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La tumba del Papa Francisco en Santa María la Mayor  

El 26 de abril de 2025, el Papa Francisco fue sepultado en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, cumpliendo su expreso deseo de descansar junto a la imagen de la Virgen Salus Populi Romani, a quien profesaba una profunda devoción. Esta decisión, alejada de la tradición de enterrar a los pontífices en las criptas del Vaticano, refleja la humildad y cercanía que caracterizaron su pontificado.

La tumba, ubicada en la nave izquierda de la basílica, entre la Capilla Paulina y la de la familia Sforza, es una lápida de mármol blanco de Liguria con la inscripción «FRANCISCUS» en latín. En la pared, se encuentra una reproducción en plata de su cruz pectoral con la imagen del Buen Pastor, símbolo de su ministerio pastoral.

La elección de este lugar no fue casual. Desde antes de ser elegido Papa, Jorge Mario Bergoglio visitaba regularmente Santa María la Mayor. Tras su elección en 2013, su primera salida fue a esta basílica para encomendar su pontificado a la Virgen. Además, antes y después de cada viaje apostólico, acudía a rezar ante la Salus Populi Romani.

La ceremonia de sepultura fue presidida por el cardenal camarlengo Kevin Joseph Farrell y asistieron familiares y allegados del pontífice. El cortejo fúnebre recorrió las calles de Roma en el papamóvil, pasando por lugares emblemáticos como el Coliseo y los Foros Imperiales, hasta llegar a la basílica, donde fue recibido por personas marginadas, en un gesto que simboliza el compromiso de Francisco con los excluidos.

Desde el 27 de abril, la tumba está abierta al público, permitiendo que miles de fieles rindan homenaje al Papa que eligió la sencillez y la devoción mariana como legado eterno.

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Domingo de la Divina Misericordia

San Juan Pablo II instituyó la fiesta del Domingo de la Divina Misericordia en el año 2000, que se celebra todos los años el primer domingo después de Pascua, concediendo indulgencia Plenaria.

“En este día se abrirán las puertas de mi Misericordia… Cuando confieses debes saber que Yo mismo actúo en el alma…Concederé lo que me piden los que recen la Coronilla con confianza…… cuánto más confíes más recibirás.” Todos estos son mensajes que se le dieron a Santa Faustina Kowalska, y que en éste tiempo se hacen más actuales si caben.

Hemos vivido hace pocos días el gran Misterio del Amor de Dios clavado en la Cruz, atravesado por esa lanza, que hizo abrirse de par en par, el Corazón de Cristo. Un Corazón tan lleno de Amor, y que lo que brotó de él fue ese chorro de Misericordia infinita que inunda al ser humano. Por eso, la Hora de la Misericordia, el Rezo del Rosario con la Coronilla de la Misericordia, se realiza a las tres de la tarde. Porque fue la Hora de la entrega del Señor por todos nosotros.

La Iglesia siempre nos ha enseñado que una vida llena de ese amor misericordioso que brotó de la Cruz se concreta en lo que conocemos como obras de misericordia, corporales y espirituales, lo que nos lleva a los cristianos a tener una vida de oración, que se concreta en nuestras palabras y obras en favor de nuestros hermanos.

El Papa Francisco afirma: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia”. Y es algo que cada día debemos reactualizar en medio de nuestras familias y nuestra sociedad, tan marcadas por la desconfianza, por el ensañamiento de unos contra otros, por la indiferencia ante los problemas del hombre…. La misericordia es esa fuente de alegría, de serenidad y de paz que nos lleva al encuentro del Cristo Misericordioso, que se nos hace presente en el hombre que camina a nuestro lado, y el vivir desde el corazón misericordioso de Dios es la condición para nuestra salvación.

La Misericordia del Señor Resucitado es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira, desde la compasión y ternura de Dios al hermano que encontramos en el camino de la vida.

Pero para llegar a tan gran misterio que se nos revela en ese momento culminante de la Cruz, como concreción de toda la Vida del Señor, y que celebramos el domingo siguiente a la Resurrección de Cristo, no podemos olvidar que la Eucaristía es el centro de la verdadera Devoción al Corazón Misericordioso de Jesús.

Te invito a vivir, de una manera constante en tu vida, la misericordia del Señor, con el rezo de la Coronilla de la Misericordia, con la contemplación de la imagen del Cristo de la Divina Misericordia, con los rayos que brotan de su corazón, el rojo (la sangre) el blanco (el agua purificadora). Pero sin olvidar, que todo ello, nos tiene que  llevar a vivir las obras de  misericordia y a un amor y adoración a la Eucaristía.

Contágiate de la Misericordia de Dios en tu vida y contagia a los demás. Y siempre proclama: “Jesús, en ti confío”. Feliz Cincuentena Pascual. Quedamos en el Altar.

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Así fue el entierro del Papa en Santa María la mayor en presencia de familiares

(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano).- A las 13:00 de la tarde, hora de Roma, dio inicio el rito del Entierro del féretro del Romano Pontífice, el Papa Francisco.

El rito se celebró según las prescripciones del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis, presidido por el Cardenal Camarlengo, en presencia de las personas indicadas en la Notificación correspondiente de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas y de los familiares del difunto Papa. El rito concluyó a las 13:30 h.

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FOTOGALERÍA: 400 mil personas para el funeral del Papa Francisco

(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano – Roma).- Al concluir la misa por el Papa Francisco, las autoridades civiles de la ciudad de Roma han reportado que 250 mil personas participaron en el funeral del Papa.

A esa cantidad se suman 150 mil personas que se han congregado en las calles de la ciudad para ver pasar el papamóvil que cargaba el féretro del Papa Francisco. El papamóvil ha recorrido 5,5 kilómetros entre la basílica vaticana y su destino: la Basílica de Santa María la Mayor, las autoridades competentes estiman que aproximadamente 150.000 personas estuvieron presentes para la despedida final del Papa Francisco.

Los Reyes y los Trump, juntos

Trump y Melania

El féretro del Papa

La llegada de los Reyes

Cada uno en su lugar

Biden y su mujer

Javier Milei

La llega de Orban

El Papa llega a su funeral

La estatua de San Pedro

Reunión Zelenski-Trump

Zelenski y Trump

Trump aplaude al Papa

Las llaves del cielo

Incienso

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Los pobres que no olvidarán al Papa Francisco

En el Palazzo Migliori, junto a la Plaza de San Pedro, los huéspedes siguieron la misa funeral por el Pontífice en un ambiente tan íntimo como en un verdadero hogar. Unos con emoción, otros en silencio, todos con gran gratitud hacia quien les amó profundamente

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano – Vatican News

Amanece, las calles ya están abarrotadas de gente, hay un bullicio, un frenesí por entrar en la Plaza de San Pedro para ganar el mejor sitio y participar en el último adiós al Papa Francisco. Este mundo exterior desaparece al subir las escaleras del Palazzo Migliori, la residencia construida en 1800 por la noble familia romana que el Pontífice donó en 2019 a los pobres, ahora confiada a la Comunidad de Sant’Egidio.

Las escaleras conducen al segundo piso, donde se encuentran los comedores. Marco Cimolino, que lleva aquí casi seis años, está ocupado con el desayuno. Ha preparado leche y café, panecillos y bocadillos. Poco a poco la casa se despierta, los huéspedes, unas 45 personas, 22 son italianos, la mayoría. Sólo hay cinco mujeres, dos de ellas: Emilia y Rosa también tienen cuidadoras. Hoy el día es diferente, la rutina cambia, los huéspedes pueden quedarse más allá de las 8, la hora habitual de salida. Todos pueden quedarse para ver el funeral de Francisco, el Papa que sienten como un amigo fraternal, Padre, uno de ellos.

El sello en la piel

Antes de la misa funeral, muchas personas se marcharon, prefirieron mezclarse con la multitud, alejarse, pero no para faltar al respeto al Papa Francisco. Lo hicieron por ese sentimiento innato de vergüenza que te pega la calle, como un sello en la piel, por el que te sientes inadecuado e incómodo porque no te has duchado y no tienes ropa limpia; por ahí pasa también la dignidad. En sus palabras hay aprecio, gratitud, buenos recuerdos. Gennaro, de 84 años, comenta la ceremonia, conoce a obispos y cardenales. Junto a él están las caras más familiares para los invitados, como Carlo Santoro y Marco Bartoli, de la Comunidad de Sant’Egidio, está Marco Cimolino, que vive con ellos, con «sus chicos», dice, o Pina, la señora de la limpieza que se asoma para ver si ha empezado el ritual antes de volver a sus quehaceres.

Mirando al Papa Francisco

Los ojos de esta humanidad están fijos en la pantalla, es el homenaje al Papa que les ha amado profundamente. Violetta sujeta en sus manos el rosario y el móvil, de vez en cuando cuenta episodios históricos relacionados con las iglesias de Roma o lo que encontró en la basura, al cuello lleva unos auriculares porque dice que se concentra mejor si escucha música, en sus pies zapatillas abiertas pero también una falda con hilos dorados, signo de una feminidad que ni la calle borra.

Nikolai ha colocado su gorra amarilla con las palabras «Diócesis de Parma» sobre la mesa donde se sirve el almuerzo, lleva una camiseta -también amarilla- que recuerda una frase de Juan Pablo II. Rosa ha elegido sentarse de lado, está atenta y mira la televisión aunque de vez en cuando se queja de dolor en las piernas. Nicholas tiene aplomo inglés, pero los casi 40 años que ha pasado en Roma le han cambiado. Está a punto de cumplir 70 años y desde esta mañana tiene los ojos vidriosos; cuando habla, a menudo hace pausas porque no le salen las palabras. Aquí el recuerdo del Papa Francisco, de su atención a los pobres, está vivo, es real, conmueve.

Llega Emilia, que había bajado a fumar, se sienta y bromea con Marco. Lleva un paraguas de colores en la mano, el día es soleado pero nunca se sabe. Lleva un gorro de lana azul, un ligero abrigo de piel ecológica y no se separa de su bolso. «El Papa Francisco era amigo mío», dice pero no quiere dar más explicaciones, desde por la mañana esquiva los micrófonos de los periodistas presentes. Mira el Evangelio abierto colocado sobre el féretro del Pontífice, a menudo se lleva las manos a la cara y suspira. Alberto es un señor mayor que llegó hace tres meses, es amigo de la Comunidad de Sant’Egidio, pero todo el tiempo no pronuncia palabra, permanece con las manos cruzadas, es un solitario y la soledad es también una forma de sobrevivir.

El corazón de Dios

A la señal de la paz, todos se levantan de sus asientos para estrechar la mano de quienes sienten como compañeros de viaje. Desde las ventanas abiertas del Palacio se oye el eco de la plaza, el eco de un mundo al que estas personas vulnerables y sufrientes a menudo sentían que no pertenecían. En cambio, el Papa Francisco los ha querido cerca, junto a su casa, porque son precisamente los pobres los preciosos custodios del corazón de Dios

Los poderosos y los descartados de la Tierra, todos con Francisco

El día del adiós al Papa Francisco, muchas personas, en su diversidad, experimentaron la unidad en el sueño común de un mundo mejor.

Paolo Ruffini – Vatican News

Todo. Todo el mundo estaba realmente allí hoy en la Plaza de San Pedro. Tan llena de gente que no cabía nadie más. Y luego en Via della Conciliazione, en las calles de alrededor, y de camino a Santa Maria Maggiore. Estaban todos, todos, todos.  Como tantas veces repitió el Papa Francisco desde la Jornada Mundial de la Juventud hasta su despedida final el día de la Resurrección del Señor: «Felices Pascuas a todos».

Estaban los ancianos y los niños, incluso de pocos meses, traídos por sus padres para ser testigos con sus jovencísimas vidas de un momento especial. Y estaban (no tan mayores al fin y al cabo) los adolescentes, muchos, muchísimos; como llamados por una dirección que les trasciende a ellos y a nosotros para tomar el testigo de la fe de un Papa que sabía hablar su idioma, y retarles a creer, a esperar, a soñar, a demostrar que es posible vivir en paz, y construir paso a paso un mundo mejor. Vieron con sus propios ojos que la esperanza, que les trajo aquí para su Jubileo, trasciende la muerte. Había sacerdotes, muchos, concelebrando.  Obispos, cardenales, laicos bautizados. Confirmándose mutuamente en la fe.  Estaban los poderosos de la tierra, los ricos y los pobres saludando a Francisco y pensando en cómo será el futuro. También estaban los no creyentes, o los creyentes de otras religiones. Amigos y también enemigos.

Todos escuchando las palabras de Pedro: “Me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge a los que le temen y practican la justicia, pertenezcan a la nación que pertenezcan. Ésta es la palabra que envió a los hijos de Israel anunciando la paz por medio de Jesucristo: éste es el Señor de todos”.

Todos recordando, con la homilía del cardenal Re, las palabras de Francisco sobre la paz, sobre la guerra que siempre es una derrota, y sobre la fraternidad que tantas veces negamos; sobre la necesidad de comprender que nadie se salva solo, y sobre la Iglesia como hospital de campaña, como hogar de puertas abiertas. Para todos.

Y todo el mundo estaba allí, todo el mundo estaba realmente allí hoy. Como cuando la misma Plaza de San Pedro se llenó con la sola presencia del Papa Francisco, durante la Covid, estaba realmente todo, el mundo entero conectado a través de todos los instrumentos de comunicación. Y bajo un cielo sin nubes, también se reveló de forma misteriosa el sencillo secreto de la comunión que une a toda la humanidad, al pueblo de Dios, unido en un único abrazo. Posible. Verdadera. Bajo la mirada de todos. Como en una tregua para un día especial. De celebración. Un día donde los misterios del Rosario son los gloriosos. Que convierte la tristeza en canción. Y celebra la muerte y la vida juntas.  La muerte y la resurrección.

Lo que también significó el aplauso espontáneo ante el féretro, levantado como en una despedida mutua: un adiós más que una despedida. Y un compromiso. Que nos concierne a todos. A nadie excluido.

Esa sonrisa llena de piedad y esperanza

Un vídeo para recordar al Papa Francisco: “Si queda un rincón donde no hayan llegado tus bendiciones del Ángelus, tus audiencias, tus cartas y exhortaciones apostólicas. Tus discursos y mensajes, tus encíclicas, tus homilías, tus viajes, tus meditaciones y oraciones, a ese rincón, sin duda, ha llegado tu sonrisa. Llena de misericordia y esperanza”.

El adiós a Francisco y esas páginas del Evangelio acariciadas por el viento

El último abrazo al Papa del fin del mundo.

Andrea Tornielli – Vatican News

Igual que le ocurrió el 8 de abril de hace veinte años a Karol Wojtyła, el Papa santo que murió en la víspera del domingo de la Divina Misericordia, le ocurrió a Jorge Mario Bergoglio, el Papa que recibió su último adiós en la víspera del mismo domingo: un ataúd de madera en el atrio de la plaza del corazón del mundo y el viento pasando lentamente las páginas del Evangelio.

La del Papa Francisco, en un sábado soleado, fue una despedida emotiva, intensa, participativa, donde prevaleció la oración y la unidad. El pueblo de Dios que lo había abrazado el Domingo de Pascua sin saber que sería la última vez, hoy lo acompañó con afecto en el tramo final de su viaje terrenal. Y en torno a él se apiñaban los poderosos de la tierra, pero también muchos jóvenes, que habían programado el viaje para el Jubileo de los adolescentes. Otros tantos representantes de otras confesiones cristianas y de distintas religiones se reunieron a su alrededor. Todos unidos para despedir a un Pastor fiel al Evangelio, que se consumió predicando la fraternidad e incluso desde su lecho de hospital gritó su no a la guerra.

Hubo dos pasajes especialmente aplaudidos en la homilía del cardenal Giovanni Battista Re. El primero fue aquel en el que recordó que el hilo conductor de la misión del Papa Francisco es «la convicción de que la Iglesia es una casa para todos; una casa con las puertas siempre abiertas». «Todos, todos», había repetido el Obispo de Roma durante la pasada Jornada Mundial de la Juventud, para explicar cómo nada ni nadie puede separarnos del amor de un Dios que nos espera siempre con los brazos abiertos de par en par para acogernos, sea cual sea nuestra condición. Una casa de puertas abiertas es la Iglesia que Francisco trató de construir, privilegiando a los últimos, a los pobres, a los humildes, a los pecadores. Esos últimos que le dieron la bienvenida en el umbral de la basílica de Santa Maria Maggiore ante la última mirada de Maria Salus Populi Romani.

Pero los fieles también, y sobre todo, aplaudieron el pasaje en el que Re recordó la incesante petición de paz y la invitación a la razón y a la “negociación honesta para encontrar posibles soluciones, porque la guerra -dijo- sólo es muerte de personas, destrucción de hogares, destrucción de hospitales y escuelas. La guerra siempre deja -según su expresión- al mundo peor de lo que estaba antes: siempre es una derrota dolorosa y trágica para todos”.

Antes de que comenzara el ritual, los presidentes estadounidense y ucraniano se reunieron durante unos minutos. Esperemos y recemos para que de estos intercambios pueda salir algo positivo, la última conversación de paz propiciada por el Sucesor de Pedro que primero quiso llamarse como el santo de Asís, el santo de la paz.

Rito de la inhumación del féretro del Romano Pontífice

La oficina de prensa de la Santa Sede ha informado que “a las 13.00 horas comenzó el rito de la inhumación del féretro del Romano Pontífice. El rito se desarrolló según las prescripciones del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis, presidido por el Cardenal Camerlengo, en presencia de los indicados en la correspondiente Notificación de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas y de los familiares del Papa difunto, y concluyó a las 13:30”.

Mons. Ulloa: El Papa Francisco dejó al pueblo la posibilidad de soñar en concreto

Vatican News habló con el arzobispo de Panamá, y recordó la JMJ, algo impensable, dijo, lograda solamente gracias al impulso del Papa Francisco.

Vatican News

Vatican News habló con Mons. José Domingo Ulloa, arzobispo de Panamá y segundo Vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), sobre el legado que le dejó el Papa Francisco, dijo que le estimuló a arriesgarse siempre, no tener miedo, en confiar en la acción del Espíritu que quiere algo nuevo cada día de nosotros.

Y al pueblo de Panamá el legado que nos dejó es que podemos seguir soñando, y concretizar nuestros sueños, como ocurrió con la JMJ, algo impensable -dijo el prelado- que hubiéramos podido realizar una Iglesia tan pequeña. Pero el Papa nos alentó a no tener miedo, hacer la jornada, sin esquemas, a la panameña, a la latinoamericana. Nada más que la gente sintiera la cercanía de la Iglesia.