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La casa de Narciso y de Goldmundo

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Hugo en su consultorio

Hay un libro que cuenta la historia de mi vida, aunque su autor nunca pisó mi parroquia.

Se llama Narciso y Goldmundo y lo escribió Hermann Hesse. Lo cuento primero como se cuenta una parábola; después diré por qué es mía.

A Mariabronn llegó un muchacho al que su padre dejó en el monasterio para que expiara una vergüenza.

La vergüenza tenía nombre de madre: una mujer que había bailado, que se había ido, a la que en la casa no se nombraba.

El chico, Goldmundo, de pelo dorado y gesto amable, aprendió a ser el alumno ejemplar.

Aprendió, sobre todo, a olvidar.

Lo vio uno solo.

Narciso, joven maestro de griego, hombre de espíritu y de orden, le dijo lo que ningún superior se animaba a decirle: que no había nacido para el claustro, que su lugar estaba del lado de la tierra, del cuerpo, de la madre.

Pocos pastores de hoy protagonizarían esa escena.

Un guía que, en lugar de retener, libera.

Dos caminos hacia el mismo Dios

Hesse los puso frente a frente en 1930.

Narciso es la inteligencia, la regla, la disciplina que ordena el mundo.

Goldmundo se va: ama, camina, pasa hambre, conoce la peste y la muerte, y se hace escultor.

Ninguno es el villano.

Cada uno lleva su sombra, la sequedad el primero, el extravío el segundo, y cada uno guarda una verdad que el otro necesita.

Una Iglesia de puros Narcisos se vuelve archivo.

Una de puros Goldmundos, camino sin casa.

La obra de Goldmundo

En ese camino Goldmundo aprende el oficio con el maestro Niklaus y talla una Madonna.

Pero su sueño mayor es otro: dar forma a la Madre original, la Eva de todo lo vivo, y esa obra nunca llega a terminarla.

Lo mejor que sale de sus manos es un San Juan inspirado en Narciso.

El hombre que se perdió termina tallando a un santo con el recuerdo de su amigo.

La belleza, que parecía conducir a la perdición, conduce a lo sagrado.

El católico no se asombra: Dios no despreció la carne, se hizo carne.

Hesse, que no era católico, lo intuyó con instinto de artista.

Lo que él deja como tensión, la fe lo reconcilia en una Persona.

Yo conozco a Goldmundo por dentro

Obtuve una nulidad matrimonial para poder casarme con la mujer con la que hoy comparto la vida.

Durante mucho tiempo me midieron, sin decirlo, con la vara de quienes creen que la fe se hereda como un pedigrí y se prueba con papeles.

Nadie me lo dijo de frente. Se dice bajo cuerda lo que no se sostiene a la luz.

Y hubo un momento, más oscuro que todas las críticas, en que estuve de verdad como el hijo de la parábola: en el chiquero, comiendo algarrobas con los chanchos.

Allí me encontró Hugo.

Era podólogo, ya en el otoño de su vida, y su consultorio era mucho más que un consultorio.

El sillón, que era para los pies, lo usaba sobre todo para que sus visitantes se pusieran cómodos.

Por allí desfilaban monjas, curas, deprimidos, matrimonios a punto de romperse, gente en dificultades de toda naturaleza.

Hugo tenía el don de consejo.

Escuchaba con atención y con una dulce mirada, y cuando hablaba ya no era el podólogo: lo habitaba el Espíritu Santo.

El visitante salía distinto, ya no huérfano, ya no en un callejón sin salida, sintiendo muy adentro que Dios le había dado una nueva oportunidad.

La primera vez que nos vimos yo estaba angustiado, y le pregunté sin rodeos: ¿Dios existe?

No me dio un argumento ni una cita. Me contestó con una seguridad que no era soberbia sino paz:

«Quedate tranquilo, Dios existe».

Hay frases que valen más que una biblioteca.

Hugo no me trajo una norma ni un reproche: me trajo misericordia, que no es lo contrario de la verdad sino su forma más difícil.

Me mostró la misericordia de Dios y me volvió a catequizar como a un niño, con paciencia, sin humillarme.

Hugo fue mi Narciso.

Sabía mucho, pero lo que me salvó fue lo que hizo con lo que sabía.

Decía, con sabiduría, que si la jerarquía de una parroquia o de una diócesis le impedía a uno evangelizar, hablar libremente de Jesús, su consultorio era simplemente una cantera de evangelización.

Yo lo vi: no hacía falta púlpito ni permiso, alcanzaba con un sillón.

El que vuelve

Goldmundo regresa a Mariabronn herido por la vida.

Narciso, ya abad, había intervenido para conseguirle un indulto; ahora lo recibe y le da un taller donde trabajar.

No lo hace monje: lo deja ser lo que es, bajo el mismo techo.

Es el padre de la parábola corriendo por el camino, no un tribunal que evalúa.

Y entonces ocurre lo más hondo del libro.

Ya moribundo, Goldmundo le pregunta a su amigo cómo morirá un hombre que nunca tuvo madre.

El hombre del espíritu descubre su pobreza: se creía rico y vivió con menos vida que el vagabundo.

El maestro aprende del discípulo.

La pregunta que nos queda

La novela cierra con una reconciliación más estética que sacramental, y hay que decirlo con honestidad: Hesse no nos da la gracia, nos da la nostalgia de ella.

Pero esa nostalgia es una acusación, y la Iglesia haría bien en oírla.

¿Hay lugar, en nuestras parroquias y diócesis, para los Goldmundos?

Para el que se equivocó, para el que volvió a empezar, para el que regresa con las manos vacías.

¿Hay Narcisos capaces de decir a alguien «tu camino no pasa por aquí» sin quebrarlo, y años después abrir la puerta sin pedir cuentas?

¿Cuántos Hugos nos faltan?

Cristo lo dijo sin rodeos: no son los sanos los que necesitan médico.

Una Iglesia que solo cuida el pedigrí termina siendo un criadero: mucho linaje y ningún hogar.

Una Iglesia que sale al camino, que se ensucia, que corre hacia el que vuelve, se parece por fin a la casa del Padre.

El espíritu sin vida se seca. La vida sin espíritu se pierde.

Pero hay casas donde los dos tienen lugar.

Yo conocí una: tenía un sillón de podólogo y nadie salía de ella huérfano.

Que nunca falten Hugos.

Nota: Narciso y Goldmundo, fue un libro escrito por Hermann Hesse, premio Nobel de Literatura 1946

©Catolic.ar

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