Es posible una nueva evangelización?
Hay una pregunta que no podemos seguir postergando: ¿cómo anunciamos el Evangelio en la Argentina de hoy, con nuestra propia historia, nuestras propias heridas, nuestro propio lenguaje, sin copiar modelos que nacieron en otro suelo y para otra alma?
No es una pregunta académica. Es la pregunta que late detrás de cada catequista que siente que sus palabras no llegan, de cada párroco que ve cómo los bancos se vacían pese a los programas nuevos, de cada laico que intuye que algo falta pero no sabe nombrarlo.
Este texto es un intento de nombrar eso que falta. Y de proponer, no un método, sino una forma.
El problema con los métodos importados
En las últimas décadas, la Iglesia en Argentina ha recibido una serie de propuestas evangelizadoras de origen anglosajón. Algunas vienen con infraestructura propia, materiales producidos en serie, coordinadores entrenados en el exterior y una promesa de resultados medibles.
Se presentan como soluciones pastorales probadas. Y en ciertos contextos, en efecto, algo producen.
Pero hay algo que ninguna de estas propuestas puede hacer: ser de aquí.
No pueden serlo porque nacieron en otro suelo. Fueron pensadas para una cultura de la ruptura, donde la fe es una opción individual entre muchas, donde la pertenencia religiosa se elige como se elige una suscripción.
Pero la Argentina no es eso. Aquí la Fe se transmite en la sobremesa y en el velorio, en la procesión de la Virgen y en la promesa al santo del barrio, en el abrazo de la madrina y en el llanto del primer viernes.
Aquí el Evangelio lleva siglos encarnado en la carne del pueblo, imperfecto y vivo, poroso y tenaz.
Cuando una propuesta importada llega y le dice a ese catolicismo popular que es insuficiente, que necesita ser reemplazado por un curso de fin de semana con dinámica grupal, no está evangelizando: está colonizando.
Esto no es un juicio sobre las personas que llevan esos programas, que muchas veces lo hacen con fe genuina. Es un juicio sobre la lógica subyacente: la de creer que la gracia puede franquiciarse.
No puede.
Lo que la tradición propia ya sabe
Argentina tiene sus propios maestros del anuncio. No los conocemos bien porque no los hemos estudiado con la atención que merecen.
Mamerto Esquiú predicó en el siglo XIX con una teología encarnada en la realidad política y social de su pueblo, sin separar la fe de la vida comunitaria. Eduardo Pironio enseñó que la esperanza no es optimismo: es la certeza de que el Señor resucitó y eso cambia todo, aquí, en este país, con esta pobreza y esta historia. Carlos Mugica fue a las villas no con un programa pastoral sino con su vida, y esa vida fue su único argumento. Enrique Angelelli escuchó el llanto de los pobres riojanos y lo convirtió en oración y acción, y pagó ese testimonio con la muerte.
Ninguno de ellos necesitó un manual importado. Ninguno esperó instrucciones de Houston o de Londres. Anunciaron a Cristo desde adentro de su pueblo, con el lenguaje de su pueblo, sufriendo lo que su pueblo sufría.
A ellos se suman miles de laicos anónimos que evangelizaron sin saber que evangelizaban, porque simplemente vivían de otra manera. La vecina que acompañaba a los enfermos. El obrero que no robaba cuando todos robaban. La maestra que enseñaba con una paciencia que no era natural. El padre de familia que volvía a la misa cuando ya nadie lo esperaba.
Estos son nuestros maestros. Esta es nuestra escuela.
La forma: el contagio de vida
La evangelización que proponemos no tiene siete pasos ni dura un fin de semana. No produce certificados ni genera estadísticas de conversión. No puede medirse con los instrumentos del management pastoral.
Se llama contagio de vida porque funciona exactamente como un contagio: por contacto, por proximidad, por compartir el mismo aire. Y porque lo que se transmite no es una idea ni un programa, sino una vida que llama la atención.
Esta forma tiene tres movimientos que no son etapas secuenciales sino dimensiones simultáneas de una misma actitud:
Escuchar antes de hablar
El evangelizador por contagio de vida llega sin paquete previo. No tiene respuestas preparadas para preguntas que todavía no escuchó. Su primer acto no es anunciar sino prestar atención: al territorio donde vive, a la cultura que lo rodea, a las puertas que ya están entreabiertas en la persona que tiene enfrente.
Esto no es estrategia. Es respeto. Es reconocer que el Espíritu Santo llegó antes que nosotros, que hay semillas de Evangelio en cada historia humana, y que nuestra tarea es discernirlas, no plantarlas desde cero.
La piedad popular argentina —las procesiones, las novenas, la devoción a los santos, el culto a los difuntos— no es un obstáculo para la evangelización. Es su punto de partida. Quien la desprecia como “catolicismo cultural” pierde el hilo que el Espíritu ya tejió.
Acompañar sin prisa
El contagio no ocurre en un evento. Ocurre en el tiempo. En la amistad sostenida, en la visita repetida, en la pregunta que se hace cuando hay confianza suficiente para recibirla.
La Argentina tiene su propio ritmo: lento, relacional, desconfiado de las propuestas que llegan con demasiado entusiasmo y demasiada organización. No es un defecto cultural a corregir. Es una sabiduría popular que protege contra el proselitismo.
El evangelizador que acompaña sin prisa no fuerza la apertura. Espera. Ora. Está presente.
Y cuando el momento llega —que llega, porque el Señor lo prepara— habla desde adentro de una relación, no desde afuera de un programa.
Testimoniar con la vida entera
Este es el núcleo. El único argumento que no puede ser refutado, el único “método” que no puede ser imitado sin ser vivido.
Pablo VI lo dijo con exactitud en Evangelii nuntiandi: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan.”
Y si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio.
El testimonio no es el relato de una experiencia religiosa pasada. Es la vida presente, observable, verificable. Es la coherencia entre lo que se dice el domingo y lo que se hace el lunes y el resto de la semana.
Es la austeridad material que señala que uno no vive para acumular. Es la paciencia en el conflicto, la honestidad en el trabajo, la alegría que no depende de las circunstancias.
Esta coherencia no se fabrica. Se pide. Se recibe como gracia. Y cuando está, no necesita publicidad: provoca preguntas. Y las preguntas son la puerta.
Las raíces de esta forma
Esta forma no es una invención. Es una síntesis de lo que la Iglesia ya sabe, reunida desde tres tradiciones que en Argentina conviven y se complementan.
De la espiritualidad ignaciana tomamos el discernimiento: la capacidad de leer los signos del tiempo en la propia vida y en la vida del mundo, de distinguir el movimiento del Espíritu del movimiento del ruido, de actuar desde la consolación profunda y no desde la ansiedad pastoral.
Los Ejercicios Espirituales son escuelas de esta mirada, accesibles a cualquier laico que quiera formarse.
De la teología del pueblo tomamos la categoría de pueblo como sujeto de la historia y de la Fe. No hay evangelización auténtica que no nazca desde adentro del pueblo, que no reconozca en sus expresiones religiosas una forma legítima —aunque imperfecta— de encuentro con Dios.
Aparecida lo afirmó con claridad: la piedad popular es “espiritualidad inculturada” y debe ser punto de partida, no de llegada.
De la tradición ratzingeriana y newmaniana tomamos la confianza en la razón como camino hacia Dios, la belleza como argumento apologético, la verdad como bien que puede ser propuesto —no impuesto— a todo ser humano que busca con honestidad.
Benedicto XVI enseñó que la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción: la atracción que ejerce una vida bella, una comunidad que ama, una liturgia que eleva.
Estas tres raíces no se contradicen. Se necesitan. Y juntas producen algo que ninguna de las tres produce sola: un evangelizador que piensa con rigor, siente con profundidad y actúa desde adentro de su pueblo.
Lo que esta forma no es
Para evitar malentendidos, conviene decir con claridad lo que esta forma no es.
No es un rechazo de la catequesis estructurada ni de la formación doctrinal. El testimonio sin contenido se vuelve espiritualismo vago. La vida coherente necesita alimentarse de la verdad revelada, de la oración litúrgica, de los sacramentos como fuente y cumbre de todo el camino cristiano.
No es un individualismo espiritual. El contagio de vida ocurre siempre en comunidad, desde una comunidad, hacia una comunidad. El testigo no es un lobo solitario: es alguien que lleva en sí mismo el calor de una fogata común.
No es una propuesta para sustituir a la parroquia sino para renovarla desde adentro.
La parroquia sigue siendo el lugar irreemplazable de la vida sacramental y la formación comunitaria. Lo que proponemos es una cultura que la anime, no una estructura que la reemplace.
Y no es, sobre todo, un programa que se pueda exportar llave en mano a cualquier contexto. Es una forma que cada comunidad debe apropiarse, adaptar, encarnar en su propio suelo.
Lo que aquí se propone para Entre Ríos o para el Conurbano puede ser reconocido por un catequista de Jujuy o por un laico de la Patagonia, pero deberá tomar la forma de su propia historia, su propio lenguaje, su propia piedad.
Una carta final — a quien esto lee
Si sos párroco, esta forma no te pide que abandones tu parroquia ni que importes un nuevo programa. Te pide algo más sencillo y más exigente: que examines la coherencia entre lo que anunciás y lo que vivís. Que dejes que tu comunidad te vea rezar, dudar, pedir perdón, levantarte. Que no administres la gracia sino que la recibas tú primero, en público.
Si sos catequista, esta forma te pide que reconozcas que el mayor argumento pedagógico que tenés no es el manual sino tu vida durante la semana. Que los chicos que te miran no aprenden de lo que explicás sino de lo que sos.
Si sos laico comprometido, esta forma te confirma algo que ya sabés: que tu lugar en la misión de la Iglesia no depende de ninguna autorización clerical.
Nace de tu bautismo. Y que el territorio donde evangelizás no es el salón parroquial sino el taller, la oficina, el sindicato, la cancha, la esquina.
Y si sos alguien que se alejó y todavía no sabe por qué sigue leyendo esto, quizás es porque reconoció en alguna parte de este texto una pregunta que lleva tiempo haciéndose en silencio.
Para esa pregunta no tenemos un curso de siete semanas. Tenemos algo más antiguo y más vivo: una comunidad que camina, y una puerta que está abierta.
“Por sus frutos los conoceréis.” No por sus programas. No por sus estadísticas.
Por sus frutos. Y el primer fruto que el mundo puede ver es una vida que valió la pena vivirse.
©Catolic.ar





