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La cruz sí, la aduana no

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Por qué las cargas añadidas alejan de la Iglesia, y no de Cristo

La Cruz Sí, la aduana, No

Conozco a una mujer que dejó de ir a misa un domingo cualquiera, sin escándalo ni portazo.

Había oído, una vez más, una lista: lo que se debía, lo que estaba prohibido, lo que no alcanzaba.

Nadie le dijo nada nuevo.

Comprendió que en esa casa se hablaba mucho de lo que había que cumplir y poco de Aquel por quien valía la pena cumplir. No dejó a Dios. Dejó la sala donde ya no lo encontraba.

Esa escena se repite más de lo que se admite, y por eso escribo con cuidado.

Mi tesis es una sola, y la enuncio desde ahora para no traicionarla: la Iglesia no aleja de Cristo por exigir, sino por convertir la exigencia en condición de pertenencia y en instrumento de control.

Lo que aleja no es la cruz; es la aduana.

Lo que no estoy diciendo

Fijo las palabras, porque en este tema todo se confunde.

Exigencia evangélica es lo que Cristo pide y la persona acepta libremente por amor: la cruz, el desprendimiento, el perdón. No se discute ni se rebaja. Es suya: «Sean perfectos» (Mt 5,48).

Carga impuesta es lo que se añade al Evangelio y se exige a otros como prueba de fidelidad o de pertenencia. A esa sí la cuestiono.

Jerarquía como servicio es el ministerio que el Señor instituyó. Clericalismo es su deformación en dominio sobre las conciencias.

Acepto la primera y critico la segunda.

Ascesis es el ayuno, la mortificación, el cilicio o la disciplina que alguien se ofrece libremente, en lo oculto, por amor.

La Iglesia la conoce y la honra. Lo que cuestiono es su exhibición o su imposición como vara para medir la santidad ajena.

Con estas definiciones, cada elemento de mi título queda en su lugar y nada de lo que sigue las contradice.

Dos pesos, un mismo Maestro

El Evangelio guarda, a pocas páginas de distancia, dos frases que parecen oponerse y no se oponen.

A los fariseos, Jesús les reprocha que atan cargas pesadas sobre los hombros ajenos sin mover ellos ni un dedo (Mt 23,4). A los cansados les dice: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso» (Mt 11,29).

No hay contradicción, porque no se trata de cuánto pesa, sino de quién la lleva y con quién. El yugo de Cristo es llevadero porque se lleva con Él. La carga de los fariseos es insoportable porque se deposita en otros mientras quien la dicta queda al margen.

El joven rico lo muestra. Jesús le pide todo, y el evangelista anota un detalle que lo cambia: lo miró y lo amó (Mc 10,21).

La exigencia más alta del Evangelio llega envuelta en una mirada. Cuando el joven se va entristecido, nadie le cierra la puerta ni le agrega requisitos.

La primera crisis de la Iglesia fue esta

El primer conflicto grave de la Iglesia naciente fue este: ¿había que cargar a los paganos convertidos con el peso de la Ley?

En Jerusalén, Pedro pregunta por qué tentar a Dios poniendo sobre los discípulos un yugo que ni los padres ni ellos pudieron llevar (Hch 15,10).

Y el concilio decide «no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias» (Hch 15,28).

Conviene ser exacto: el concilio sí pidió algo, cuatro abstenciones concretas.

Pero fijó el criterio. La medida no es cuánto se puede exigir, sino cuánto es necesario. Y lo decidió invocando al Espíritu Santo «y a nosotros», no la comodidad ni el hábito. Esa es la regla de la que parte esta nota.

La ley nueva no es un reglamento

Santo Tomás, que no es sospechoso de laxismo, enseña que la ley nueva es sobre todo la gracia del Espíritu Santo, y que lo escrito es secundario y está ordenado a ella (Suma Teológica, I-II, q. 106, a. 1).

En otro lugar observa que los preceptos que Cristo y los apóstoles dieron son muy pocos, y que los que la Iglesia añadió después deben exigirse con moderación, para que la religión no se vuelva servidumbre (I-II, q. 107, a. 4).

El Magisterio actual lo recoge sin rodeos (Evangelii Gaudium 43; Gaudete et Exsultate 59).

Quien convierte la vida cristiana en un reglamento invierte el orden: pone en el centro lo secundario y relega al Espíritu a un decorado.

La ascesis, bien entendida

Aquí mi título parece más duro, y aquí pido más precisión.

No hablo contra quienes se han mortificado en silencio por amor.

La Iglesia ha canonizado a muchos de ellos, y el mismo Papa que cuestiona las rigideces pide cierta austeridad (Gaudete et Exsultate 108) y reconoce que las humillaciones forman parte del camino de Cristo, aunque aclara que buscarlas por sí mismas sería masoquismo (n. 120).

Hablo de otra cosa: de la mortificación convertida en credencial pública, de la penitencia exhibida, del «hay que sufrir más» dicho a quien ya carga con su vida.

La Iglesia misma corrigió ese desvío. Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia, hizo de su «pequeño camino» una respuesta serena al heroísmo ascético: no necesitaba hazañas, sino confianza.

Y la Iglesia condenó los dos extremos: en 1679 sesenta y cinco proposiciones laxistas, y en 1690 treinta y una rigoristas.

No escribo contra ella: escribo con ella, del lado donde ella misma se ubicó.

La objeción más seria

La sociología de la religión ha observado que muchas comunidades exigentes retienen o atraen más que las laxas. ¿No prueba esto que la exigencia es lo que convoca?

Creo que no. Lo que atrae en esas comunidades es el sentido de pertenencia, el compromiso mutuo, la certeza de que algo vale la vida.

Cuando la exigencia nace del amor y se vive en comunidad, convoca.

Cuando se vive como control, expulsa. Es la distinción de la que partí: la cruz atrae, la aduana no. La objeción, bien mirada, confirma la tesis.

La jerarquía que sirve

Falta una palabra de mi título: jerarquía.

El Señor la fundó y no se discute.

Pero también dijo cómo debe entenderse: entre los discípulos no ha de ser como entre los jefes de las naciones; el que quiera ser grande, que sirva (Mt 20,25-26).

El Concilio Vaticano II lo afirma: aunque algunos han sido constituidos pastores por voluntad de Cristo, existe una auténtica igualdad en dignidad y en la acción común de todos los fieles (Lumen Gentium 32).

Cuando la jerarquía se vive como servicio, el laico no siente peso, sino acompañamiento. Cuando se vive como dominio, siente distancia, y la distancia se parece mucho al abandono.

Lo que la Iglesia ya dijo de sí misma

No hace falta que lo diga yo.

Evangelii Gaudium dice que la Iglesia es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (n. 47).

Y Gaudete et Exsultate describe como neopelagianos a quienes se sienten superiores por cumplir determinadas normas (n. 49) y advierte que, cuando se da excesiva importancia a las normas propias de un grupo, se encorseta el Evangelio y se le quita su sencillez (n. 58).

Es un diagnóstico del Magisterio, no una queja de laicos resentidos.

Permanecer

Vuelvo a la mujer del comienzo. Lo que ella dejó no fue la fe, sino un lenguaje.

Y yo, que he sentido lo mismo, debo decir con igual claridad por qué no me voy: porque lo que me aleja de las cargas añadidas no me aleja de Aquel que las rechazó.

Las cargas pasan, y quienes las impusieron pasarán también.

Lo que no pasa es la Iglesia que Cristo fundó y el Cuerpo en el que sigue presente.

Por eso mi respuesta no es la partida, sino la permanencia.

Pido, como laico, lo que el concilio de Jerusalén pidió hace dos mil años: que no se impongan más cargas que las necesarias. Que la cruz se ofrezca con una mirada y no con un dedo acusador.

Que quien ocupa un lugar de servicio lo ejerza como tal. Y que la Iglesia sea, para cada uno que llega cansado, lo que prometió ser: casa.

©Catolic.ar

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