interpretaciones particulares.
Entre la autoridad legítima y el uso abusivo del poder.
Entre la prudencia y el miedo.
Entre la paciencia pastoral y la indiferencia ante el sufrimiento.
Entre la apertura al diálogo y la renuncia a la verdad.
No todas estas distinciones son sencillas. Algunas requieren estudio, oración, escucha, debate teológico y decisiones prudentes.
Otras exigen algo menos sofisticado, pero no menos difícil: reconocer el daño causado y dejar de justificarlo.
La reforma eclesial no puede reducirse a una consigna de apertura ni a una defensa automática de lo existente.
Una Iglesia que solo cambia para obtener aprobación social termina dependiendo del juicio de quienes la rodean.
Una Iglesia que se niega a revisar sus prácticas puede terminar confundiendo sus propios hábitos con la voluntad de Dios.
Ambas corren el riesgo de perder libertad.
La libertad cristiana no consiste en hacer cualquier cosa.
Consiste en estar suficientemente arraigados en Cristo como para no necesitar defender cada costumbre, cada privilegio o cada decisión como si de ello dependiera la existencia misma de la fe.
Aquí la figura de Martini recupera su profundidad.
No porque podamos convertirlo en árbitro definitivo de todos los debates, sino porque su trayectoria recuerda que la fidelidad y la inteligencia no son enemigas, que la Escritura puede iluminar preguntas difíciles y que el diálogo no tiene por qué ser una capitulación.
La Iglesia necesita hombres y mujeres capaces de pensar sin despreciar la tradición, de escuchar sin perder la identidad, de corregir sin humillar y de ejercer autoridad sin convertirla en un refugio contra la crítica.
Necesita pastores que no teman las preguntas porque saben que su misión no consiste en protegerse a sí mismos, sino en servir a Cristo y al pueblo que se les ha confiado.
Necesita laicos que no deleguen toda responsabilidad en el clero, que estudien, disciernan, propongan, sirvan y asuman su lugar en la vida de la comunidad.
Necesita instituciones capaces de evaluar sus frutos, aprender de sus errores y reconocer que ninguna estructura, por antigua que sea, está dispensada de la conversión.
Y necesita recordar que la renovación no se mide solamente por los cambios visibles.
También se mide por la calidad de la oración, la honestidad intelectual, la justicia en las relaciones, la cercanía a los vulnerables y la capacidad de suscitar una fe libre, adulta y misionera.
¿Qué habría hecho Martini con el poder? La pregunta que también debemos hacernos nosotros
La tentación de imaginarlo como papa suele detenerse en las grandes reformas.
Pero quizá convenga formular una pregunta menos espectacular y más reveladora.
¿Qué habría hecho Martini con el poder que habría recibido?
No podemos saberlo.
Sí sabemos que su trayectoria estuvo marcada por el estudio, la predicación, la escucha y la búsqueda de diálogo.
También sabemos que gobernó una gran arquidiócesis durante más de dos décadas y que conoció desde dentro las responsabilidades y las limitaciones del ministerio episcopal.
La pregunta por el poder, sin embargo, no pertenece solamente a los papas.
Atraviesa cada nivel de la vida eclesial.
¿Qué hace un sacerdote cuando alguien cuestiona una decisión suya?
¿Qué hace un obispo cuando una denuncia compromete a personas cercanas?
¿Qué hace una institución cuando reconocer un error puede afectar su prestigio?
¿Qué hace un responsable laico cuando descubre que su autoridad puede servir a otros, pero también alimentar su propia necesidad de reconocimiento?
La conversión institucional comienza cuando el examen de conciencia deja de aplicarse únicamente a los individuos más débiles.
El Evangelio no permite que la autoridad se convierta en una propiedad privada.
La autoridad cristiana es un servicio, y su legitimidad espiritual no puede separarse de la responsabilidad que implica.
Esto no significa que todo cuestionamiento sea justo, que toda acusación sea verdadera ni que gobernar consista en complacer a cada interlocutor. La justicia exige procedimientos, pruebas, prudencia y respeto por las personas.
Significa que ninguna institución puede considerarse por encima de la obligación de dar razones, escuchar objeciones y corregir lo que corresponda.
La credibilidad de la Iglesia no depende de que nunca aparezcan problemas. Depende también de cómo los enfrenta.
Un error reconocido puede abrir un camino de reparación. Un error encubierto puede multiplicar la herida.
Una autoridad que escucha puede descubrir una verdad incómoda. Una autoridad que solo admite la obediencia corre el riesgo de quedarse rodeada de silencios.
Quizá la pregunta más incisiva que deja Martini sea esta: ¿cuánta energía dedica la Iglesia a defender su imagen y cuánta a verificar que sus prácticas sean coherentes con el Evangelio que anuncia?
No es una pregunta exclusiva para Roma.
Es una pregunta para cada diócesis, cada parroquia, cada movimiento, cada institución educativa y cada comunidad cristiana.
También para cada uno de nosotros.
Porque sería demasiado cómodo utilizar a Martini para denunciar las limitaciones de los demás sin permitir que su voz examine nuestras propias responsabilidades.
El hombre que regresó a Jerusalén para estudiar, orar y esperar
En septiembre de 2002, después de dejar el gobierno de Milán, Martini se trasladó a Jerusalén.
Quería retomar sus estudios bíblicos y dedicarse también a la oración por la paz y por la humanidad en una ciudad herida por conflictos históricos y religiosos.
La decisión contiene una imagen que merece ser contemplada.
Un hombre que había ejercido responsabilidades de enorme visibilidad, que había sido considerado por muchos una posible figura de alcance universal, se retiraba para volver a los textos, a la oración y a una ciudad que parecía concentrar algunas de las contradicciones más dolorosas de la historia humana.
No es necesario romantizar su retiro ni atribuirle intenciones que no conocemos.
Basta con reconocer que aquella etapa estuvo ligada a su vocación intelectual y espiritual.
Jerusalén no es una metáfora fácil.
Es una ciudad real, con habitantes reales, heridas reales y una complejidad que ningún eslogan puede resolver. Para un biblista cristiano, volver allí significaba también habitar el espacio en el que las Escrituras encuentran su geografía, su historia y sus tensiones.
Martini regresó a Italia en 2008, cuando el deterioro de su salud hizo necesario continuar allí sus cuidados.
La enfermedad fue reduciendo sus posibilidades físicas. Su última entrevista, sin embargo, mostró que todavía conservaba la voluntad de interpelar a la Iglesia.
En aquella conversación final no presentó un programa de gobierno. No enumeró reformas que debían ejecutarse durante los primeros cien días de un pontificado imaginario.
Habló del cansancio, del miedo, de la fe y del amor.
Y dejó una pregunta que desborda cualquier disputa entre corrientes eclesiales: «¿Qué puedes hacer tú por la Iglesia?».
La pregunta es extraordinaria porque invierte la dirección habitual de nuestras quejas.
Con frecuencia preguntamos qué debe hacer la Iglesia por nosotros, qué tendría que cambiar su jerarquía, qué reformas debería aprobar el próximo papa, qué decisiones deberían adoptar los obispos y qué respuestas tendrían que ofrecer los sacerdotes.
Muchas de esas preguntas son legítimas. La responsabilidad de quienes gobiernan no desaparece porque los fieles también tengan deberes.
Pero Martini nos obliga a completar el interrogante.
¿Qué estamos dispuestos a hacer nosotros?
No para sustituir a los responsables ni para absolver a las instituciones. No para convertir la obediencia en silencio. Sino para reconocer que la Iglesia no es una empresa ajena a la que los bautizados compran servicios religiosos.
Es una comunidad de personas llamadas a seguir a Jesucristo, cada una desde su vocación, sus capacidades y sus responsabilidades.
La renovación no puede depender exclusivamente de un papa, por lúcido que sea.
Ningún pontífice puede escuchar todas las conversaciones, acompañar todas las heridas, formar todas las conciencias ni convertir personalmente cada comunidad en un lugar de encuentro.
Puede orientar, enseñar, corregir, gobernar y ofrecer un testimonio decisivo. Pero la vida de la Iglesia se juega también en las decisiones de millones de personas que nunca aparecerán en los titulares.
En la mujer que acompaña a una vecina sola. En el sacerdote que escucha una historia dolorosa sin precipitarse a juzgar.
En el joven que descubre que la fe no le exige dejar de pensar.
En el catequista que se prepara con seriedad.
En el empresario que comprende que la justicia no termina en el cumplimiento formal de un contrato. En el laico que deja de esperar invitaciones y asume responsablemente su misión.
La Iglesia que Martini soñaba no puede reconstruirse únicamente desde Roma.
Tiene que nacer también desde abajo, en la vida concreta de quienes deciden que el Evangelio no será para ellos una identidad defensiva, sino una forma de vivir.
El papa que no fue y la Iglesia que todavía puede ser
Carlo Maria Martini no fue elegido sucesor de Pedro.
No podemos afirmar que el rumbo de la Iglesia habría sido radicalmente distinto si hubiese ocupado ese lugar.
Tampoco sabemos qué reformas habría podido impulsar, qué obstáculos habría encontrado ni cuáles de sus intuiciones habrían resistido la prueba del gobierno universal.
Lo que sí podemos afirmar es que su figura dejó una herencia intelectual, pastoral y espiritual que sigue invitando a pensar.
Nos recordó la centralidad de la Escritura. Promovió espacios de diálogo con los no creyentes. Hizo de la escucha una dimensión de la misión pastoral. Y, al final de su vida, formuló una crítica severa a una Iglesia que consideraba cansada y temerosa.
Su legado no consiste en ofrecer una respuesta definitiva a cada problema del catolicismo contemporáneo. Consiste en impedir que algunas preguntas sean descartadas por resultar incómodas.
La Iglesia necesita custodiar la verdad recibida, pero también examinar cómo la anuncia.
Necesita conservar su identidad, pero no utilizarla como excusa para ignorar las heridas humanas.
Necesita autoridad, pero una autoridad que recuerde su naturaleza de servicio.
Necesita estructuras, pero estructuras que estén al servicio de la misión y no se conviertan en fines en sí mismas.
Y necesita, sobre todo, recuperar la conciencia de que la fe cristiana no se sostiene por la nostalgia de un pasado ni por la ansiedad de resultar moderna.
Se sostiene en el encuentro con Jesucristo, muerto y resucitado, y en la vida nueva que ese encuentro hace posible.
Todo lo demás debe ser examinado a la luz de ese centro.
La pregunta por Martini no es, entonces, si el cónclave de 2005 cometió un error al no elegirlo. No tenemos elementos para convertir esa hipótesis en una conclusión histórica.
La pregunta es si la Iglesia ha sabido aprovechar la oportunidad que su testimonio representó.
¿Ha aprendido a escuchar mejor a quienes se alejaron?
¿Ha conseguido que la lectura de la Biblia transforme más profundamente la vida ordinaria de sus comunidades?
¿Ha encontrado modos de ejercer la autoridad que unan firmeza y humildad?
¿Ha sabido distinguir entre las exigencias irrenunciables del Evangelio y las formas humanas que necesitan ser revisadas?
¿Ha logrado que sus estructuras sean más transparentes, más misioneras y más cercanas a quienes sufren?
No hay una respuesta única para toda la Iglesia universal.
Hay experiencias fecundas, procesos en marcha, resistencias, retrocesos y tareas pendientes. El discernimiento exige mirar esa realidad sin idealizarla ni condenarla en bloque.
Pero la pregunta permanece.
Y quizá esa sea la verdadera fuerza de Martini: no permitirnos descansar en una respuesta que nos absuelva de la responsabilidad de buscar.
La fumata que nunca fue blanca
En abril de 2005, la historia eligió otro camino. Joseph Ratzinger fue elegido papa y asumió el nombre de Benedicto XVI.
Carlo Maria Martini regresó a la condición de cardenal, pastor emérito y estudioso de la Palabra.
No hubo una fumata blanca para él.
Pero el humo de aquel cónclave no puede contener toda la historia de la Iglesia, ni una elección pontificia agota las posibilidades de renovación de una comunidad que atraviesa los siglos.
Los papas pasan.
Sus decisiones dejan consecuencias, sus intuiciones abren caminos y sus errores también forman parte de la historia.
La Iglesia, mientras tanto, sigue enfrentada a la exigencia de anunciar a Cristo en circunstancias que ninguna generación puede controlar por completo.
Martini no fue el papa que algunos imaginaron.
Fue un hombre que dedicó su vida al estudio de la Escritura, al ministerio episcopal y a la búsqueda de una relación más profunda entre la fe y las preguntas de su tiempo.
Fue también un cardenal que, al final de sus días, se negó a confundir el amor a la Iglesia con el silencio sobre sus problemas.
Tal vez por eso su figura sigue despertando interés: porque nos recuerda que la fidelidad puede expresarse también mediante preguntas dolorosas, siempre que nazcan del deseo de servir y no del placer de destruir.
Pero sería injusto reducir su legado a una crítica institucional.
Martini no nos dejó solamente la imagen de una Iglesia cansada.
Nos dejó el recuerdo de un pastor que abrió espacios para la Palabra, el diálogo y la búsqueda. No señaló únicamente lo que podía estar fallando.
Dedicó una parte sustancial de su vida a crear experiencias que intentaban responder a esas dificultades.
Esa diferencia importa.
Porque denunciar una crisis es relativamente sencillo.
Mucho más difícil es construir una alternativa, sostenerla durante años, escuchar a quienes piensan distinto y aceptar que ninguna reforma está libre de límites.
La Iglesia que todavía puede ser no será la Iglesia imaginaria de un papa que nunca existió.
Será la Iglesia real que consiga aprender de sus mejores testigos sin convertirlos en ídolos, que escuche las preguntas sin renunciar al discernimiento, que reconozca los errores sin avergonzarse de la verdad y que ponga la misericordia en el centro de su modo de vivir.
Será una Iglesia que no mida su fortaleza por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad de atravesarlos sin perder a Cristo de vista.
Una Iglesia que no tema entrar en conversación con el mundo porque sabe que su misión no consiste en conquistar prestigio, sino en servir a la salvación de los hombres.
Una Iglesia que no confunda el ruido con la evangelización ni la visibilidad con la fecundidad.
Que sepa estar presente en la vida pública, pero que no olvide la soledad de una habitación, el sufrimiento de una familia, la incertidumbre de un joven y la esperanza frágil de quien vuelve a buscar a Dios después de muchos años.
Una Iglesia que no viva mirando hacia atrás con nostalgia ni hacia adelante con ansiedad, sino que aprenda a discernir, en cada tiempo, cómo seguir a su Señor.
Y aquí la historia vuelve a interpelarnos.
Quizá el problema nunca haya sido solamente que Martini no llegara a ser papa.
Quizá el problema sería que, para renovar la Iglesia, siguiéramos esperando la aparición de un hombre extraordinario que hiciera por todos nosotros aquello que estamos llamados a comenzar juntos.
Un Papa puede abrir puertas. No puede atravesarlas en nombre de todos.
Un obispo puede convocar a la conversión. No puede convertirse en lugar de cada uno.
Un biblista puede ayudarnos a escuchar la Palabra. No puede responder por nosotros cuando esa Palabra pregunta qué hemos hecho con nuestra vida.
Y un cardenal puede advertir que la Iglesia tiene miedo. Pero no puede devolverle el coraje si cada uno de nosotros prefiere la comodidad del silencio.
Martini no fue el papa que algunos esperaban.
Pero sigue siendo un testigo que nos obliga a preguntarnos qué hacemos con la Iglesia que hemos recibido y qué Iglesia estamos dispuestos a dejar a quienes vendrán después.
La historia no nos permite saber qué habría ocurrido bajo su pontificado imaginario.
El presente, en cambio, nos permite decidir qué haremos con sus preguntas.
Y quizá allí, lejos de la Capilla Sixtina, lejos de los cálculos de un cónclave y de las especulaciones sobre quién habría sido el mejor sucesor de Pedro, se encuentre la parte más exigente de su legado.
No en el papa que no fue.
Sino en la Iglesia que todavía podemos ayudar a ser.
Porque el humo de una fumata se disipa. Los nombres de los papas quedan escritos en los libros. Los pontificados se convierten en capítulos de la historia.
Pero una pregunta evangélica, cuando encuentra una conciencia dispuesta a escucharla, puede seguir ardiendo durante generaciones.
¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de coraje?
La pregunta de Martini no necesita otro cónclave.
Necesita una Iglesia que se atreva a responderla con su vida.
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