Hay silencios que son virtud y silencios que son herida.
Desde afuera se parecen mucho: alguien sabe algo, o piensa algo, o ha visto algo, y no lo dice.
La diferencia está adentro, en la razón del callar. Se puede callar por fidelidad, se puede callar por miedo y se puede callar porque otro, con autoridad, lo ha impuesto.
Esta nota intenta distinguir esas tres razones y preguntarse cuál de ellas pesa hoy sobre quien menos voz tiene en la Iglesia: el laico.
El silencio que nació de la obediencia
Conviene empezar por los grandes silencios obedientes del siglo XX, porque en ellos el silencio no fue cobardía. Fue una forma, dolorosa, de amar a la Iglesia.
Pierre Teilhard de Chardin, jesuita y científico, fue apartado de la enseñanza en 1925 y obligado a suscribir un conjunto de proposiciones. Pasó casi veinte años lejos de Europa, sobre todo en China, y sus obras mayores no se publicaron mientras vivió. Murió en Nueva York, el domingo de Pascua de 1955.
Hay un detalle que merece subrayarse: dejó sus escritos en manos de una mujer católica, una laica.
Su pensamiento llegó al mundo a través de ella.
Henri de Lubac fue alejado de Lyon en 1950 y sus libros se retiraron de las bibliotecas de su orden.
Él mismo llamaría “años oscuros” a lo que siguió, casi una década.
Juan XXIII lo llamó en 1960 a trabajar para el Concilio, y Juan Pablo II lo hizo cardenal en 1983, con ochenta y siete años.
Yves Congar, por su parte, vio prohibidas sus reediciones y traducciones en 1952 y debió someter sus textos a censura previa. Años después, ocho de los dieciséis documentos del Concilio llevaban su aporte. En una frase que se le atribuye, solo una vez le habían negado el derecho a predicar: los nazis, en 1941.
El patrón se repite con una regularidad casi cruel: silencio, reivindicación tardía y, a veces, honores concedidos por la misma Iglesia que los había apartado.
Arrupe: el silencio del que ya no podía hablar
El caso más tocante quizá sea el de Pedro Arrupe, general de los jesuitas entre 1965 y 1983.
Juan Pablo II había manifestado en 1979 su preocupación por la orientación de la Compañía.
En agosto de 1981 Arrupe sufrió un derrame cerebral que le quitó el habla y la movilidad. Fue entonces cuando el papa nombró a Paolo Dezza como superior interino, junto a Giuseppe Pittau como delegado, en lugar del sucesor que Arrupe prefería.
Las fuentes difieren sobre cuánta resistencia hubo. Algunas hablan de rechazo, otras de obediencia sin objeciones, y es un punto que conviene verificar antes de publicar con certeza.
Lo seguro es lo que ocurrió después. En 1983, ya en silla de ruedas, Arrupe presentó su renuncia ante la Congregación General, la primera de un general jesuita.
Su mensaje lo leyeron por él: decía que estaba, más que nunca, en manos de Dios. Vivió ocho años más. Poco antes de su muerte, Juan Pablo II lo visitó en la enfermería, y su causa de canonización avanza.
Arrupe no calló por temor. Calló porque ya no tenía voz y porque eligió no convertir su enfermedad en una batalla. Es un silencio que predica.
Cuando callar ya no es virtud
Hasta aquí, silencios de clérigos y religiosos, con el peso y la hondura de la vocación. Pero hay otro silencio, menos noble, que sucede cuando el que calla no lo hace por obediencia sino porque nadie le garantiza que hablar sea seguro.
Las víctimas de Marcial Maciel lo conocieron bien.
En 1998 presentaron su denuncia ante la Congregación para la Doctrina de la Fe y, según se ha documentado, se les pidió no hacerlo público.
El caso quedó archivado en 1999. Solo en 2006 llegó una sanción: retirarse a una vida de oración y penitencia.
Algo semejante se descubrió años después en torno a Jean Vanier, fundador de L’Arche.
Un informe encontró que Vanier había pedido a seis mujeres que guardaran en secreto lo ocurrido, y ellas describieron grandes dificultades para dar la alarma por su personalidad carismática y su posición dominante.
Un informe posterior elevó la cifra a veinticinco mujeres. Aquí el silencio no nació de la obediencia a la Iglesia sino de un clima donde hablar parecía impensable, y a veces inútil: quien habla, ¿es creído?
El laico que se atreve
Entre quienes hablaron, los laicos fueron muchas veces los primeros y los más solos.
Lucetta Scaraffia, historiadora, fundó en 2012 el suplemento femenino de L’Osservatore Romano.
Había publicado, entre otros textos, un editorial sobre abusos a religiosas.
En 2019 renunció con todo su equipo. Su carta al papa hablaba de un clima de desconfianza y de una deslegitimación progresiva. El director del diario negó haber exigido obediencia, y esa discrepancia también forma parte del cuadro.
Libero Milone fue el primer auditor general del Vaticano, nombrado por Francisco en 2015.
En 2017 dejó el cargo bajo amenaza de ser procesado por espionaje y malversación. Milone sostiene que lo apartaron por revisar registros sobre inversiones dudosas.
El cardenal Becciu lo acusó de espiar, y años más tarde el propio Becciu fue condenado por otras causas.
Quien escriba sobre este caso debe contar ambas versiones.
En el Perú, los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz soportaron años de hostigamiento judicial por investigar al Sodalicio, hasta que Francisco los recibió en diciembre de 2024.
En Chile, Juan Carlos Cruz, víctima laica, escribió en 2015 al papa, y los laicos de Osorno se negaron a aceptar al obispo Barros.
En 2018 Francisco reconoció haber incurrido en graves equivocaciones por falta de información veraz, y treinta y cuatro obispos presentaron su renuncia.
Marie Collins, sobreviviente de abusos y miembro laica de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, renunció en 2017.
Alegó la resistencia de sectores de la Curia a cumplir lo que la propia Comisión recomendaba.
Lo que dice la ley de la Iglesia
Sería injusto sostener que la Iglesia ignora el problema.
El canon 212 § 3 afirma que los fieles tienen el derecho, y a veces el deber, de manifestar a los pastores su parecer sobre lo que atañe al bien de la Iglesia, y de darlo a conocer a los demás fieles, salvando la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia a los pastores y la dignidad de las personas.
La Lumen Gentium, en su número 37, habla de comunicar con verdad, coraje y prudencia, y con respeto hacia quienes representan a Cristo.
Desde 2019, además, en las causas por abusos, quien denuncia, quien dice ser víctima y los testigos no pueden ser obligados al silencio. Presentar una denuncia no viola el secreto de oficio, y se prohíben las represalias. Es un avance real.
Conviene, sin embargo, no exagerar su alcance. Esa protección rige para los delitos de abuso.
No cubre la crítica a una decisión pastoral, la discrepancia sobre un nombramiento ni la simple pregunta incómoda. Y la ley, por buena que sea, no suprime la distancia entre un cardenal y un catequista.
El último escalón
Esa distancia es el corazón de esta cuestión. El clérigo que calla suele hacerlo dentro de una estructura que lo ampara: tiene un superior, una comunidad, a veces una orden que lo defiende.
El laico no tiene nada de eso. No depende de ningún superior religioso, pero depende de todo: del párroco que le confía una tarea, del obispo que lo nombra o no lo nombra, de la comunidad que lo acepta o lo mira de reojo.
Quien trabaja para la Iglesia puede perder su empleo.
Quien colabora gratuitamente puede perder su lugar. Y todos pueden perder algo más difícil de nombrar: la pertenencia.
Por eso conviene distinguir, al menos, tres figuras.
Está el laico que habló y pagó el costo. Está el laico que calló por obediencia, sinceramente, como Arrupe, aunque sin su peso histórico.
Y está el que calló por miedo, el más difícil de documentar porque, por definición, no deja rastro.
Escribir sobre este último exige lo que el periodismo hace mejor: escuchar, pacientemente, a quienes nunca fueron entrevistados.
Quizá la pregunta no sea si la Iglesia tolera la palabra del laico. Probablemente la tolera.
La pregunta es qué precio tiene, para quien no tiene a nadie detrás, pronunciarla.
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